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LEYENDO
SINUHÉ. EL EGIPCIO
MARÍA
DOLORES ORTIZ
POSIBLEMENTE EN Mika Waltari, en su fría y para nosotros
lejana Finlandia, el Antiguo Egipto ejerció, tal vez más cercanamente
que en las actuales generaciones, fascinación y curiosidad
por conocer aquella milenaria civilización, en la cual el
sol ardiente y el calor del desierto son presencia constante,
junto al Nilo cuyas crecidas fertilizaban las tierras negras.
Se dice, y esto pudiera ser un ejemplo para todo aquel que
pretenda escribir una novela más o menos histórica, que el
autor de Sinuhé, el egipcio, estuvo más de diez años dedicado
a estudiar la antigua civilización egipcia.
El resultado de ese estudio, y su indudable talento para construir
una novela, nos entregan esta obra, en la que, además de las
propias tribulaciones personales de Sinuhé, se pueden apreciar
las características del momento en que se desarrolla, cuando
los faraones que construyeron las grandes pirámides -símbolo
indudable de aquella gran civilización- ya pertenecían a un
pasado remoto. No se puede olvidar que muchos siglos antes
de que Mika Waltari emprendiera la escritura de esta novela,
ya Egipto había sido objeto de la admiración, y también de
la codicia, de las grandes civilizaciones europeas. Recuérdense
las conquistas de Alejandro Magno, que funda en territorio
egipcio la ciudad de Alejandría, que llegaría a tener la más
grande biblioteca de aquellos tiempos; las guerras con Roma
y los famosos amores e intrigas de Cleopatra con las más importantes
figuras militares y políticas del Imperio.
Más cercano a nosotros en el tiempo aparece Napoleón, quien
no solo fue un conquistador, sino que llevaba, así se cuenta,
sabios y estudiosos junto con su ejército, que cargaron literalmente
con tesoros incalculables para Francia, algunos de los cuales
adornan todavía hoy las calles de París y enriquecen sus museos,
lo que también hicieron en otro momento los ingleses, por
lo que se asegura que la colección de arte egipcio del Museo
Británico es una, si no la más, importante del mundo. En el
siglo XIX y principios del XX, los europeos emprendieron sus
búsquedas y expediciones que darían a conocer al mundo numerosos
secretos del antiguo Egipto y de sus características sociales
en las numerosas dinastías, muchos de ellos en los campos
de la astronomía, las construcciones, las comodidades de que
disfrutaban las clases dominantes en contraste con la miseria
del pueblo; el poder prácticamente absoluto de los sacerdotes,
la medicina, entre otros, que constituyeron descubrimientos
que fueron asombro del mundo, entretejidos con las más increíbles
leyendas de vida y de muerte. Todo este revuelo llegó hasta
nuestra pequeña isla, y no se puede olvidar que la propia
Dulce María Loynaz, en compañía de su madre y de su hermana
Flor, también emprendió el entonces fatigoso viaje a Egipto,
de lo cual nos ha quedado ese tesoro que es la Carta de Amor
a Tut-Ank-Amen.
Este mismo personaje, con el nombre por el que se le conoce
actualmente, es decir, Tut Ank- Amón, es uno de los faraones
que aparecen en esta novela, y la que Sinuhé llega a ocupar
el importante cargo de trepanador real, y es también quien,
mezclando hierbas misteriosas, prepara mortíferos venenos
o ungüentos milagrosos. En la novela, cuyo protagonista se
encuentra decepcionado del mundo y condenado a destierro perpetuo,
se entretejen leyendas y mitos que encontraremos también en
otras antiguas civilizaciones y religiones. Sinuhé es encontrado
por su madre adoptiva, como un bebé recién nacido, navegando
Nilo abajo en una canastilla de juncos, como el Moisés bíblico;
presencia curaciones milagrosas que hacían caminar a los inválidos
y curaban la piel; vio imágenes atravesadas por afiladas agujas.
Es capaz Sinuhé de entrar al legendario laberinto de Creta,
de la misma forma que, según la leyenda, fue encontrada Ariadna
y donde halla al Minotauro muerto.
La época de Sinuhé, que vive bajo el reinado de varios faraones,
es también la época en que uno de ellos intenta que aquellos
egipcios adoren a un nuevo y único dios, lo que trae, con
el apoyo sigiloso de los poderosos sacerdotes, revueltas,
destrucción y muerte. Es también el momento en que el impetuoso
pueblo hitita comienza sus guerras de conquista y llega hasta
las mismas fronteras de Egipto. Son tiempos difíciles, en
los que Sinuhé se ve envuelto en las más increíbles aventuras,
que no voy, por supuesto, a contarles porque lo que quiero
es que todos ustedes lean y disfruten esta novela.
Solo quiero resaltar, para terminar, que este Sinuhé, cansado
de los dioses y de los faraones, y también cansado de la esperanza
en la inmortalidad, por lo tanto escribe sólo para sí mismo,
y no sabe qué hacer con las riquezas y las copas de oro, con
la mirra, el ébano y el marfil. Un hálito de pesimismo, de
pérdida de fe en el ser humano y en sus posibilidades de mejoramiento,
recorre, en apariencia, toda la novela, Sinuhé escribe, dice,
para apaciguar su pobre corazón, que ha tenido la medida entera.
No obstante, al final se da cuenta de que es un hombre y que
ha vivido como tal, vivirá eternamente en el hombre y por
esa razón no necesitará ofrendas sobre su tumba ni inmortalidad
para su nombre. Esta última reflexión de Sinuhé, el egipcio,
nos devuelve a todos la esperanza de que, afín de cuentas,
lo importante es ser un ser humano capaz de involucrarse en
los problemas y azares del tiempo que a cada uno le corresponda
vivir en el reino de este mundo.
Continua...
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