Las estaciones (fragmento)
Omar Pérez

Nació en La Habana en 1964. Poeta, ensayista y traductor. Entre sus libros se encuentran Algo de lo sagrado (1995), ¿Oíste hablar del gato de pelea? (1998) y La perseverancia de un hombre oscuro (2000).

Los tomates mejoran cada día,
las calabazas son del color del mango,
un pan similar al barro y a la brasa, no lo hay;
ahora rompen a cacarear las gallinas que callaron
cuando los gallos cantaban:
las ferias son mercados disfrazados de fiesta,
los libros son candiles apagados en tinta,
la nada es nada, el infinito al cero.
La isla se va, el áncora se queda.





Moneda refractaria es aquella
que no cae al agua de las disquisiciones.
moneda fraccionaria es aquella
que se hunde en las tardes mercenarias.
Ejemplo, el caracol: viviremos con menos
y moriremos con más
viviremos desnudos para morir elegantes.
Los tomates mejoran cada día
y la hiedra se levanta del océano.
Estoy saciado como una hiena,
como una liebre, como una piedra.
La isla se va. El áncora se queda.




Las semanas se fugan como oro
peso específico de las ciudades
que tratan de ganar, o al menos no perder
la compostura de ilustres realidades
para todas las edades.
Es un misterio: dónde puse los libros?
los silenciosos artículos de polvo



Ese dios que veneras como leche cortada
esa fe que repartes como papel periódico
esas estaciones tan bien amortajadas
en una creencia de parasol metódico.
Caos, orden, aguaceros
de una ley desmigajada
una sonrisa entrenada
entre cotas y luceros.
Por qué lo haces, por qué es así?
una gramática del frenesí
una aritmética de la fragancia
una genética de la ignorancia
una robótica del como si.



 




Cuando al cuervo preguntaron por los endecasílabos
no supo responder, voló sobre los diques.
Cuando al hacha oxidaron con preguntas
no supo responder, quedó encajada.
Qué es lo poético,
Por qué inquietarse por algo que no existe?
Cómo saber que lo que nos espera, espera?
Un árbol, una fragua, una casa vacía
un techo roto, una anciana sin dientes
un perro muerto, sin dudas nos diría
mucho más que el poeta inteligente
diligente
con esa divisa que separa a la gente:
“Pienso, luego existo”.
Soy más antiguo que el hombre del museo
de él sólo queda un pedazo de hueso,
muchas suposiciones.




Como encender un cigarro
con otro:
las noches y los días.




Pues es posible enfrentar a la luna
ponérsele de frente, es decir, no combatirla,
quién escupiría el rostro de la madre-amante
sin ser, propiamente, un asesino?
Ponérsele de frente, en una vertical
como suelen hacerlo las estrellas,
sin querer pronunciar: esto es la vida
aquella línea que conduce a la muerte
pues no significar es la canción favorita de los astros.
Como en la radio escuchas las noticias, y luego un canto
que es lo que te emociona, así la luna
no quiere decir nada: como el torero al toro
te convida a enfrentarla. Luego morir,
dicen que ella trajo al mundo esa costumbre.


De las muertes regidas al animal, ninguna como el yugo
y entre golpe y golpe: un ultimátum.
Quién no sufrió encierro, granja, cuartón, escuela u hospital,
Tú? Bendito seas, eres nuestro futuro.
Con paso suave, más allá de báculo, las reses se aposentan,
Übermensch frankestein, agnus dei einstein
hombre nuevo y clon, micromundo payaso
de Microsoft
Gran Parto de los Montes:
mouse.




Accidentes, broncas, contusiones,
fracturas, hybris, insolaciones, jodas,
karma letal, mamíferas opciones
que resiembran el ser: tarugo, y todas
las venéreas y viriles
banalidades por x, y o z:
el cuerpo es experimento del vivir.




Por qué os preocupáis?
el mundo es sólo una provincia del universo
y, es más, es sólo un barrio de la realidad que, aunque lo incluya,
es más vasta que el mundano, mundial, horrorescente vicio de vivir
a toda costa. El mundo, tal como lo conocí en la infancia,
era el título de un periódico. Tal mundo ya no existe,
existe en cambio una superstición folklórica que nos lleva a creer
en la existencia de millares de mundos en los que nadie cree,
en los que nadie vive, en los que nadie cree,
en los que nadie vive,
en los que nadie cree.