La geología moderna y la poesía de los mitos


Manuel Galich

Ahora se sabe que la vía de Bering fue accesible antes del final de la era glacial, lo cual quiere decir que el hombre pudo haber pasado por allí, hacia nuestro continente, antes de los veinte mil años que había considerado ampliamente Rivet. En otras palabras, la ciencia penetró por la puerta que dejó abierta el sabio francés: como él previó, análisis ulteriores han arrojado fechas más antiguas para las primeras manifestaciones humanas en el Nuevo Mundo. Casi una década después de su muerte, sus previsiones científicas fueron confirmadas con el descubrimiento de la posibilidad de un puente de tierra entre Asia y América, que la geología moderna llama Beringia y cuya antigüedad bien puede remontarse al terciario, es decir, algo más de un millón de años. Mídase ese tiempo, sabiendo que nosotros, los que nos llamamos la gente, en lenguaje común y corriente, y homo sapiens sapiens, en la terminología científica, algo jactanciosa, probablemente no alcancemos los cien mil años de edad.
Es emocionante, para el profano, seguir con la imaginación la hazaña científica del geólogo, al figurarse las descomunales transformaciones telúricas que pudieron producirse hace, quizá, millones de años. David Hopkins, geólogo norteamericano es, en este caso, el científico que nos invita a remontarnos hasta épocas y fenómenos lejanos de nuestra corta vida como especie humana, pero, en realidad, muy próximos, comparados con los dos mil millones de años de edad que, como mínimo, se calcula a nuestro planeta, desde que este pudo ser algo parecido a como lo imagina el Popol Vuh:

[...] todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio: todo inmóvil, callado y vacía la extensión del cielo.
[...] No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la Tierra. Sólo estaba el mar en calma y el cielo en toda su extensión. No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia. Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche.

La historia científica de la evolución de nuestro planeta llama a aquel período “arcaico” y según ella, hasta hace sólo unos quinientos millones de años, empezó a moverse en las aguas, entonces quietas y solemnemente silenciosas, como en el Popol Vuh, el remoto antepasado del anfioxo, “pez primitivo, ciego y parecido a un gusano, que ofrece los primeros rudimentos de un cartílago vertebral” [Herbert Wendt: Tras las huellas de Adán].
El puente de tierra de Beringia aparecía y desaparecía al compás de los avances y retrocesos glaciales, o sea, según lo cubrieran o no las aguas, en sus transgresiones y regresiones. Otros dos geólogos (Joe Creager y Dean McManus) aseguran que una regresión de cien metros dejaría al descubierto el fondo de los mares de Bering y de Chukots y, por lo tanto, permitiría pasar “a pie” desde Asia hasta Alaska. Hay una seductora semejanza entre la idea que se hace uno de cómo pudo ser aquel paso a través de Beringia y los poéticos relatos de las peregrinaciones míticas de nuestros primeros padres, que se leen en el Popol Vuh de los quichés:

No está bien claro, sin embargo, cómo fue su paso sobre el mar; como si no hubiera mar pasaron hacia este lado; sobre piedras pasaron, sobre piedras en hilera sobre la arena. Por esa razón fueron llamadas Piedras en hilera, Arenas arrancadas, nombre que ellos les dieron cuando pasaron entre el mar, habiéndose dividido las aguas cuando pasaron.

Los cakchiqueles también dejaron relatos en sus Anales, poéticos, como los atribuidos a sus dos héroes míticos, Gagavitz y Zactecauh: Así dijeron: “Del poniente llegamos a Tulán, desde el otro lado del mar; y fue a Tulán adonde llegamos para ser engendrados y dados a luz por nuestras madres y nuestros padres.”
El paso por Beringia debió parecerse a esta mítica narración cakchiquel:

Luego llegamos a la orilla del mar. Allí estaban reunidas todas las tribus y los guerreros a la orilla del mar. Y cuando lo contemplaron, se les oprimieron los corazones. “No hay manera de pasarlo; de nadie se ha sabido que haya atravesado el mar”, se dijeron entre sí todos los guerreros de las siete tribus. [...] Y dijeron nuestros abuelos Gagavitz y Zactecauh: “Con vosotros hablamos: ¡Manos a la obra, hermanos nuestros! No hemos venido para estarnos aquí amontonados a la orilla del mar, sin poder contemplar a nuestra patria que se nos dijo que veríamos, vosotros guerreros, nuestras siete tribus. ¡Decidámonos a pasar ahora mismo!” Así les dijeron y al punto se llenaron todos de alegría [...]
Así pasamos, sobre las arenas dispuestas en ringlera, cuando ya se habían ensanchado el fondo del mar y la superficie del mar. Alegrándose todos al punto cuando vieron las arenas dentro del mar. [...] Lanzáronse entonces y pasaron sobre la arena; los que venían a la zaga entraban en el mar cuando nosotros salíamos por la otra orilla de las aguas.

Algo así debió ser la realidad. La vanguardia estaría ya en Alaska, mientras la retaguardia aún no habría abandonado Chukots (URSS). En los mapas, los dos puntos, el de partida y el de llegada de los emigrantes, tienen nombres sugerentemente muy parecidos: Uelen, en el Viejo Continente, y Wales, en el Nuevo. Ambos se tocan, casi como las narices de dos tigres u osos que se enfrentan. Las dos penínsulas, la asiática y la americana, semejan, en efecto, dos cabezas frente a frente.
Nuestros recuerdos infantiles de las ilustraciones de la Biblia, que nos presentaban a los israelitas, con Moisés a la cabeza, huyendo del faraón, por un corredor terrestre abierto en el Mar Rojo, ya no nos provocan ningún asombro, ante el paso de los emigrantes por Beringia, caminando por entre dos mares helados, naturalmente ateridos de frío, sólo protegidos por las pieles que debieron cubrirlos para sobrevivir en aquella terrible peregrinación. Tal vez como el mito del Popol Vuh imagina a los antecesores de nuestros primeros padres:

Y sus vestidos eran solamente pieles de animales; no tenían buenas ropas que ponerse, las pieles de animales eran su único atavío. Eran pobres, nada poseían, pero su naturaleza era de hombres prodigiosos [...]. Ya no podían soportar el frío ni la helada; estaban temblando y dando diente con diente; ya no tenían vida; las piernas y las manos les temblaban y nada podían coger con estas cuando llegaron [...]. Pero no perecieron las tribus cuando llegaron, aunque se morían de frío. Había mucho granizo, lluvia negra y neblina, y hacía un frío indescriptible.
Hallábanse todas las tribus temblando y tiritando de frío [...]. Grande era la aflicción de sus corazones y tristes estaban sus bocas y sus ojos.

Con los emigrantes asiáticos o, probablemente, huyendo de ellos, también pasarían mamuts, bisontes de grandes cuernos, tigres dientes de sable, caballos, camellos, lobos y otras especies más. En efecto, la paleontología confirma que de cincuenta y cuatro especies conocidas entre la fauna cuaternaria de América, cuarenta y ocho eran de procedencia asiática. ¿Cuándo o desde cuándo se produjo aquel inmenso desplazamiento hacia “este lado”? Hoy se sabe, gracias a la moderna geología, que el último de los cuatro períodos glaciales del pleistoceno o cuaternario fue el que los europeos llaman würmiense y los norteamericanos wisconsin, que duró noventa y siete mil años [H. Wendt: Tras las huellas de Adán.] Los geólogos afirman que durante ese período hubo una primera regresión, hace cerca de cincuenta mil a cuarenta mil años, durante la cual el nivel de los mares bajó ciento quince metros y una segunda, hace entre veintiocho mil y diez mil años, en que las aguas bajaron ciento veinte metros, o sea, que el puente de Beringia quedó al descubierto dos veces, durante las cuales pudo pasar el hombre a este lado. Geológicamente eso fue posible. La arqueología y las modernas técnicas de fechamiento nos dan, además, una época probable en que ello pudo ser. Ya a fines de la década pasada se tenía como cierto que nuestro continente empezó a poblarse entre los treinta y ocho mil y los cuarenta mil años.
¿Cómo avanzaron hacia el sur los más antiguos habitantes de América, una vez instalados en Alaska o, como se lee en el libro de Wissler-Kluckhohn, “en lo que hoy es el campus de la Universidad de Alaska”? La respuesta geológica y lógica es que pasaron por un corredor. En efecto, hubo uno de Alaska a los Estados Unidos, obstruido por los grandes hielos, entre los veinticinco mil y los trece mil años, pero abierto en tres ocasiones y en coincidencia con las regresiones que “secaron” el puente de Beringia. Concretamente, pudo pasarse de norte a sur entre los cincuenta mil y los cuarenta mil años, a partir de ahora, o entre los veintiocho mil y los veinticinco mil, en fin, entre los trece mil y los diez mil años. Se ve, imaginariamente, a las caravanas de inmigrantes avanzar penosamente por los desfiladeros, entre muros colosales de hielo, buscando latitudes más templadas, que hicieran posible la sobrevivencia, mientras otros, quizá rezagados, se quedaban atrapados por la gran obstrucción. Algunos sobrevivían y lograban adaptarse y constituían el germen de las poblaciones esquimales aleutianas actuales. O, tal vez, estas fueran mucho más tardías.
Las avanzadas de las oleadas migratorias siguieron su dura marcha hacia el sur, hacia tierras ecuatoriales y meridionales, en busca de su “aurora”, es decir, de su “tierra prometida”, donde pudieran asentarse y vivir. Largo fue su peregrinaje, tal vez de varias generaciones o de muchas, como que en el curso de él se fueron dispersando, y su lengua, originalmente una, se fue diversificando. Esto lo sabe muy bien la glotocronología y acabamos de conocer por Wissler-Kluckhohn “la existencia de correspondencias lingüísticas entre ambas márgenes del Estrecho de Bering”. Querrían, naturalmente, abandonar las gélidas regiones e ir al encuentro del sol, de las tierras templadas y cálidas. Los mitos de los dos libros indios de Guatemala también nos ofrecen poéticas descripciones de algo semejante a aquel posible proceso:

Cada una de las tribus se levantaba continuamente para ver la estrella precursora del sol. Esta señal de la aurora la tenían en su corazón cuando vinieron de allá del Oriente, y con la misma esperanza partieron de allá, de aquella gran distancia, según dicen sus cantos hoy en día [Po-pol Vuh]. En seguida nos dispersamos por las montañas; entonces nos fuimos todos, cada tribu tomó su camino, cada familia siguió el suyo. [Sigue una larga enumeración de lugares, de difícil o imposible identificación por la geografía moderna.] “Estos son los montes y llanuras por donde pasaron, fueron y volvieron. No nos vanagloriemos, sólo recordemos y no olvidemos nunca que en verdad hemos pasado por numerosos lugares”, decían antiguamente nuestros padres y antepasados [Anales de los cakchiqueles.] Y entonces llegaron todos los pueblos, los de Ra-binal, los cakchiqueles, los de Tziquinahá y las gentes que ahora se llaman yaqi [“...los mexicanos, los antiguos toltecas, el pueblo náhuatl, que uniéndose a los mayas del sur, fueron el origen de las naciones indígenas en Guatemala”, según Adrián Recinos, en su versión del Popol Vuh.] Y allí fue donde se alteró el lenguaje de las tribus; diferentes volviéronse sus lenguas. Ya no podían entenderse claramente entre sí después de haber llegado a Tulán. Allí también se separaron, algunos hubo que se fueron para el Oriente, pero muchas se vinieron para acá [Popol Vuh.]

La glotocronología viene en auxilio de las teorías relativas a la dispersión de los primeros pobladores de América y de la diversificación de sus lenguas. El rastreo de estas, en una extensa región, permite seguir la ruta de aquellas iniciales migraciones. Lo sabemos por el libro de Wissler-Kluckhohn:

Los territorios de cinco grupos de familias indígenas norteamericanas penetraban en el corazón mismo de Canadá. Las familias que debemos estudiar ahora ocupaban una vasta región que se extendía desde Idaho hasta México y de allí hasta Guatemala. En su comienzo, se pensó que estas tribus pertenecían a distintas familias, pero los estudios lingüísticos posteriores han permitido comprobar que todas ellas forman parte del mismo grupo. Aun cuando en lo que respecta a algunas familias todavía subsisten ciertas dudas, las pruebas de que disponemos nos permiten agruparlas bajo la denominación general de azteca-tanoanas [o, como es más aceptado: uto-azteca o uto-náhuatl].

En su lugar y su tiempo, encontraremos a miembros, modestos e ilustres, de esa gran estirpe, que, según el libro citado, integran “parientes ricos y pobres”. Pobres serían, por ejemplo, los shoshones y ricos, los aztecas. Aquí sólo me interesa consignar que la relación entre las familias shoshon y azteca ya fue observada por un misionero español, el padre Pérez de Ribas, quien elaboró originales teorías, en el siglo xvii, que hoy confirma la lingüística. Y aún antes, en el siglo xvi, el jesuíta español Joseph de Acosta, observó, en su Historia natural y moral de Indias: “Poco ha que se ha descubierto gran tierra que llaman el Nuevo México, donde dicen que hay mucha gente y hablan la lengua mexicana.”
Es así como la ciencia moderna y los mitos antiguos se encuentran y se verifican mutuamente. No es exacto, pues, lo que dice el mismo libro de Wissler-Kluckhohn sobre la amnesia del indio americano: “Ignoraba todo cuanto se refería a su propio pasado. En consecuencia, fue el hombre blanco quien debió recobrar esta perdida historia india.” No, no es cierto. El indio no tenía tan mala memoria, como acabamos de ver.