Crónicas martianas: ¿historiar o fabular?

Marlene Vázquez Pérez

 

La crónica es, sin lugar a dudas, un modo de hacer muy poco frecuente en el acontecer literario cubano actual. Obsérvese que digo literario, porque desde el punto de vista periodístico es posible hallarla con mayor asiduidad. Sin embargo, existe en nuestra historia literaria una fuerte tradición cronística que se remonta al siglo XIX, fundada por José Martí, y que adquirirá continuidad en el XX con relevantes figuras como Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, entre otros. Ellos son tributarios de un ejercicio escritural que sitúa al género en una posición equidistante, anclado entre periodismo y literatura, nutrido del afán noticioso, la veracidad, la objetividad y el apego a lo factual de aquel, y de la capacidad fabuladora, la riqueza metafórica, el lenguaje poético propio de esta.
No es casual, entonces, que Yamil Díaz Gómez (1971), joven poeta y periodista santaclareño, haya escogido la crónica para exponer al lector su personal visión de una de las etapas más dolorosas y heroicas de la historia nacional, el período de cerca de dos meses que precede a la caída en combate de José Martí. Crónicas martianas (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2000), publicado por Ediciones Capiro en 2001, fue felizmente reeditado en 2007, y presentado en la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana.
Este libro puede parecer, al lector no avisado, una selección de textos de Martí, pero el contenido real del mismo se remite a los últimos meses de vida del Maestro, reconstruidos a partir del empleo de las técnicas narrativas propias del género y de la más acuciosa investigación histórica. De esta manera, el libro dota a la crónica de una nueva cualidad, puesto que al separarse de lo inmediato para bucear en los anales de la historia patria, lo convierte en mecanismo de indagación, de planteo de interrogantes, hallazgo de posibles respuestas y por tanto, de actualización del pasado.
El poeta, aquí, se equipara al periodista o al investigador. El texto remite a un considerable número de fuentes históricas que validan la pesquisa paciente y el cuidadoso examen, lo cual lleva, en no pocas ocasiones, al establecimiento de comparaciones entre documentos que así vistos adquieren connotaciones nuevas y arrojan luz sobre muchos aspectos no visibles de lo históricamente acontecido y reconocido. Sin embargo, es el poeta quien metaforiza, ficciona el referente histórico sin divorciarlo de la veracidad para acentuar su verosimilitud, y logra erigir un discurso donde intervienen todas las voces y perspectivas, para aludir a puntos neurálgicos de nuestra historia insuficientemente tratados.
Entre los mecanismos constructivos que emplea el autor sobresale la escritura sobre los propios textos que produjo Martí en el período aludido, fundamentalmente los Diarios y algunos discursos y cartas, especialmente las que dirige a María Mantilla. Esta suerte de palimpsesto remite, a su vez, a una función metadiscursiva triple, pues se reflexiona sobre el proceso de elaboración de la crónica como género, sobre el sentido y las posibilidades sugestivas de la prosa martiana aquí recreada, y también en torno a los textos de carácter historiográfico relativos a esa etapa de nuestras luchas libertarias.
También hay un serio y minucioso rastreo de toda la bibliografía sobre el tema existente hasta la fecha, que es puesta en función del enriquecimiento de este libro, con el sentido crítico y la capacidad de conjeturar, comprobar, comparar fuentes diversas, propias del historiador. Así, resulta sugerente la mirada a una zona tan polémica de la historia de Cuba como la reunión de La Mejorana y también sobresale la minuciosidad inquisitiva, hasta el punto de emplear los nombres supuestos de Martí y Gómez, en sus pasaportes haitianos, para construir todo un juego narrativo que hace dudar al lector de los límites entre la realidad y la leyenda.
De ese propio proceso de re-escritura, sale enriquecida en calidad humana la figura del general Máximo Gómez, pues el autor revela facetas del hombre, del padre, al ponernos en contacto con el epistolario privado del gran soldado a sus hijos, que enternecen por la bondad y el cariño paternal que afloran en ellas. Se accede también, con un dejo de emoción contenida, a las páginas del Diario de campaña de Gómez, que revela al notable prosista y al hombre sensible oculto tras la dura faz del militar que nos ha legado la historiografía.
El diestro versificador que es Yamil Díaz no desdeña su dominio de la décima, sino que lo incorpora de manera muy original al fluir de la crónica, con lo que contribuye al embellecimiento del texto, y transita el acontecer histórico por caminos no trillados a la vez que lo relaciona con uno de sus primeros soportes, la oralidad, todo ello mientras se dota de voz propia a Paquito Borrero, expedicionario compañero de Martí y Gómez y excelente repentista: Un cielo para estrenar:/ Tan cálido, tan cercano,/ Tan al fondo de la mano,/ Que no lo puedes tocar./ Un sortilegio que el mar/ Dibuja en cada rincón./ Un proyecto de estación/ Hecha de luz y ciruelos./ Y un hombre con riachuelos/ En medio del corazón.
Muchas otras filiaciones de carácter literario son visibles en el texto que nos ocupa. Todas ellas responden, sin embargo, a una voluntad de búsqueda que no se detiene ante la evidencia externa, ya admitida, en torno a un hecho más o menos conocido sino que, a partir de ellas, se emprende el análisis desde ángulos insospechados, no habituales, que hacen posible el surgimiento de nuevas y creíbles versiones de los acontecimientos. Constantemente asistimos, por así decirlo, a una literaturización de lo histórico. Códigos muy distantes del discurso historiográfico como el cuento de hadas, por ejemplo, son empleados en la reelaboración narrativa del contenido de los Diarios, con los que se pone en práctica una estrategia comunicativa que acerca al lector común a la complejidad de la prosa martiana.
El núcleo del relato, la muerte de Martí, es abordado desde todas las perspectivas posibles y se explotan con acierto las connotaciones simbólicas que, desde el punto de vista literario y hasta místico, puede tener un hecho de esta magnitud. Las fuentes citadas no se suman mecánicamente como pruebas documentales que refuerzan la veracidad de lo narrado, sino que se trabajan originalmente, alternando las líneas, como ocurre en las páginas finales del libro, para ofrecer, a partir de la polifonía constante, las dos versiones opuestas del trágico acontecimiento, la cubana y la española. El resultado es, qué duda cabe, hondamente conmovedor, pues se construye un texto capaz de generar en el lector no sólo la angustia insondable, que produce en quien la contempla, la pérdida del más genial de los cubanos, sino que se propicia el afán de búsqueda personal, el surgimiento de nuevas inquietudes al respecto, pues entre los muchos méritos de esta obra está el no cerrar las puertas al pensamiento con verdades impuestas.
Libro breve, contentivo de análisis objetivo y minucioso y de apasionada pesquisa personal; texto que encierra valiosa información de carácter histórico y seguro ejercicio literario; fusión acertada entre el documento y la fábula, entre la cita textual y la metáfora: una lectura que será recordada y, sobre todo, que se repetirá, pues su riqueza no se agota en un aislado acercamiento.

1 Yamil Díaz Gómez, Crónicas martianas, ed. cit., p. 35.

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