Realidad, literatura, poder:
la narrativa cubana y su crítica
en el panorama cultural actual
Daniel Díaz Mantilla
La doble condición de observador y observado
es bastante precaria. Se asoma uno al
espejo queriendo ver con claridad, pero proyecta
sobre el cristal aquello que busca, y entonces,
con dolorosa suspicacia, se pregunta hasta
qué punto ignora o magnifica ciertos rasgos para
llevarse una visión distorsionada de lo que (acaso
sin ver) mira.La introspección es eso,examinarse
al tiempo que se examina el mundo, fabular más
o menos racionalmente sobre sí y su circunstancia,
construir imágenes parciales que al cabo no
logran exorcizar la inquietud.En tales casos, suponemos,
el riesgo de errar se reduce en tanto uno
logra impedir que sus pasiones lo confundan:uno
toma distancia para contemplar sin interferencias
anímicas y, sin embargo,sabe que el error está
con frecuencia en ese intento de alejarse (como
si tal cosa fuera posible) para inspeccionar con
ojos de anatomista el complejo sistema que
–incluso a nuestro pesar– integramos.
La situación se torna más riesgosa si lo que
observamos ostenta el estatuto de arte,donde
las aporías se potencian por el hecho de que una
vasta porción del objeto es polisémica,cargada
de sentidos cuya intención es provocar un movimiento
(una inquietud) en el receptor. Ante el
objeto artístico nos proyectamos –como escritores
y/o como lectores– con la totalidad de nuestro
ser. Una de las más sugestivas paradojas del
discurso crítico es precisamente su condición de
híbrido: a un tiempo manifestación literaria y
ansiedad interpretativa. Aquí, como en la introspección,
nuestra situación es, en cierto modo,
como la del veterinario que a veces debe tomar
al toro por los cuernos y a veces mirar al microscopio
una porción de su excremento; y como la
del toro,que atrapado en nombre del progreso
humano se resiste como puede al escrutinio.
Aunque desde cierta distancia podamos parecer
escatológicos,debemos pues hurgar en las
heces de ese toro del que somos parte;y aunque
la embestida sea inútil,debemos también a veces
mostrar los cuernos al respetable veterinario.
* * *
Algo se ha dicho en nuestros medios sobre el
paternalismo y la complacencia de la crítica,1 sobre el acto de escribir bajo la tutela de un maestro,
sobre la distribución de prestigio y las relaciones
de poder entre los autores cuando ejercen la
crítica.2 Hay quien a priori no cree en las generaciones;
3 quien tiene fe en una tradición continua
de lo literario,una tradición sin rupturas significativas;
4 quien defiende estrategias de grupo aunque
a ojos del lector,y en la vida,siga siendo un
francotirador solitario.5
Lo curioso, sin embargo, es el consenso casi
unánime de los autores –los que viven en la Isla y
los que no– cuando afirman que la literatura
cubana es una.6 ¿Dónde radica su unidad,dónde
su diversidad,qué criterios nos permiten agrupar
cualidades comunes, separar las divergencias,
establecer jerarquías? ¿Y hasta qué punto afectan al análisis que hacemos de nuestro heterónomo campo literario los expansivos poderes extraliterarios
del mundo actual?
Tales son algunas de las inquietudes que, desde
las postrimerías de la década del ochenta hasta
hoy, asoman con cierta regularidad en la crítica
literaria cubana. Las periodizaciones, clasificaciones
y valoraciones se han multiplicado, y el debate
en torno a ellas adquiere con frecuencia un
matiz de airada polaridad donde no faltan el lenguaje
florido y el académico. Más de una vez han
hecho notar los estudiosos la diversidad de su corpus
y la complejidad de las circunstancias que lo
rodean:
¿Por qué hoy nos parece más diversa nuestra
literatura? ¿Es que los autores buscan la separación,
la distancia entre sus modos expresivos?¿O que, derribadas las barreras extraliterarias,
están presentes voces que nos permiten
encontrar esa diversidad real que acaso sólo
estuvo oculta?7
En efecto, antes de aparecer la colección Pinos
Nuevos no había para los jóvenes más alternativa
editorial que sumarse, como lo haría un
aspirante a músico,a alguna “orquesta de cuentistas”.
Paradójico destino,porque lo que caracteriza
a los Novísimos es justamente su diversidad.
8
[…] lo cierto es que no podemos separar la
coincidencia entre la multiplicación de posiciones
de escritura (temas,enfoques,corrientes,
grupos,poéticas) a la que asistimos desde
mitad de los 80, de la crisis de la idea socialista
en el mundo y en Cuba.9
Pero esta diversidad –que es saludable no sólo
porque implica que los escritores han reconquistado
hasta cierto punto “su derecho a expresar
la vida sin cortapisas ni prohibiciones”, 10 sino porque
en ella el lector se asoma a la complejidad
natural de la cultura y sin defraudarse mitiga en
ella su sed de saber– ha encontrado un tipo de
recepción crítica que muchas veces no pasa de
ser un mero catálogo de temas o una percepción
binaria de efímeras tendencias. Más que clasificaciones,
pues sensu stricto no delimitan clases,
se trata de descripciones que permiten vislumbrar
apenas la dinámica de un enrevesado proceso
cultural.
Se desearía que este proceso en sí mismo despertara
el interés de los críticos, que se pensara
con cierto grado de sistematicidad y desde diversos
enfoques temas tales como la relación indiscutiblemente
tensa entre realidad y literatura, por
ejemplo; se desearía un más alto nivel de reflexión
sobre los media y un clima tolerante para
el surgimiento en ellos de un debate diáfano
sobre todo aquello que preocupa a nuestros intelectuales,
y esto no sólo como entorno para una
recepción eficiente de la literatura cubana contemporánea
(en la que, dicho sea, aparecen de
manera directa muchas de estas cuestiones), sino
como un modo de retroalimentar a nuestros autores
con nuevos temas y perspectivas.
Pero vayamos despacio.
Quizás, para ser justos, lo primero que debemos
recordar es que,en condiciones normales, la
crítica se apoya sobre un corpus literario publicado,
y que en el caso particular de Cuba a fines del
siglo XX no fue así siempre,sino que los textos eran
inéditos en su mayoría, y la crítica, además de estudiarlos,
creaba espacios para su publicación
–antologías– donde inevitablemente se privilegiaba
una visión de conjunto.Otro aspecto de
interés en esta peculiar situación es el hecho de
que,durante aquellos años,comenzó a aparecer
en los espacios culturales del país una nueva
generación de escritores,con sus propias concepciones
ideo-estéticas,y que con frecuencia las funciones
del antologador y el crítico eran ejercidas
por autores de una generación anterior, con lo
que no sólo se privilegiaba esa visión de conjunto,
sino que el propio análisis y la selección de los
textos estaban permeados por los presupuestos
estéticos y las perspectivas históricas de una generación
diferente.
Esta compleja situación generó numerosas
confusiones y algunos conflictos a lo largo de la
década del noventa, pero creo que ante todo se
debe agradecer el empeño de los autores/antologadores
por divulgar,en medio de la tremenda
crisis económica de aquellos años,la obra de los
más jóvenes.Es cierto quizás,como se ha dicho,
que a veces se intentó modelar el gusto de la
nueva generación que surgía, aunque pienso que
sería un acto de poca nobleza adjudicar sin más
a esa voluntad pedagógica un componente de
perfidia que sólo vendría a enturbiar los ánimos.
Incide de modo notable sobre este panorama,
además, la situación política del país desde 1959,
donde “la heterogeneidad propiciada por la confluencia
de tendencias ideológicas y estéticas distintas,
en ocasiones divergentes,aparecía como
un defecto a los ojos de grupos o personas que
actuaban ya desde instituciones culturales, ya
desde instancias del poder político”.11 Haciendo
un poco de historia, uno admitiría que “la intervención
de ese afuera –que es lo político– en el
interior de la literatura,no podía menos que generar
(como de hecho impulsó) una escritura en
donde ascendía a primer plano el culto a eso que
la presionaba”,12 y que entonces “toda alusión a hechos
reales y a conflictos auténticos era inmediatamente
acusada de hipercrítica”:13 es el llamado
Quinquenio Gris,14 que se extiende desde
1971 hasta 1975, y que ha sido considerado como
la primera etapa de un período mayor (¿hasta
1982?),donde “se hiciera sospechoso el intento
de cristalizar en imágenes artísticas los nuevos
conflictos que iban surgiendo paralelamente a
los que estaban en el centro de la lucha de la Revolución
por su supervivencia”; 15 ese Quinquenio
Gris, que tiene mucho más de gris y mucho menos
de quinquenio de lo que su nombre sugiere.