En busca de la cubanidad
Eduardo Torres-Cuevas
La pasión
por nuestra historia
es parte de mí mismo
Durante décadas, el doctor en Ciencias Históricas
Eduardo Torres-Cuevas (La Habana, 1942)
ha desarrollado una provechosa carrera académica
y de producción historiográfica, la cual
queda demostrada en escenarios nacionales e
internacionales. Profesor e investigador titular
de la Universidad de La Habana, preside el Centro
Interdisciplinario de las Ciencias Sociales,
Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, en
la Universidad capitalina; también es director
de su casa editora, Ediciones Imagen Contemporánea,
y de la revista de estudios históricos y
socioculturales, Debates Americanos.
En la próxima Feria Internacional del Libro
(febrero de 2007) Eduardo Torres-Cuevas será
uno de los autores homenajeados y dos obras
suyas serán presentadas: Historia del pensamiento
cubano, vol. 1. t. 2, de la Editorial de
Ciencias Sociales en coedición con Ediciones
Imagen Contemporánea; y los primeros tomos
de una importante antología de sus textos medulares
y, hasta ahora, dispersos, publicada bajo
el título de En busca de la cubanidad, Editorial
de Ciencias Sociales. De este último presentamos
un fragmento.
Hace algunos años, después de una conferencia
que impartí sobre el origen del pueblo y la nación
cubanos, alguien del público me preguntó por qué
entre los historiadores cubanos parecía una obsesión
el tema de la nación; por qué nos preocupaba
tanto el concepto de cubanidad, cuando él no
había visto que los franceses o los alemanes siquiera
tuvieran un concepto parecido a este último.
Confieso que la pregunta me hizo meditar.
Entonces le respondí lo que creo sustancial para
definir el problema que quiero abordar aquí: cada
país, cada pueblo, tiene prioridades cognoscitivas
en la comprensión de sus procesos sociales, que no
necesariamente coinciden. En realidad, he visto
orientaciones muy diversas entre la preocupación
de los historiadores norteamericanos, la de los
franceses, la de los españoles o la de los alemanes.
Hay necesidades que se convierten en problemáticas
priorizadas en cada historiografía nacional; hay
procesos sociales que marcan la psicología, las
mentalidades y la historia de cada pueblo, lo ayudan
a identificarse, a definir su ser, su “cultura
nacional”; creo que en el caso de Cuba, siempre
colocada al borde del desarraigo, existe una necesidad
vital de autodefinición y, para ello, resulta
imprescindible, primero, la autocomprensión.
El hecho de confesar lo que constituye un problema
de importancia crucial, no sólo para definir las
orientaciones de nuestra historiografía, sino para el
análisis de las características propias de nuestra
sociedad, no resulta suficiente. No es casual, ni fue
motivado por ninguna etapa específica de nuestra
historia, este interés por entender a qué llamábamos
cubano. Existía un hecho cierto y a simple vista
comprobable. Lo cubano, la cubanidad y la cubanía
se expresaban de formas claramente diferenciadas
a las manifestaciones propias de otros países. Ni
mejores ni peores, sólo distintas. Si no se ha podido
lograr una definición precisa, ello es más bien una
insuficiencia cognoscitiva que nos puede llevar a la
negación de la existencia de lo cubano. Por tanto,
deviene una exigencia vital, la necesidad de comprendernos
a nosotros mismos; de estudiar nuestro
proceso de formación, para entender quiénes
somos. Hay que comprender y reconocer que, pese
a todos los intentos, aún no se han alcanzado los
niveles de profundización y precisión que requiere
el tema. Pienso que cuatro elementos han contribuido
peligrosamente a la creación de un laberinto,
que poco ha ayudado a entender la formación y
caracterización de la cubanidad.
El primero es cierto nominalismo categorial que
se atreve, a partir de palabras cargadas y recargadas
conceptualmente, a definir una realidad que no
estudia de manera factual. El segundo, quizá con
cierta carga de complejo de inferioridad, ha asumido
la definición a partir de esquemas teóricos que
nada tienen que ver con la historia y con los procesos
reales ocurridos en la formación de nuestro
pueblo. Y no puede culparse a los autores de teorías
universales de los desatinos de sus seguidores.
[…]Tercero, hay una rara tendencia a sólo considerar
obras “valiosas” para el conocimiento de la historia
de Cuba, aquellas que están avaladas por su
antigüedad y el renombre de sus autores ya muertos.
[…] Mi cuarta observación es la no menos peligrosa
tendencia a debatir la historia, a trazar una
visión generalizadora de ésta, sin la presencia de
los historiadores. Resulta verdaderamente contradictorio
ver debatir a los literatos o filósofos acerca
de los problemas más importantes del devenir
cubano, sin la más mínima mención de los elementos
sustanciales que explican nuestra historia. No
es ya sólo el debate de las ideas por las ideas mismas,
sino, aún más grave, el debate de la historia
sin historia; es decir, discutir problemas históricos
sin siquiera molestarse en leer los resultados de las
investigaciones publicados en numerosos libros y
revistas por los historiadores cubanos. Esa actitud
crea cierta autoridad, a partir de esquemas “ideales”
surgidos, a veces, de lecturas apresuradas de
fuentes secundarias sobre la historia de Cuba y, a
la vez, sobre la base de esquemas teóricos que no
han salido del conocimiento del material factual
que sirve de base para explicar lo que realmente
aconteció. […] El trabajo del historiador es paciente,
detallado, recomponiendo una realidad pieza a
pieza, para luego poder definir el conjunto. La pieza
suelta es como la golondrina perdida: no hace verano.
La historia, así como cualquier análisis de una
obra, un hombre o una sociedad, resulta entendible
si se tienen en cuenta tanto el texto como el
contexto; y éstos no se comprenden con simples
manuales secundarios. […]
No puede comenzarse a estudiar el proceso de
formación de la nación cubana a partir de una definición
conceptual, ni de los elementos de superficie
que presenta toda historia. Se trata de todo lo contrario;
es decir, de penetrar en las figuras del proceso
real que, como un cuerpo vivo y permutante a
través de los siglos, produce esa realidad cambiante
e inacabada que constituye la cubanidad. Pero
una nación adquiere sus perfiles propios sólo a partir
de las características del pueblo que la compone.
Por ende, a través de la comprensión de los distintos
períodos por los que atraviesa el pueblo podemos
entender este proceso de formación de lo cubano.
Eludo intentar analizarlo a partir de una discusión
puramente conceptual. Mi punto de partida son los
documentos, monumentos, libros antiguos y testimonios
que permiten encontrar conceptos, ideas y
explicaciones. Dicho de otro modo, no voy del significado
al significante, sino a la inversa. Mi concepción
es que antes de estudiar el proceso de formación
de la nación, es necesario el estudio del proceso
de formación del pueblo. Aclaro que estamos
ante una dinámica que aún hoy no puede contemplarse
como concluida […]
Continuidad y ruptura marcan el camino de la
cubanidad. En la compleja interacción de los procesos
estructurales, las coyunturas y el acontecimiento
fugaz, se forjan sus rasgos específicos. Si una idea
ha estado en el fondo de estos artículos, ha sido la
búsqueda de las raíces profundas, la robustez y el
riquísimo follaje de lo cubano, a través de diversos
períodos, que trazan su trayectoria histórica y las
esencias de sus contenidos. Los tres primeros siglos,
escabroso proceso de formación de la sociedad criolla,
originaron estructuras funcionales dentro y para
la hispanidad, en que la diferenciación de lo criollo
se presenta como singularidad que no rompe la
coherencia del universo cultural del imperio. La
irrupción de la esclavitud intensiva, a finales del siglo
XVIII, y, más allá de lo económico, el surgimiento de
una sociedad que gira socioculturalmente en torno
a la institución esclavista, desvirtúa y desfigura los
valores esenciales del criollismo, en muchos casos los
anula, pero no logra borrar por completo su huella.
Si hablamos de cubanidad, en la sociedad criolla
está su sedimento más antiguo. La sociedad esclavista
se alimentó de él y luego, caprichosamente, nos
propuso olvidarlo. Por desgracia, muchas veces, economistas,
historiadores y políticos han aceptado la
visión que nos trasmitió esa sociedad de su aporte a
la cubanidad. Pero, sin dudas, la sociedad esclavista
con sus violentos procesos de estructuración y desestructuración,
también dejó una impronta en el
curso posterior de nuestra historia.
Al interior de esta sociedad, como consecuencia
de sus paradojas y contradicciones, se originó un
importante movimiento de ideas y una reconceptualización
modernizadora. Las polémicas y propuestas
teóricas modernas, presentan un reto de
pensamiento y de reacomodo social a todo el complejo
sociocultural cubano. […]
" La cubanidad
ha sido, hasta ahora,
ensayo de la esperanza
y realidad de lo incompleto."
Sobre el concepto de patria ya hemos estudiado su larga evolución. Sin embargo, el de nación cubana tiene otra historia. Se ha debatido en qué
momento surge la nación. Si la nación se define a
partir de un grupo de elementos como la existencia
de un pueblo con un pasado, un espacio geográfico,
intereses, psicologías, hábitos, tradiciones, costumbres,
idioma y destino comunes, y la conciencia de
sus características definitorias, habría que señalar
que la nación cubana fragua a través del movimiento
independentista cubano, de la obra de un pueblo
que va constituyendo sus rasgos específicos y de la presencia
de un pensamiento propio que concreta aspiraciones,
sentimientos y proyecciones de futuro. […]
La manipulación política de ciertos conceptos
sólo constituye una demostración de la fuerza de
lo que se oculta detrás de ellos. Durante la república
neocolonial, la demagogia política tuvo entre
sus términos preferidos el de la cubanidad. Las viejas
generaciones recuerdan aquel político, acaso
uno de los más hábiles en la demagogia republicana,
Ramón Grau San Martín, que llegó incluso al
uso ridículo del concepto. Por ello, no pocos lo eluden.
Grau sólo tuvo la habilidad de robar un concepto
base, uno de los instrumentos del trabajo
más valioso del debate intelectual. No obstante,
ello no invalida el valor científico y cultural que
encierra el término.
En otro sentido, Don Fernando Ortiz dio, quizás,
una de las más manejadas definiciones de la cubanidad.
La cubanidad es la calidad de lo cubano; lo
cubano es un ajiaco. En realidad, para cocer el ajiaco
hace falta el fuego; la pasión de Prometeo. Pero esa
pasión no sólo puede cocinar el ajiaco, sino algo más
esencial: en lugar de una simple mezcla de elementos,
crear en una combinación nueva, una calidad
nueva; esto es, un pueblo nuevo, una cultura nueva.
Para mí, lo esencial de la cubanidad es el resultado de
fases y etapas diversas en la formación de nuestro
pueblo. Ese fondo profundo que condiciona actitudes,
aspiraciones, sentimientos, modos de ser y de
vivir, y, sobre todo, esa compleja amalgama que conforma
lo más profundo de la mentalidad cubana. Profana,
libérrima, alegre, fuerte, retadora y siempre
situada en el límite de todos los límites. La cubanidad
también es la necesidad de ser y la obligación de buscar
su deber ser, porque de lo contrario sería su no ser.
Ésta resulta la razón por la cual Fernando Ortiz coloca
como uno de sus rasgos definitorios no sólo la
conciencia de lo que significa ser cubano sino la
voluntad de serlo. Es también estudiar y conocer
defectos y debilidades; reconocer la existencia de
marginalidades creadas por las distorsiones acumuladas
históricamente. Por ello he definido la cubanidad
no sólo como la pasión por lo posible, sino, como
la idea de lo posible, la búsqueda constante del deber
ser de una sociedad que nunca logra estar conforme
consigo misma y que siempre se mueve con los latidos
constantes del peligro.
La cubanidad ha sido, hasta ahora, ensayo de la
esperanza y realidad de lo incompleto.
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