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PRISIONEROS
DE ALEXISA ALBERTO
GUERRA NARANJO
EN CUBA, según Cortázar, los jóvenes malogran sus novelas
por falta de control en los materiales que manejan. Leí la
frase en una vieja Gaceta de los años sesenta. La encontré
una tarde en la Unión de Escritores. Jóvenes que no eran artistas
botaban papeles en el almacén y yo, al menos, logré salvar
la entrevista de Cortázar. Maestro, envejeció el papel, pero
no su pensamiento, me dije. En Cuba, hoy, ahora, en este instante,
los jóvenes todavía malogran sus novelas por la falta de control
en los materiales que manejan. Estamos acudiendo a un renacer
editorial y celebramos. Estamos acudiendo a un renacer escritural
y celebramos. Aparecen nuevos novelistas, nuevos premios,
nuevos premiados. Mucho aplauso por el renacer.
Pero ojo con la frase de Cortázar. Abunda la hojarasca, la
promoción inmerecida, los controladores literarios, los sancadilleros.
La crítica debe establecer su jerarquía en la penumbra de
este bosque. No todo es bueno. O, mejor dicho, la menor parte
es la considerable. Por esto, y sólo por esto, debo confesar
que estuve escéptico cuando comencé a leer Prisionero del
Agua.
Me habían dicho que fue premiada en España y que trataba de
balseros. Yo, de balseros, estoy harto. En el noventicuatro,
cuando partían a montones, numerosos colegas presentaron su
cuentecito de balsero en los concursos y ya nadie puede recordarlos.
En literatura, tantos balseros, becados, milicianos, soldados,
constructores, matarifes, frikees y gays, suelen ser fácilmente
olvidados. Su permanencia en la memoria del lector no depende
del instante de moda, ni de su condición de personajes reales.
Hay algo más. Siempre hay algo más. Difícil de explicar para
los críticos y para los propios lectores. Algo que, quizás,
dependa del demonio, o de la garra de quien los haya inventado.
Cualquiera puede escribir, pero no todos tenemos garra, no
todos tenemos demonio.
Entonces, mientras leía Prisionero del agua, comprendí que
era víctima del engaño más cruel. Hasta en la contraportada
del libro me habían engañado. Yo no estaba leyendo una novela
de balseros. Leía, disfrutaba, devoraba, sencillamente, una
excelente novela.
Atrapado, prisionero de Alexis, recordé a mi madre tejiendo
el par de trenzas de mi hermana. Yo debía llevarla a la escuela
y siempre esperaba la conclusión del peinado. Soñoliento,
contemplaba los dedos de mi madre dividiendo el pelo en varias
partes, la agilidad marcada por su práctica de años, los estirones,
la rapidez, las quejas de mi hermana, cada sección de pelo
insertándose, una sobre otra, en armonía casi perfecta, hasta
concluir con la trenza. Sus cabos sueltos terminados en un
lazo. Montar y desmontar. Plantar y suplantar. Una tarea imposible
para dedos que no fueran los de aquella mujer que era mi madre.
Así sucede con la estructura que Alexis se propuso en Prisionero
del agua. Con la estructura y con todos los sucesos, con los
sucesos y sus niveles de lenguaje. Alexis teje una trenza
admirable. Trescientas ochenta páginas de una trenza ágil,
dolorosa, vibrante, sutil, de la que ya no podrá despegarse
el lector menos prudente, luego de situarse frente al libro.
Enildo Niebla, con salidas propias de cualquier joven actual,
ingenuo a veces, profundo otras, provocador, provocado, transgresor,
comedido, abrumado y feliz, es el hilo conductor de esta trenza,
su parte importante. Pero su abuela es símbolo, alegoría injertada,
raíz del árbol, identidad de barrios, cosmovisión. Ellos serán
los protagonistas del reparto y también de otros Repartos,
ciudadelas y barrios de La Habana auténtica por la que irán
transitando. Nosotros, junto a ellos, descubriremos lo que
no habíamos visto, lo que hasta ahora ningún escritor, joven
o viejo, nos había contado, lo que teníamos frente y se nos
diseminaba.
Pepe Gibara, un secundario auténtico, el negro que existe
en las narices de todos los artistas, que pide a gritos ser
representado, ser meditado, puesto en palabras, porque es
protagonista diario desde nuestras infancias, y la patria
es la infancia, según dijo alguien, también es parte esencial
de esta trenza. Primera vez que veo a un tipo como Pepe Gibara
caminar por las calles de un libro, moverse como es, pensarse
como es, sin maniqueísmos, sin paternalismos.
Otros personajes, no menos importantes, son el tío Bárbaro,
Yindra y Lorenzo al cubo. Cada cual aportará su poco, será
parte de la trenza, complemento para convencernos de sus vidas
en esta ciudad bien inventada. Mujeriegos, casquivanos sin
arreglo, traficantes de sueños, conquistadores del amanecer,
inventores, honestos, deshonestos, indiscretos, solidarios,
apasionados, calculadores, pero realidad de la novela, realidad
de la noticia, que es lo que significa la palabra novela.
El padre de Enildo lo perseguirá como el fantasma en que se
convierten nuestros padres. No es la realidad sino la idea,
no es lo que fue sino lo que pensamos, y así va transitando
por las páginas, como a nosotros, los nuestros, nos transitan
por la vida.
Con una prosa que es nervio, puro nervio, de alguien que conoce
lo efectiva que pueden ser las palabras cuando se colocan
bien, cuando dicen lo que quieren decir, la novela se nos
va abriendo paso y nos va ganando capítulo a capítulo, sin
aburrir, sin la pedantería que está de moda en ciertos libros
actuales. Han dicho que es fiesta del lenguaje, disfrute de
la letra, bacanal del lenguaje, y es verdad.
Prisionero del agua nos engaña, nos envuelve, nos describe
un Miami casi real. Nos coloca en sus calles con maestría
y nos hace creer lo que creyeron los cuatro personajes. Eso
es eficacia, garra, demonio y garra.
A veces, me pregunto cómo Alexis Díaz Pimienta pudo construir
esta novela, con tantas otras cosas en que se encuentra sumergido.
Es el poeta látigo de los concursos españoles, el decimista
de actos oficiales y guateques, el hacedor de cuentos, el
parrandero, el teórico, el profesor y el novelista que ha
escrito otras cuatro aún no publicadas. De dónde saca tiempo
éste muchacho, así dirían los viejos. Pero no se trata de
tiempo ni de espacio, se trata de talento, y a Díaz Pimienta,
para honra de nosotros, le sobra.
Lo inmediato trascendido es la aspiración que debe buscar
todo artista. Eso leí en la vieja Gaceta encontrada en el
patio de la Unión de Escritores. Eran palabras de Lezama,
palabras que tal vez Alexis no hubiera leído, pero no importa.
Con Prisionero del agua, a mi juicio, Lezama y Cortázar, hubieran
quedado satisfechos. Y eso, quién lo duda, sí es importante.
Continua...
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