Evocación loynaciana
En ocasión del tercer aniversario del Centro Cultural Dulce María Loynaz


VIRGILIO LÓPEZ LEMUS

 

En este lugar de La Habana, cuyo nombre es un honor recordar, he pasado momentos de dichas y de tormentos. Recuerdo haber visitado esta casa por primera vez en 1982, de la mano de la poeta y pintora Cleva Solís, quien me trajo a conocer una gloria literaria por entonces durmiendo, como los masones, pero que pocos años después y de pronto fue despertada por el reconocimiento masivo, como una Bella Durmiente ya octogenaria. Por el entonces de mi primera visita, Dulce María Loynaz nos recibió en la entresala frente al espejo del gran pájaro de alas abiertas, y entre el salón inglés y el francés. Hacía algo de frío y no era cuestión de exponernos en el portal, donde tantas otras veces posteriores conversaríamos.

De modo que esta casona sigue siendo para mí el Palacio Loynaciano, por cierto, que este término ya común, no se usaba cuando Dulce María nos recibía con trajes á la mode de al menos tres décadas anteriores, rodeada de perros y gatos no bañados por nadie, y de simpáticas damas, algunas mayores en edad que la propia anfitriona. Confieso que la primera vez el mal olor gatuno me erizó un poco, tal vez porque nací bajo un año del perro del horóscopo chino, y que coincidía con el año de "nacimiento" de esta residencia. Pero luego me hizo gracia que la dama de Jardín depositara su cariño en aquellos animalitos que parecían sentarse en torno de ella para protegerla, sobre todo los perros, que me eran más simpáticos.

La casa no se me abrió por entonces a la entera visita, alguna vez pasé a uno de los salones, el de la izquierda a la entrada, otra conduje a Dulce María hasta el comedor, entré en una ocasión académica por la puerta de E, y en otra oportunidad vi desplazarse a Flor Loynaz entre unas cortinas del salón hoy lleno de computadoras, fantasma ya muy poco antes de su muerte.

La fuente estaba un poco maltrecha, y recuerdo cuando la observé rodeada de carros viejos, que Enrique Loynaz III había traído desde la casa de Flor, mientras Dulce María me lo presentaba como su medio hermano: "nada intelectual, pero muy querido". Fui testigo de protestas de la dama por varios robos de estatuas, o de simpáticos diálogos con una vizcondesa, allí en el portal que se enfrenta a 19, donde literalmente conocí a obispos y embajadores, y a varios escritores cubanos y extranjeros, entre ellos al pinareño Aldo Martínez Malo, que salía del interior de la casa cuando yo llegaba a las 5 en punto para sentarme con Dulce María a una charla sobre lecturas de poesía, solitarios ese día ella y yo. Aldo ya era un asiduo allí, y me alegra haberlo conocido y luego ser amigo suyo, a partir de su incitación a que yo escribiese sobre Jardín, porque por entonces yo no había leído aún esa ejemplar novela, una de las mejores escritas en Cuba. Recuerdo en esta residencia, o en su portal, haber tenido un simpático diálogo con Dulce María en el que ella me decía que Un verano en Tenerife era su mejor libro, mientras yo le celebraba su Jardín recién leído como su obra cimera. También recuerdo el día en que la dama literalmente rabiaba porque le querían editar su poesía sin antes haber editado el diario de campaña de su padre mambí, en el que ella misma había puesto fe y algunos arreglos de redacción. Con nada dulce voz, subrayaba delante de mí que no permitiría que se publicara nada más de ella, hasta que no apareciera ese libro del General Loynaz. Quedé un poco amoscado por la refriega y sólo atiné a decirle que yo no tenía "solvencia" para editar ese libro. Simpáticamente irónica, Dulce María me miró, se dio cuenta de que yo usaba mal para el caso la palabra "solvencia", y me dijo: "Pues yo sí tengo la solvencia suficiente, Virgilio, para editar ese y cuanto libro mío yo quisiera, pero el asunto no se trata de dinero." No me da vergüenza contarlo, porque ella estaba muy lejos de tratar de humillarme, sino que algo tenía que decir por rabia e impotencia no precisamente conmigo. Por suerte, meses después el libro del padre salió de la editorial, ella me guardó un ejemplar, me avisó que fuera a buscarlo, y esa tarde conversamos sobre la publicación de su poesía casi completa, dado que le habían otorgado a la sazón el Premio Nacional de Literatura.

Quién me diría que años después, o mejor sea dicho dos décadas después, estaría yo hablando aquí sobre esta casa y Dulce María, en el tercer aniversario de la fundación del Centro Cultural Dulce María Loynaz, tan diferente en proyectos a como conocí esta mansión, e incluso diferente en materia de árboles circundantes, de los garajes otrora en ruina y ahora convertidos en Sala Federico García Lorca, con cabeza de Lorca incluida en el jardín, a la espera de un buen busto de Gabriela Mistral, que como sabemos fue el huésped más ilustre de este recinto. Me gusta mucho que esta casa siga estando tan viva, que no tenga un "último día", como otra cantada por la poetisa, que, todo lo contrario, aquí continúen dándose cita obispos y embajadores, personalidades de la cultura cubana, escritores, poetas, que haya coloquios, seminarios, charlas, talleres, conferencias, intercambios de todo tipo, brindis el 24 de septiembre y el 10 de diciembre, biblioteca, computadoras en uso, reuniones de academias y de diversas instituciones, sedes de premios y jurados, sitio para cambiar ideas y para pequeños pleitos que no lleven sangre al río, porque sin pleitos y discordancias la vida sería demasiado seráfica y quien sabe si aburrida. Antes que un monumento de cuerpo entero a la poetisa (que un día se hará, lo profetizo), esta casa es ya un memorial, un monumento a la mujer singular que la vivió, que no la mandó a construir, pero que en ella habitó por cincuenta años.

El Centro Cultural Dulce María Loynaz arriba bajo el signo de Acuario a sus tres añitos de existencia. Tres años aún no hacen tradición, aún no forjan un centro de tradición, pero es el camino de la búsqueda de la tradición, que es asentamiento, logro, costumbre feliz, sitio de encuentros, sitio donde tan bien se está, parodiando a otro vecino de esta residencia, don Eliseo Diego, quien vivió a escasos cien metros de aquí. El Centro Cultural Dulce María Loynaz por cierto que no es un espacio creado para la sola tradición, sino también para la ruptura, para la experimentación, para propiciar que los jóvenes hallen lugar donde tener discusiones estéticas, hallazgos de "lo nuevo", y sería hermoso que en este Centro se diera cita de manera tradicional también ese tipo de ruptura. En la propia vida y obra de su anfitriona espiritual se conjugaron tradición y ruptura, tan necesarias a la vida porque son partes de ella, como día y noche, norte y sur.

El Centro Cultural Dulce María Loynaz tiene el deber de mantenerse vivo y actuante, de recibir en sus salas a todo el que quiera añadir (aprender o emprender), ser creador, como decía José Martí: brindar luz. De momento, si no brindamos suficiente luz espiritual, que yo creo que sí que la hay, pues brindemos con vino, o con ron, o con lo que se encuentre a mano, pues tres años son tiempo de siembra, de primeras cosechas, y sobre todo de esperanzas ciertas.

Muchas gracias.
El Vedado, 5 de febrero de 2008

Continua...