SEXO Y LITERATURA

ALBERTO GARRANDÉS

Del libro El concierto de las fábulas, que mereció el Premio Alejo Carpentier de ensayo 2008 y que se encuentra en proceso de publicación por la Editorial Letras Cubanas, adelantamos un fragmento.

Diecinueve. En 1867 el ayuntamiento de París, apoyado por el gobierno francés, organizó una segunda Gran Exposición Universal. Pero no en los Campos Elíseos, sino en el Campo de Marte, especie de campamento militar situado en la orilla izquierda del Sena. Se dice que acudieron unos 43.000 expositores y más de 6.800.000 visitantes. Entre ellos estaba Cora Pearl, cortesana de origen inglés cuya vida transcurrió casi toda en París. Había nacido en East Stonehouse, Devonshire, en 1842. Pero no se llamaba Cora, sino Emma. Tampoco tenía 25 años cuando visitó la Gran Exposición. Más bien frisaba los 30. Fue en esa época cuando se decidió a escribir la historia de su vida.

Veinte. Cora Pearl es autora de uno de los más interesantes libros memorialísticos de la literatura erótica europea: Confidencias de una cortesana. No se sabe bien si fue ese el título original, o si se trata tan sólo de una de esas cómodas denominaciones temáticas que sirven para vender y que, al mismo tiempo, expresan falta de imaginación. Lo cierto, sin embargo, es que Cora Pearl no se limitó a transcribir la huella de sus aventuras sexuales, en páginas que rozan la mejor pornografía. Su libro es, en rigor, una atractiva y útil crónica de la vida francesa en el Segundo Imperio. Prueba de ello (una entre tantas) es que, luego de visitar la Gran Exposición de 1867, apuntó lo siguiente: Había un edificio enorme de cristal de casi quinientos metros de largo con cosas de todo el mundo: maquinarias, productos químicos, un nuevo cañón fabricado por herr Krupp de Prusia, muebles, toda clase de objetos, hasta pinturas, esculturas, trajes y telas maravillosas. Un cuadro que causó sensación fue el Déjeuner sur L'herbe, de monsieur Manet. En él se veía a una mujer joven desnuda, sentada en el claro de un bosque, rodeada de caballeros totalmente vestidos. El revuelo que se armó con esta pintura fue absurdo,aunque comprensible. Muchas de las personas que expresaron su disgusto seguramente habían participado en escenas como aquélla, pero no pudieron soportar una representación que con tanto realismo, y sin tapujos, no trataba de simular una escena antigua. La Exposición,o mejor dicho su emplazamiento,fue una delicia para los que buscaban lenocinio, porque, si los pabellones oficiales eran bastante respetables, no había que ir muy lejos para encontrar compañía menos selecta que la de la cumplida sociedad que llenaba salones de recepción y salas de exhibición. El Campo de Marte, al caer la noche y encenderse los faroles, parecía un bazar oriental. Había tenderetes con comida barata,y esto atraía multitud de jóvenes que no se contentaban con la fría desnudez de la señora de mármol montada en un león que el emperador había donado al Gran Pabellón. Había hileras de quioscos en la explanada en los que las bailarinas en traje folklórico ejecutaban danzas nacionales, pero unas danzas por las que habrían ido a la cárcel si las hubieran interpretado en sus países de origen, aparte de que era de sospechar que sus vestidos, o la carencia de ellos, tampoco eran réplica exacta de los que normalmente se llevan en la India o en las islas del Pacífico. Los hombres solían asediar esas barracas,y cuando entraban en ellas lo que encontraban no eran jóvenes orientales, sino putas de los barrios de París, pues todos los estamentos de prostitutas veían en la exposición el medio de ganar dinero. El príncipe tuvo que acompañar a algunos visitantes distinguidos. El bajá de Egipto, el sultán de Turquía, el rey de Suecia, el zar de Rusia, el príncipe de Gales y el hermano del Mikado del Japón, entre otros, fueron de los que mostraron no menos interés por las damas de la noche.

Veintiuno. Por Cora Pearl sabemos que todavía en 1867 Edouard Manet se atrevió a presentar su célebre cuadro nada menos que allí, en un espacio internacional asediado por la aristocracia del momento. Manet era un testarudo: el Salón (certamen oficial de la Academia) había censurado el cuadro en 1863, que entonces se llamaba Le Bain. Esa y otras impugnaciones condujeron a la apertura de otro espacio: el llamado "Salón de los Rechazados". Desconocemos si ya entonces Manet utilizaba el muy transitorio (e "impúdico") tercer título del cuadro: Partie carrée. Al llamarlo alguna vez así, de inmediato se nos antoja pensar que su título más obvio, modernamente hablando, era el de Ménage à trois, lo que para el príncipe de Gales habría sido, también modernamente hablando, The Swingers.

Veintidós. La modelo habitual de Manet fue Victorine Meurent, una chica de piel exquisitamente rara (de acuerdo con las observaciones del pintor) y que llegó a interesarse en la técnica del dibujo. MademoiselleVictorine es, con bastante probabilidad, la modelo más famosa de la pintura francesa moderna. No así Eva Frejaville, que alguna vez fue esposa del escritor cubano (y pintor, por añadidura) Carlos Enríquez.

Veintitrés. El primer tratamiento que suele dársele a Carlos Enríquez es el de pintor. Siempre se dice que, como artista, revolucionó la pintura cubana, lo cual es cierto. A mí me parece, aun cuando su obra pictórica es de muy elevada calidad, que sus novelas lo convierten en mejor escritor que pintor. Luego de observar a un artista con las inquietudes y la vitalidad de Enríquez, comparar sus notables aciertos en esos dos campos creativos -donde hay afinidad de contextos, de personajes, de situaciones y hasta de sentimientos- parece un acto inevitable. En sus libros -Tilín García, La feria de Guaicanama y La vuelta de Chencho- la "pintura" es, creo, más consistente que la de los propios lienzos. La Eva Frejaville que pintó en el metal de la puerta del baño de El Hurón Azul, célebre residencia de Enríquez, es, digamos, menos poderosa que la que "aparece", diversificada una y otra vez, en La feria de Guaicanama. Esta novela, terminada a inicios de los años cuarenta, es una especie de prematuro testamento erótico del pintor y nos dice mucho acerca de su personalidad y sus vínculos con el cuerpo. De hecho sintetiza, con oblicuidad, una suerte de pansexualismo que la propia Eva Frejaville -llamada maitrasse en la dedicatoria de Tilín García- pudo haber suscrito y que al pintor no debió de parecerle nocivo ni, por supuesto, escandaloso.

Veinticuatro. En Cuba, uno de los cuadros más atrevidos y famosos de la pintura moderna es El rapto de las mulatas, de Enríquez. Se trata de una representación cinética en forma de torbellino, llena de veladuras amalgamadas, y alcanza a inscribirse en la historia artística de raptos mitológicos (todos de origen erótico) como el de Creusa, el de Proserpina, el de las hijas de Leucipo, el de Helena, el de las sabinas, el de Europa y el de Ganimedes, por citar sólo algunos ejemplos. Para pintar a sus mulatas, Enríquez utilizó los servicios de una modelo muy joven, pero con alguna experiencia en trabajos académicos de esa índole (así nos lo cuenta Juan Sánchez en su libro Vida de Carlos Enríquez),1 a quien le pidió que cabalgara (¿desnuda?) por la finca de El Hurón Azul mientras él tomaba apuntes. La escena, que podemos configurar sin dificultad, es hija del deseo de asir ciertas formas. Naturalmente, no era lo mismo pintar las caderas agresivas de Eva Frejaville -cubanizadas por encima del canon francés y la pasión de la lectura de Marcel Proust, escritor sobre el que Eva sabía bastante- que los senos (presumiblemente no menos agresivos) de la modelo a caballo. Todo esto, bueno es recordarlo, ocurría en los años treinta, e iba a dar origen a un cuadro donde lo que se pinta (y muy bien) es el equilibrio dramático de un conjunto de tensiones eróticas.

Veinticinco. En Confidencias de una cortesana, Cora Pearl nos cuenta cómo, después de recibir un hermoso caballo, regalo del duque de Morny, se desnuda y lo monta: Una mañana de diciembre de 1864,estaba yo patinando en el Bois cuando advertí que me saludaba un hombre que yo conocía de las grandes ocasiones. "¡Cora Pearl patinando! - exclamó-. Extraña combinación de fuego y hielo". Yo le contesté: "Monsiéur le Duc, ya que acaba usted de romper tan abiertamente el hielo, ¿bebemos algo juntos?" Y así me encontré tomando champaña con el duque de Morny, hermanastro y heredero del emperador, hijo de la reina Hortensia, y hombre tan rico que nadie había podido calcular siquiera aproximadamente su fortuna.Al día siguiente de nuestro encuentro, llegaba a mis caballerizas un espléndido corcel árabe, seguido al poco del propio Morny.Yo había hecho construir un pequeño picadero anexo a las caballerizas, y ordené a un criado que condujera allí al duque porque quería pasearle el caballo.Por entonces yo era una amazona consumada. Supongo que debía de tener una predisposición natural para la equitación. Rápidamente me desvestí (por suerte era el final de la primavera y hacía calor) y,sin más,monté el caballo árabe en el picadero, para ofrecer a Morny el espectáculo de una Cora Pearl sin aditamentos, sobre una de las carnes de caballo más finas que existían en París. Por cierto que la ausencia de ropa procura un perfecto entendimiento entre caballo y jinete, incomparable al que se da cuando los pliegues de tela impiden a los riñones del jinete sentir las reacciones instintivas del animal y,a éste,apreciar las ligeras incitaciones de quien lo monta.

Veintiséis
. Hay una afinidad -más o menos previsible- entre la Cora Pearl que monta desnuda un caballo, y cierta chica japonesa -la mujer de un pescador- que brota de la imaginación de Hokusai en un paisaje administrado por el lenguaje y la fantasía. Cora Pearl, exhibiéndose encima del caballo que el duque de Morny acaba de regalarle, nos resulta "culturalizable" al aludir ella misma a algunas imágenes de la visualidad occidental. Cora nos remite lo mismo a Lady Godiva (recordemos la suntuosa versión de John Collier, que es de 1898 y responde a la estética de la Hermandad Pre-Rafaelita) que a la mulatica contratada por Carlos Enríquez. Sin embargo, Hokusai va a la raíz del misterio de la ensoñación deseosa. Su dibujo se titula, precisamente, El sueño de la mujer del pescador, y lo que vemos es un pulpo gigante "sometiendo" sexualmente a una joven. No tengo que decir que las cosas podrían ser al revés. El pulpo es inteligente al extremo de saber dónde y cómo succionar. Por ejemplo, se auxilia de la punta de un tentáculo para realizar una libación próxima a lo idóneo.

Veintisiete
. En la narrativa cubana contemporánea hay muchas camas invadidas por el sexo, muchos rincones herbosos donde se consuman coitos adolescentes -que, por cierto, pertenecen a cierta sistematización del imaginario erótico en la cuentística de los años ochenta-, muchos escondrijos y superficies donde el deseo se hace realidad.


Continua...