
Margarita Mateo: el placer del texto y la escritura
Yannis Lobaina
Margarita Mateo Palmer es una mujer afortunada. También, como bien ella dice, trabajadora, profesora, Doctora en Ciencias Literarias y ensayista. Merecedora en dos ocasiones del codiciado Premio Alejo Carpentier y del Premio UNEAC de ensayo Enrique José Varona 2006, esta valiosa intelectual disfruta la escritura, la lectura y la investigación. Trabaja quitándole horas de diversión y ocio a su vida y consagrándolas al texto. Su obra es notable dentro del campo intelectual contemporáneo, y es ella una de las voces insignes de la ensayística cubana. Entre sus títulos encontramos interesantes y excelentes libros, como Del bardo que te canta (1988), Narrativa caribeña: reflexiones y pronósticos (1990), De la piel y la memoria (1995), Ella escribía poscrítica (1995), Paradiso: la aventura mítica (Premio Alejo Carpentier, 2002), El Caribe en su discurso literario (2003), Desde los blancos manicomios (Premio Alejo Carpentier, 2008) y, finalmente, El palacio del pavo real: el viaje mítico (Ediciones Unión, Premio UNEAC de Ensayo Enrique José Varona, 2006).
En sus investigaciones la cultura caribeña y el mito han tenido un lugar sobresaliente. ¿Hasta qué punto considera que es importante para la cultura cubana reconocer nuestra identidad caribeña?
A pesar de la proximidad geográfica de la Isla con otras naciones como Haití o Jamaica –nuestros vecinos más cercanos–, es bastante común que el cubano se sienta más identificado con los países hispanoamericanos. En ese no reconocimiento o distanciamiento de nuestra identidad caribeña, ha influido, sin dudas, el problema de la lengua, aunque no creo que sea el principal ni siquiera el definitivo, si tenemos en cuenta que, de cierta manera y analizado profundamente, la cultura anglonorteamericana ha ejercido una notable influencia en la conformación de nuestra identidad. Por otra parte, no debe olvidarse que durante muchos años de nuestra historia reciente las relaciones diplomáticas entre Cuba y los países caribeños se dificultaron debido a razones políticas; pero también creo que pesan otros factores como los prejuicios de tipo racial y aquellos derivados de una larga historia durante la cual miles de emigrantes caribeños que arribaban a nuestro país para trabajar como cortadores de caña, y en condiciones paupérrimas, eran menospreciados. Reconocer nuestra identidad caribeña es esencial para conformar una imagen cabal de nosotros mismos y de nuestra cultura, pero no siempre se insiste lo suficiente en esa dimensión de nuestro modo de ser, y, muchas veces, cuando se hace, adquiere visos de exotismo y se piensa en los estereotipos: las palmeras, el erotismo, las playas, el ron, el tabaco y, desgraciadamente, la abulia o el ocio tropicales. Por otra parte –y esto es en buena medida una herencia de la política de las metrópolis coloniales, que ponían múltiples trabas a las relaciones intercaribeñas–, los vínculos con el resto del Caribe, aunque han aumentado en los últimos años, siguen siendo, en general, escasos. Yo, por ejemplo, especialista en literatura caribeña, he visitado Francia en varias ocasiones, pero nunca he estado en ninguna región del Caribe francés, una zona que para mí presenta un enorme interés. Aunque parezca absurdo, siempre recuerdo que ha sido mucho más fácil para mí viajar a Francia que a Haití o a Martinica, a pesar de la cercanía geográfica de las islas.
Samuel Feijoo hizo muchas referencias al mito en Cuba. ¿Considera que existe algún rasgo característico y sobresaliente del mundo mítico en la literatura cubana?
La literatura cubana, desde sus mismos orígenes –piensa, por ejemplo, en las ninfas que portan las cornucopias frutales en Espejo de paciencia– ha estado permeada por una dimensión mítica que va mutando en sus coordenadas estéticas, pero mantiene una notable vigencia. El legendario Feijoo, con su sensibilidad tan peculiar, estuvo muy atento a esa dimensión de nuestra cultura. Mito e historia se funden con una fuerza extraordinaria en el Caribe y Cuba no es una excepción. Prescindir de una u otra de estas coordenadas implica desconocer claves esenciales de nuestra cultura. En mi opinión, y aunque el mundo mítico de la literatura cubana se nutre de disímiles tradiciones –desde la grecolatina hasta la azteca, pasando por la china, la egipcia y un sinnúmero de fuentes–, un rasgo sobresaliente y caracterizador sería la notable presencia del universo mitológico afrocubano.
¿Considera que al igual que ha sucedido con Wilson Harris, los críticos la creen “importante” pero difícil?
Quizás he abordado temas y autores complejos en algunos de mis libros, pero no pienso que mi escritura sea particularmente difícil. Es muy posible que los presupuestos teóricos de los que he partido para analizar alguno de esos temas y autores supongan cierta dificultad de interpretación, cierto conocimiento específico y estén pensados para un público determinado, pero no creo que mi obra pueda definirse –ni quisiera que se definiera– como una obra difícil. Por el contrario, pienso que la labor sostenida como profesora –ese tratar de transmitir un saber de una manera eficaz, sin banalizarlo, pero evitando a la vez complicaciones superfluas– puede haber influido en esa accesibilidad que le atribuyo a mi obra. Libros como Del bardo que te canta –dedicado al estudio de la trova tradicional– están, sin dudas, al alcance de cualquier lector promedio. Ensayos y artículos que he escrito a lo largo de mi carrera no ofrecen una mayor dificultad de lectura. Claro, cuando abordo temas o textos muy complejos como, por ejemplo, Paradiso o la misma novela de Wilson Harris, El palacio del pavo real, el análisis se torna más complicado, como te dije, porque complicada o difícil también es la metodología y los son los recursos críticos y teóricos que utilizo para acercarme a esas obras; pero aún así, no creo que mi lenguaje sea particularmente “metatrancoso” –como suelen denominar los estudiantes al uso excesivo de las categorías teóricas en un texto– o abstracto. Al menos intento expresar mis reflexiones de una manera clara, sin que ello implique una pérdida del rigor intelectual que debe poseer todo análisis.
¿Qué importancia le concede Margarita Mateo a la tradición en su labor creadora?
Aunque a veces se ha reparado más en el carácter transgresor de lo que he escrito, estoy convencida de que en mi obra la tradición desempeña un papel fundamental. El reconocimiento de los hallazgos que nos han precedido, la certeza de que las huellas del pasado iluminan nuestro acontecer actual, han sido para mí una brújula fundamental. Quizás por haberme dedicado a lo largo de muchos años a la enseñanza de la literatura, a conocer y trasmitir una particular historia literaria, me resulta muy difícil no tomar en cuenta la tradición y desconocer el enorme peso del pasado en el presente.
¿Qué la motivó a incursionar en la literatura mítica?
El mundo fabuloso de la mitología con sus deidades, sus objetos mágicos, las deliciosas aventuras que protagonizan sus héroes y su peculiar visión del mundo, fue ejerciendo una atracción cada vez mayor sobre mí en la medida en que me adentraba en el estudio de la literatura caribeña y latinoamericana, donde las coordenadas míticas son tan importantes y se alimentan de tradiciones tan diversas como la china, la europea, la precolombina y la africana. También la imaginación, la poesía, los símbolos y la narratividad, que son constantes de ese universo, llamaron mi atención desde muy temprano. En un país como el nuestro el mito es un elemento vivo, vinculado a la historia y a la cotidianidad. No había que ir demasiado lejos para sentirse tentado por ese universo maravilloso tan presente en nuestra cultura.
El tiempo desempeña un papel fundamental en El palacio del pavo real: el viaje mítico. ¿Cuál es la clave para descubrir ese viaje a través del texto narrado?
Son diversas las claves que permiten identificar la travesía de los personajes de El palacio del pavo real con un viaje a través del tiempo que recupera algunas dimensiones del pasado y se acerca al mundo iniciático de los orígenes. Es una historia fabulosa, llena de mitos, que llevada a lo más simple nos permite reconocer la profunda dimensión del ser humano, con sus complejidades y contradicciones. Entre estas claves pueden mencionarse la relación que guardan los personajes con una tripulación ya muerta que realizó una travesía similar, la búsqueda de los ancestros –que alcanza particular intensidad en la figura de una anciana arawaka, convertida finalmente en guía de la expedición–, y por último, en esa especie de epifanía y renacimiento espiritual que tiene lugar al final del viaje, cuando el tiempo de lo cotidiano –a través del uso intensamente poético del lenguaje que hace Harris, maestro de la escritura– se diluye en un acercamiento fugaz a la noción de eternidad.
¿Cómo hace para tener esa capacidad creadora tan alta?
Tengo una fórmula principal para ello: trabajar, trabajar y, después, seguir trabajando: hacerlo contra viento y marea, arañando el tiempo de lectura, evitando la seducción de ciertos ocios placenteros y sustrayéndome con voluntad y mucho esfuerzo personal a los reclamos de una vida cotidiana que, en ocasiones, se torna muy demandante. Cuando esto último ha sido así, he dejado que esa otra dimensión de la existencia penetre y dialogue con mi obra. La otra fórmula es disfrutar lo que hago, regodearme en el placer del texto y de la escritura, en la belleza de la palabra y, desde luego, disfrutar intensamente otros placeres de la vida –no voy a enumerar cuáles– que, sin dudas, también alimentan la creatividad. |