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Para
presentar Juan Cristóbal
EDUARDO
HERÁS LEÓN
ESTIMADOS AMIGOS:
De noche, en la febril soledad de la prisión, un hombre inclinado
sobre la página en blanco, viola con su pluma el silencio
impuesto desde las 9:30 de cada día, y escribe:
"A las cinco en punto y cuando parece que acaba uno de cerrar
los ojos, una voz que dice: ´¡recuento!´, acompañada de unas
cuantas palmadas, se encarga de recordarnos que estamos en
prisión cuando a lo mejor lo habíamos olvidado un ratico mientras
soñábamos. Las luces, que no se habían apagado en toda la
noche, centelleando más que nunca, la cabeza pesada como plomo
y, ¡a ponerse en pie! Desde luego que yo invierto menos de
30 segundos en ponerme zapatos, pantalón y camisa: no vuelvo
a dormir hasta las 11 de la noche en que me viene el sueño
leyendo a Marx o a Rolland y si es como hoy que estoy escribiendo,
cuando termine".
Es el 22 de diciembre de 1953. La prisión es el Presidio Modelo
de Isla de Pinos. El hombre es Fidel Castro. La cita de esta
carta me había llamado la atención hace mucho tiempo y la
recordé en estos días, a propósito de la petición que me hizo
el Instituto Cubano del Libro para presentar esta nueva, bellísima
edición del Juan Cristóbal de Romain Rolland. Los hombres
de la Generación del Centenario, en estas jornadas formadoras
de la prisión, preparaban sus armas ideológicas para los futuros,
decisivos combates de la historia. Y uno de esos libros formadores
fue precisamente Juan Cristóbal. ¿Qué sutil correspondencia,
qué hilos visibles o invisibles, encontraba el jefe de la
futura revolución entre Marx y Rolland, qué extraordinarios
valores encerraba esta novela, libro de cabecera, sobre el
que vuelve cada día y que asume como una de sus lecturas predilectas?
Hace sólo dos días, una compañera de luchas de aquellos años,
generosamente me dio a conocer fragmentos de una carta inédita
del 24 de noviembre de 1953, que revelan algunas de esas claves
personales: "Naturalmente que me gusta mucho la literatura
francesa; es incomparable en todos sus órdenes incluyendo,
desde luego, la literatura social y política. Con Juan Cristóbal
de Rolland me está ocurriendo lo mismo que cuando leía Los
miserables de Víctor Hugo y deseaba que nunca concluyera.
Pertenecen a distintas épocas y es lógico que Rolland nos
entusiasme más porque es hombre de nuestro tiempo, y su pluma
ha sido defensora de las grandes causas de este siglo. Rolland
pertenece al mismo grupo ideológico que José Ingenieros, H.G.
Wells, Máximo Gorki y otros prosistas que se han caracterizado
por sus ansias de justicia. Juan Cristóbal es un libro embelesador;
todas las noches antes de dormirme lo abro y leo durante una
hora; me intereso fundamentalmente, por el pensamiento social
del autor..."
La respuesta, pues, brota sencilla y cálida, de las páginas
de este libro inolvidable: este libro es nada menos que la
vida de un hombre, que es a la vez un artista, que es a la
vez una época, que es a la vez, tentativamente, todos los
hombres y todos los valores humanos. Sería imposible en unos
apuntes como éstos intentar abarcar el universo de este gigantesco
poema o novela o biografía (no importa el género). En cualquier
historia de la literatura universal encontrarán muy valiosa
información de fechas, opiniones, análisis, que me parece
inútil citar aquí. Prefiero sencillamente compartir con ustedes
el recuerdo de lo que para mí significó su lectura, cuando
penetré en sus páginas que luego se convirtieron en amigas
entrañables. Lo leí siendo muy joven, creo que la mejor edad
para ello, porque es una lectura formadora. Lo leí en la edad
en que la búsqueda febril de modelos a imitar, de paradigmas
de conducta, presidía nuestras incipientes, todavía nebulosas
inquietudes ciudadanas. Buscábamos héroes que admirar porque
la juventud necesita los héroes y ya que la historia entonces
nos parecía lejana y desconocida, apelábamos a la literatura,
íntima y cercana, como una hermana mayor que nos arropaba
y protegía de los males del mundo. Primero fueron D'Artagnan,
Sandokan, los Corsarios de todos los colores que inflamaron
nuestra fantasía de niños. Y cuando ya ellos no fueron suficientes,
cuando comenzamos a necesitar que un libro no sólo estimulara
nuestra imaginación, despertara nuestras emociones, sino también
alimentara nuestra razón, buscamos otros libros y otros héroes:
un poco más complejos y más verosímiles, un poco más parecidos
a nosotros y a nuestra circunstancia. En mi caso, esa búsqueda
culminó en tres personajes literarios: Arturo, el protagonista
de El Tábano, de Ethel Lillian Voynich; el Pavel Korchaguin
de Así se forjó el acero, de Ostrovsky, y el Juan Cristóbal
de la novela de Romain Rolland. En esos tres héroes encontré
modelos de conducta, en ellos descubrí las mejores cualidades
del hombre, que lo hacen aún más valioso en medio de sus imperfecciones.
Ellos me enseñaron profundamente el valor del coraje, de la
amistad, de la solidaridad, del arte, del amor, de la lucha;
en una palabra, me ayudaron a formarme para la vida.
De los tres, confieso que el que más penetró en mi sensibilidad
fue Juan Cristóbal, porque era precisamente el artista, el
creador. Y desde El Alba, el primer libro de esta saga, la
primera gran novela cíclica del siglo XX, como la llamó Carpentier,
hasta El Adiós a Juan Cristóbal, con que se cierra, el arco
trazado por Rolland describe una vida entera, con todos sus
avatares, peripecias, aciertos y errores, amores y odios,
pasiones y luchas, muertes y olvidos, sufrimientos, caídas,
sombras, luces.
Ese héroe sale de estas páginas como lo quería Romain Rolland:
un héroe que fuera capaz, en una época de descomposición moral
y social en Francia (son los años que antecedieron al estallido
de la Primera Gran Guerra Mundial y a los que Marcel Proust
dará vida magistralmente en su extraordinaria novela En busca
del tiempo perdido) de "reavivar el fuego del alma que dormía
bajo las cenizas".
Ese héroe, para Rolland, debía tener dos condiciones esenciales:
la primera, "unos ojos libres, claros y sinceros (...) Yo
necesitaba este observatorio -dos ojos francos- para ver y
juzgar la Europa actual"; la segunda, "ver y juzgar no son
más que el punto de partida. Después viene la acción. Lo que
tú piensas, lo que tú eres, hay que atreverse a exteriorizarlo.
¡Osa decirlo! ¡Osa realizarlo! (...) Se necesita un héroe.
¡Sé un héroe!"
Y por ese milagro inefable que sólo la gran literatura es
capaz de producir, sorpresivamente se estremece nuestro corazón,
comenzamos a sentir el dolor y la alegría, la angustia y el
amor, en una palabra, la vida que surge cristalina y sombría
a la vez de estas páginas que ya serán nuestras para siempre.
Y no habrá remedio: lo mismo que el hombre de La Edad de Oro
de Martí, este hombre salido de la pluma de Rolland, este
héroe que recorre el duro camino de la existencia a través
de un mundo convulso y llega al final, prístino y conmovedor,
no es sólo un ejemplo a imitar, ya es también nuestro amigo.
¿De dónde surgió esta obra monumental, qué indoblegable pasión
alimentó durante casi veinte años la fuerza creadora de este
hombre "de rectitud y de ternura", al decir de Mirta Aguirre?
El propio Rolland lo ha señalado, en un texto de 1901, publicado
treinta años después:
"En una noche de tempestad, en medio de las montañas, bajo
la bóveda de fuego de los relámpagos, entre el retumbar salvaje
del rayo y de los vientos, pienso en los que han muerto y
en los que morirán, en toda esa tierra, envuelta en el vacío,
que rueda en el seno de la muerte, y que pronto morirá. A
todo lo que es mortal ofrezco este libro mortal, cuya voz
intenta decir: ¡Hermanos, acerquémonos, olvidemos lo que nos
separa, no pensemos sino en la miseria común en la que estamos
confundidos! No hay enemigos, no hay malos, sólo hay míseros;
y la única felicidad duradera es la de comprendernos mutuamente
para amarnos -inteligencia, amor-, único rayo de luz que baña
nuestra noche, entre los dos abismos: antes y después de la
vida.
"A todo lo que es mortal: a la muerte, que iguala y pacifica,
al mar desconocido en el que se pierden los arroyos innumerables
de la vida, ofrezco mi obra y me ofrezco yo".
El resultado ya lo sabemos; Juan Cristóbal es un clásico de
la literatura de todos los tiempos y como tal, una fuente
de inagotables enseñanzas para sus lectores. Generaciones
enteras han hecho suyo el mensaje esperanzador de este libro
y las generaciones por venir también lo harán suyo: lo leerán
los jóvenes, rebeldes y apasionados, que piensan como el Juan
Cristóbal de los primeros años que todo debe ser sacrificado
a la verdad, implacables con la mediocridad, la hipocresía
y la mentira, espíritus iconoclastas surgidos de la honestidad
moral; lo leerán también aquellos a quienes los años enseñaron
que la bondad, la belleza, la abnegación, la capacidad de
sufrir, luchar, caer, sacudirse el polvo del camino y continuar
adelante, es también patrimonio de los débiles, de los humildes,
de los humillados y ofendidos de este mundo. Y todos, jóvenes,
viejos, hombres y mujeres, aprenderán con Juan Cristóbal que
su misión última es ser portadores de la verdad del hombre,
de la verdad de la vida, que más que poder explicarla, lo
importante es amarla, vivirla y defenderla. "No se vive para
ser feliz, sino para cumplir con una Ley. ¡Sufre y muere;
pero procura ser lo que debes ser: un Hombre!" Palabras que
siempre nos recuerdan aquellas otras memorables de Alejo Carpentier:
(...) "el hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece
y espera y trabaja para gentes que nunca conocerá, y que a
su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco
serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad
situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la
grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo
que es. En imponerse Tareas..."
Estoy seguro de que cada dichoso lector de Juan Cristóbal,
podría enriquecer estas apresuradas reflexiones que he querido
compartir con ustedes: tantas son sus incitaciones, tantos
los caminos del espíritu que abre. La generosidad de la Editorial
Océano de España y el profesionalismo de los editores, correctores
y diseñadores de la Oficina de Publicaciones y Proyectos Especiales
del Instituto Cubano del Libro, han hecho posible el pequeño
milagro (todo libro lo es) de tenerlo en nuestras manos, en
dos hermosísimos volúmenes. Juan Cristóbal está nuevamente
con nosotros. Cuando se escribió, el mundo estaba al borde
de un holocausto. Casi un siglo después, los sueños de Romain
Rolland aún no se han cumplido. "Un día, renaceré, para nuevos
combates", dice Juan Cristóbal antes de morir. Y esa divisa
se mantiene como un mandato para "los hombres y mujeres libres
de todas las naciones, que luchan, que sufren y que vencerán".
Ha comenzado un nuevo milenio, y con él una nueva esperanza.
Libros como Juan Cristóbal siguen siendo la savia que la alimenta.
Son árboles vencedores del tiempo y las fronteras. "La tormenta
-dice Rolland- ha podido arrancar del árbol algunas ramas;
pero el tronco no se ha conmovido. La prueba la tengo, cada
día, en los pájaros que vienen de todos los países del mundo
a buscar en él un abrigo (...) De las tierras más lejanas,
de las razas más diferentes, de China, del Japón, de la India,
de las Américas, de todos los pueblos de Europa, he visto
venir hombres diciendo: Juan Cristóbal es nuestro. Es mío.
Es mi hermano. Soy yo..."
Queridos amigos:
Hoy tengo la enorme satisfacción de repetir emocionado ese
mensaje.
Gracias.
Continua...
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