La Máscara del Zorro

Alberto Rodríguez Tosca

 

La lluvia sirve también como una máscara.
N.C.

Cuenta Augusto Monterroso en una de sus mejores fábulas (El Zorro es más sabio), que el Zorro se dio con razón por satisfecho luego de publicar dos libros de mucho éxito. Pero pasaban los años y no publicaba otra cosa. “¿Pero qué pasa con el Zorro?”, se preguntaban sus colegas. Y cuando lo encontraban en los cocteles, se le acercaban para decirle: “Zorro, usted tiene que publicar más”. “Pero si ya he publicado dos libros”, respondía él con cansancio. “Y muy buenos –le contestaban–, por eso tiene que publicar otro”. El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo, pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”. Y no lo hizo.
Y no lo hizo Norberto Codina durante dieciocho largos años. Después de A este tiempo llamarán antiguo (1974), Un poema de amor según datos demográficos (1976), Árbol de la vida (1984), Los ruidos humanos (1986) y Lugares comunes (1987), sus poemas visitaron antologías, revistas, periódicos, auditorios, pero no libros. Ahora reaparece el Zorro (nunca desaparecido: desde hace dieciocho años –los mismos dieciocho años dedicados a cultivar su máscara– dirige La Gaceta de Cuba y es y ha sido juez y parte de otros etcéteras que hoy no vienen al caso) con Convexa pesadumbre.
So pena de ser confinado de inmediato a cursilería perpetua en cárcel de máxima teatralidad, me atrevería a afirmar que, entre los libros-lagunas (donde no pasa absolutamente nada), los libroscataratas (donde todo se desborda a borbotones) y los libros-mares (donde todo lo deciden las mareas: altas, bajas, medianas, siempre con algo de catarata y algo de laguna), el de Codina pertenece a la estirpe de los libros-ríos… De hecho ya me atreví, pero trataré de justificar que la imagen no es del todo gratuita.
A diferencia de los libros-mares, no es en este el vaivén de las olas el que determina el ritmo de las corrientes sino la voluntad inconsciente del poeta; a diferencia de los libros-cataratas, todo lo que aquí se desborda se desborda hacia dentro, en la introspección abierta del que se sabe hablando desde la “lengua-corazón”; y a diferencia de los libros-lagunas, las aguas de este libro se mueven, lenta, nerviosa, acompasadamente, en paz, sin contradecirse, pero interrogándose, interrogándonos siempre.
No hay –en este libro, en este río– rápidos, torrentes furiosos, chorros, caídas, cascadas, saltos de agua... Hay agua, unas veces cristalina, otras turbia, según el talante con que se hayan aparecido las lluvias de la semana. “La espléndida lluvia de la tarde,/ la melancólica de la madrugada/ la estremecida de la tormenta, con su lento fragor./ Y aquella mansa que…”, y la “multiplicada por la selva/ que se derrumba en el río como una muralla”… En fin, “está la lluvia que arde”.
Y hay –en este río, en este libro–, sobre todo, afluentes, cada uno entregado a sus muy particula- res serpenteos y fiel a los requerimientos de su propia velocidad, pero todos entrenados para desembarcar en una misma orilla: esa en la que un hombre solo (ora lector, ora poeta) espera sentado sobre el mar recibir en herencia “las únicas propiedades que no pudieron quitarle/ a la resplandeciente naturaleza del río”, esto es: una conversación consigo mismo para comunicarse con todos.
Como un gran calidoscopio que se entiende con los colores del paisaje y se mezcla y confunde con ellos, desfilan por este río, por este libro, “en el monte/ la delicada armonía de los pájaros/ En la ciudad/ la bárbara carpintería de ruidos y voces”. Y como el paraguas y la máquina de coser sobre la mesa de disección, se reúnen en sus páginas “el concierto de la cafetera” y “una luz circular como el olvido/ tarde”; “la mano sobre el sexo” y “la batalla trémula del ciervo herido”; “la economía doméstica” y “la cópula que llamamos memoria”; “el horror del cañaveral” y “las obras no escritas de Shakespeare”; el dibujo animado de la hija “ante la paz prestada del televisor” y ese “enorme dibujo animado que es la guerra”, “los labios helados de Malmö y Leningrado” y “la bahía de Manzanillo” inventada por Benny Moré, “el álgebra de Baldor” y “la cuartilla mínima, pálida/ sin firma equivocada”... Y así, sin firma equivocada, por muchas más cuartillas (ni tan pálidas, ni tan mínimas), verso tras verso, se descuelga un copioso abanico de imágenes como “el diente solitario de un animal/ perdido en el pasaje del agua”. Y otra vez y siempre el pasaje, el paisaje del agua (Anaximandro) en el que se permite “morir cruzando el río”, mas no “para entristecer, sino para socorrer a los demás/, para recordar a los demás/ en un olvidado rincón del evangelio”.
Quién no recuerda aquellos versos de hace muchos años en que la madre y la actriz “nacieron juntas,/ ambas se casaron con Rosellini y Ángel y me perdonaron. Se comportaron magníficas/ tremendamente actrices y maternales”. En ese mismo tono sereno y cordial, regresa Codina para legarnos nuevos testimonios de honestidad lírica y humana; sin trascendentalismos, malabares estilísticos, desafíos formales o palabras de más. A su modo regresa, cómodo en su salsa, vomitando ideas que son vísceras, angustias que son úlceras, tripas que son a todas luces corazón, y como más sabe el Diablo por zorro que por Diablo, regresa más poeta.
Con una pregunta comienza Convexa pesadumbre: “¿La poesía es el habla más perfecta del hombre?”, y con un lamento sobre la imposibilidad de la respuesta: “Una sola vida para tantas preguntas”, termina. Y a “la soberbia de las respuestas” se refiere en algún momento el poeta. Por eso ya nadie le pregunta en las tertulias cocteleras: “¿Pero qué pasa con el Zorro?”, y ya no se molesta el Zorro en responder: “En realidad lo que estos quieren…”, pues Norberto Codina tuvo la osadía de publicar su sexto libro de poesía, pero también el cuidado de que fuera un libro bueno, y eso lo hace más sabio que el Zorro de la fábula.

Bogotá, octubre de 2005



Los pasos perdidos
o el revival de una novela


Cira Romero


Cincuenta y tres años han transcurrido desde la publicación de Los pasos perdidos y el acecho continúa. Ha vuelto a ella Leonardo Acosta1 con el libro Alejo en tierra firme. Intertextualidad y encuentros fortuitos (Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2004). Su relectura de una de las obras más asediadas del autor de El siglo de las luces deja al lector con un sentimiento de recuperación que se torna, a la vez, espacio para el debate, como si el autor nos retara a encontrar otras respuestas a las suyas, muchas de ellas audaces e indicadoras de que su repaso de la obra y sus correspondientes interpretaciones han transitado con extrema lucidez por coordenadas de azarosa terra incognita. Alejo en tierra firme… es un libro de sorpresas: por la novedad y la valentía de las ideas expresadas en torno a la obra que estudia, por el modo llano con que las expone, muy apegado al espíritu ensayístico de los escritos de Voltaire y sin el aburrido (aunque a veces imprescindible) aparato crítico que muchas veces hace sucumbir a notables trabajos de índole semejante.
Un acercamiento precipitado al libro puede ser un modo infeliz de llegar a él. Como Acosta es capaz, tras haber recibido la novela criterios muy autorizados, de aportar ideas a contracorriente, para las que acude a propuestas a veces osadas aunque llenas de novedad, es necesario que nos protejamos a priori de sus afirmaciones y las meditemos para no caer en la “otra ficción” que puede aportar en el lector una especie de aturdimiento del que no logrará recuperarse y no tendrá otra opción que la de cerrar el libro sin haber avanzado más allá de las veinte primeras páginas. Una vez a salvo, puede iniciarse entonces una lectura que denominaría, a falta de una mejor expresión y a sabiendas de su acientificidad, de “no provinciana”, y a través de la cual iremos construyendo o reconstruyendo una novela que es otra y, a la vez, la misma, en un proceso que va avanzando paso a paso en los, a veces, minicapítulos del libro, hasta que, no sin sobresaltos y dudas compartidas o no con el autor, llegamos a su final con el aliento entrecortado por haber transitado por tantas y a veces extrañas guaridas donde Leonardo Acosta ha espiado con la serenidad y el aplomo del más perfecto investigador, no literario, sino policial. Porque en el (los) método(s) atípico(s) utilizado(s) por el autor de Música y descolonización descansa el rigor del libro, en el cual percibimos que no hay camuflage, que no pretende pasar el camello por el ojo de una aguja, que no hay afán de epatar. En la medida en que Acosta va soliviantando sus aproximaciones críticas, las va haciendo cada vez menos ortodoxas y, por ende, sus criterios se nos tornan exuberantes a simple vista, como si estuviera movido por una escritura que como un raudal desborda cualquier obstáculo en su desarrollo. Entonces vale la pena detenerse, respirar, pensar y repensar lo leído para una vez eliminada la pasión de una escritura que logra envolvernos (no entorpecernos) por los presupuestos que defiende, volver al texto. En su diálogo con críticos de la talla de Roberto González Echevarría, Carlos Rincón o Klaus Müller-Bergh, Acosta coincide o rechaza, tributa y discurre con evidencias incontestables
en tanto crítico audaz y hasta ríspido en ocasiones. Cuando abre nuevas vías para el acercamiento a la obra –valga el ejemplo de lo que, en su criterio, aporta a Los pasos perdidos el alemán Alejandro de Humboldt y su obra Del Orinoco al Amazonas; viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, ya reconocido por otros críticos, pero que Acosta lo retoma bajo nuevas claridades– sus demostraciones avanzan con un esfuerzo casi preciosista por demostrar; pero más allá de la mera reflexión subsiste, en último término, la voluntad de presentarnos la mejor manera de enfrentar una novela que es, en sí misma, portadora de lenguajes y espacios que dan cabida a un discurso literario en el cual se aprovechan los más disímiles resortes estilísticos y las más oportunas simbologías. Pero también el crítico busca en Los pasos perdidos otras presencias, en este caso la de los novelistas de acá: José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Agustín Yánez, Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietri y Jorge Luis Borges (“Encuentro indefinible con Borges”), en el que busca, y encuentra, el tan viejo recurso de la intertextualidad, como antes lo demostró con muchos de los autores citados y otros, para dar como resultado páginas que no dudo en calificar de memorables, para un acercamiento ganancioso a esta obra de nuestro mayor novelista. Sin dejar de reconocer que “Borges y Carpentier son dos literaturas distintas, y acaso irreconciliables ideológicamente” (p. 101), Leonardo Acosta nos propone un conjunto de tangencias entre ambos que tendrán, como signo de conciliación, una especie de alternancia que se funda en la multiplicidad de motivos comunes a ambos escritores y que el crítico desentraña con notable lucidez.
La división del libro en dos partes, más los anexos (estos últimos ceñidos a dos textos de Carpentier: “Tristán e Isolda en Tierra Firme” y su prólogo a El reino de este mundo), viene a constituir una especie decontinuum de la primera en relación con la segunda, puesto que si en la inicial Acosta transita por cuestiones como “Lo barroco y lo real maravilloso: usos y abusos” y otras relacionados con autores con los que el novelista ha establecido vasos comunicantes, como ya advertimos, en la que le sigue aborda aspectos como la modernidad y la postmodernidad a la luz de esta obra, los temas, motivos y procedimientos comunes que median entre Los pasos perdidos y Bajo el volcán, la reconocida novela del Malcolm Lowry, y el surrealismo en su atmósfera y procedimientos, entre otros tópicos del mayor interés.
Alejo en Tierra Firme. Intertextualidad y encuentros fortuitos es un libro que se abrirá paso por sí solo. De hecho, la Academia Cubana de la Lengua lo estimó como el libro más sobresaliente de entre los publicados en Cuba en el 2005 dentro del campo de las letras, lo cual viene a resultar un aval de singular importancia, que reafirma nuestro criterio de que estamos en presencia de una obra donde, aunadas la crítica y la investigación, ambas se colocan a la altura de la propia obra que se analiza.

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Es autor también del libro Música y épica en la novela de Alejo Carpentier así como de varios artículos sobre nuestro novelista mayor.