II


Pero no he visto algo congruente con el tipo de aventura sicológica que Hokusai pintó, más allá o más acá del hecho de que las estructuras que moviliza la pintura erótica no son, por supuesto, las mismas que despliega la literatura erótica. Mi experiencia personal, en tanto escritor, con esa suerte de cripto- erotismo, tiene que ver con Charles Baudelaire, con una cortesana actriz -su amante, ¡otra mulata!- llamada Jeanne Duval, y también con una criatura tan lasciva como fantástica, el cocatrix, que supuestamente es una variación del basilisco, aunque algunos bestiarios modernos lo describen de un modo menos "clásico", invocando la forma de un cerdo pequeño, semi-atrofiado y con algunos tentáculos. 2 Manet llegó a pintar a Jeanne Duval -un vestido blanco, un gran sofá, un abanico, unas cortinas-, y gracias a él sabemos que Jeanne, procedente de Mauricio (una isla al este de Madagascar y en la que Robert Louis Stevenson habría vivido gustosamente) era una dama de la mulatez y del exotismo real, con cierta belleza agresiva en el rostro.

Veintiocho. ¿Quién puede hoy emular con el sedimento ígneo -sublimación del deseo, temple de lo erótico, testificación atmosférica del sexo- que nos regala Baudelaire cuando, pensando en Jeanne Duval, escribe aquel poema titulado "La cabellera", perteneciente a Las flores del mal? Jeanne Duval no clasificaba dentro de las shaved-pussy girls, eso es obvio. Baudelaire, un tanto desparpajoso de acuerdo con las costumbres de su tiempo, escribe: ¡Oh vellón que se riza casi hasta la cadera!, un verso que se explica por sí solo. Y agrega, para que sepamos quién era esa Jeanne Duval: El Asia perezosa y el África abrasada,/ todo un mundo lejano y ausente se consume/ en tus profundidades, ¡floresta perfumada! Y más adelante: Hundiré mi cabeza,ansiosa de embriaguez/ en ese negro océano que al otro ha encarcelado. Más claro,ni el agua.Y termina el poeta: En la punta de tus guedejas retorcidas,/ me embriagan con ardor las esencias fundidas,/ del aceite de coco,el almizcle y la brea. ¿Haría falta decir más?

Veintinueve
. Cuando un escritor es perfectamente consciente de su credo y aspira a la perfección, o al desatino de la belleza, o a trazar una huella en la mente de sus lectores, o quizás a alcanzar cierta forma de la perduración, por lo general sabe -y no tengo duda de que esto es un lugar común harto polémicoque sus "contradictores" reales son la tradición, sus agentes más conspicuos y aquellos que se oponen a ella para "fundar" otra. El erotismo contemporáneo tiene que pelear con Baudelaire, con la tangibilidad del sabor que esos versos todavía comunican.

Treinta. Hay (entre otros) tres narradores cubanos cuyas escrituras giran en torno al sexo y que a ratos observan el mundo desde la complicación, más o menos expresable, del sexo: Alberto Garrido, Anna Lidia Vega y Jorge Enrique Lage. El primero metaforiza culturalmente la posesión, la segunda atrapa (con rigor) los detalles de esa domesticidad simple que llama a las cosas por su nombre, y el tercero alegoriza para desacralizar una objetividad "insuficiente". Estoy refiriéndome, respectiva y concretamente, a tres relatos articulables: "El muro de las lamentaciones", "Conductos privados" y "La Máquina". Los tres pueden hallarse en La línea que cruza el agua, una antología de cuentos cubanos que preparó Rogelio Riverón y que publicó Monte Ávila Editores en su colección Continentes. Y a propósito de Riverón, autor de Mi mujer manchada de rojo -uno de los mejores libros de los últimos años-, habría que decir que su relato "Los gatos de Estambul", con el que ha ganado el Premio Iberoamericano Julio Cortázar 2007, contiene un emplazamiento del erotismo y del sexo a partir de un acto de elegante fetichismo: cuando una mujer orina, hace ruidos y gestos que la literatura gana sin sonrojo, pues desde Sade y Bataille (y también desde Petronio, Rabelais y algunos otros escritores) ese acto queda investido de un poder que nos devuelve a la animalidad franca y desnuda de la metáfora del cuerpo, para no insistir más en los aromas que Baudelaire amó y expresó en Las flores del mal, que es, como saben algunos lectores, el libro de poemas más influyente del siglo XIX.

Treintiuno
. Hacia el final de su relato, Garrido dice: Por eso decidí voltear a Berena,ponerla con las manos y la cara contra el muro y perderme para siempre a través de su vestido en el campo de flores y confundir los girasoles con sus senos,las azucenas con los pezones,antes de percibir un sonido que se iba conformando lentamente desde el Conservatorio, desbordando la acera de enfrente, esparciéndose y alcanzándonos, convirtiéndose en una obertura de Stravinski que coincidía con el movimiento de apertura de la verga bergante de Albert Albert sobre el círculo de cobre de Berena, para darme la certeza grandiosa de que penetrar a una mujer es también atravesar el espejo de Carroll /…/ sus nalgas tatuaban en el fecundo falo follador de Albert Albert,con movimientos seguros y frenéticos, el signo del infinito matemático. Por su parte, con una especie de densidad magra e hiperbólica, más propia de los altorrelieves que de las palabras, Anna Lidia Vega escribe: Hemos estado veinticuatro días sin salir.Cuarenta y ocho días sin salir de la cama. Él me pasa la pinga por el cuerpo. Me acaricia toda con su pinga. Despacio. Despacio. -Te amo -me dice. Te amo, me dice su pinga. He bebido ron de su ombligo. He bebido su orgasmo y luego le he hecho beber su esperma de mi boca. He bebido sus besos con mi clítoris. -Alcánzame la botella -pide. -Está vacía -respondo-.No queda nada por beber. La analógica cerebralidad de Lage se expresa así: Violeta y La Literatura: una relación de coexistencia pacífica. Hasta "aquella vez" que se me ocurrió hacer algo por la salvación de su alma o de su sexo, que es más o menos lo mismo. Te voy a regalar un libro, le dije, abre las piernas. Ella obedeció, entre curiosa y divertida, y yo puse el libro sobre su pubis, mi libro de cabecera en la cima del monte de Venus: cabecera del mundo,origen del mundo al que volví postrado de adoración como Courbet ante su modelo desconocida, los ojos fijos en la humedad de las páginas que clamaban por mis labios para cubrir de besos aquella vulva de pronto barroca,dieciochesca, meter la cabeza en el ojo abierto del huracán para beberme el aroma salado del Caribe, el sabor de todas las putas de Port-au-Prince.

Treintidós. Garrido es un equilibrista que anda entre dos abismos: el de la Cultura y el del cuerpo femenino. Al describir a Berena, poco le faltó para referirse a los pezones de Simonetta Vespucci según el retrato de Piero di Cosimo, un cuadro pintado antes del descubrimiento de América. Anna Lidia Vega obra mediante sustracciones precisas, pues sólo deja las marcas más visibles de los actos. Ella es una especie de Nan Goldin de la narrativa cubana de hoy. Lage "revisa" el espíritu del siglo dieciocho al insinuar los efectos de la Revolución Francesa desde el ángulo -entre otras perspectivas- del realismo disidente y anti-aristocrático de Courbet en su obra El origen del mundo, de cuyas destilaciones literarias valdrá la pena hablar.

Treintitrés. Cuando pinta El origen del mundo para Khalil Bey -embajador turco en París, mencionado por Cora Pearl-, la disidencia de Courbet no consiste tan sólo en haber aceptado el encargo de graficar el sexo de una mujer en una especie de close-up cuyo destino iba a ser el de los placeres privados, sino el de emprender un trabajo realista que, sin embargo, se abstiene de adentrarse en lo que podríamos llamar un nivel cuántico del detalle. No tengo que decir que esa abstención (¿aplazamiento?) es la sal, la miel y la pimienta del discurso erótico, aparentemente simple y mimético, que se despliega en El origen del mundo. Se trata, ni más ni menos, de un tipo de escamoteo atmosférico, o, quizás, de una insinuación activada por las formas de un reposo bastante presuntivo.

Treinticuatro. Como la graficación del sexo, en esa suerte de "destape" más o menos ingenuo que surge en los años noventa, ha mantenido y mantiene aún un vínculo entre tantalizado y adictivo con la vulva (con y sin vello, justo es aclararlo) y sus incitaciones, me gustaría citar algunos "sucesos" narrativos -algunas escaramuzas de la vulva- que expresan el furor atávico de la necesidad de compañía, y, de paso, señalan por contraste la presencia del cuerpo como espacio relevante de la ficción. Porque, como sabían Courbet y, asimismo, los "pornógrafos" de su siglo y de un siglo antes -entre los que estaban algunos de los mejores artistas de todos los tiempos-, la vulva despliega tracciones irresistibles (y que lo diga Khalil Bey), siempre mejor expresadas en la pintura que en la literatura. Porque no todos los días aparece un Baudelaire que escriba un texto como "La cabellera", ni un fabulista, por ejemplo, al nivel de Samaniego, responsable de El jardín de Venus, conjunto de versos tan procaces como bien urdidos.

Treinticinco. Rosa Amelia y Alejandra, las mujeres del cuento "Todas las armas del mundo", de Michel Encinosa, pueblan un mundo breve y restringido, a prueba de mirones (porque toda observación es allí hacia dentro) y que se consume a sí mismo al intentar borrar sus señales, salvo las que permanecen en la imaginación y el "espacio sentimental" de una de esas mujeres. Encinosa hace de todos estos vectores un teorema, una ecuación que expresa el estado de pérdida inminente, y, sin embargo, no renuncia a entenderse con el soma: Sale de la bañera. Se para de frente al espejo, y la examino de pies a cabeza. Nunca había notado la entrepierna tan velluda que tiene. Se extiende hasta más arriba del ano, brilla al trasluz. /…/ clavo las uñas en sus nalgas por entre sus muslos,y abarco su sexo en mi boca bien abierta, tratando de tragármelo completo,raspando con mis dientes,saboreando y lengüeteando como si fuera la última vez y no la primera /…/ Está toda mojada y fría, y para colmo empieza a gemir, a decir que le gusta, que siga y no pare, que está a punto de venirse, que se viene,que ya se vino.Y más adelante, en la reciprocidad: /…/ coloca su mano en mi vientre, sigue para abajo,me mete un dedo, ay ay ay quiero venirme, estoy a punto de venirme -maricona, maricona- le digo y abro más los muslos, me abro más el sexo con los dedos, y ella me mete tres, empieza a revolver el batido de agua fría y secreciones que tengo por allá dentro, salen burbujitas, burbujitas, burbujitas, me estiro, se me parte la columna, le aferro el sexo con la mano y entonces me vengo ay coño ay coño ay coño /…/ Las angulaciones de esos intercambios, cada vez más violentos e imaginativos, tienden a transformarlos en una especie de gran límite tras el cual están, como insinué, los problemas del sentimiento y la compañía. Lo mejor del relato de Encinosa se encuentra ahí, en la escandalosa visibilidad de ese límite.

Treintiséis. Desde un estilo habitualmente lleno de estocadas, Louis Ferdinand Céline dice, en Viaje al fin de la noche, que siempre hay cosas que descubrir en una vagina. La frase, fuera de su contexto, puede leerse como una ocurrencia aguda, pero ya sabemos, en primer lugar, que es cierta, y que, en segundo lugar, la obra de Céline es, para la novela del siglo XX, una de las mejores mezclas de amargor, cinismo y tirante carnalidad del espíritu. Bruno y E, los densos personajes de "Desnuda bajo la lluvia", de Ena Lucía Portela, buscan (sobre todo Bruno, que es fotógrafo) una imagen exacta, un efecto cabal, una expresión meticulosa. Él mira por el visor de su cámara. Ella posa. Y Portela escribe: De pronto se incorpora a medias, mira en derredor, agarra un cojín forrado de terciopelo y se lo coloca debajo de las nalgas. -Aparta las manos -dice Bruno-.Vamos a ver qué pasa. Vuelve a posar y ahora exhibe, rodeada por el vello color cobre espléndidamente idéntico al de sus axilas sin depilar, la vulva rosada, algo húmeda, burbujeante. Un ovalito contraído -nadie sabe por qué, en el estudio no hay nada de qué asustarse como no sea del enemigo invisible, ese al cual se desafía: "aquí tú no entras"-; la perilla enhiesta, sobresaliendo entre los mínimos pliegues. Deliciosa, firme, evidente. Dan deseos de lamerla mucho rato, de hundir la boca y la nariz en ella. Bruno piensa que nunca las pintaron así, justo como mejor lucen. Ni soñarlo. El texto se solaza en una ondulación precisa y, de inmediato, recordamos a Courbet y a esos anónimos e "inconvenientes" decoradores ingleses de cajitas de rapé. Finos objetos de colección que figuran en la marginalia del erotismo gráfico, entre fines del siglo dieciocho y principios del diecinueve.

Treintisiete. Courbet pinta el nacimiento de ese deseo que tiene su umbral en la contemplación. El hecho de ser contemplados en la desnudez, o de ser conscientes de que, para alguien, somos el objeto muy particularizado de una contemplación en la desnudez, podría constituirse en una vivencia durante la cual el deseo quizás empiece a asomarse. El novelista Pedro Juan Gutiérrez es muy directo en relación con este asunto. En Animal tropical, el protagonista revela con suma sencillez: Siempre me sucede: cuando me miran desnudo se me para. En el cuadro de Courbet, lo que he llamado "reposo presuntivo" tiene un correlato en el leve y milimétrico corrimiento de los labios mayores. Algo más se adivina allí, tras esos labios, y la causa mecánica de que esto suceda -muslos muy abiertos, erotización de la modelo, presión de las nalgas- es menos importante que el estado que Courbet alcanza a pintar.

Treintiocho
. En 2005 la editorial Letras Cubanas dio a conocer El enigma y el deseo, novela con la que Nelton Pérez ganó el Premio La Llama Doble en 2004. Resulta curioso que esa exuberante narración -bien balanceada en sus sincronismos y tan sazonada como un plato sufí hecho con la intervención de un cocinero francés y el fantasma de un erotómano pompeyano- no haya conquistado aún la atención de la crítica. La novela es un fractal elaborado en un estilo que anhela oscilar entre lo memorialístico, la evanescencia del recuerdo (histórico, multicultural e inmediato) y la obsesión del yo en su búsqueda del cuerpo (y sus numerosos encuadres) en tanto ámbito de la identidad y el sentido vital. De un texto con esas características, cuyo personaje central es un pintor, es difícil citar algún fragmento representativo, dificultad que echa por tierra esa condición que poseen los fractales y que los físicos anglosajones llaman self-similarity. Aun así, no me abstendré de reproducir estas líneas: Sentía ya desde entonces una obsesiva fascinación por las mujeres, en especial cuando estaban en su etapa menstrual. El rostro pálido, esa ligera pesantez que le cuelga de los ojos, esos volcancillos que le cambian el relieve a las mejillas, dándoles, incluso a las más maduras, un aire adolescente de acné juvenil, me desperdigaba y ponía boca abajo la razón, como a un juego de dominó. La sangre menstrual tenía una amplísima gama de rouges. Nada hay en este mundo más semejante a una paleta de pintor. Ese arco iris sanguinolento me excitaba y, frente a un lienzo en blanco, el sólo asociarlo aceleraba mi mano, ojos y pincel en un todo que reconstruía las posibles poses femeninas que una vez al mes vomitaban esos rojos descompuestos, mixtos, que flasheaban en mi mente un hambre y una sed a la que todavía no le encuentro un adjetivo preciso. Pero al personaje no le hacen falta las palabras, excepción hecha de las constituibles en un lenguaje que sólo podía ser un mero y difuso sucedáneo de la experiencia. Y, al final, le arranca el clítoris a su amante y se lo traga
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1_ Editorial Letras Cubanas, 2005.
2_Me refiero a mi relato "La noche de Paprika Johnson", inédito en Cuba.