La poesía
y la alegoría
Tzvetan Todorov (Sofía, 1939)
(Fragmento)
[…] toda oposición entre dos géneros debe apoyarse
en una propiedad estructural de la obra literaria.
Esta propiedad es la naturaleza misma del
discurso, que puede ser representativo, o no. El
término “representativo” debe ser manejado con
cuidado. La literatura no es representativa, en el
sentido en que pueden serlo ciertas frases del discurso
cotidiano, pues no se refiere (en el sentido
preciso del término) a nada exterior a ella. Los
acontecimientos relatados por un texto literario
son “acontecimientos” literarios, así como los personajes
son interiores al texto. Pero negar de
hecho a la literatura todo carácter representativo
es confundir la referencia con el referente, la aptitud
para denotar los objetos con los objetos mismos.
Más aún, el carácter representativo rige una
parte de la literatura, que resulta cómodo designar
con el término ficción, en tanto que la poesía no
posee esta aptitud para evocar y representar (por
otra parte, esta oposición tiende a esfumarse en la
literatura del siglo XX). No es casual que en el primer
caso, los términos empleados corrientemente
sean: personajes, acción, atmósfera, marco, etc., es
decir, términos que designan también una realidad
no textual. Por el contrario, cuando se trata de
poesía, se tiende a hablar de rimas, de ritmo, de
figuras retóricas, etc. Esta oposición, como la mayor
parte de las que se encuentran en literatura, no es
del orden de todo o nada, sino más bien de grado.
La poesía contiene, ella también, elementos representativos;
la ficción, por su parte, tiene propiedades
que vuelven el texto opaco, no transitivo. Pero
no por ello la oposición deja de existir.
Sin pretender hacer aquí la historia del poema,
indicaremos que esta concepción de la poesía no
siempre fue predominante. La controversia fue
particularmente enérgica en lo relativo a las figuras
de retórica: lo que se cuestionaba era si se
debía o no convertir a las figuras en imágenes,
pasar de la fórmula a la representación. Voltaire,
por ejemplo, decía que “para ser buena, una metáfora
debe ser siempre una imagen; su índole debe
ser tal que un pintor pueda representarla por
medio del pincel” (Remarques sur Corneille). Esta
exigencia ingenua, que por otra parte nunca fue
satisfecha por ningún poeta, fue rebatida a partir
del siglo XVIII; pero habrá que esperar, por lo menos
en Francia, la llegada de Mallarmé, para empezar
a tomar las palabras por palabras, no por imperceptibles
soportes de imágenes. En la crítica contemporánea,
los formalistas rusos fueron los primeros
en insistir sobre la intransitividad de las
imágenes poéticas. Chklovski evoca en este sentido
“la comparación, que hace Tioutchev, de la
aurora con demonios sordomudos, o la de Gogol,
del cielo con las casullas de Dios”. En la actualidad
se está de acuerdo en reconocer que las imágenes
poéticas no son descriptivas, que deben ser leídas
al puro nivel de la cadena verbal que constituyen,
en su literalidad, ni siquiera en el de su referencia.
La imagen poética es una combinación de palabras,
no de cosas, y es inútil, y hasta nocivo, traducir
esta combinación en términos sensoriales.
Vemos ahora por qué la lectura poética constituye
un obstáculo para lo fantástico. Si, al leer un
texto, se rechaza toda representación y se considera
cada frase como una pura combinación semántica,
lo fantástico no podrá aparecer: exige, como se
recordará, una reacción frente a los acontecimientos
tal como se producen en el mundo evocado. Por
esta razón, lo fantástico sólo puede subsistir en la
ficción; la poesía no puede ser fantástica (aunque
existan antologías de “poesía fantástica”...). En una
palabra, lo fantástico implica la ficción.
Generalmente, el discurso poético se distingue
por numerosas propiedades secundarias, y por lo
tanto, sabemos desde el primer momento, que en
tal o cual texto determinado no habrá que buscar
lo fantástico: las rimas, el metro regular, el discurso
emotivo nos apartan de ello. La mayoría de las
veces, los sueños relatados por Nerval deben ser
leídos como ficción, pues conviene representarse lo
que describen. He aquí un ejemplo de este tipo de
sueños: “Un ser de tamaño desmesurado –hombre
o mujer, no lo sé–, revoloteaba penosamente por
encima del espacio y parecía debatirse entre espesas
nubes. Falto de fuerzas y aliento, cayó por fin
en medio del patio oscuro, enganchando y ajando
sus alas a lo largo de los techos y las balaustradas”,
etc. Este sueño evoca una visión que hay que tomar
como tal; se trata, pues, en este caso, de un acontecimiento
sobrenatural.
Ahora bien, veamos a continuación otro ejemplo
tomado de las Mémorables, que ilustra otra
actitud respecto del texto: “Desde el seno de las
tinieblas mudas, dos notas resonaron, una grave,
la otra aguda, y de inmediato el orbe eterno se
puso a girar. ¡Bendita seas, oh primera octava del
himno divino! De domingo a domingo, enlaza todos
los días en tu mágica red. Los montes le cantan
a los valles, las fuentes a los arroyos, los arroyos
a los ríos, los ríos al océano; el aire vibra y la
luz abre armoniosamente las flores nacientes. Un
suspiro, un estremecimiento de amor surge del
seno henchido de la tierra, y el corazón de los
astros se expande en el infinito, se aleja y vuelve
sobre sí mismo, se condensa y se ensancha, y
siembra a lo lejos los gérmenes de las creaciones
nuevas”.
Si tratamos de ir más allá de las palabras para
llegar a la visión, esta deberá ser ubicada en la
categoría de lo sobrenatural: la octava que enlaza
los días, el canto de los montes, los valles, etc., y el
suspiro que surge de la tierra. Pero no debemos
seguir por esta vía: las frases citadas requieren una
lectura poética, no tienden a describir un mundo
evocado. Tal la paradoja del lenguaje literario:
cuando las palabras están en sentido figurado debemos,
precisamente, tomarlas al pie de la letra.
Llegamos así, por medio de las figuras retóricas,
a la otra oposición que nos ocupa: aquella que se
da entre sentido alegórico y sentido literal. La
palabra literal que aquí empleamos hubiera podido
ser utilizada, en otro sentido, para designar esa
lectura que creemos propia de la poesía. Hay que
evitar confundir los dos empleos: en un caso, literal
se opone a referencial, descriptivo, representativo;
en el otro, el que ahora nos interesa, se trata
más bien de lo que se denomina también sentido
propio, por oposición a sentido figurado, en este
caso, el sentido alegórico.
Empecemos por definir la alegoría. Como de
costumbre, no faltan definiciones antiguas, y van
de lo más estrecho a lo más amplio. Curiosamente,
la definición más abierta es también la más reciente;
aparece en el libro de Angus Fletcher, Allegory,
verdadera enciclopedia de la alegoría: “Dicho
en términos sencillos, la alegoría expresa una cosa
y significa otra”, dice Fletcher al comienzo de su
libro. En realidad, como se sabe, todas las definiciones
son arbitrarias; pero esta no es demasiado
atractiva: por su nivel de generalidad, transforma
la alegoría en una suerte de cajón de sastre, en
una super figura.
En el otro extremo, encontramos una acepción
del término, igualmente moderna, mucho más restrictiva
y que podría resumirse de la siguiente
manera: la alegoría es una proposición de doble
sentido, pero cuyo sentido propio (o literal) se ha
borrado por completo. Tal el caso de los proverbios.
Así, por ejemplo, en “Tanto va el cántaro al
agua que al final se rompe”, nadie, o casi nadie,
piensa, al oír estas palabras, en un cántaro, el
agua, la acción de romper; en cambio, se capta de
inmediato el sentido alegórico: es peligroso correr
demasiados riesgos innecesarios, etc. Así entendida,
la alegoría fue a menudo estigmatizada por los
autores modernos como contraria a la literalidad.
La idea que en la antigüedad se tenía de la alegoría
nos permitirá avanzar un poco más. Quintiliano
escribe que: “Una metáfora continua se desarrolla
en alegoría”. En otras palabras, una metáfora
aislada no indica más que una manera figurada
de hablar; pero si la metáfora es continua, ininterrumpida,
revela la intención cierta de hablar
también de algo más que del objeto primero del
enunciado. Esta definición es valiosa porque es formal:
indica el medio por el cual es posible identificar
la alegoría. Si, por ejemplo, se habla del Estado
como de una nave, y luego del jefe de ese estado
llamándolo capitán, podemos decir que la imaginería
marítima ofrece una alegoría del estado.
Fontanier, el último de los grandes retóricos
franceses, escribe: “La alegoría consiste en una
proposición de doble sentido, de sentido literal y
sentido espiritual al mismo tiempo”, y lo ilustra
con el ejemplo siguiente:
J'aime mieux un ruisseau qui sur la molle arène,
Dans un pré plein de fleurs lentement se promène,
Qu'un torrent débordé qui, d'un cours orageux,
Roule plein de gravier sur un terrain fangeux.1
Estos cuatro alejandrinos podrían ser tomados
por poesía ingenua, de dudosa calidad, si no se
supiera que estos versos pertenecen al Arte poética
de Boileau; Boileau no intenta, por cierto, la
descripción de un arroyo, sino la de dos estilos,
como por otra parte Fontanier no deja de explicarlo:
“Boileau quiere dejar entender que un estilo florido
y cuidado es preferible a un estilo impetuoso,
desigual y sin reglas”. Para comprenderlo, no es por
cierto necesario el comentario de Fontanier; el
simple hecho de que el cuarteto se encuentre en el
Arte poética es suficiente: las palabras habrán de
ser tomadas en sentido alegórico.
Recapitulemos. En primer lugar, la alegoría
implica la existencia de por lo menos dos sentidos
para las mismas palabras; se nos dice a veces que
el sentido primero debe desaparecer, y otras que
ambos deben estar juntos. En segundo lugar, este
doble sentido está indicado en la obra de manera
explícita: no depende de la interpretación (arbitraria
o no) de un lector cualquiera.
A partir de estas dos conclusiones, volvamos a
lo fantástico. Si lo que leemos describe un elemento
sobrenatural y, sin embargo, es necesario
tomar las palabras no en sentido literal sino en
otro sentido que no remite a nada sobrenatural, ya
no hay cabida para lo fantástico. Existe, pues, una
gama de subgéneros literarios entre lo fantástico
(que pertenece a ese tipo de textos que deben ser
leídos en sentido literal) y la alegoría, que sólo
conserva el sentido segundo, alegórico. Esta gama
habrá de constituirse en función de dos factores:
el carácter explícito de la indicación, y la desaparición
del sentido primero. Algunos ejemplos nos
permitirán hacer más concreto este análisis.
La fábula es el género que más se acerca a la
alegoría pura, en la que el sentido primero de las
palabras tiende a borrarse por completo. Los cuentos
de hadas, que contienen generalmente elementos
sobrenaturales, se aproximan a veces a las
fábulas; tal el caso de los cuentos de Perrault. En
ellos, el sentido alegórico está explicitado en
grado sumo: lo encontramos resumido bajo la
forma de unos pocos versos, al final de cada cuento.
Tomemos, por ejemplo, Enrique el del copete. Es
la historia de un príncipe, inteligente pero muy
feo, que tiene el poder de volver tan inteligentes
como él a cuantos él desee; una princesa, muy
hermosa pero tonta, recibió un don semejante en
lo que a la belleza se refiere. El príncipe vuelve
inteligente a la princesa; un año más tarde, después
de muchas vacilaciones, la princesa otorga
belleza al príncipe. Se trata en este caso de elementos
sobrenaturales, pero dentro mismo del
cuento, Perrault nos sugiere que las palabras deben
ser tomadas en sentido alegórico: “En cuanto
la princesa pronunció estas palabras, Enrique apareció
ante sus ojos como el hombre más hermoso,
mejor parecido y más amable que jamás hubiese
visto. Aseguran algunos que lo que produjo esta
metamorfosis no fueron los encantos del hada sino
tan solo el amor. Dicen que la princesa, luego
de haber reflexionado sobre la perseverancia de su
enamorado, su discreción y todas las buenas cualidades
de su espíritu, dejó de ver la deformidad de
su cuerpo y la fealdad de su rostro: su joroba no le
pareció más que el gesto del hombre que arquea
la espalda y, si hasta ese entonces lo había visto
renquear horriblemente, no le encontró, ahora,
más que un cierto aire inclinado que la encantaba.
Dicen también que sus ojos, que eran bizcos, le
parecieron aún más brillantes; que su desviación
no fue para ella más que la señal de un violento
rapto de amor, y que, por fin, su gran nariz colorada
tuvo para ella un aire marcial y heroico”. Para
no dejar lugar a dudas, Perrault agrega al final una
“moraleja”:
Ce que l'on voit dans cet écrit
Est moins un conte en l'air que la verité même.
Tout est beau dans ce que l'on aime;
Tout ce que l'on aime a de l'esprit. 2
Es evidente que después de estas indicaciones
no queda ningún elemento sobrenatural: cada uno
de nosotros recibió el mismo poder de metamorfosis
en el cual las hadas no tienen nada que ver.
En los otros cuentos de Perrault la alegoría es tan
evidente como en este. Por otra parte, el mismo
autor era perfectamente consciente de ello, y en
los prefacios a sus colecciones se refiere ante todo
al problema del sentido alegórico, que considera
esencial (“la moral, asunto principal en todo tipo
de fábulas...”).
Hay que agregar que el lector (esta vez real y no
implícito) tiene todo el derecho de no tener en
cuenta el sentido alegórico indicado por el autor,
y de leer el texto descubriendo en él un sentido
muy distinto. Es lo que se produce en la actualidad
con Perrault: el lector contemporáneo está más
impactado por un simbolismo sexual que por la
moral defendida por el autor.
Tomado de: Introducción a la literatura fantástica,
Tzvetan Todorov. Editorial Tiempo contemporáneo,
Buenos Aires, 1972.
Traducción: Silvia Delpy
La poesía
y la alegoría (fragmento)
Tzvetan Todorov (Sofía, 1939)
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1_Prefiero el arroyo que sobre blanda arena/ en un prado florido
lentamente pasea,/ al torrente impetuoso que, con curso violento,/
corre, lleno de piedras, sobre un terreno fangoso.
2_Lo que se ve en este texto/ no es tanto un cuento como la verdad
misma./ Todo es belleza en lo que se ama;/ todo lo que se ama
es inteligente.