Mito y texto
de
José Martí
Roberto Manzano
Hay quienes abogan con frecuencia
por desmitologizar la figura de José
Martí. Solicitan verle el nervio, el
músculo, la sangre, la mirada de
aquel que tuvo miedos, o sobresaltos,
o zozobras; desean percibirle una estatura
más sujeta a las magnitudes físicas y no a los
crecimientos poco mensurables de la idea;
quieren, apurando las instancias del reclamo,
rendir culto a un hombre como ellos.Tienen un
argumento poderoso: no fue, es indudable, un
espectro semidivino, sino un hombre de carne
y hueso. Frente a ciertas proyecciones de su
figura no les falta razón, y esto es lo que desearían
ver cuando se aproximan a su memoria.
Los hombres no somos un continuum físico, o
una homogeneidad absoluta, y a la hora de
ascender cada uno sube el número de sus escalas.
La figura de José Martí posee una generosidad
tremenda y ofrece gradas para todas las
travesías. En esto, como en todo, hay clases y
subclases.Se escucha en ocasiones,más de viva
voz que por escrito, la apetencia de que no se le
ponga pedestal, porque los pedestales, vengan
de donde vengan, tienen algo de deslinde o
perimetración olímpica,que tan poco se aviene
con la médula de su accionar y de su prédica.Y
uno se encuentra a veces también, desde
luego,como en todos los fenómenos humanos,
con los hiperbólicos de la desmitificación que
se sienten más cómodos cuando se enteran de
que sus piezas dentarias no eran buenas.
De todos modos, algo tiene de útil este afán:
lo que de tan diferentes ángulos se exige, en el
fondo, es que no se nos distancie. Porque en
cuanto un interés social muy específico se lo
apropia y lo remodela de acuerdo con sus pretensiones,
nos enajena su verdadero rostro;y en
cuanto se nos vuelva imponderable de alguna
manera su figura se nos desmoviliza, deja de
estar en nosotros, como eje acompañante. Esto
en lo que concierne a su relación con nosotros,
porque visto en relación con él mismo resulta
una deformación de su identidad, pues él vivió
y trabajó para nosotros y desde nosotros mismos,
alzándonos a un nivel de voluntad y conocimiento
que aún no ha sido superado, y que
tardará en serlo. Lo que pudiéramos tener de
más alta condición humana ya está en él y
viene de él, para que nosotros alcancemos y
desarrollemos esa condición. A través de él
hemos sido, y seremos, una incorporación de
fina excelencia a la especie. Entre los vivos y los
muertos de nuestro devenir como condición
humana, él es nuestra cota más alta, y como
nuestra cúspide. Es nuestro semejante más
próximo, más vital, más sabio; y tenemos una
sistemática urgencia de su proximidad profunda.
En cuanto lo apartamos de nuestro campo
visual perdemos horizonte, y perdemos luz. En
los trances de apartamiento ya conocidos,
hemos pagado duro el apartamiento. Nos
hemos reducido, nos hemos retardado, nos
hemos alienado de nosotros mismos. De él no
podemos hacer dejación,porque es hacer dejación
de lo que somos, y de lo que estamos destinados
a ser.El cubano José Martí fue de modo
tan hondo y ancho, que cada cubano que sea
en el amor a Cuba y a la dignidad plena del
hombre, será siempre a partir de él. Es, aunque
parezca exagerado, el Moisés y el Jesús de
nuestra estirpe sobre la tierra. Lo que va dicho
puede parecer un canto sacro, otro modo de
separarlo; pero no lo es, porque de lo que se
trata no es de achicarlo, sino de engrandecernos.
No le somos fieles cuando lo mermamos
para poderlo abarcar con nuestra mirada,comida
por el tráfago diario, sino cuando aguzamos
los ojos, viendo como él veía. José Martí estuvo
entre nosotros, hundido hasta la médula en
nuestros asuntos; pero supo, ademán poco
usual, cerrar su destino como un círculo, y en
eso,hay que reconocerlo, no tuvo ni tiene entre
nosotros parigual.Hacia él ascendemos,no descendemos.
Todo cuanto de él salió, palabra o
acto,produce la sensación de que va camino al
cielo.
Logró Martí lo que parece imposible, que es
el sello garante de todo verdadero logro.
Acumuló en sí el mundo, y tuvo el ejercicio del
futuro, propiedad de los videntes. El mundo se
le acercaba con rapidez, como una agregación
dinámica, y él lo quintaesenciaba, devolviendo
en síntesis lo que recibía. Poseyó el don de la
abundancia,que acompañado de la facultad de
escogimiento, completa el espíritu sensible.
Esgrimió una atención sin desmayos, enfocada
a lo esencial, lo que no se puede sostener
en medio de la azarosa y mezquina existencia
que aún vive el hombre sino con una vocación
irrefrenable. En grado sumo, y en armoniosa
ligadura, conjugó el amor y el deber, las dos
columnas trascendentes del carácter. Se conoció
profundamente a sí mismo, lo que le permitió
conocer, juzgar y perdonar a los demás.
Supo que habido un germen es susceptible un
desarrollo. Fue expresión irradiante, y dominó
todas las funciones de la expresión. El amor y el
deber lo condujeron tempranamente al sacrificio,
y lo aceptó con naturalidad y coraje, y comprendió
su naturaleza formativa profunda.
Sometido al accidente,mostró voluntad y lucidez
suficientes para volcarlo a lo trascendente.
En lo trascendente vivía, por la búsqueda sin
pausas de lo alto. Notables hemos tenido,grandes
caracteres, vivos temperamentos, sensibilidades
agudas, intelectos sagaces, conciencias
encendidas; pero jamás tuvimos un hombre
como este, donde ardiera todo el hombre en
junto, y a tan excelente altura. A este hombre
debemos rendir culto, sin melindres ni cortedades,
y sin temor. Hay que examinarlo en su
carácter, en su integridad como individuo, y
proponerlo como imagen y práctica del hombre,
en cuanto pieza y eslabón de la especie.Los
métodos para echar adelante esta imagen, y
volverla práctica, los buscaremos y hallaremos
en él,asimilando los suyos,de modo que el plan
sea acabado, y el desempeño ameno y sensato,
y la verdad y la belleza presidan. En él están las
sustancias, y están las vías. Si se analiza con
detenimiento y en conjunto se ve que jamás
incitó a una meta sin poner en ella sus pasos, y
sin mostrar el modo de ponerlos a los demás.
Encaminismo se pudiera denominar la palanca
de su ideario. La actitud de tomar al hombre y
su circunstancia y ponerlos en camino parece
ser la básica.Todas las sendas de su pensamiento
avanzan hacia el pecho y la frente del hombre,
lo sacuden en íntegro, y lo dirigen al cielo.
Ya se sabe que fue su circunstancia, que es
el único modo de ser definitivo. Pero su circunstancia
en él está iluminada bajo el sol
ético del ideal, y de continuo, y en todas las
esferas. Su ideal era alto y vigoroso, dictado
por las circunstancias mismas y sustentado
por la naturaleza inalienable del hombre.
Dialéctico por condición, pensaba con vínculos,
y en esta mirada analógica nada le fue
ajeno. Escrutó las múltiples ramas, escogiendo
savia para nutrir su árbol de la vida. Todas
las fracciones vienen a él y encuentran algo
propio, y quieren adueñársele, sin ver el árbol,
que es lo verdaderamente suyo. Lo que por
diversos caminos se acumuló en su época, él
lo trasegó, buscando esencias. Ellas son ahora
patrimonio nuestro, por él acarreadas y fundidas,
para devolverlas actualizadas a un mejor
servicio humano.Servir,esa fue su divisa,y debe
ser la nuestra.Pero no se sirve bien si no se está
hundido en la circunstancia como un rizoma, y
alzado sobre ella como un astro. Raíz y estrella fueron emblemas que privilegió, y todo cuanto
privilegió posee un inacabable sentido.