Falsos documentos, de Mirta Yáñez: Un premio justo a la Literatura

Teresa Blanco




El Eclesiastés afirma que no hay nada nuevo bajo el sol (nihil novum sub sole), porque lo que se haga ya estaba hecho en los siglos que nos han precedido, y al tomar esta idea con un sentido metafórico, aplicada a la literatura, vale decir a la re-invención, al re-ciclaje de los temas, podría asegurarse que un asunto tomado por un flanco inesperado puede convertirse en nuevo motivo de creación. Pero, la apropiación, vista a lo largo de la historia de la cultura, provoca que, en efecto, se asista a la idea de que todo puede ser re-interpretado, re-asimilado. Hoy, en la escultura y la pintura especialmente, se habla de apropiación cuando se acude a un referente identificado (o no) por parte del espectador. Pensemos en pintores cubanos que recuerdan de un modo casi directo a Tatlin, al Bosco. En música sucede otro tanto cuando sabemos que alguna obra le debe mucho a Stravinsky, que a su vez le debe mucho a Pergolesi.
Pero al leer –la palabra es tan evocadora como la imagen y tan emocionante como una hermosa melodía– aparece de golpe esa muchedumbre de autores, de personajes, de atmósferas, que nos mantuvieron atados (sometidos) a los cuentos y poemas de Poe, a Jack London, a las prolijas descripciones de Maupassant, aunque después se relegaran para el texto propio, y se devorara (él a nosotros, sería mejor decir) a Horacio Quiroga. Quién no se estremeció con los relatos de Dickens, quién no palpitó con la Divina Comedia. Estamos hechos de vida y también de buena literatura. En los tiempos que corren (a río revuelto…), cuando se decodifican las entrañas de un poema, de un cuento, de una novela, y se considera que “crear” una falsa hibridación es estar avant la lettre y que el éxito reside en bajar/soplar/meter (incluir) una buena cantidad de “soecerías”, de “sexo apastelado”, de “ideología troceada”, se agradece mucho volver a encontrar literatura hecha de literatura que alude, en su dialogismo, a una obra literaria. Una especie de conciencia de la literatura que permite encontrar en ella nuevas aristas, nuevos escorzos. El resultado es tremante y poético por esas raras paradojas de la vida real y de la ficcional.
La pregunta se centraría en si la inmediatez, la urgencia de dejar una constancia del presente, no será pronto un pasado olvidado. Porque lo que perdura es el relato bien hilvanado, junto a la inflexión en la reverencia del artista ante el público, como bien aconseja el viejo payaso a su hijo en Los días de tu vida, de Eliseo Diego “…cuida bien el dibujo de la curva: todo es arte al fin”. La legitimación de un acervo de más de veinte siglos, se convierte en un acto de creación literaria y de calibración del escritor.
Cuando evocamos, con Umberto Eco en su última novela, La misteriosa llama de la reina Loana, –salvando las distancias de herencias literarias puntuales– la cultura del cómic, las revistas de otros tiempos, la música de nuestras adolescencias, no se rinde culto a la nostalgia, sino que nuestra vida ha estado conformada por esos contextos en el tiempo histórico de la lucha estudiantil contra la dictadura de Batista.
Estamos asistiendo al hecho creador que se desprende de otro de igual índole, que diseñó nuestras vivencias y es parte también de esa herencia cultural. Incluso, en cierto grado, de una cultura massmediática. Y esta no se rechaza, se suma, se imbrica sin violentación alguna. Se ha asimilado, se convierte en un producto propio.

Entonces llega(n) Falsos documentos.
Y cuánta referencia, cuánta motivación puede desencadenar en quien no ha leído “El almohadón de plumas” y recele ahora de la seguridad de su almohada, y salga corriendo a buscar a Horacio Quiroga. Quien que no haya leído “El cuervo” no buscará estremecerse con Poe. Nadie se espante por esa resonancia, por ese sentido multiplicador, que lezamianamente, diríase, ofrece posibilidades infinitas. La buena literatura está hecha de ella misma. Y este libro de Mirta Yáñez, tiene su propio antecedente en un magnífico poemario suyo, Notas de clases. Y su obra se entreteje yendo del poema al cuento, de este al análisis de novelas, o corrientes literarias como en La narrativa del romanticismo en Latinoamérica, que le valió el Premio de la Crítica en el lejano 1990. Ya había obtenido obtenido el primero, con el libro de cuentos El diablo son las cosas, en 1988. Y no sé cómo no se dieron cuenta de que El matadero. Un modelo para desarmar (2004), unía la maestría del docente y la gracia de la exposición sin hacerlas reñir entre sí. Es decir, que Mirta Yáñez no ha dejado de escribir durante estos más de cuarenta años, con ese estilo suyo, ligero, simpático y guasón (le revolotea alrededor, muy a menudo, el Ángel de la Jiribilla), pero siempre hondo, muy humano, muy visceralmente espiritual. Su rigor en el análisis hace de sus ensayos y estudios académicos, un placer sin adustez alguna. No es la magistra pedante. ¿Pero es que hay alguien que considere que sienta pauta con esos modos seudocientíficos, que repiten préstamos innecesarios, “tecnicismos”, que rayan hasta el desgaste una estructura sintáctica, pobre, por demás?
Deberíamos pensar que hay generaciones que no han leído lo suficiente y que, en su necedad, desprecian a los clásicos, y no se diga que es porque hay un cambio de sensibilidad. Cuando de lo que se trata es que aquellas constantes humanas, sobre las cuales Carpentier llamaba la atención como aspectos esenciales para ganar una perdurabilidad en el tiempo, se mantienen vigentes porque constituyen parte de la naturaleza del hombre. Cualquier tema puede ser abordado, por incómodo que sea, siempre que se acompañe de grandes calidades estéticas y sólida reflexión. La procacidad, la vulgaridad como boutade (a veces me parece que no hay otro código), no es, como se cree, la garantía del éxito, a no ser que se escriba por motivaciones extraliterarias, colonizados por qué nuevo colonizador. Lo sorprendente es que con un falso sentido de representatividad se presta atención a formas que emergen no de la periferia a un centro, sino del abismo profundo de la más abisal ignorancia. Nada más fácil que reproducir un diálogo de la calle, “la vida misma”. Sin embargo, Galdós trabajó el lenguaje popular y lo llevó a un plano literario en su obra y este no dejó de tener la chulería del Madrid profundo.
Tiempo al tiempo. Y se confunde la vida cotidiana general con determinados estratos sociales, queriendo, a modo de umbrella, subordinarlo todo a una sola forma chocarrera. No hay que temer a la vida, pero sí a la mala literatura. Se reduce todo a un solo modo de expresar la realidad, real o ficcionada.
En Falsos documentos, el presente está ahí, incluso actitudes abominables, mezquinas, el temor a enfrentar una verdad que pudiera quebrar una apacible vida o el tema, desgraciado en su tratamiento, de la tabuización de orientaciones particulares del ser humano, hoy vistas como respeto a la alteridad (algo hipócrita, pero al menos ya no se señala con el dedo, ni se expulsa a nadie de ningún lugar por eso, algo es algo). La maldita circunstancia de la diasporidad se ve expresada en ese terrible relato, “Nadie llama de la selva”, fiel homenaje a Jack London. “Para contar una historia de Navidad”, texto de mucha significación para quienes ven la Facultad de Letras como una parte importante de sus vidas, es un tributo mágico a la memoria de Camila Henríquez Ureña, un delicado acercamiento a su recuerdo, a la impronta que dejó en el imaginario de la Facultad junto con su Sillón, el Banco, la otra Mirta, y la intelligentsia que por allí pasó. No es un libro que aborda el pasado, sino que se apoya en la literatura, no como cayado, sino asimilándola de manera natural, insertándola en el hecho narrativo. El mundo de relaciones procedentes del universo espiritual que proviene de la cultura, de la lectura, se sirve de un legado, del mejor modo posible: Falsos documentos exhibe una alta calidad estética. No voy a analizar aquí los guiños cómplices cuando denota a los personajes, es un juego delicioso de la autora como lo ha sido en tiempos de Dante, en los Siglos de Oro, y en toda la obra de autor, sea pintor, sea escritor, sea escultor. Se puede reconocer (no es necesario), el personaje o cómo le construyó el nombre con apellido incluido. Qué importa al lector de hoy el verdadero nombre de una amada, de un amante. Importa el madrigal, el medallón hermoso que se ve detrás de la vitrina en una sala perdida del Ermitage; qué importa saber el nombre de la niña que posó para La chiquita piconera, de Julio Romero de Torres. Lo que nos zarandea es su mirada.
Eso basta.
Mirta Yáñez, en su ya larga trayectoria como escritora, posee una amplia bibliografía, se mueve del poema al cuento, de este al ensayo, apela al buen sentido crítico en antologías que han marcado pautas en los temas seleccionados. Es una creadora que no ha dejado nunca de ser fiel a preceptos que resultan hoy, para algunos, anacrónicos: el sentido de la honestidad, que es un principio que no puede dejarse de lado nunca a riesgo de que perdamos la condición humana, se refleja de modo tajante en este libro.
Falsos documentos está exquisitamente ilustrado por Morante. Dibujos que dimanan de los cuentos mismos para subrayar alguna imagen que ha pesado más que otras a la hora de expresar artísticamente los once relatos. Ha sido importante también que Morante sea un gran lector, tanto de los clásicos como de autores contemporáneos, lo que ha posibilitado un mejor entendimiento de la atmósfera visual que requerían los cuentos desde el punto de vista de la integración de texto e imagen en una unidad semiótica nueva. Están hechos con pincel y tratados en la computadora, esta última no como una herramienta convencional más sino como otra posibilidad creativa. El conjunto es un libro bello como objeto también. Morante considera que el trabajo del ilustrador debe integrarse con el del escritor de manera que el lector llegue al convencimiento de que ambas obras nacieron al mismo tiempo.
La literatura cubana ha ganado mucho con este Premio de la Crítica 2005 otorgado a Mirta Yáñez, que muy bien ganado se lo tiene, (y van tres) no sólo por este libro en especial. Su obra merece un acercamiento más detenido porque esta creadora, investigadora, poetisa, tiene un registro muy amplio y tan certero allí donde su imaginación, su lirismo y rigor analítico se unen. Y cuando esto se haga, sonará la hora de los mameyes… ¡El diablo son las cosas!

 

Continua...