V

Un libro de gran solvencia espiriual
Alberto Garrandés


En mi más reciente libro, La mirada crítica, he reunido algunas aficiones y recurrencias literarias del entorno narrativo cubano, y mucho me complace comprobar que el ensayo que le dedique a Mi mujer manchada de rojo, volumen de relatos de Rogelio Riverón, bajo el titulo de "Malicia", se halla a continuación de otro, "Malevolgia, o el sueño de la muerte como obra de arte", cuyo centro de atención es precisamente Malevolgia, la novela de Gina Picart. No es casualidad. Desde hace algún tiempo ambas simpatías críticas se han puesto a tiro,como se dice, y he disparado con saña y con particular deleite contra ellas. Y digo que me complace no sólo porque soy, por fortuna, un hombre que todavía cree en las virtudes del entusiasmo, sino también porque me gustan las casualidades, las analogías, en especial hoy, cuando aparece el atractivo libro que recoge los resultados del Premio Julio Cortázar 2007 (Editorial Letras Cubanas), donde, precisamente, las dos figuras principales son Rogelio Riverón y Gina Picart, distinguidos respectivamente con el Premio y la Primera Mención.

Riverón y Picart representan, de maneras distintas, esa decencia noble que, más allá de paradojas y apariencias, exhibe la literatura. No estoy hablando de inocuidad, ni de inocencia, ni de decencia popular, ni de nobleza tonta. Hablo de una condición que sobrepasa expresión del mal, que brota de la violencia del sexo, que nace en el instituto más feroz y que dibuja, así, un paisaje tan ríspido como amable, y que puede ser tan desolado como realista,o tan imaginario como posible. Ambos escritores, Riverón y Picart, se han convertido, sin duda, en dos de los más importantes narradores cubanos del presente.

Sin apartarse de sus temas y obsesiones, ni de su estilo, ni de su acicalada ironía, ni de la naturaleza de sus personajes -que acaso conforman ya una peculiar tipología-, Riverón escribió su cuento "Los Gatos de Estambul", y, como dije en su momento, las preferencias fueron unánimes. Es probable que esa narración, en la que hay una especie de dulce y sensual fatalidad, sea de las mejores que él haya escrito. Se trata de la historia de un encuentro y un desencuentro amoroso en un espacio casi mágico, intercultural, presidido por el misterio súbito del otro, el misterio del cuerpo, de las palabras (las que se dicen y las que se callan), de ciertos gestos, de ciertas miradas, y que revocan las expectativas de que eso que Goethe llamó "afinidades electivas" en una novela homónima.

El relato de Gina Picart, "El príncipe de los lirios", posee una soberanía lingüística envidiable, como he dicho ya en otro texto, y despliega un erotismo atmosférico de gran empaque. Tiene los trazos y los colores de Klimt y la "melancolía" de de la mirada cultural puesta al servicio del cuerpo, los sobresaltos del cuerpo.Una mirada, diría hoy, en la que la sinuosidad y la concentración de sus enfoques son, para usar una metáfora, de una bella y singular crueldad.

Sobre el resto de los cuentos aquí reunidos, debo decir que el de Rafael de Águila, "Wagner y los cabrones", es una insólita muestra, de índole alegórica, de la distinción ética que nace no en la política, ni en las chaturas de la ideología, sino en eso que, con relativa pobreza, llamamos "lo humano". El texto de Orlando Luis Pardo, "Todas las noche la noche", constituye una tortuosa y afilada revocación del tiempo "exterior", desde donde la angustia se fuga hacia ninguna parte y desde donde, además, el individuo empieza a "producir" su propia liberta interior, que es la mejor de las libertades posibles. El cuento de ese fino narrador (y muy avisado lector) que es Eugenio Marrón, titulado "En un reino de achicorias", ofrece una notable ensambladura de tiempos y espacios en función de un sentimiento inasible e inefable: el que emana de la música y la personalidad del artista. Y "El mundo será para mí", de la escritora Argentina Maria Porcelli, consigue aposentar, con presición, un drama íntimo y femenino - la búsqueda de la certidumbre, de un sendero visible- en un espacio gobernado por la alucinación y la pérdida. Este libro se convierte, así, en un regalo que posee una gran solvencia espiritual.