La pared

Esther Díaz Llanillo





ESTHER DÍAZ LLANILLO nació en La Habana en 1934. Es Doctora en Filosofía y Letras, bibliotecaria, narradora y ensayista. Entre otros libros, ha publicado sus relatos en El castigo (1966), Cuentos antes y después del sueño (1999), Cambio de vida (2002) y Entre latidos (2005). Cuentos suyos han aparecido en antologías y revistas, en Cuba y otros países.

Empezaré por hablarles del cuarto en el que permanezco la mayor parte del tiempo. Está más allá de este lugar donde me hallo ahora. Realmente no puedo quejarme de él: es limpio y agradable. La cama es blanda, y puedo acomodar el cuerpo a mi gusto. A mi derecha diviso la ventana, amplia, iluminada durante la tarde por el sol, en la que se posan los gorriones a picotear los granos de arroz que furtivamente sustraigo durante el almuerzo.
Tengo un baño para mí solo, no hay que compartir con nadie. Y lo mejor es esta pared situada a la cabecera de mi lecho, por medio de ella me escapo durante la noche y a veces durante el día cuando ellos no me vigilan para hacer lo que me da la gana de mi persona.
Pues bien, continuando el relato, todo ocurrió de esta manera.
De pronto siento unos pasos que se aproximan por el corredor. Debo regresar al cuarto –me digo–, y atravieso la pared.
Me acuesto, la nuca descansando en la almohada. Cambio de idea y me reclino de medio lado, con una actitud lánguida: el brazo derecho recibe el peso de mi cuerpo, el otro, lo sitúo encima de la cadera izquierda, la cual describe en el aire una imaginaria curva; dejo caer como al descuido la mano libre sobre el muslo correspondiente, y palpo la tela fina del pijama bajo la yema de los dedos. Es mi pose favorita para estas ocasiones.
Ella entra –puedo verla– a la hora exacta, protegida por su impoluta bata profesional. El negro cabello recogido en un moño, los pies sumergidos en modernos botines. Sus oscuros ojos intentan disimular una mirada inquisidora bajo un falso aire de dulzura. Se dirige a mí con una voz melosa, de niña buena, casi tímida, y no obstante, yo sé muy bien lo que se trae entre manos.
–Hola, ¿cómo se siente hoy? –indaga con tono interesado mientras arrastra una silla y la sitúa junto a mi cama.
De momento no le respondo –me molesta tanta deferencia por su parte–, después, me oigo decir un “bien” casi imperceptible, anémico, surgido del desgano.
Quisiera abandonarme a una grata somnolencia, al roce de la brisa que entra por la ventana, pero ella está ahí estropeándolo todo.
Coloca sobre sus muslos –ocultos por el anonimato de su impecable bata blanca– una carpeta, la abre, saca una hoja de papel y se dispone a escribir con una estilográfica dorada que distrae mi atención.
–¿Qué fecha es hoy? –me pregunta.
Claro que la sé, es veintiuno de septiembre, pero le respondo distraídamente:
–Treinta de febrero.
Ella parece no haberlo notado y continúa.
–¿Día de la semana? No está de más adelantar un poco el tiempo.
–Es sábado –le digo, omitiendo que es lunes.
–Su edad y nombre.
–Seis años. Me llamo Quique –le contesto con un tono infantil, dejándola sin saber que friso en los setenta y que me llamo Ignacio Pérez Rivas.
¡Cómo disfruto en ese instante el reto de ver su imperturbable rostro!
–¿Tiene hijos?
–Varios. En realidad ninguno, que yo sepa.
–¿Cómo se llaman? –Tendré que averiguarlo con sus madres.
Golpea la hoja con la estilográfica como si quisiera recuperar la tinta. Continúa sin dar su brazo a torcer.

–Enfermedades que padece.
–Estoy loco de remate.
–¿Usted siente o ve cosas extrañas?
–La estoy viendo a usted. Ella parece incomodarse, hace una breve pausa y sigue.
–¿Se siente irritable, de mal humor?
–Galleticas de chocolate.
–Las galleticas se las dan en el desayuno, ahora es por la tarde. Fíjese bien, contésteme.
Su voz se ha alterado un poco. Una vibración imperceptible, pero que yo conozco muy bien.
–¿Está usted triste?
¡Qué desconsideración esa de meterse en mi vida íntima!
–Galleticas de chocolate.
Impertérrita, anota y continúa.
–¿Ha pensado en la muerte? ¿En quitarse la vida?
–Galleticas de chocolate.
Se levanta y camina por la habitación. Se detiene y apoya la carpeta sobre la baranda a los pies de la cama. Hay un largo silencio que finalmente rompe su voz.
–¿Cómo duerme?
–Boca arriba. Quiero mis galleticas de chocolate –digo en un tono lastimero.
Ella continúa sin hacerme caso.
–¿Tiene pesadillas que lo despiertan en la noche?
Me preocupa la idea de que ella sospeche mis escapadas nocturnas a través de la pared.
–Galleticas de chocolate.
–¿Se siente inseguro? ¿Ha perdido la confianza en sí mismo?
–Galleticas de chocolate.
Con un gesto enérgico introduce la hoja en la carpeta, me da la espalda, y sale precipitadamente, dejando el eco de un portazo tras de sí.
¡Qué alivio! No me gusta que indaguen en mi vida privada y menos en el desempeño de mi razón. Me levanto sigilosamente, para que no me oigan, atravieso la pared. Entro en este lugar donde me espera mi escritorio. Me siento, tomo un papel y me dispongo a escribir para ustedes –que nada me preguntan–, en tinta oscura y legible, este relato con las respuestas que faltan a las indagaciones más íntimas, las de las galleticas de chocolate.
Como ya habrán comprendido, no estoy loco, estoy más cuerdo que nunca. Mi único padecimiento (aparte de la artritis) es la pasión por la creación literaria: soy un escritor. Por eso tengo visiones, las incorpóreas y borrosas de mis personajes que me acosan en las noches y no me dejan dormir, hasta que atravieso la pared y me siento aquí a darles vida en mis obras.
No hay nada que me contraríe más –les confieso–, que interrumpan el proceso mental de intuir a mis caracteres cuando estoy en el cuarto. Al clavar la vista fijamente en el techo, aislándome del mundo exterior, todos saben que algo extraño me ocurre, y si alguien se atreve a hablarme, recibe a cambio, como castigo, el látigo de mi furibunda mirada.
Es verdad que a veces estoy triste, y hasta me asalta la idea de la muerte cuando la pared se vuelve sólida y no puedo cruzar. En esos instantes mis personajes me acosan en medio de las sombras nocturnas y no me dejan dormir, sin que yo sepa cómo explicarles que no logro darles vida, que casi no sé cómo ellos son. Momentos terribles en que pierdo la confianza en mí mismo, hasta que la pared un día vuelve a abrirse y me permite pasar.
A veces me asalta esta angustia: ¿Y si se cerrara para siempre...? ¿Si yo permaneciera atrapado en el cuarto sin nunca más poderla atravesar?
Por otra parte, en secreto les digo que, en algunas ocasiones, cuando me hallo aquí, entre mis papeles, me tienta la idea de quedarme definitivamente, sin que nadie sepa a dónde he ido a parar.
En fin, como ustedes ven, todo depende de la pared.
Ahora me despido, pues escucho que alguien se acerca por el corredor. Seguramente es ella que vuelve de nuevo a importunarme con sus preguntas. Sé que me vigila, pero no me cogerá in fraganti. Así que debo atravesar la pared. Les escribiré más tarde.
Ya estoy aquí. Me acuesto. Adopto mi pose favorita. Dejo caer el brazo sobre el muslo izquierdo con cierta languidez. Miro distraídamente hacia la ventana. Oigo el sonido de la puerta al abrirse y pasos que se aproximan. Alzo la vista. Ella está ahí, observándome con un aire triunfal. Lleva en una mano la carpeta y en la otra –¡oh sobresalto!–, un paquete repleto de galleticas de chocolate. Arrastra con decisión una silla hacia mí. Se sienta. Abre la carpeta. Saca una hoja en blanco, una estilográfica dorada y me empieza a preguntar.