Globalización e interculturalidad: los retos del traductor y del intérprete en América Latina 1

Lourdes Arencibia Rodríguez


Ni en el más delirante de mis sueños llegué a imaginar que podría asistir a un acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares de una obra literaria –empezó diciendo Gabriel García Márquez ante el IV Congreso Internacional de la Lengua española, el 20 de marzo de 2007–. Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores.

Aunque se refería, naturalmente, a la descomunal tirada de Cien años de soledad, hecha para esa ocasión, el Nobel latinoamericano y universal apuntaba con sabiduría de visionario que "no se trata, ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias –escritas dice el Nobel, y traducidas, añade una servidora– en español. De que hay millones de lectores de textos en esta lengua esperando hambrientos este alimento; una descomunal muchedumbre, una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra sería uno de los veinte países más poblados del planeta; una gigantesca cantidad de personas que han demostrado tener el alma y la mente abiertos para llenarse con mensajes en castellano." ¿Qué prueba más palpable de la universalización del español y de la cultura hispánica? La tarea de alimentar esa sed es la verdadera razón de ser de todos los escritores, de todos los poetas, narradores, y educadores de nuestra lengua. Y el desafío, que corresponde por igual también a los traductores y editores; y la razón de ser y la tarea del mediador, es multiplicar esa muchedumbre de lectores.

Si echamos una mirada al temario de la mayoría de las tribunas a las que se nos convoca, veremos que los temas suelen abordar con muy buen tino una cantidad de ámbitos particulares donde se manifiesta la actividad gestora de la comunicación plurilingüe y, consecuentemente, donde cabría manejar y contrarrestar intentos de globalización del pensamiento expresado en las lenguas. Voy a particularizar un poco en el ámbito de la creación literaria para mantenerme en la esfera que sugiere la presencia de García Márquez. Y reitero que lo que marca esa presencia es el testimonio de la universalización de la cultura hispánica que no tiene nada que ver con el fenómeno de la globalización. La globalización de la lengua y de la cultura, como sistemas de representación del pensamiento, son tareas imposibles, inviables a mi modo de ver, si se tiene en cuenta la singularidad de la producción humana que la operación de transvase patentiza en el hecho mediador como ninguna otra operación conectora de unicidades, léase de culturas disímiles más allá de sus capacidades de permeabilidad para modos de pensar inéditos y/o visiones diferentes del mundo, expresables por medio de los lenguajes.

Si de globalización se habla, y si vamos a revertir la tendencia que la simple mención de ese proceso suscita en la mente de todos como una amenaza, nos atreveríamos a decir que si hay algún proceso globalizador en un sentido ciento por ciento positivo, es el de la traducción. Homero no escribió en español, Carlos Marx tampoco, Por eso y por otras muchas razones, al referirme a uno cualquiera de los títulos de traducciones que irrumpen casi anónimamente en nuestros mercados editoriales, no digo nunca, por ejemplo, las Iluminaciones de Rimbaud, sino la traducción de Cintio Vitier al español de las Iluminaciones de Rimbaud. Y al hacerlo, no sólo soy justa sino que digo la verdad y aludo a la misión globalizadora de la traducción.
Creo que las presentaciones que hablan sólo de originales y no destacan para nada la misión hermenéutica del traductor, mienten, se quedan a medias en su labor, porque no estamos interiorizando originales, estamos hablando de una cultura traducida que es la nuestra, la de todos, en todas las épocas y países. La traducción fue la solución que el hombre encontró para salir del caos de Babel, ni más ni menos. Desde que alguien traduce para nosotros, los seres humanos hemos escapado de la maldición bíblica.
Esa capacidad de restablecer conexiones que dio pie a la ambición universalista del español, es de larga data, como sabemos. Por eso América fue y es un gran laboratorio para la traducción, con el español en uno de sus polos. En la medida en que estamos situados geográfica e históricamente en una de las regiones más plurilingües que haya conocido el planeta, la primera característica de nuestra lengua, cultura y traducción es el mestizaje.

El mestizaje que define la traducción es un proceso de dinamismo infinito. Se opone por definición a cualquier intento de globalización, no de la herramienta que nos abre el camino del sentido, sino en el sentido impositor de uniformidades que pretenda homogeneizar su incidencia, sobre todo, en los instrumentos intelectuales, los códigos de comunicación y los medios de expresión. Si algún día nuestro pensamiento pudiera estar realmente globalizado, ya no habría nada que traducir.

Otra cosa también muy distinta son las tendencias a la occidentalización que pueden desvirtuar nuestros rasgos identitarios profundamente americanos y morenos, remárquese bien que no quiero decir en ningún caso sólo latinos. Nuestro José Martí escribía;

Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte América... Éramos charreteras y togas en países que venían al mundo con las alpargatas en los pies y la vincha en la cabeza.

La profunda convicción de la latinización de nuestro continente es otro concepto que debe revisarse con un enfoque inclusivo, no excluyente ni taxativo, y es una manifestación de la occidentalización de la cultura del continente, siempre a caballo en nuestra historia entre dos realidades presentes en las raíces y en la conformación del discurso americano, que admite compararse a una inecuación matemática cuyas variables de peso mayor o menos, sin embargo, nunca han representado una suma cero.

La comunicación estética depende siempre de su realización, de su materialización singular. La lectura es siempre una traducción, la apropiación de la cultura es un hecho de traducción/interpretación de la realidad que nos circunda y, en la medida en que son procesos abiertos, dinámicos, cambiantes, resultan difícilmente globalizables. El traductor literario es entonces, desde el principio, un lector crítico capaz de desmontar o desconstruir el texto a traducir. Su primera lectura es ya una lectura traductora, que se materializa como tal en un segundo tempo. Consciente de la arbitrariedad, de la inestabilidad de los signos del lenguaje, del juego entre la materia que representa y lo representado, de las tensiones de la escritura, de la distancia entre la intención aparente y su materialización particular. No puede ser pues, un proceso cerrado.

La tarea del traductor no es tanto llegar al paradigma sino a tantas aproximaciones como admita su compromiso individual con las culturas y autores que pone en contacto. El lenguaje se resiste a la estabilidad, su libertad de juego hace imposible cualquier intento de inmovilizarlo, de convertirlo en un sistema hermético.

En la medida en que en su aproximación calibradora del texto va implícita su comprensión humana del mundo y de la comunicación social, el traductor valora, sopesa, describe y evalúa las implicaciones de contenido que ha juzgado oportuno iluminar el autor. Por esa misma razón, la traducción también es crítica.

Entonces, ¿a qué español traducimos en América? Vamos a identificar tres campos en donde la presencia de las lenguas propias en América quedaría protegida y, con ellas, los signos de visualización de un país con bolsones de incomunicación temporal, sin perder sus signos de identidad y sin renunciar a la utilización del español como "lengua fuerte" a través de la traducción: 1) la proyección cultural exterior y la formación interior en campos como el de la traducción literaria, la traducción científica y técnica, el aprendizaje de las lenguas, el doblaje y la subtitulación de materiales mediáticos; 2) la representatividad política (presencia en foros internacionales, políticos, económicos y culturales paralelamente a la activación de un amplio sector de la edición a través de la producción y difusión de traducciones de obras de la literatura universal y criollas de base hispánica al español, y no sólo de aquellas que pertenecen a la llamada "alta cultura" sino también de las que se consideran géneros "menores" que sin embargo reciben una muy alta difusión); y 3) el comercio internacional.

¿Cuáles serían entonces el papel y la función de la traducción al y del español en América como puentes del fortalecimiento del pluringüismo?
a) En primer lugar, el de posibilitar el conocimiento de la cultura del Otro y la difusión de la propia, según se coloque el español como lengua fuente o como lengua meta. Dice el escritor austriaco Herman Broch que la traducción es la actividad humana más democrática porque refuerza su atención a lo Otro.

b) El de facilitar el proceso de dinamización del español de América, "contribuyendo al enriquecimiento en su evolución semántica; a la flexibilización de su estructura, a la lógica de su transformación fonética y a las renovaciones de su léxico".2
c) El de afincar la vigencia de nuestro español en el panorama internacional y, fundamentalmente, en determinados foros estratégicos donde la pugna por la primacía de las llamadas lenguas fuertes pretende restarle voz al pensamiento y a la cultura hispanoparlante iberoamericanos. Recuérdese siempre el axioma: "quien controla la lengua, controla el debate".
d) El de permitir la realización de transacciones económicas, controlando las posibles y reales variaciones conceptuales inherentes a la intervención de otras lenguas regionales de nivel de desarrollo desigual en ese ámbito particular.
e) El de facilitar la participación del español de América, no sólo en el proceso de universalización de la cultura y de nuestras letras, sino en el intercambio de conocimientos en general, por ejemplo, en el enriquecimiento del acervo terminológico de las ciencias sociales y de la lengua científica, así como en la innovación, un campo donde el español está en franca desventaja con el inglés.

A reserva de abundar con mayores argumentos en esta comprobación que explica en parte por qué, en la práctica, el español se ha erigido en nuestra región como "la" lengua de utilización cuantitativamente mayoritaria, quisiera señalar que lanzarnos en el análisis de un tema como este supone abordar el papel, la misión y los retos que tiene que asumir ese español que hablamos, con el que creamos y al que traducimos, desde muchísimos ángulos. Y voy a mencionar algunos de ellos:

-¿Cabe hablar de un español americano en la misma medida que cabe hablar de un inglés americano frente al británico? ¿Qué reconocimiento alcanza ese español por parte del castellano y de los castellanohablantes? -¿Desempeña ese español efectivamente su papel como lengua pivote de la comunicación y de la literatura en la América Morena –me rehúso siempre a calificarla de latina– frente a las lenguas autóctonas?
-¿Cómo se comporta en la traducción intercultural, como lengua fuente y como lengua meta? ¿Qué espacio ocupa por ejemplo, el traductor americano en el mercado editorial hispanoparlante?

Les propongo, en vez de preguntar tanto, avanzar algunos comentarios. La creación intelectual de los hispanohablantes en nuestra región suele tener dos grandes destinatarios: Europa y Estados Unidos, y las traducciones al español van fundamental, aunque no exclusivamente, a esos países. Tiene también un mercado editorial más reducido en sus vecinos de América latina, si bien hay países en nuestro hemisferio que se consideran, y lo son, plazas editoriales fuertes: Colombia, Méjico, Argentina, Chile... Y según afirmaciones que escuché ya hace algunos años del entonces director del Instituto Cervantes, Fernando Rodríguez Lafuente, la mayor parte de la producción editorial española se ha trasladado a América latina en razón de los costos, donde operan filiales de las mayores editoriales ibéricas: Alfaguara, Planeta, Tusquets, Mondadori...

Según datos que divulga la Federación de Cámaras de Comercio (Fedecal), de la Secretaría de Estado de Turismo y Comercio del Ministerio de Industria y de la Dirección General del Libro del Ministerio de Cultura de España, este país es la cuarta potencia mundial por volumen de exportación de libros, detrás del Reino Unido, Estados Unidos y Alemania, con un crecimiento del 1.56% en el área iberoamericana, considerándose el concepto de exportación editorial no sólo referido a productos gráficos, sino a la venta de derechos de autor y a las traducciones.

España es también la nación con más índice traductográfico y traduce varios miles de títulos anuales, lo cual la coloca en el tercer lugar de la edición y en el primero de la traducción. Este solo fenómeno hace de la lengua española uno de los destinatarios más amplios de nuestro entorno internacional en cuanto a la traducción.

Otros temas que inciden en el español al y del que traducimos son:
a) El tratamiento de la variedad temática y dialectal del español americano, que es fuente permanente de contenidos, frente a la tendencia a la "castellanización de las traducciones".
b) El análisis de los efectos deformadores del sentido en el uso de los calcos sobre el mismo idioma y de los empobrecedores del tratamiento reductor de las etimologías toponímicas en las lenguas criollas de base hispánica.
c) El estudio y la valoración de dos aspectos diferentes a tomar en cuenta por el traductor americano: la pertinencia o no de traducir a un español sibilinamente tildado de "neutro", calificativo poco afortunado, sumamente ambigüo y harto polémico, y de definir la norma culta nacional y la norma culta regional. Traducir a un español "neutro", o sea, que resulte "familiar" y entendible a la mayor cantidad posible de hipanohablantes dentro y fuera de la región tiene, a no dudarlo, consecuencias empobrecedoras y alguno que otro efecto favorecedor. Por un lado, reduce las variantes en la realización del habla y en ese sentido empobrece, pero a la par se argumenta que la favorece, porque propicia una lectura con voluntad unificadora que facilita el entendimiento entre los hablantes en las distintas partes donde existen culturas de base hispánica, acortando de paso también distancias entre las lenguas desgajadas del español. Pero, ¿dónde quedan las variables diatópicas en el español que se habla en los distintos países hispanoparlantes de América, y cómo distinguirlos del localismo a la hora de traducir? Por ejemplo, ¿cuál es la elección correcta para "grocery" cuando, según el Multicultural Spanish Dictionary, en Argentina se diría "almacén", en Colombia "mercado", en Costa Rica "compras", en Cuba "bodega", en República Dominicana "víveres", en el Salvador "pulpería", en Guatemala "tienda", en México "super", en Panamá "abarrotería", en Puerto Rico "colmado" y en Venezuela "abastos". Según Martha Hildebrandt, "el localismo es todo uso lingüístico-fonético, morfosintáctico, léxico-vigente en un país latinoamericano excluido empero del español general."3 Los vocablos anteriores no están excluidos del español general, y algunos de ellos ni siquiera de la norma culta del español americano, ¿cómo los trata la traducción? ¿Deben recibir un tratamiento diferenciado con respecto a variables diatópicas como pozole o guajalote?
¿Qué hay de los fenómenos de semantización, resemantización, y desemantización temporal de términos en función de la época, el grupo social, la coyuntura, la moda? ¿Y qué del voseo y la correlación familiaridad/cortesía que denota una forma de tratamiento peculiar en varios países de América, mientras que en otros no se usa en lo absoluto?
d) Cabría hablar también del papel de ese español frente a otras lenguas de utilización igualmente mayoritaria, dentro y fuera de nuestra zona geográfica, fundamentalmente frente al inglés.

No voy a detenerme en el manido tema del terreno que ha ganado el inglés como lingua franca en los medios de comunicación. Está claro que el proceso de imposición de una determinada lengua como acto de hegemonía, con el consecuente empobrecimiento de otras, amenaza el patrimonio cultural de los pueblos del hemisferio. Y la fusión en el plano de la lengua no es sino una parte de la fusión en el plano de la economía y los mercados, y de la fusión en el plano de la cultura, para condicionar un gran conglomerado humano comprador de productos, ideas e imágenes, dentro de los límites de la aldea global. De manera que está claro que esa voluntad de fusión de los gigantes de la comunicación, que ya operan por encima de los gobiernos, aprovechará para fundir también en América latina y el Caribe el complejo del colonialismo interno con el globalismo externo para operar en nuestro continente, por segunda vez en nuestra historia, un proceso de transculturación que ya dio al traste hace siglos con la mayoría de nuestras lenguas aborígenes.
Pero huelga recordar que las actuales transformaciones no han medido las consecuencias que el cambio tecnológico tendrá para unos cuantos millones de analfabetos y subescolarizados en el Caribe y América latina.

Indiscutiblemente, resulta muy tentador el acceso "autónomo" a las bases de datos y la exploración del contenido temático de cientos de sitios web que propicia Internet. Pero la envoltura atractiva y novedosa de la oferta esconde realidades engañosas que pasan por el control de la lengua, y tiende a anular toda visión crítica del mensaje extranjero y a procurar que los usuarios aceptan sin cuestionamientos los mensajes propuestos. La vocación por la información permite atenuar cualquier inquietud crítica.

Lo cierto es que el descontrol que impera en el mercado del audiovisual y la ausencia de límites en la transmisión y el contenido de los mensajes, con frecuencia, es denigrante para la herencia cultural de los países menos desarrollados del mundo hispanohablante. Las traducciones que suelen circular del audiovisual de factura norteamericana en la región, por ejemplo, no sólo empobrecen y contaminan la lengua española, difunden una "estética" del lenguaje vulgar, desenfadado y soez, borran las fronteras entre la lengua culta y popular, legitiman un tratamiento prejuiciado y discriminatorio, y acuñan una imagen maniquea de lo que suelen llamar "Latino". Me recuerdan inevitable y curiosamente el uso del calificativo "ladino" de otras épocas, o del negro antillano en contraposición con la del occidental inteligente, preparado y eficiente. La descripción del hombre paradigmático, consumidor de la civilización de la informática –angloparlante, por supuesto– que acuña la película Wall Street cuando afirma que todo es cuestión de "genética, un buen traje y una buena educación" –como si se tratara de un problema de ingeniería y de clonación–, intenta promover una sola versión predominante de la lengua y la cultura con arreglo a intereses planetarios, esconde el impacto socioeconómico de los intentos de uniformización que justamente son contrarios a la vocación de alianza y complementariedad pluricultural coexistentes en un mismo espacio geográfico, y se opone a que los pueblos de Nuestra América se asuman a sí mismos y afirmen sus diferencias.

***

A mi modo de ver, la traducción literaria es una de las modalidades que más se resiste al embate de globalización de la lengua, toda vez que al moverse en la cuerda de la comunicación estética de materialización singular será siempre tributaria de su realización.

Empecé citando a García Márquez, un escritor universal de nuestro continente, termino citando a otro, Haroldo de Campos, quien en su ensayo titulado "De la traducción como creación y como crítica", señala:

[…] el traductor es inevitablemente un lector crítico capaz de desmontar o desconstruir el texto a traducir, conciente de la arbitrariedad, de la inestabilidad de los signos del lenguaje, del juego entre la materia que representa y lo representado, de las tensiones de la escritura, de la distancia entre la intención aparente y su materialización particular.
La traducción de la poesía (o de una prosa con un grado igual de dificultad) es antes que nada una experiencia de introspección en el mundo y en la técnica del texto a ser traducido. Es como si se desmontara y al mismo tiempo se remontara a la máquina de la creación, aquella endeble belleza aparentemente inaccesible que nos ofrece el producto acabado de una lengua extranjera y que, sin embargo, se muestra susceptible de una vivisección implacable, capaz de removerle las entrañas, para traerla nuevamente a la luz de un cuerpo lingüístico diferente. (Quimera, 9-10, 1981, p.36).


Universalizar pues, la lengua de nuestros creadores y la cultura del continente es perfectamente posible y, no sólo posible, es una responsabilidad hermosa y gratificante para los traductores e intérpretes en cualquier esfera. Globalizar la sustancia de la comunicación humana es una falacia. 1 Texto leído en el IX Simposio Internacional de Traducción Literaria que tuvo lugar en la sede de la UNEAC, entre el 26 y el 28 de noviembre de 2007. 2 Como bien señala la Magister Rosario Valdivia Paz-Soldán en "La traducción Literaria", Textos Universitarios. Universidad Ricardo Palma, Perú, 2004, p. 34. 3 Hildebrandt acota su definición al caso concreto de los peruanismos. Véase Martha Hildebrandt, Peruanismos. Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1994 .p. 13.


Continua...