Imitación de Ipatria

Orlando Luis Pardo Lazo

ORLANDO LUIS PARDO LAZO nació en La Habana, en 1971. Ha publicado los libros de cuentos Collage Karaoke (2001, Premio Pinos Nuevos), Empezar de Cero (2001, Premio Luis Rogelio Nogueras), Ipatrías (2005, Premio Félix Pita Rodríguez) y Mi nombre es William Saroyan (2006, Premio Calendario). En 2005 obtuvo el Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba. El relato que publicamos pertenece a su libro Boring home, en proceso de edición por Letras Cubanas.

1-Ipatria y yo. El odio. Los himnos agresivos y hermosos de la revolución. Un adiós sin adiós. Una despedida laxante. Estúpidos y clandestinos, no nos dimos cuenta de nada a tiempo. Pero, ¿darnos cuenta de nada a tiempo de qué? Ipatria y yo. La ira. Las banderas zigzagueantes en el cauce inmóvil del pavimento: luego barridas con inercia de asalariado por una anciana de uniforme y escobillón. Geniales y genitales, fuimos amantes espectaculares y un poco cursis, atragantados entre la apoteosis política y un dolor visceral. Ipatria y yo. El tedio. Estábamos locos, por supuesto. De atar, de matar. Y tal vez por eso mismo ignorábamos que aquel viaje sería nuestra última oportunidad. Tal vez la única. Un viaje de bahía presa a bahía libre, por una carretera siempre al borde del mar. Un viaje desde La Habana hasta la ciudad de nombre más sangriento de América. Un viaje a Matanzas. Ipatria y yo, sin pasaje de regreso. Una ruta rota desde el inicio. Decisión de desafiar al destino. Desatino y decepción. Delirio, deleite, casi delito.

2-Cogimos un taxi particular. A cinco dólares por persona. Toda nuestra fortuna secreta. ¿Valdría la pena arriesgarlo todo? Supongo que sí. Lo valía. Infinitamente. Y en hora y media llegamos. De La Habana a Matanzas en un Chevrolet Impala ´59. Un Cola de Pato. Un prodigio. Una herejía viviente del paleolítico republicano de este país. Una máquina del tiempo a 110 km/h. 110 metamorfosis de Kafka en cada historia. A tope de velocidad. Al otro lado de la ventanilla, 110 millones de palabras y culpas se iban quedando detrás, al ritmo del rockasón con timba en la reproductora del chofer. Ipatria y yo nos apretamos las manos. Afuera hacía un solecito monocromo invernal. La temperatura era agradable, la brisa bien podía ser eterna. Y, por un instante de hora y media, Ipatria y yo nos imaginamos como dos inmortales. Comenzaba el mes y el año: primero de enero del 2000. Comenzaba un falso siglo XXI y su milenio de miniatura. Comenzábamos, también, Ipatria y yo. Aunque fuera sólo para no aburrirnos. Sinceros al borde mismo del suicidio, comenzábamos por fin ahora a terminar. Pero, ¿por fin ahora a terminar qué?

3-Matanzas a las nueve y media de la mañana. Un privilegio, un primor, una pena. Nos sentamos en la baranda del puentecito metálico sobre el Yumurí. Equilibrados sobre aquel río o masacre. Sin miedo, sin abismos, si ninguna memoria del terror. Ipatria me dijo: -¿En esta ciudad amaste a una mujer? Y yo le dije: -A dos. Incluida ahora tú. Con 23 años ella no era una mujer, por supuesto, pero igual nos dimos un largo beso en la boca. Todavía equilibrados sobre el cauce inmóvil del Yumurí. Todavía confiados, ignorantes. Todavía todo ternura y ganas de hacer el amor. Aquí. Bien lejos de nuestra ciudad de memoria muerta. La Hanada. Y nos dimos otro largo beso en la boca. Entonces nos hicimos una foto. Un encuadre magnífico. Nos la hizo una adolescente de saya escolar mostaza que cruzaba por el puentecito con su cuerpo limpio y tajante, de recién nacida. De hecho, nos hubiera gustado retratarla nosotros a ella. Pero se negó. Hubiera sido una imagen propicia para jugar en nuestra cada vez más invisible intimidad. -Llévame a verla -me pidió Ipatria. -¿A quién? -le dije. -A tu antiguo amor -me respondió-. Llévame a verla ya. -Ipatria, mon amour -acaricié su cabeza ovoide-: para eso vinimos, ¿no? Imposible borrar aquella geometría cerebral cuya oscuridad interior yo siempre adoré. Adoré de verdad. Hasta las lágrimas y el asesinato. Hasta el ridículo patetismo de escribirlo ahora con esas mismas palabras: hasta las lágrimas y el asesinato. Una joya: la cabeza de Ipatria.

4-Y fuimos. A verla. A mi antiguo amor. Ian. El barrio de La Marina arrastraba eones de lodo y manantiales de agua albañal. Excepto uno. Aún quedaba un manantial cristalino y potable. Con cangrejos y clarias y camarones. Y hasta allí fuimos, Ipatria y yo, a contemplar los restos de mi antiguo amor: Ian. A bautizarnos en las aguas mitad milagrosas y mitad mortíferas de su manantial. A beber de ellas mientras nos zambullíamos o flotábamos. Y también, por supuesto, de ser posible, a restregarnos desnudos de madrugada. Ipatria y yo, por primera vez en el año cero o dos mil. Era una sensación triste y genial. Un sentirnos hermosos y libres y muy cansados de tanto habitar en otra lejanísima ciudad. Aunque en Impala ´59 Matanzas y La Habana quedaran al doblar de la esquina. Era sólo una ilusión dolorosa y fallida: toda ciudad es antípoda de la otra. Igual fue un buen intento de no pronunciar la palabra adiós. Como nos mereciéramos una isla de silencio después de tanto deseo loco y toneladas de diálogo por imitación. Igual era un augurio: la certeza de que ya habíamos acumulado suficientes odio, ira y tedio intentando precisamente no pronunciar la palabra adiós.

5- Yo llevaba mi cámara. Canon semipro. Cañón analógico para explotar los encuadres intestinos de la vida provincial. Matanzas: La Tenia de Cuba, nos reíamos subiendo por Milanés hasta el Parque de la Libertad, donde retraté los pezones parados de una estatua desnuda que huía de otra estatua en saco, acaso para evitar algún intento de violación, nos reíamos todavía más. Al rato doblamos por el cine en ruinas hacia el Yumurí, Ayuntamiento abajo. En cinco o seis cuadras agotamos un rollo Lucky, Made in China. Lo más barato y súperamateur. Matanzas tampoco se merecía mucho más que 36 chasquidos de una Canon semiprofesional, todo ligeramente sobreexpuesto y desenfocado a través de mi objetivo zoom Made in Japan. Así me gustan las fotos. Así cada recorte de la realidad me luce un poco menos real. Cuando llegamos a la orilla mohosa del Yumurí, vimos peces, crustáceos y aves pudriéndose al por mayor. Era un cementerio fétido. Los botes de los pescadores parecían panteoncitos flotando en el fuel. Yo no lo recordaba así. En menos de un año el río se había contaminado. De pronto me dio alegría de no haber visto la metamorfosis, sólo la barbarie final. Abracé a Ipatria por detrás. -Es allí -le indiqué, y señalé la casa de Ian. Ella se estremeció levemente. Por un instante, supongo, intuimos lo que hubiera sido de nosotros en La Habana si antes no hubiera fallado en Matanzas mi antiguo amor. Yo recordé una línea del padre poeta de Ian: Aquí, bajo estas aguas, están todos dormidos. Y, rebasado este punto de la historia, el resto es muy probable que esté de más. O sea sólo eso: restos. Mejor así. Que sobre: sobras nada más entre su ipatría y la mía, hicimos un último intento por no dejar de sonreír.

6- Yo tenía 36 años, ella 23. Y entre los dos acumulábamos suficiente cultura fósil como para matar o hacernos matar. El Aullido de Ginsberg nos divertía, por ejemplo, como una chiquillada gringa de homosexual incivil mansamente deportable de Cuba. El Grito de Munch, por ejemplo, no era más que un susurro puesto de moda por la culpa de una generación que llegó muy tarde al horror. El Paradiso de Lezama, por ejemplo, no era tanto el infierno como una carcajada cubana que nadie quiso nombrar como Ipatria y yo: un fiasco innombrable. Alto arte. Mentiras por lo bajo. Detritos del intelecto. Ipatria y yo huíamos como extranjeros en nuestra tierra natal. Yo tenía 36 años, Ipatria 23. Y nuestra suma nos permitía saber sin saberlo que todo debía estar ya de más. Que no valía la pena ese viaje. Ni siquiera por el Impala ´59 que casi logra remover nuestra inercia entre dos bahías vacías como palabras armadas sólo con a.

7- Esa noche nos quedamos los tres en el cuarto y la cama de Ian. Fue una madrugada incesante, insaciable.Un signo de pornoinfinito, no acostado sino de pie.Porque justo así lo hicimos Ipatria y yo, bajo un falsotecho abofado de La Marina.De pie. Ella, asomada al persianal abierto sobre el último manantial potable del Yumurí; yo, asomado a su espalda y a su interior. Lo hicimos durante horas. Sin movernos apenas. Sin sudar, hacía frialdad. En paz. A ratos húmedos y a ratos en seco. Sin jadeos ni asfixia, casi sin excitación. De ahí lo angustioso del desmayo final. A dúo, todavía de pie. Los dos otra vez tendidos sobre la cama, donde Ian dormía o fingía dormir desde muy temprano. El pelo de Ipatria olía a no podría nombrar ahora qué. Olía a algo indefinible y tan definitivo que, esa misma noche, estuve seguro que sería lo último de ella que se me iba a olvidar. Tal vez sólo por eso lo hicimos. Para conservar un impronunciable detalle. Para esquivar durante un instante las rachas de odio-ira-tedio con que nos bombardeaba nuestro foráneo país: funéreo paisaje de estatuas desnudas que huyen de estatuas en saco, mientras un antiguo amor se abraza a la pared con unos ronquidos tan mal actuados que parecían un llanto amateur. Yo, 36. Ipatria, 23. Ian sin edad, sin sumarse ni restarse a la orgía más solitaria y muda del universo. Ahora y por el resto de los Impalas ´59 en aquel mes de enero del año cero o dos mil.

8- Amanecimos. Los tres. Desayunamos. Los tres.Nos zambullimos en el manantial. Los tres. Con esa gentil cortesía de los cuerpos extraños que se conocen demasiado entre sí. Hablamos en un español amable y decrépito, tres remotos conocidos que el azar reúne en el exilio de un barrio donde se ha hecho de pie el amor. Ipatria, Ian y yo. Mitad cansados y mitad clandestinos. Como si no nos diéramos cuenta de nada a tiempo. Pero, ¿darnos cuenta de nada a tiempo de qué? Ipatria, Ian y yo. Entre la nata de la nada y un dolor político un poco cursi que como siempre nos humilló. Como si no supiéramos que en cualquier tiempo y teatro del mundo nadie escapa nunca de escenas así. Como siniestros Ginsberg de pacolírica. Como efectistas Munch. Como Lezamas ya limados por una retórica retruécana. Ipatria, Ian y yo. Estábamos locos, por supuesto. De atar, de matar. Y ya queríamos regresar de una bahía libre a otra bahía presa, en una fuga por carretera siempre al borde del mar, sin voltear la cabeza hacia aquel nombre sangriento para una ciudad de América. Sin pasaje de regreso a Matanzas, yo recordando o rumiando otra línea del padre poeta de Ian: Ninguna ha tenido nombre más perverso. Ipatria y yo le dimos un beso a Ian. Le pedimos diez dólares prestados hasta la próxima ocasión. Era un gastado gesto de confianza en que muy pronto volveríamos a coincidir. Los tres. Era una mala suerte de pacto con el futuro. Era un acto de fe: una tragicómica manera de despedirnos para siempre sin necesidad de decirnos adiós.

9- Volver. Alquilar un Chevrolet Impala ´59, pero en sentido contrario. Un prodigioso Cola de Pato a cinco dólares por cabeza y 110 km/h. La boca del túnel nos resultaba siempre un misterio. Una luz que te ciega y atrae. Edificios, árboles y señales de tráfico que se sumergen y emergen y nunca sabes del todo en qué ciudad vas a desembocar. La Habana, La Hanada. En hora y media emergimos en Prado. Nos quedamos en el Capitolio, con sus estatuas tan desnudas como las de un provinciano Parque de la Libertad. Le dimos el dinero y también las gracias al chofer. Por suerte viajamos sin música. Sólo la brisa repiqueteando fuerte en los tímpanos. El cielo estrenaba su mejor color gris militar. Encapotado de oliva. Una gasa enchumbada en sepia. Una monocromática aberración.Nos sentamos en la escalinata del Capitolio y nos pusimos a contemplarlas. Nubes, humo. A contarlas, si es que se podían diferenciar entre sí. Era lo mejor que podía hacerse a esa hora, poco antes de nuestro mediodía mediocre en la capital. -Me gustaría hacer un viaje a otra ciudad -pronunció sin mirarme Ipatria. -Podríamos ir a Matanzas -pronuncié sin mirarla yo. Un policía nos hacía gestos obscenos desde la acera. Con su silbato nos indicaba que estaba prohibido sentarse en la escalinata del Capitolio a contar las nubes. Cualquiera fuera el incomprensible razonamiento de la autoridad, a Ipatria y a mí su despotismo nos parecía que era la pura verdad. Una certeza desacelerada a 110 kilomentiras por habana. Obedecimos la bulla del policía. Dejó de rechinar su silbato. Bajamos sin tocarnos y nos retiramos cada cual por su lado favorito de la escalinata. Sin odio, sin ira, sin tedio. Sin adiós. Por supuesto, no las volví a ver. Ni a Ipatria ni a Ian. Y el rollito Lucky Made in China ni siquiera lo revelé. Sus 36 fotos aún esperan por otro siglo y otro milenio, entre otros himnos agresivos y hermosos de otra revolución, y otras banderas zigzagueantes en el cauce inmóvil del pavimento: acaso luego barridas con inercia de asalariado por otra anciana de uniforme y escobillón. No sé. En ocasiones pienso que si hubiéramos retratado a la escolar de saya mostaza que nos retrató en el puentecito del Yumurí, con su cuerpo limpio y tajante de adolescente que se nos resistió, tal vez esta imitación de historia a trío no hubiese abortado tan indolentemente aquí.