El temperamento poético
de Manzano
Laura Ruíz
Si realmente puede existir un pacto con la lírica,
una alianza secreta y luminosa con lo recóndito y
vital de cada palabra, de cada verso escrito y hallado,
si es dable que esto suceda, Ediciones Vigía ha
vivido y está viviendo una suerte de lujo por haber
establecido una complicidad radiante con la poesía
de Roberto Manzano.
El temperamento poético, la alegoría esencial de
Manzano, ya habían sido atisbados en Transfiguraciones,
cuaderno que Vigía publicó anteriormente
y que sirvió de guía, de senda conductora hacia
el camino de la poesía de este autor.
Ahora, unos años después, el taller medieval
apostado a las orillas del San Juan, hace nacer La
Hilacha, un libro que lleva en sí el difícil arte de la
medida, el fiel de la balanza.
Una especie de himno único recorre estas páginas
donde el ritmo de los versos y el ritmo interno
–el de la respiración que no se mide ni se cuenta por
sílabas– construyen una realidad como quien conduce
suavemente una conversación de sobremesa.
No es un texto para saciar el hambre ni son estos
versos la fruta, la golosina ni los condimentos.
Habiendo sobrepasado todo esto, La Hilacha es la
conversación de sobremesa. Pero no la bulliciosa
plática exaltada por el licor sino la palabra blanda
que antecede a la oración nocturna al caer el día.
En una nota que precede a los poemas, Roberto
Manzano habla del tratamiento de la décima en
este libro, “ánfora griega o cáliz judaico”, le llama,
contentiva de todo. Vasija de dos asas que el poeta
toma por un lado por y sus lectores por el otro.
Recipiente que lleva en sí la bebida que no embriagará
sino que se apresta a recorrer, con sabiduría, el
sendero que va de la boca a la sangre.
El poeta inicia el mismo recorrido del vino, dice:
“Afuera/ me siento,/ y coloco el pensamiento/ en la
salmuera.”
Dispuesto a penetrar en el cántaro, mezcla palabras
para aventurarse por los labios de los lectores y
hacer el recorrido más difícil: el viaje interno para el
cual no siempre estamos aptos. “Todo es irse para
adentro”, todo es beberse a sí mismo en cada sílaba.
A medida que avanzamos en el texto volvemos a
las antiguas transfiguraciones de Manzano. La décima/
ánfora que inicialmente contenía vino, a ratos
también muestra la miel y el trigo. Y no es que se
divida, sino que la línea poética se convierte en una
flecha recta donde todo se mezcla hasta llegar al
blanco, colmada de entrecruzamientos y relaciones
varias.
Perceptible se torna el aislamiento dentro de la
abundancia, el silencio dentro del diálogo. “La vidriera
y el lagar./La dalia y el monolito.” Las palabras del
poeta ocupan toda la ausencia para convertirse en
presencia total.
“Como un sismo/ canto./ Me levanto/ del abismo./
Soy yo mismo” –dice Manzano, consciente de
que no hay otro camino hacia el re-conocimiento
de los otros y de la realidad. El misterio propio es el
único guía y de ese misterio se sirve el poeta para
dejar crecer estos versos. Ese misterio es lo que nos
entrega dentro del ánfora, misterio visible pero a la
vez enigma sellado. Poesía y vida en Roberto
Manzano, poesía y vida sumergidas dentro de lo
que verdaderamente importa, alejadas de lo trivial,
al margen de guerras sin sentido, de palabras
hirientes, fuera de todo oropel y vacuidad.
La cerámica pura, sin decorar; el cuenco elegantemente
negro, que son la forma externa de estas
décimas, trazan un estilo poético que transcurre
dócilmente hacia una atmósfera de barcos que se
alejan y regresan, siguiendo rutas varias, escuchándose
desde la orilla siempre el mismo canto que de
estos navíos nace. El mismo canto cuando parten, el
mismo cuando regresan en incansable viaje. Naves
que se transfiguran en potros blancos, mar que
reverdece como pradera.
El estribo y el tendón fusionados. La relación
ética y estética entre las cosas vivientes y las inanimadas,
constituye la médula de este cuaderno.
Visibles los códigos de la emoción, las puertas abiertas
invitando a seguir el clarísimo hilo, la madeja, la
hilacha, la fragilidad que sostiene todas las cosas,
todas las inquietudes.
“Algo llega/que no está en mensajería/habitual”,
explica el poeta y es justamente la refracción de lo
inasible lo que nos acerca a la lectura de este libro.
La neblina del ánimo aparece como claridad y estas
variaciones de muros, colmenas, playas, desgarramientos
y debilidades es lo que ha observado atentamente
Rolando Estévez para concebir el hermoso
diseño de estas páginas donde el peregrino
Manzano, hebra en mano, nos hace transitar por la
gravedad de estos versos, por la solidez de su palabra,
por el éxtasis de una conversación tan sutil
como la porción de días y noches, de espera y viaje
que cada quien lleva consigo.
Las argucias de Caridad
o
El mérito de releer a Martí
Alberto Abreu
El mérito de una solicitud misteriosa: de algunos
poetas románticos mexicanos en Martí (Instituto
Mexiquense de Cultura, Toluca, 2005) es una pesquisa
literaria atrevida y riesgosa, una indagación
que en tanto nos ilumina y deleita pone a prueba la
suspicacia y madurez de Caridad Atencio como
investigadora. “La investigación que acometemos
–confiesa– parte de la hipótesis, esbozada por el
importante estudioso mexicano Andrés Iduarte, de
que el contacto de Martí con América a través de
México añade nuevos temas a su poesía…” Pero no
puede negarse que una cosa es la insinuación de
Iduarte y otra bien distinta el hecho de acometer su
verificación, es decir, dejarse seducir, arrastrar por el
diablillo de la alusión. Esto último delata avidez de
saber, como cierta complicidad con la obra del estudioso
mexicano.
Más allá de todo esto, cuando me disponía a
abrir el libro me preguntaba: ¿Cómo dejar constancia
de las influencias de Manuel Acuña, Juan de
Dios, Manuel María Flores y Salvador Díaz Mirón en
la configuración de una poética como la de Martí,
que ha sufrido, durante más de un siglo, los más
disímiles asedios? ¿No será de por sí una aventura
demasiado pretensiosa?
La investigadora da muestras de astucia en este
sentido. La primera de ellas consiste en el instrumental
teórico metodológico desplegado, su
actualidad: Bajtín, Gerard Genette, Harold Bloom,
Julia Kristeva; sin desdeñar otros propios de la poética
histórica, como lo es el caso de la literatura
comparada, esta última como exigencia que
emana de su propio objeto de estudio en el plano
de la historicidad.
Martí, así lo demuestra la autora de El mérito…,
es, a principios del siglo XXI, un texto persistente que
ha sobrevivido al tiempo y a la voracidad de sus
exégetas. Es curioso cómo a medida que la investigadora
se adentra en el universo poético martiano,
rastrea marcas, hendiduras, lo desmonta, va configurando
ella misma su propia escritura, articulada
desde la argucia, el enmascaramiento. Voy a citar
dos ejemplos en este sentido. Al primero, ya he aludido
unos párrafos antes: el campo del instrumental
teórico crítico, la manera en que este libro dilucida
las tensiones entre poética histórica e intertextualidad.
El segundo, es la veladura discursiva con
que se dialoga, de manera ahistórica, sin siquiera
mencionarlo, con otros estudiosos de Martí, como
es el caso de aquel memorable ensayo de Calvet
Casey aparecido en Lunes de Revolución, específicamente
en el capítulo “José Martí y Manuel Acuña”,
donde a partir de un cotejo textual entre “Ante un
cadáver” y “Vida”, se constata cómo la “idea del
cuerpo como cárcel […] Esa vecindad, esa prisión
del alma en el cuerpo […]” que tanto seduce e
inquieta a Casey y que “aparece difuminada en
varios textos poéticos de Martí concebidos y publicados
en México”, nace de su interacción con la
obra de Manuel Acuña.
El libro, además, es inusitado por la robustez de
las argumentaciones que apuntalan cada idea, fruto
de una mirada escudriñadora, atenta a las inflexiones,
giros escriturales, matices de los textos de
Manuel Acuña, Juan de Dios Peza, Manuel María
Flores y Salvador Díaz Mirón y la manera en que
ellos se transmutan, se transustancializan en la
poética martiana. Y diría más: por la manera insospechada
de relatarnos cómo varias vidas y destinos,
confluyen, se superponen en la escritura.
Finalmente, no estamos ante una indagación que
se estructura desde lo definitivo y definitorio; sino
que al tiempo que ilumina muchas zonas de la poética
de Martí, nos propone nuevas interrogantes.
Continua...  |