En la enorme multitud de solos

Rogelio Riverón

 

Más que una clave de lectura,las citas que encabezan el libro Romper el silencio (Letras Cubanas,2006),de Susana Haug, sugieren una estrategia de composición. De escritura. Y aunque esta observación no pase de ser un dato –un dato supuesto,insisto–,estoy en condiciones de admitir que le encuentro una lógica de innegable influjo,según lo que entiendo precisamente por un libro. Es obvio que no reclamo que todos los libros sean glosas de algo, ni respuestas a pies forzados culturales,pero el ejercicio que, en este caso, significa extender a otra dimensión un soplo de pensamiento ajeno, activa –ahora sí– un modo de lectura doblemente simbólico.

Tales sutilezas, efectivamente, no interfieren en la eficacia de todos los lectores,pero barajarlas no es baldío.O sea,que las seis piezas de Susana Haug serían,en adición,otras tantas variaciones de las sentencias combinadas de Georg Trakl y de Jesús David Curbelo, pero inyectadas de nuevas realidades.

Abstraer una frase (una idea) de un corpus tan peculiar como lo es, por ejemplo, la obra de Georg Trakl (Salzburgo,1887-Cracovia, 1914) tiene no poco de insidioso –igual sucedería con enunciados de Emil Cioran o de Robert Frost–, pero es indudable que hay tergiversaciones para aplaudir y también para deplorar. El sesgo que ofrecen los cuentos de Romper el silencio sugiere una inquietud como en sordinae, inmediatamente, una evocación de esa especie de pórtico (las sentencias) para dialogar con él de forma,incluso, altanera.

El problema del individuo –qué más da hombre o mujer– injertado en un entorno que cada vez lo asimila menos, deja de ser aquí ese trabajoso enunciado que nos proponen otros libros de ficción,gracias a un diestro gobierno del cronotopo, ese referente del dónde y el cuándo que en Romper el silencio se hace explicar por detalles a primera vista consabidos, los cuales sin embargo se ven alterados por una especie de discreción cronológica que en muchos casos los desvincula de lo provisorio. Desde “La Maestra y Margarito”, que a partir del conocido título de Mijaíl Afanásevich Bulgákov resemantiza, más que el argumento, el destino de los personajes, y hasta “Alguien rompió los silencios”, pieza de una mustia ironía, tendremos que pulsear,en tanto lectores,con una suerte de estado Babel,y perdón por (o mejor: a propósito de) el lado kitsch de esta frase.

Basados en la parodización, en la ironía y en una manera peculiar de arrogarse la cultura, los cuentos de este libro parecen artilugios que gesticulan, debido a una tensión lingüística que –ya lo he sugerido– los dota de una permanente agudeza. El narrador de “Responso”, tan minucioso que es capaz de recordarnos a Peter Handke, da cuentas del final de la vida de una especie de caudillo. Su estrategia es el detalle, y a través de él,la conmiseración y,extrañamente, también el grotesco. En “Piedad” hay una especie de explicación sobre cómo se va y se vuelve del territorio de lo patético. Por añadidura, allí todo tiende a trastocarse,empezando por esa importancia filosófica que nos impone la idea del tiempo, y acabando por categorías como el pecado y lo macabro.“La divina binidad”apela al mito del andrógino primigenio y por ende al problema de la identidad.Podrías estar en el cielo y yo ser un regalo de Dios Padre, se dice alguien a sí mismo,camino a un sutil cambio del punto de vista de un narrador implicado.Este cuento es, probablemente, el más significativo del volumen, junto a “Alguien rompió los silencios”, que no le sigue en orden,puesto que es el que cierra el libro. “Alguien…” debe entenderse,acaso, como una parábola sobre la incomunicación, sobre el estar solos o el estar mudos, en la que nuevamente un narrador en primera persona nos cuenta sus aptitudes de voyeur, hasta que columbramos que él mismo, que al principio parece limitarse a dar fe de ciertas absurdas situaciones, es tal vez lo más importante del relato. La quinta en orden de las seis piezas de Romper el silencio, titulada “Lo normal”, produce en realidad una idea de disfunción con relación al contexto. Es verdad que su título parece un guiño muy a propósito de la contradicción que establece con los demás cuentos, pero ese argumento y la forma en que se le da impulso pueden resultar una parada abrupta en la ronda de simbolismos que nos conduce por todo el libro.

Me imagino el instante previo al cierre de estas notas, y repelo esos impulsos por hablar de madurez,eficacia y otras pobrezas para expresar lo que nos gusta de un libro. Me gustó,escribo, resumiendo.

Continua...