Seis apuntes sobre ellos, nosotros y la diáspora*
Ambrosio Fornet
Apunte # 1
En más de una ocasión, al dirigirme a un público estadounidense, he intentado explicar nuestra posición histórica –llamémosla así– con respecto a los Estados Unidos y he visto que no es fácil. Por lo pronto, muchos de ellos piensan que somos desmemoriados o mal agradecidos porque olvidamos lo que hicieron por nosotros en el 98. Yo me limito a contestar con un comentario del historiador Louis A. Pérez; aquel suceso afectó decisivamente nuestras respectivas naciones, pero ambas suelen evocarlo de manera distinta: los norteamericanos, como algo que ellos hicieron por Cuba; nosotros, como algo que ellos le hicieron a Cuba. Pero además insisto en hacerles saber que la cosa viene de lejos, lo que explica el comentario de Martí en el sentido de que amamos la patria de Lincoln (el gran demócrata) tanto como tememos la de Cutting (el gran filibustero), y, sobre todo, la connotación que dio a su labor revolucionaria, la de impedir que Estados Unidos le hiciera a la América Latina, en conjunto, lo que ya le había hecho a México.
Había que tener en cuenta asimismo el sentido de las proporciones. Nosotros estábamos orgullosos de nuestra historia, pero también conscientes de nuestras limitaciones, las propias de un país cuya extensión territorial y cuya población no superan, por ejemplo, las del estado de Pennsylvania…, lo que tal vez sirviera para explicar por qué a los gobiernos de Estados Unidos les resultaba tan difícil tratar a Cuba en un plano de igualdad. ¿A título de qué reclamaba el gobierno de Cuba ese derecho, o más exactamente, ese privilegio? ¿No había dejado establecida la Enmienda Platt –antes aun de que estallaran los primeros siquitraques que daban inicio al carnaval de la República– nuestra condición de protectorado? “Cuba –había afirmado por entonces un historiador norteamericano– no es más independiente que Long Island.” Y un político cubano precisó: “Cuba es menos independiente que Long Island. En Long Island no hay Embajada americana.”
Apunte # 2
Pero no todos opinaban lo mismo y de ahí que no tardara en iniciarse una ola migratoria con características muy especiales. Eran –o se consideraban a sí mismos– exiliados políticos, que muy pronto adoptarían la muy conveniente y lucrativa denominación de luchadores contra el castro-comunismo. La mayoría confiaba en que Washington no permitiría que se consolidara un “régimen” semejante a tan pocos kilómetros de Key West. Como dice la protagonista de la novela de Achy Obejas, Days of Awe, cuyos padres emigraron a mediados de los sesenta, cuando ella era una niña todavía: “Volveríamos seguramente a disfrutar del sol de nuestra isla cuando los Estados Unidos tumbaran a Fidel. Era lo que había pasado siempre. Nadie que le cayera mal al Tío Sam podía mantenerse en el poder por mucho tiempo.”
El momento decisivo pareció llegar en abril de 1961 y ya sabemos lo que ocurrió. A partir de Bahía de Cochinos, Miami dejó de ser un lugar de tránsito para convertirse en lugar de residencia. Dieciocho meses después, cuando el exilio creyó que había llegado su segunda oportunidad, Kennedy se comprometió con Jruschov a no atacar a Cuba siempre que se retiraran de la Isla los cohetes soviéticos. Es a partir de entonces cuando surge en la cartografía de la diáspora lo que la ensayista Ana M. López llamó “Greater Cuba”, una entidad formada por la Cuba que registran los mapas y otra que pudiéramos llamar transinsular, “una Cuba que desborda las fronteras nacionales e incluye los numerosos individuos y comunidades que se hallan fuera del territorio nacional y que se identifican como cubanos y contribuyen a la elaboración del discurso cultural cubano”.
Cuando pienso en esa Cuba ampliada me vienen de inmediato a la mente ideas relacionadas con la identidad y la asimilación, complejos procesos sociales que, para los seres humanos, arrastran siempre una carga emocional que podríamos asociar tal vez al término nostalgia. Creo saber lo que significa la palabra, pero por si acaso acudo al diccionario: “Nostalgia. Del griego nostos, regreso, y algos, pena, dolor. Una especie de melancolía producida por la ausencia del hogar o de la patria”. El término fue acuñado a fines del siglo XVII, así que el sentimiento a que alude debió de existir desde que los seres humanos desarrollaron su sentido de pertenencia –al hogar, al terruño, al país…–, pero sólo pudo ser llamado así cuando se inventó finalmente la palabra (supongo que antes se conocería como añoranza o saudade).
En la literatura cubano-americana es frecuente hallar personajes marcados por ese sentimiento, que a menudo conlleva una enfermiza idealización del pasado, porque en esa Isla congelada en la memoria, todos –hasta los perros satos– fueron o creen haber sido “pastores alemanes” (estoy aludiendo, como ven, al cuento de Ana Menéndez que da título a su libro En Cuba yo era un pastor alemán, cuya levísima trama nos conmueve por la fuerza emotiva de esos personajes –los viejos jugadores de dominó– que se alimentan de sus sueños en un mundo donde ellos mismos no son más que un divertido espectáculo). En un cuento de Roberto G. Fernández, un anciano se queja de que a los huevos que se venden en los groceries de Miami se les llamen “huevos”, sin más. “Huevos los de allá –arguye, refriéndose a los de Cuba–. Esos sí eran huevos, de cáscara dura y yema roja… ¡Esos sí eran huevos!” (Se trata, como pueden ver, de ese tipo de chistes que dan ganas de llorar.) Otra habitante del Miami cubano –Betty, la protagonista de la novela de René Vázquez Díaz, La Isla del Cundeamor– está convencida de que el “sudor del exilio” no es igual al de Cuba: este “salía del cuerpo como agua de un manantial… como agua mineral sin gas”. En la novela de Cristina García, Soñar en cubano, la joven Pilar, cuya familia está viviendo en Brooklyn, describe en pocas palabras un proceso psicológico típico del exiliado: “Cada día Cuba se desvanece un poco más en mi memoria… y sólo queda mi imaginación donde debiera estar nuestra historia.”
Puede existir inclusive una nostalgia vicaria –por decirlo así– entre los jóvenes cubano-americanos nacidos en los Estados Unidos o traídos aquí cuando todavía eran niños. Ello responde a un curioso mecanismo de transferencia evocatoria: año tras año han estado oyendo a sus padres y abuelos hablar sobre Cuba y han llegado a dar como suyos esos recuerdos hechos de retazos de conversaciones y de viejas fotos familiares. Los conflictos personales que surgen en torno a ese país hipotético han sido expuestos en novelas como Memory Mambo, de la ya citada Achy Obejas.
Ahora bien, ¿qué puede significar el término nostalgia en un mundo donde son cada vez más numerosos los emigrantes, los border-crossers, los in-between, los desplazados? Si tuviera que responder, lo haría recurriendo a otras preguntas: ¿Por qué la palabra “memoria” aparece tan a menudo en el título de las novelas escritas por cubano-americanos o por cubanos residentes en los Estados Unidos? ¿Por qué tantos de sus personajes llevan diarios o escriben y reciben cartas? ¿Por qué, no habiendo sido creyentes en Cuba, se entregan con tanto entusiasmo a las prácticas de santería? En otras palabras: ya las cosas no son tan simples cuando uno trata de entender conceptos como nacionalidad, ciudadanía, cultura nacional… La propia noción de Identidad exige ser redefinida de tal modo que pueda abarcar las múltiples identidades –sociales, étnicas, sexuales, regionales…– que caracterizan a cualquier ser humano. Como dice María de los Ángeles Torres, una estudiosa cubana residente en Chicago, a propósito de sus viajes a Cuba:
Cada vez que atravieso las barreras de tiempo y espacio que separan dos culturas y sistemas económicos diferentes, me convenzo más de que no quiero ni necesito aceptar que mi identidad se defina en términos de esto o aquello, obligándome a tomar una u otra posición. Mi identidad es algo mucho más complejo.
No es casual que haya sido una chicana, en el suroeste de Estados Unidos, quien acuñara el término Borderlands (Zonas Fronterizas), para definir esas fronteras porosas, los multifacéticos espacios en que la población hispana o latina debe “negociar” día tras día su escurridiza identidad.
Así que en 1959 llegamos a la conclusión de que aquello había durado demasiado y que ya era hora de cambiarlo.