Del sueño y la complicidad
En ocasión del tercer aniversario del Centro Cultural Dulce María Loynaz


MARÍA ELENA LLANA

 

Nos encontramos nuevamente ante el inquietante acto de apreciar un libro de Esther Díaz Llanillo, en este caso Cuentos antes y después del sueño, que la editorial Letras Cubanas nos entregó durante la recién concluida Feria del Libro.

Se trata de un título significativo en la ya extensa producción literaria de esta autora, que amenazaba con ser muy breve, pues tras su salida a la palestra en 1966 con El castigo (Ediciones R), tomó la irrevocable decisión de abandonar la literatura.

Por suerte hubo un reencuentro, en 1996, al publicarse la antología de mujeres narradoras Estatuas de sal, cuya prologuista, Mirta Yánez, la animó a volver por sus fueros. Y así, paradójicamente, pese a la inmovilidad que las caracteriza, esas estatuas fueron el fiat lux para que Esther echara a andar nuevamente por senderos que, desde siempre, le fueron propicios.

De tan feliz revocación surge en 1999 Cuentos antes y después del sueño, ahora reeditado. En el 2002 apareció Cambio de vida, también en Letras Cubanas, y en el 2005, Entre latidos, con el sello de Ediciones Unión. Cambio de vida está integrado por dos cuadernos que ganaron mención en el Premio Alejo Carpentier en los años 1999 y 2000.

Puede decirse que, formalismos aparte, lo que seduce en la prosa de Esther Díaz Llanillo, es su facilidad para crear anécdotas que, partiendo de un concepto minimalista -la rutina hogareña, la soledad de la mujer que envejece, los diarios aconteceres oficinescos- se van enredando con misteriosas sustancias que trasmutan el simple hecho cotidiano en materia alarmante. Porque sus cuentos poseen una especie de latido interior capaz de imantar al lector y obligarlo a llegar al punto máximo para cualquier escritor: el punto final.

Así, leemos en "La amenaza": A veces nos asaltaba el temor de que estuviera esperándonos detrás de la puerta de entrada, bajo la cama, parapetado tras los muebles. Era un temor infantil y hasta risible si no hubiera sido tan angustioso y desolador".

En este cuento nos topamos con uno de los resortes narrativos de Esther: hay "una amenaza" planeando sobre los personajes y sobre el texto, pero se diluye en el acto mismo de esquivarla, como si la autora, más que redondear una anécdota, prefiriera crear un estado de ánimo.

La fecundidad de Díaz Llanillo en el logro de los temas es un aspecto que, en ocasiones, le deja al lector la impresión de que desperdicia sus anécdotas. Es cuando despacha la narración en un par de cuartillas y se queda tan tranquila.

No obstante, como en el acto de leer las respuestas sólo se encuentran leyendo, no tardamos en topar con guiños en que la autora parece decirnos: "sé perfectamente que esto daba mucho más, pero a mí me gusta así, y el cuento, al menos mientras lo escribo, es mío".

Un ejemplo lo tenemos en "No moriré del todo", una narración de apenas treinta líneas, que recrea la teoría de que el recién fallecido sigue percibiendo lo que ocurre a su alrededor durante un tiempo equis. En medio de la descripción de la cámara mortuoria, entre llantos y rezos, una línea nos informa que "la esposa conversa animadamente con el abogado". ¿No es una forma de decir "esto tiene muchas posibilidades, pero a mí no me interesan"? Y el lapidario final de este cuento explica por qué la autora tenía tanta prisa en llegar a él.

Esther se ubica entre las cultoras de lo fantástico en Cuba, pero en general resulta difícil enfrentarse a un libro que se nutra únicamente de lo irreal o técnicamente imposible. Y este no es una excepción, pues sus personajes o bien se debaten en atmósferas enrarecidas por "otras" presencias o yacen atrapados en sus propias circunstancias sicológicas.

Por otra parte, las situaciones pueden inscribirse en el absurdo, algunas veces francamente kafkiano ("El castigo"), el humor negro ("De todo un poco"), la crueldad ("¡Tin...Tin...!"), lo policíaco ("La pagoda"), o "La ventaja", una excelente muestra de dura narración realista.

Y junto a las anécdotas que parecen inextinguibles en esta autora, está su forma específica de construir el relato, un poco sorpresiva en cuanto a mantener cerrados secretos o a destejer prolijamente las situaciones.

Son frecuentes los momentos de alto logro escritural, como en la descripción de Landrove, un personaje cuyas intenciones sólo podemos suponer y que lleva "una extraña sabiduría reflejada en el rostro, como si todas las experiencias amargas de la vida hubieran desfilado por su carne y él tuviera el secreto de todas ellas". En "La trampa", la mujer que espera al amante, con sentimientos encontrados, "adivina la cama, arreglada y precisa, como una tumba abierta".

Y cautivantes descripciones de lugares en que los objetos dialogan entre sí: "Aunque era de día, las luces estaban encendidas y el mullido cojín de los asientos se proyectaba contra ellas golpeándolas con un rojo púrpura que producía un deslumbrante efecto de oropel".

Cuentos antes y después del sueño, integrado por veinticuatro títulos, contiene un relato antológico, "Anónimo", en el cual Esther no logra ocultar su faceta de niña terrible y se descubre jugando a la detective, cuando nos dice que el misterio se logró aclarar "por sugerencia mía". Y, aunque en ningún momento antes se ha asomado al texto, el hecho nos parece natural, como si siempre hubiéramos sabido que ella estaba allí.

Este entendimiento autora-lector, llega a la complicidad en "La venganza", en el cual la viuda de Charlie, muerto quince años atrás, se empeña en verlo a su lado, para enojo de toda la familia. La narración describe una soledad elegante, poética, donde se alterna lo irreal con las deducciones más racionales. Y logra interactuar con el lector hasta hacerle desear que Charlie realmente esté junto a ella, algo así como pactar con el personaje protagónico y mandar a paseo a toda la parentela.

A lo largo de estos cuentos vamos a encontrar personajes que nos parecen conocidos de alguna parte, como el hombre que sueña con un techo reparado que le permita oír el tintineo de la lluvia afuera y no adentro de su casa o la acción delictiva de un matrimonio que asesta "el gran golpe" a un refrigerador lleno de jamones y quesos.

Y, además, narraciones metafóricas, ("La torre de marfil") con el sesgo interpretativo de los simbolismos; simpáticas propuestas como la fumigación contra los hombres de "El día en que los ácaros tomaron la biblioteca". Y la sabia elaboración sicológica de un cuento como "La Tía", cargado de complejo de culpa, o "cargo de conciencia", término más a tono con el medio familiar donde se desarrolla.

Este relato logra un final sencillamente magistral. Y junto con los otros veintitrés que integran el volumen, constituye una proposición de deleite para todos los estamentos de lectura, formulada por la inagotable creatividad de Esther Díaz Llanillo.

Continua...