Necesidad de la poesía


Eliseo Diego (La Habana, 1920 - México, 1994)

Para Fefita, estas notas, porque me las pidió
y porque es la “niña de mis ojos”: Papá

Si queremos dar a la poesía su justo valor, habrá que abandonar las ideas preconcebidas que, consciente o inconscientemente, podamos tener sobre ella. Así, por ejemplo, la noción de la poesía como un género literario capaz de producirnos un gusto “exquisito”. En este aspecto, una buena definición sería la del inglés que dijo de ella: “las mejores palabras en el mejor orden posible”. Pero la poesía es mucho más.
“Poesía” viene de una palabra griega que significa el “acto de crear”; por tanto, en su acepción original, va mucho más allá del género literario al que hoy se aplica. Abarcaría todas las artes, ya que todas suponen un acto creador. Habría entonces que distinguir entre Poesía con mayúscula –abarcadora de todas las artes– y poesía con minúscula –para el género literario que hoy conocemos como tal, aun cuando sea a la vez “el mucho más” a que nos referimos antes.
Si la poesía es, ante todo, “el acto de crear”, será lícito preguntarnos si todos sentimos o no el impulso o el deseo de crear. Me parece obvia la respuesta en el sentido afirmativo. Entonces, la necesidad de crear debe contarse entre las esenciales del hombre –puesto que está en todos y no en unos cuantos según su idiosincrasia. No es el privilegio de una minoría.
Con lo que llegamos al punto para mí fundamental: el concepto de necesidad. El arte es a un tiempo una necesidad y su respuesta –como el hambre presupone el pan que la satisface, o la sed, el agua.
Todo orden social que apunte al bien del hombre –como sucede con nuestra Revolución– ha de preocuparse por tanto del arte: porque es necesidad, no lujo ni adorno. Es lo que vemos a nuestro alrededor: desde las escuelas primarias a los talleres literarios y artísticos en general –plástica, danza, teatro, etcétera.
Ahora bien: ¿necesidad de qué? Pues de comunicarnos –de formar parte, por el ser o el saber– del misterio o el enigma de la realidad que nos rodea y cuyo ápice es la psique humana en sus aspectos de conciencia y afectividad. No hay cuento fantástico tan fantástico como el simple hecho de vivir.
Llevadas las cosas a este extremo, habría también que distinguir entre las artes con minúscula y el Arte o Poesía con mayúscula: este supone la comunicación armónica y natural con el Universo. ¿No conocemos hombres y mujeres muy sencillos –quizás hasta analfabetos– cuyas vidas mismas nos hacen el efecto del más satisfactorio de los poemas? Si les sugiriésemos que escribiesen versos sin duda se sonreirían. No les hacen, literalmente, falta.
Y sin embargo, ¿cómo es posible el gran arte popular –canción, plástica, artesanía? Lo entiendo como un desbordamiento, una sobreabundancia. De aquí su transparencia inimitable, su vigor, su frescura. Debemos cuidar la fuente de donde mana, no envenenándola con nuestros artificios aprendidos.
Y un acto de heroísmo, ¿no es también como un conmovedor acto de creación? Y lo mismo un acto de absoluto desprendimiento, de lo que en un tiempo se llamó “santidad” –el orden complementario de los mártires. No hay que ir muy lejos en el tiempo para encontrarlos: allí están los maestros victimados en Nicaragua. (Leer “La majestad de la poesía”, donde hablo más de estas cosas.)
Un acto de heroísmo o de abnegación, ¿qué son sino un intento de restaurar el orden del universo para así participar en él, ser uno con él, conocerlo, en fin? El héroe y el mártir, como el hombre sencillo, tampoco sienten que les falta la poesía: la están creando por sobreabundancia.
Es hora de retornar a las minúsculas, en las artes y, dentro de ellas, en la poesía, que es retornar al principio de necesidad, único válido para mí en estas cuestiones. Todo escritor que lo sea de veras escribe porque tiene necesidad de hacerlo. Ha tenido un atisbo, un vislumbre de la realidad que lo rodea, y debe comunicarlo a otro –recibir de ese otro la confirmación que es el consuelo supremo: “sí, es así, tal como lo has visto”. Por eso es más que un gusto exquisito. Por eso no hay tema humano, por grotesco o “feo” que nos parezca, que no sea objeto de la poesía. Porque obedece a una misma necesidad de conocimiento.
De aquí que un poema –o una novela, o lo que sea– no resulte jamás un acto solitario, sino un acto de creación, a dos –el que crea y el que re-crea. Importa tanto lo uno como lo otro. De aquí también la necesidad social del arte.
Atisbos, vislumbres de la realidad en que estamos inmersos, y que a la vez somos. Puede ser de una cosa, una criatura, un fenómeno –lo mismo de una vivencia interna que del acontecer exterior, incluso de la historia, por supuesto. El “Niágara”, de Heredia, “Aldebarán”, de Unamuno, mi propia “Vasija india”, para lo más humilde; el “Tigre”, de Blake y “Ébano real”, de Nicolás Guillén; los poemas de amor o a la angustia de la muerte, de Quevedo; ciertos pasajes de el “Canto general” de Chile, de Neruda. Cada uno es como una iluminación de un fragmento del universo.
Hay dos vías para el conocimiento de la realidad: la de la razón y el análisis, propia de la ciencia; la de la intuición y la síntesis, propia del Arte. La ciencia debe realizar la disección de la alondra, para conocer su organismo y saber cómo funciona; el Arte debe entregárnosla tibia de vida. Para ello ha de trasladarla, intacta, de una materia, la realidad, a otra: el color, el sonido, la palabra –que es la más imponderable, huidiza, de todas
Tomemos como ejemplo la poesía, ya que debe emplear la materia más huidiza. En un poema habrá los elementos –palabra, ritmo, pausa o silencio– indispensables –los únicos, los necesarios– para que el lector –esto es, el otro– re-cree a partir de ellos la experiencia, o iluminación, original. Si se le da todo, nada tendrá que crear.
La poesía es la más sintética de las artes –por eso la escogemos como ejemplo–, pero el mismo proceso se da en todas las otras. (Pensemos en La rendición de Breda o Las hilanderas, de Velázquez.) Podemos leer quinientas páginas sobre la crueldad de la conquista española en Cuba; pero Neruda nos dice de Cuba:

y los huesitos de tus hijos
se repartieron los cangrejos

y todo queda como delante de nuestros ojos, en su integridad. No se necesita más. (Lo mismo sucede con la persecución de Valdivia por Lautaro, en el “Canto general”:

creyó que era la luz, el mar:
era Lautaro)

Un poema debe tener muchos significados posibles, legítimos: ninguna re-creación es idéntica a otra. El fragmento sobre la conquista de Cuba, de Neruda, puede dejarme imaginando, pensando, en direcciones tan distintas como la crueldad, la inocencia, el destino del hombre, el sentido o sin-sentido del universo, qué sé yo.
Puesto que el arte es una necesidad del hombre y, a la vez, el único medio de ejercitar y aun estimular las facultades que la satisfacen, no hay que buscar más allá la razón de que ocupen un lugar de primera importancia en los pueblos que han escogido la vía socialista. No es costeable de inmediato; pero a largo plazo constituye una inversión indispensable: no hay otro modo –ninguno– de propiciar el desarrollo armónico del hombre nuevo a que aspiramos.
Aparte de los principios para uno fundamentales –pues estos varían de poeta a poeta: no creo que afortunadamente haya ninguno de validez universal, excepto, quizás, el de necesidad–, hay que pensar en la formación de los jóvenes creadores. No encuentro ningún medio mejor que el de formarse uno a sí mismo.
Para ello es indispensable que los jóvenes tengan a su alcance lo mejor de la literatura universal –incluso la literatura del que se ha dado en llamar “mundo de occidente”. Recuerdo que cuando en cierta ocasión expuse este convencimiento, la inolvidable Mirta Aguirre me apoyó con su firmeza acostumbrada: “Eliseo tiene razón. Cuando él y yo éramos jóvenes, lo leíamos todo. Recuerdo, por ejemplo, Los cuadernos de Malte Lauridis Brigge” (Del austríaco Rainer María Rilke.) Se trataba, entonces, de crear un instituto de literatura.
Habrá que dejarles entera libertad para expresar lo que necesitan expresar –no tenemos por qué temer a los jóvenes que ya hemos formado: siempre cabe el diálogo, el consejo oportuno. Últimamente he notado cierta hostilidad hacia lo que se llama “poesía pesimista”. ¿Qué es “poesía pesimista”? No conozco más que buena y mala poesía. Los poemas más terribles que he leído –desde el “Planto por la Trotaconventos”, del Arcipreste de Hita, a la “Noche de José Asunción Silva”, de Gabriela Mistral– jamás me deprimieron, sino, al contrario, me despertaron una sensación de exultación –no encuentro otra palabra. Traducida al lenguaje de cada día, esa exultación viene a significar: “si el hombre es capaz de enfrentarse a las situaciones trágicas extremas, y dominarlas con la palabra, entonces el hombre vale todas las penas”. ¿A quién no se le ha muerto alguien a quien amaba? ¿no se enferman los niños de cáncer y de leucemia? Cuando estas cosas nos pasan, son poemas “trágicos” los que consuelan: porque acompañan.
Tampoco es razonable espantarse ante la llamada “poesía hermética”. Sólo la mala poesía es totalmente hermética. Lo que sucede es que cierto tipo de poesía no se entiende por los que rodean, en espacio y tiempo, al que la escribe. ¿Quieres un ejemplo aplastante? Los Versos sencillos. Quienes los leyeron cuando Martí los escribió, o no entendieron nada, o pensaron –¡Dios nos libre!– que eran “sencillamente” malos. Sus verdaderos lectores no habían nacido aún. Pero, ¿quién es el pueblo, sólo los que vivimos ahora, en 1983, o también los cubanos que murieron en 1868, y los que cayeron en 1953 y los que van a vivir en 2083? Otro ejemplo: los lectores del inglés Gerald Manley Hopkins iban a nacer cincuenta años después de su muerte.
La literatura tiene un ritmo de péndulo: los poetas “conversacionalistas” reaccionaron contra los “líricos” de mi generación; los de ahora mismo –1983– reaccionaron contra las “conversacionalistas”. Es la cosa más natural del mundo.
La Revolución no se merece un mal poema de los llamados “revolucionarios”. Un mal poema “revolucionario” ni es poema ni revolucionario, porque resulta, simple y llanamente, ineficaz. Un buen poema de amor es en cambio realmente revolucionario, porque contribuye a que los muchachos y muchachas sean mejores. Todo depende del don que uno tenga. Nicolás, por ejemplo, toca lo mismo el clarín que la flauta. Pero la sola flauta o violín de Lezama es también necesaria. Exigir que los jóvenes escriban de la Revolución es hacer el juego a nuestros enemigos cuando afirman que nuestra literatura toca sólo una cuerda. Un poema que nos haga sonreír es también revolucionario. ¿No se hizo la Revolución para que todos pudiéramos reír?
En fin, Fefita, a través de la Isla muchos jóvenes me han dicho, sin que supieran unos de otros, más o menos estas palabras: “lo que usted ha escrito me ha ayudado a vivir”. No a escribir, sino a vivir. Esto vale para mí más que un premio Nobel. Y explica la necesidad de la poesía, ¿no te parece?
Papá
25 de julio de 1983





OBRAS CITADAS
1 Tomado de la edición de Monte Ávila Editores,Caracas, 1990.Traducción de Pierre de Place.