| II
He aquí, a grandes trazos, su expediente más
intangible, pero no menos vivo. Si este fue el
hombre, y lo sigue siendo,¿hemos de temer que
se le venere si acumuló en sí merecimientos tantos?
Sus grandezas conocidas,y las menos conocidas,
que urgen tanto como las otras, bastan
para la reverencia permanente, y para la estimulación
a parecérsele,aunque sea por uno solo de
sus costados. Quien entra en contacto con él,
mejora. Quien estudia cómo se fue mejorando,
él, que parecía hecho desde el principio, comprende
mejor su propia naturaleza, y se pone en
camino de intentar lo grande. Una sola de sus
hazañas puede ocupar el afán y el sentido de
una existencia. Los que admiran su sensibilidad
artística tienen en él campo largo donde detenerse,
y cosecha profunda que recoger,y visiones
que aún dictan una modernidad sin trabas, y
finas intuiciones que parecen testimonio de
alguien que ha vuelto del porvenir o del pozo
turbulento de la vida.Los economistas, los políticos,
los sociólogos,los ansiosos de verdad y de fe,
los que buscan guías de acción, los que sueñan
con un mundo mejor y quieren saber cómo erigirlo
tienen en su universo pauta e incitación,
deslinde y perspectiva. Su utilidad es continua, e
imprescindible en nuestro ámbito. Hombre de
tal ofrecimiento y completitud, se diversifica en
su recepción,y brinda la posibilidad de apropiárselo
de modo individual o colectivo, elaborando
cada persona, natural o jurídica, su imagen más
entrañable. Más allá de la mesa donde se redacta
o discute, de los cónclaves, de los foros, de las
grandes tribunas,Martí se rehace de continuo en
sus receptores, se elabora como una incanjeable
propiedad, como una heredad de íntimo consumo.
Tuvo la facultad absoluta de la comunicación,
y no ha habido entre nosotros comunicador
más perfecto. Desde el niño al estadista,
desde el físico al lírico, desde el ponente sabio y
minucioso al colegial emocionado, desde el sectario
de una fe al que no tuvo fe en las sectas;
desde todos los ángulos sociales su imagen vuelve,
como vuelve la luz de los espejos. Con los
espejos de todos,como en un holograma de una
poderosa fisicidad,mantenemos pulsátil su imagen
prometeica.Así,él pertenece a todo hombre
honrado, de buena voluntad, que crea en lo que
él creyó,que sepa,como él supo,que son viables
las utopías, y que los sueños tienen la probabilidad
del porvenir.
Pero hay que soñar bien, juntando la emoción
y la razón, coligando todas las fuerzas reales
del hombre. A los pancistas no pertenece,
como no pertenece a los demagogos,a los ventajistas,
a los que no predican con el ejemplo, a
los intolerantes,a los que sólo buscan dormir en
paja caliente y tener ancha avena, a los gozadores,
a los aparentes triunfadores, porque los
buenos son siempre los que ganan a la larga. Él
fue bueno, y es nuestra victoria consumada.
Ayer mismo casi,debido a la intolerancia,que es
la autoridad de los mediocres y su concepto de
la energía,nos parecía que no era justo que cultivase
una rosa para el cruel,sin ver que siempre
fue resuelto y viril, pero que jamás dio cabida al
odio. Una guerra preparó, y declaró que era,
entre otros fines, para redimir al enemigo. Los
hombres estamos ansiosos de generosidad y
anchura, y cansados de anteojeras, y de manipulaciones
torpes, y de proselitismos obsesionantes.
Y queremos escoger y edificar según
nuestras más íntimas convicciones, y ser honrados
con nuestro propio pensamiento. Y por
peculiaridades que los manuales de psicología
aún desconocen, necesitamos admirar, raíz de
todo amor, para ser adeptos; creer en algo que
nos rebase y explique,para sentir que podemos
dirigirnos al cielo. Sin caminos de avance y
ascenso, por muy incorpóreos que sean, pierde
toda locomoción el alma. El alma es, como el
gas, dinámica y expansiva. José Martí tuvo una
así,y a él acudimos para solventar nuestras interrogaciones,
y nuestra sed de mejoramiento,
procurando aprender a tener alma.
Los pueblos, como los individuos, necesitan
de los mitos, en el significado original del término.
Mito es tradición y relato,no ilusión o engaño.
Lo falaz de los mitos viene de ciertos fenómenos
psicológicos que en ellos se expresan, o
de las fracciones sociales que los imponen
como verdad suma.Viene de la ignorancia, que
no conoce las causas, y juzga los efectos como
las causas; viene de la impotencia, que se ciega
ante las posibilidades con que se cuenta aún
cuando ya no se tienen brazos para asir al rayo
que se aproxima; viene del poder que ya está
asentado y no desea que se le remueva el
asiento, o de la secta que aspira a toda costa
sentarse cuando ya las grandes masas de hombres
con la acción o la imaginación -que diseña
toda acción y es, por consiguiente, una de sus
formas- están produciendo otro relato, inscribiendo
otra tradición. Vale decir, según sus orígenes,
otro mito. Se equivocan los que creen
que lo mítico es propio de la primitivez de los
pueblos,y que lo abandonan, como un producto
pueril, a medida que alcanzan la adultez.
Respecto a los mitos de hoy, tanto de los
Estados como del hombre común, hay que
aprender a reconocerlos, puesto que no se
manifiestan en sus formas clásicas. En esto,
como en la ciencia, hay que tener una mirada
no-euclidiana para ciertas transformaciones del
mundo. Pero no todos los componentes del
mito son falaces, o no son todos los mitos de
esta naturaleza, y muchos de ellos poseen una
enorme capacidad movilizativa, y el que quiera
desplazar conciencias hacia puntos más altos
tiene inevitablemente que incluirlos. No se
puede desplegar una mirada absolutamente
física del mundo; en cuanto se es hombre se
mira produciendo imágenes según un valor.
Los mitos son palancas de la producción espiritual,
que es también tan eficaz e imprescindible
como la otra. Pobre del pueblo, o del individuo,
que no desarrolla un relato propio,que no lanza
una historia anticipada a partir de la historia ya
pasada.La imaginación no sólo crea ensueños y
mixturas aparentemente imposibles, sino que
es también generadora de certidumbres, y
como polea del porvenir, y como propela de
toda navegación hacia tierra desconocida. Lo
desconocido está aquí, en lo próximo, en el
ahora, y la imaginación es siempre una navegación
vertical, hacia lo hondo o hacia lo alto.
Los mitos, entendidos así, se necesitan como
el pan, y nos rodean como el aire. Saben esto -
consciente o inconscientemente- los predicadores,
los políticos, los publicistas, los hechiceros,
los sacerdotes, los maestros, los artistas, los
poetas, los oradores. No se trata, pues, de escapar
de los mitos,sino de enderezarlos hacia más
exhaustivo y noble fin, dentro de las leyes de la
justicia, de la verdad y de la belleza, y aunando
las fuerzas que permitan las condiciones materiales
de los hombres. En este sentido, la figura
de José Martí es proclive al mito, por sí misma,
sin manipulación interesada.Pero no se trata de
dejar a la espontaneidad asunto de tan vital
importancia, sino de estudiarle y comprenderle
a fondo la naturaleza, y obrar en correspondencia
con ella. Lo que de él se ve a primera entrada,
y lo que se alcanza con una asiduidad y examen
mayores, lo necesitamos como arma para
dignificar el presente y acercarnos al porvenir.
Al porvenir se llega sin voluntad, por obra de
fluidez.Pero sin voluntad no se alcanza el sueño
del porvenir.Y no queremos cualquier porvenir,
sino el que soñamos,en cuya empresa la voluntad
y la sabiduría ejercen un ministerio ineludible.
El hombre es un continuo campo de fuerzas,
y un vector de avance, y la luz que se persigue
exige insoslayablemente capacidad de
resolución y escogimiento. Los que piensan
más, deben escoger mejor. José Martí está en
nuestra dirección más alta de pensamiento
como un cauce fundador, y como un haz solar
que nos ilumina el paso por entre las lóbregas
nubes. De todos nuestros mitos en el sentido
prístino, él es la imagen más vasta y nos ha
enhebrado un relato que tenemos la obligación
de convertir en historia.
Textos hay orales y escritos,y textos que emanan
textos,y textos que se están elaborando de
continuo, como el hígado de Prometeo. Textos
que se siembran en la tierra como los dientes
de Cadmo, para multiplicarse en otros. El acto
intrascendente y nimio no alcanza, por su baja
elaboración humana conjunta, la victoria y la
propagación monumental del texto fundador.
Pero los actos -no ya orales ni escritos- que se
inscriben dentro del más amplio servicio humano,
o son una expresión íntima sin espectadores
de este servicio, constituyen textos del
Texto, estrofas del Gran Poema, capítulos del
Libro Mayor que esculpimos entre todos para
que la realidad sea mejor. De lo que se trata,
desde el principio, es de eso: que la realidad
mejore y, con ella, el hombre, criatura central de
la realidad. Las caídas, las frustradas tentativas,
las aproximaciones equivocadas, o los ímpetus
turbulentos, o los grandes muros que los hombres
levantan a la marcha de los demás hombres,
deben ser inscriptos también porque
poseen funcionalidad textual y con sus espesas
tintas ayudan a comprender los clarores entrevistos,
las luminosidades a que se desea arribar.
Todo debe estar,y está,dentro del texto.Pero es
la voluntad y la sabiduría del hombre quien
escribe, y tiene el derecho, y el deber, de privilegiar
lo más alto. En nuestro texto nacional, él,
con los suyos, es el índice que señala, y la voz
que dicta,y el muerto que ha de ser consultado.
Sus textos están ahí, como semilla de nuestros
libros, aquellos que se escriben en las páginas y
en la materia resistente de la vida.
A él se le puede abrir al azar, como a los textos
sacros, y encontrar caminos; pero nosotros
estamos apresurados, y poseemos una elevada
carga de responsabilidad, y no podemos dejar
al azar las resoluciones y aperturas. A su gran
masa textual hay que entrar, es verdad, de astilla
en astilla, desmembrando; pero sólo como
fase imprescindible y menor de su total relieve,
del árbol que es, puesto que las astillas son útiles
para la combustión, pero no dan frutos
vivos.Todo texto lo es porque a él se incorporan
las partículas orgánicamente, como los átomos
en la molécula; porque se fija en un espacio,
desplazando un tiempo, bajo los índices de eficacia
de un sentido; porque poderosas fuerzas
entálpicas organizan las sucesiones en círculos
cada vez más grandes hasta que está cumplida
la voluntad del textuador,y la óptima recepción
establecida, y garantizada la irradiación continua.
Todo texto verdadero es como nuestro
universo actual,que es una organización que se
expande. Las estructuras expresivas que el
hombre conoce tienen, en el fondo, las mismas
leyes en que el universo se manifiesta. Los textos
martianos,como el cosmos,se expanden en
cuanto se entra en la cadena de su pensamiento.
En estos textos debemos aprender a diario lo
más inmediato y lo más distante, lo más íntimo
y lo más colectivo.
Pero el texto martiano no sólo está compuesto
por su palabra, sino también por sus
actos. En su caso, dada la congruencia de su
destino, no hay separaciones posibles. Todos
los actos suyos, desde los de mayor relevancia
política hasta los más pequeños de su vida
íntima, encarnan la posibilidad fértil de la lectura.
Reclaman un escrutinio riguroso, y un
acercamiento fiel, y una exégesis orgánica.
Porque nos resultan útiles y son fragmentos
tutelares de nuestra paideia. Su magnetismo
moral proporciona lecciones, y enseña cómo
ser un individuo íntegro, dentro de la potencialidad
humana, y cómo ir de la relación personal
al afán colectivo sin saltos ni quebraduras.
El ejercicio de un destino no nace, sino que
se adquiere en un fervoroso aprendizaje de
nosotros mismos, y los buenos modelos ahorran
fuerzas y anticipan experiencias. José
Martí es un magnífico modelo patriótico y
político; pero es también, y por lo mismo, y
sobre todo, un singular modelo ético, que
tenemos la responsabilidad de saber presentar
a los que se buscan, y de sugerir a los que
aún no se buscan, para que crezcan las virtudes
en el seno de nuestra comunidad, y los
hombres no se dejen macerar y mutilar por las
malas coyunturas. Ese Martí es vital, y el único
modo martiano de rendirle culto es el de marchar,
a pasos apresurados y racionales, a la
incorporación de su totalidad a nuestra búsqueda
ansiosa.
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