Van Gogh,
el suicidado por la sociedad

Antonin Artaud



Uno de los escritores que en la primera mitad del siglo pasado más revolucionaron las nociones establecidas sobre el trabajo creador, fue el francés Antonin Artaud, nacido en Marsella en 1896 y fallecido en París en 1948. Continuador del espíritu de los “malditos”, fue uno de los protagonistas del Movimiento Surrealista y fundador del “teatro de la crueldad”. Perpetuo insurrecto, arremetió siempre contra las leyes y cánones de la cultura burguesa. Escribió obras teatrales, poesía, guiones de teatro y radio. Entre sus obras figuran El teatro y su doble, Los Tarahumaras, y Heliogábalo o el anarquista coronado. Por “sobrepasar los límites de la marginalidad”, vivió varios años recluido en manicomios y sometido repetidamente a sesiones de electrochoque que minaron también su salud. Reflejo elocuente de estas angustiosas experiencias es uno de sus textos más impresionantes, Van Gogh, el suicidado por la sociedad, aparecido en 1947 y galardonado al año siguiente con el Prix Saint-Beuve.

Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida sólo se hizo asar una de las manos y, fuera de esto, no pasó de cortarse la oreja izquierda,
en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido
tomado tal como sale del sexo materno.
Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra.
Es así como se mantiene –por delirante que pueda parecer tal afirmación– la vida presente en su vieja atmósfera de estupro, de anarquía, de desorden, de desvarío, de descalabro, de locura crónica, de inercia burguesa, de anomalía psíquica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocresía, de sucio desprecio por todo lo que trasunta nobleza,
de reivindicación de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia,
en resumen, de crimen organizado.
Las cosas van mal porque la conciencia enferma tiene el máximo interés, en este momento, en no salir de su enfermedad.
Así es como una sociedad deteriorada inventó la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinación le molestaban.
Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intención de arrojar descrédito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer,
y además de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza –materialmente golpeado en la cabeza– para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de él, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad.
No, Van Gogh no era loco, pero sus cuadros constituían mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión, comparado con el de todas las pinturas que hacían furor en la época, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burguesía del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure tanto como los de Napoleón III.
Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinoxiales, ya no puede, después del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitación.
Con mayor motivo en el plano de lo social, las instituciones se disgregan, y la medicina semeja un cadáver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh.
Frente a la lucidez de Van Gogh en acción, la psiquiatría queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que sólo disponen, para mitigar los más espantosos estados de angustia y opresión humana, de una ridícula terminología,
digno producto de sus cerebros viciados.
En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erotómano.
Y no creo que la regla de la erotomanía inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepción.

Conozco uno que se rebeló, hace algunos años, ante la idea de verme acusar en bloque al conjunto de insignes crápulas y embaucadores patentados al que pertenecía. En lo que a mí respecta, señor Artaud –me decía– no soy erotómano, y lo desafío a que presente una sola prueba para fundamentar su acusación.

No tengo más que presentarlo a usted mismo, Dr. L..., como prueba;
lleva el estigma en la cara,
pedazo de cochino inmundo.
Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y después le da vuelta como a una almendra, para hacer la higa a su modo.
A esto lo llaman sacar su buena tajada y quedar bien.
Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis del modo que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el esófago, la uretra y el ano,
usted no se considera satisfecho.
En el curso de esas sacudidas orgánicas internas, ha adquirido usted cierta propensión que es testimonio encarnado de un estupro inmundo,
que usted cultiva de año en año, cada vez más, porque socialmente hablando, no cae bajo la férula de la ley,
pero cae bajo la férula de otra ley cuando sufre entera la conciencia lesionada, porque al comportarse usted de ese modo, le impide respirar.

Mientras por un lado usted dictamina que la conciencia en actividad constituye delirio, por otro la estrangula con su innoble sexualidad.
Y ese es, precisamente, el plano en que el pobre Van Gogh era casto, casto como no pueden serlo ni un serafín ni una virgen, porque son precisamente ellos
los que han fomentado
y alimentado en sus orígenes la gran máquina del pecado.
Por otra parte, quizás pertenezca usted, Dr. L..., a la raza de los serafines inicuos, pero por favor, deje a los hombres tranquilos,
el cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, también estuvo libre de la locura que, por otra parte, sólo se origina en el pecado.
Y conste que no creo en el pecado católico,
pero creo en el crimen erótico del que justamente todos los genios de la tierra,
los auténticos alienados de los asilos, se han abstenido,
o, en caso contrario, es porque no eran (auténticamente) alienados.
¿Qué se entiende por auténtico alienado?
Es un hombre que prefiere volverse loco –en el sentido social de la palabra– antes que traicionar una idea superior del honor humano.
Por esa razón la sociedad amordaza en los asilos a todos aquellos de los que quiere desembarazarse o protegerse, por haber rehusado convertirse en cómplices de ciertas inmensas porquerías.
Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables.
Pero en este caso la internación no es el arma exclusiva, porque la confabulación de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar.
Fuera de las pequeñas hechicerías de los brujos de pueblo están los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene periódicamente.
Así es como con motivo de una guerra, de una revolución, de un cataclismo social todavía en germen, la conciencia unánime es interrogada y se interroga, y llega a emitir su propio juicio. También puede suceder que se la haya incitado a salir de sí misma en ciertos casos individuales resonantes.
Así es como hubo hechizos unánimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, Hölderlin, Coleridge,
y lo hubo en el caso de Van Gogh.
Eso puede ocurrir durante el día, pero habitualmente ocurre de noche.
Así es como extrañas fuerzas son elevadas y conducidas a la bóveda astral, a esa especie de cúpula sombría que, por encima de la respiración humana general, configura la venenosa agresividad del espíritu maléfico de la mayor parte de las gentes.
Así es como las escasas y bien intencionadas voluntades lúcidas que han tenido que debatirse en la tierra, se ven a sí mismas, en ciertas horas del día o de la noche, profundamente sumidas en auténticos estados de pesadilla en vela, rodeadas de la formidable succión, de la formidable opresión tentacular de una especie de magia cívica que no tardará en aparecer abiertamente en las costumbres.
Confrontado con esa inmundicia unánime que de un lado tiene al sexo y del otro a la masa, u otros análogos ritos psíquicos, como base o puntal, no es índice de ningún delirio el pasearse de noche con un sombrero coronado por doce bujías para pintar un paisaje del natural;
¿pues de qué otro modo habría podido el pobre Van Gogh iluminarse?, como bien lo hizo notar en cierta oportunidad nuestro amigo el actor Roger Blim.

En lo que respecta a la mano asada, se trata de heroísmo puro y simple;
y en cuanto a la oreja cortada no se trata más que de lógica directa,
e insisto:
a un mundo que tanto de día como de noche, y cada vez más, come lo incomible
para dirigir su maléfica voluntad al logro de sus fines, sobre ese punto no le queda más remedio que enmudecer.
Post scriptum: Van Gogh no murió a causa de una definida condición delirante,
sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acción de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los orígenes, el espíritu inicuo de esta humanidad,
el del predominio de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otra.
¿Y dónde está, en ese delirio, el lugar del yo humano?
Van Gogh buscó el suyo durante toda su vida, con energía y determinación excepcionales.
Y no se suicidó en un ataque de insanía, por la angustia de no llegar a encontrarlo,
por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qué era y quién era él mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella,
lo suicidó.
Y esto le aconteció a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absolución, o de cualquier otro rito de consagración, de posesión, de sucubación o de incubación.

Así se introdujo en su cuerpo
esta sociedad
absuelta
consagrada
santificada
y poseída
borró en él la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir, y como una inundación de cuervos negros en las fibras de su árbol interno,
lo sumergió en una última oleada,
y tomando su lugar,
lo mató.
Pues está en la lógica anatómica del hombre moderno, no haber podido jamás vivir, ni pensar en vivir, sino como poseído.



Tomado de: Van Gogh, el suicidado por la sociedad, Antonin Artaud. Argonauta, Buenos Aires,1988. Traducción: Aldo Pellegrini