De Sodoma:
la historia por contar
Yoandy Cabrera Ortega
Al
acercarme a cierta zona de los estudios culturales
o poscoloniales (me refiero a los estudios
de género, de la llamada “literatura gay”, de la
de temas raciales) encuentro que los discursos de algunos
atalayas de la materia (críticos y teóricos) están
erigidos sobre la base de una amargura, resentimiento
y despecho que en nada les aprovecha para que
sean reconocidos y se les tome, de una vez, en serio.
Si la defensa que se teje se funda en elevar las diferencias
de minorías aplastadas por los modelos históricamente
reconocidos (o sea: hombre, blanco, heterosexual,
europeo) y, además, se pretende un reconocimiento
al agredir al otro; simplemente se cae en el
mismo error de supresión del cual estas capas sociales,
por su sexo, orientación sexual o raza han sido víctimas.
Sería repetir la historia. Harold Bloom nombra
“escuela del resentimiento”1 a ciertos estudios
como los feministas (lo que podría hacerse expansivo
a otros enfoques en algunos análisis de la literatura de
“tema homosexual” y “racial”) y no dejará de tener
razón hasta que, depuestas ciertas subjetividades, se
enfrenten dichos cuerpos literarios con seriedad y sin
vanas pasiones. Los sentimientos (aunque sean legítimos)
que afloran en algunos textos de esta crítica van
en contra de los mismos propósitos que se espera
alcanzar. Precisamente porque el ataque a la otredad
y la intolerancia no son medios para legitimar un tipo
de literatura, y esto lo deberían saber mejor aquellos
que los han sufrido. No niego el uso de las diferencias
raciales o de otra índole para analizar un escrito,
pero no me parece que tenga que justificarse yendo
contra el ya establecido: se trata de convivencia, diálogo
y comprensión, no de continuar con la misma
“política excluyente”.
Algunos estudios hechos en Cuba sobre los temas
antes señalados no escapan a este lastre. De Pedro
Pérez Rivero la Editorial Oriente publicó en 2004 un
libro de ensayos que pretende ser síntesis de la “literatura
gay” cubana de todos los géneros. Me refiero a
De Sodoma vino un ángel.2 La empresa que el autor
se propone es un poco ambiciosa y arriesgada. Desde
las primeras páginas dice que persigue “desecha[r] a
la vez lo superfluo y esquemático” (p. 17), pero Pérez
Rivero no logra escapar de ello en su discurso; él mismo
reconoce que es un “itinerario azaroso” (p. 54) el que
propone, y en el azar, más de una vez, se pierde.
La postura “antiacadémica” que intenta adoptar
(“tampoco el puntilloso registro académico; de ese
prescindo habitualmente”, p. 51) lo conduce a veces
a una falta de sobriedad y de tacto traducidas en agresión
y/o desmedido apasionamiento. Ir contra el
canon es otra forma de establecerlo; pero si negativo
es para un texto crítico la frialdad y neutralidad extremas,
perjudicial será también relajar el discurso a tal
límite que confundamos el lenguaje pedestre con el
ensayístico; para comprobar lo antes dicho cito algunos
ejemplos que me absuelven de toda exageración:
“…la consideración jodedora de que son mariconerías
mías…” (p.101); “…impone a todos el to be or
not to be: ser maricón, o más bien entrar en un esquema de la mariconería…” (p. 103); “[a]quí aplaudo el que
se sepa…” (p.66). La posición que asume el autor
ante la que él presenta como “literatura heterosexual”
es arrogante, irónica, y de una visible intolerancia:
“[l]a cantata del idilio heterosexual por los siglos de
los siglos amén” (p. 76). Es muy reveladora la salvedad
que Pérez Rivero hace al comenzar el capítulo
dedicado a la poesía:
Ni el respeto para que nos respeten, ni el reclamado
cobijo universal de la igualdad, ni siquiera el
deseo de dejar constancia –y lo deseo–, me animan
a las reflexiones que siguen… Con servir la mesa
me conformo, prodigada con ese mar que nos
rodea, por tanta isla que al fin somos. Probemos
entre sus aguas cálidas, insurgentes hasta hallar las
deseadas… (p. 51)
Evidente es en lo antes citado que a Pedro Pérez
Rivero no le interesa en lo absoluto una conciliación,
no persigue un “respeto para que nos respeten”, ni
reclama la igualdad. Pero tampoco se conforma con
“servir la mesa”. El uso de un plural (in/ex)cluyente
nos hace suponer una división entre la literatura hecha
por homosexuales y la hecha por heterosexuales. La
confesión explícita que lo ubica del lado del tipo de
literatura que aborda podría verse como la contraria
asumida por Víctor Fowler al aclarar “por qué yo, sin
ser homosexual yo mismo… escribo todo un libro
sobre un tema como este”.3 Fowler se ve necesitado
de hacer tal salvedad no sé por qué, pero aun así su
posición queda más decorosa frente a la usada en De
Sodoma… donde es utilizado casi siempre un plural
que envuelve al que habla, requerido a gritos de encontrarse
en esa “diferencia” a la que alude: “¿Será por mi
goce impenitente al marcar y reconocerme en una
diferencia?”, ahora viene el ataque al otro: “¿O acaso
pido cuentas a quines prefieren ocultar o sustraerse
de esa diferencia?” (p. 51).
Hay una tendencia a ganar “confesos” para la que
se enuncia en el libro “causa nuestra” (p. 56). El autor
tiene un acentuado propósito de inclusión en el tipo
de literatura a la que alude: “[a]ceptará, pues, que
lo enrole en esta causa nuestra” (p. 56), refiriéndose
a Virgilio Piñera; “[l]o primero que he reconocido
en ese conjunto indicativo es a mí mismo. ¡Qué
raro!” (p. 56); “[é]l y yo cojeamos de la misma pierna
cercenada” (p. 59), respecto al poema de Virgilio
“Cuando vengan a buscarme”. Se puede comprobar,
además, el mal gusto y ese innecesario y reiterativo
modo de enrolarse en un plural exaltado a partir
de un sentimiento que logra traducirse en frases
de una cursilería casi insuperable: “[s]í, cantaré con
Virgilio, y en la comunión del dúo no sentiré rubor
de expresar lo que sintió (sentí) el poeta”. Estas afirmaciones
exoneran al autor de una posible praxis
poética, aunque enfatice que “no sólo de poetas es
la poesía” (p. 51).
Pedro Pérez Rivero considera necesario que los
homosexuales se declaren y hagan prevalecer el punto
de vista gay en la literatura que aborda el tema (p. 16);
esto funde de un modo esquemático el homoerotismo
con el homosexualismo, bien definidos y diferenciados por Andrés Isaac Santana en su artículo “La
voz homoerótica”,4 donde destaca que
el homosexualismo no, o, al menos no con absoluta
frecuencia, registra siempre una orientacion o
explicitud de la homosexualidad en la narrativa
artística ni en la proyección sexual y sociocultural
de muchos de los artistas que postulan una estética
marcada por estos signos. 5
Por lo tanto, un análisis bipolar del fenómeno
(homo vs. hétero) lo simplifica y reduce su complejidad.
¿Tiene que ser necesariamente homosexual confeso
el narrador o crítico para tratar el tema con rigor y
seriedad? Pedro Pérez, con la falta de compostura,
demuestra lo contrario. ¿O tiene que aclarar su posición
de heterosexual para mantener la distancia o evitar
confusiones? No me parece, ambas son posiciones
extremas. Cuando un crítico analiza la “poesía
negra” no tiene que ser de esta raza para una hermenéutica
sincera y disciplinada. Igual sucede en el análisis
con un enfoque feminista hecho por un hombre.
¿Tiene que informar el hombre blanco que es blanco
antes de analizar la poesía “de tema negro”? ¿O el sujeto
masculino aclarar su sexo antes de presentar su ensayo
feminista? Nos absorbe ese interés social tan exagerado
por marcar la sexualidad. Además, estos análisis
basados en la bipolaridad dan sólo muestra de un
acercamiento superficial al fenómeno, respecto a ello
Andrés Isaac Santana dice:
[H]ablar de estética homoerótica como un arte de
homosexuales pudiera resultar pura falsedad, y, al
cabo, rozar lo ridículo y gratuito. La idea de homologar
ambos términos no introduce juicios de valor
en la aproximación crítica del asunto.
La poética homoerótica y la conducta heteróloga
no suponen, al menos de manera determinista, un
enfrentamiento angular en la que una excluye e
ignora a la otra. En el imaginario de un artista, el
signo homo puede subyacer en diferentes niveles
de implementación de este último... sin que ello
tenga una relación con la conducta u orientación
sexo-erótica del sujeto que cultiva estos giros poéticos.
6
Tiene razón Pedro Pérez al señalar un predominio
(históricamente justificado) del narrador que
presenta el asunto desde un punto de vista heterosexual
hasta la década del noventa, pero llamar a los
narradores “verdugos” y “piadosos” para oponerlos
a la mirada gay (p. 19) es simplemente un acto de
intolerancia.
Hay dos posturas en el discurso que me parecen
desacertadas y quisiera destacar. La primera es el modo
irónico (totalmente innecesario) de evocar a la crítica
Cecilia Valdés Sague: “[p]or supuesto, amiga Cecilia,
que este poeta tiene con qué remitirse a otras zonas
de la existencia, pero en este libro no quiso... y al margen
de cualquier paladar poético, tiene ese derecho,
¿o no?”. Me refiero aquí, sobre todo, al modo de verbalizar
su idea como constante defensa y ataque al
otro, con un resentimiento que no puede contener y
que le impide ser escuchado, como dije al generalizar
el fenómeno en el comienzo de mi artículo.