El secadero


Jorge Luis Ponce Ode





Jorge Luis Ponce Ode nació en Chaparra, en 1975. Es poeta, narrador, dramaturgo y compositor. Publicó en 2005 el libro Bestias Indocumentadas y obtuvo además, ese año, el Premio Nacional de Dramaturgia Alfonso Silvestre.

La rata trepó a la pillera y se quedó mirándome, igual que el sargento Luis cuando dejó de moverse, atontado por el golpe que le di en la cabeza. Estaría impresionada, pero yo pensé que tendría hambre. Era el décimo día que pasaba con la misma lentitud de los primeros y la pierna dejó de doler un poco, como si la llaga no estuviera allí, abriéndose. Al principio era no más que un grano con un gorro de humor. No sé si por piedad o desespero la extirpaba a diario, porque crecía muy rápido, dolorosa y pestilente. Pero ella estuvo antes que la llaga. Fue lo primero que vi cuando me trajeron, la puerta cayó sobre sus goznes y todo quedó a oscuras excepto los ojillos de la rata que resplandecieron debajo de la litera. Creo que la espanté con miedo, pero entonces creí que era por odio, no sé, cómo saber lo que siente uno que se queda solo de pronto, uno que hasta hace poco andaba por ahí, haciendo de las suyas y, sin darse cuenta, se despierta un día entre cuatro paredes de escasos par de metros cuadrados. Eran las cinco de la tarde, lo supe por la orden de recuento, porque no comería hasta las seis de la mañana y porque las comidas no eran otra cosa que la mitad de la porquería de ración normal. Voy a morir aquí, me dije, me voy a secar sobre esta cama de cemento, volví a decir y creo que un rato después me quedé dormido, soñando con los tres meses que me esperaban, con el chorote hirviendo en el desayuno, el pan duro y las ganas de comer comida de verdad, no quise creer que no vería gente ni peleas ni tendría una cabrona visita con las jabas de ocasión, los cigarrillos, los dulces, las charlas de la vieja y el calor de mi mujer, todo tan lejos. Pero ese no jode más a nadie, aunque siga vivo. Por eso temí de la rata, era grande, estaba gorda, cebada a base de qué, me pregunté un millón de veces, cómo lo hace, pero nunca pude responderme, no entendí nada. Me acosté casi a la hora de levantarse, estirar los huesos mientras se bosteza, rascarse el cuerpo en las picaduras de lo bichos y mear, apuntando al hoyito para no salpicarse los pies, volver al cemento y esperar al Cura, el celdero, para desayunar, siempre a las siete, como un perro entrenado para servir las comidas en silencio, para no comentar una cabrona cosa de las galeras, aunque le diga de corazón, consorte, uno extraña las galeras desde aquí, se quiere saber algo hasta de los enemigos, porque este mundo es demasiado estrecho para que el tiempo quepa en él y uno se va olvidando, carajo, de las cosas que pasan entre hombres cuando viven demasiado tiempo juntos, uno se olvida de toda esta mierda que es la vida y el Cura no las quiere recordar, no hace un maldito comentario, una noticia, una bola cualquiera y uno que no se conforma con el olvido. Todo ese silencio para que no le quiten su trabajito de porquería como si un día cualquiera no pueda suceder algo desagradable y lo metan aquí o lo manden definitivamente con los grupos grandes que son un infierno esos lugares de lo calientes que se ponen por las peleas y te pasa cualquier cosa horrible si no te cuidas. Había pensado que las galeras son lo peor del mundo hasta que me trajeron para acá, con esta soledad que siempre está despierta y estos dolores en los pies y las manos por la humedad y este olor a no bañarse como dios manda y toda esta peste que no se acaba.

Nunca olvidé la rata, la mirada suplicante y perspicaz del animalejo cuando me descubrió esa dichosa tarde y corrió hasta las pilleras para observarme por última vez. La rata pensó que ya ese no sería su escondrijo, acostumbrada a cambiar de escondite cada vez que le ocupaban el suyo con alguno de nosotros, pero esa tarde subió por la pared y me miró un instante. Tuve lástima de mí por lo solo que estaba, hasta le puse un trozo de pan en la ventana por las ganas que me entraron de verla después que desapareció, por si le entraba hambre y volvía a comer, sólo por eso y verla en los barrotes, como la semana pasada cuando reapareció por un rato. También un poco de lástima por el sargento y su cabeza cosida en cuatro partes. Juro que no quise lastimarlo tanto, pero es un entrometido y me las tenía que pagar. Alguna que otra noche sentí la comezón en los pies, pensé que me podría sin remedio en este lugar, sin agua, solo y pestilente. Y las llagas se reventaban de la misma manera a cada rato, como si sólo se tardaran el tiempo justo para llenarse de humor, luego brillaban de lo rellenas que estaban y, en las noches, la comezón me anunciaba el desastre. Pero no imaginé la verdadera causa. Estaba asustado de mi suerte, creo que siempre estuve asustado y sólo entonces, cuando me vi atrapado, casi sin luz, me di cuenta de ello. También sería porque Papa, el preso común de la celda de al lado me dio tremendo cuero para que exigiera mi colchón y me puse a gritar como un desquiciado hasta que me convenció y les dije, les grité que me quejaría con el reeducador Pedro y me cagué en sus madres, respétenme cabrones y traigan el maldito colchón, el preso común muerto de la risa y apoyándome hasta que vinieron los Funcionarios, me ofrecieron una paliza como sedante, paliza que no acepté, por supuesto y el colchón jamás apareció, como el agua. Me sentí solo y dibujé unos ratones incoherentes con el mango de la cuchara. Los dibujaba bien tarde en la noche, cuando todos dormían, no fuera que alguien se antojara de pensar que la afilaba para cortarme las venas como hacían muchos. Dibujé una familia de ratones que se repartían un queso, pero no supe dibujar la rata, era muy grande para mi corta carrera de pintor. Me dio tristeza el queso que dibujé en la pared, también envidia y quise ser una rata peluda, con dientes afilados y garras para trepar esas paredes, salir aunque fuera por unos minutos, olvidar el tableteo de las botas en el polígono, la voz de mando del sargento, si total, yo no quería esta vida de porquería, creo que nadie la quiere, pero uno es un niño y ve los uniformes, las gorras, las botas relucientes, las mujeres que se mueren por todo lo que se ponga uniforme, uno ha sido un niño que quiere vestirse así, caminar derechito y pararse con pamplinas delante de las muchachas del barrio cuando te dan el pase, pero cuando estás allí y te obligan a mil basuras, frente a la voz de mando tan grosera, no se quiere estar aunque ya sea demasiado tarde, aunque de cualquier manera tienes que estar porque es el deber con la patria. Pero no soy una rata para salir de aquí, no soy un ciempiés, no soy un bicho que vuela para irme sin que me descubran, sin que la voz de mando alerte a todos, si a uno siempre lo cogen, lo encuentran porque el del CDR no se va a quedar callado, porque al del PCC lo mandan a sermonear a tus padres para que no te escondan, porque sólo es un buen recluta el que se fuga sin que lo cojan y un buen oficial es el que coge al recluta, pero lo peor es que ya uno se ha ido acostumbrando a no salir de aquí hasta que le toque, sin buscar la ocasión, la oportunidad de saltar una cerca en esos barrios recónditos que nadie frecuenta, robarse unos plátanos para comer, dormir con un ojo al pie del otro por si las moscas. De todo corazón, quise a la rata, la busqué un millón de veces, pero no la veía, era imposible esconderse en un lugar tan vacío por lo que supe una vez y otra que no estaba, que no iba a venir y la seguí extrañando. Hubiese querido que las llagas explotaran hasta dejarme vacío por completo, pero las cosas pasaban muy lentamente, como un castigo. Todo por la necedad del sargento, por no callarse cuando me descubrió. Me sentí una rata y lamenté no serlo, la familia de ratones empezó a borrarse y no pude repintarla. Alguien me sintió raspando las paredes y se lo dijo a los guardias. Desde entonces me quitan la cuchara, esperan por mí para quitármela y la devuelven al fregadero hasta la próxima comida. Lo que no han traído es el agua que les pedí, porque las heridas se me infectan, porque las llagas son más grandes cada día, pero no hubo agua, las cisternas se han secado y no llegan las pipas, échate perro, me dijeron y quedé rascándome donde me picaban los bichos, donde crecían las llagas, como esa del pie, que no podía apretarla demasiado para no embarrarme los dedos con el tibio, sanguinolento humor que se acumulaba, se hinchaba dentro y, sin una gota de agua para lavarla, lo único era escupir sobre ella, regar la saliva lo mejor posible y rezar para que no se infectara demasiado, soportar la peste que no me dejó dormir por toda una semana, aprendiendo a vivir como un preso común, quitándome en sueños la idea de ser diferente a los civiles.

Anoche sentí la punzada en el pie y supe que se había reventado. El cemento se empapó de sangre y humor, el dolor se hizo insoportable. Otras veces me desperté, dolido y apestoso, vi la llaga del pie abierta, como un pozo, la limpiaba con una punta de la camisa dedicada exclusivamente a eso y me volvía a dormir. Pero ahora no sólo me dolió la herida abierta, sino que lo que estaba sintiendo sobre las postillas no se parecía en nada a lo que sentí cuando me las abrí yo mismo al voltearme, sin querer, algo me las arrancaba, maldita sea la hora, ya se estaba curando, ya tenía el color pardusco de las heridas que se curan, pero ahora sangraba otra vez. Entonces vi los ojillos filosos sobre mi pie, comprendí de golpe lo que me había estado ocurriendo y me sentí más solo que nunca. Entre las patas delanteras sostenía un pedacito de carne putrefacta, la masticaba y la volvía a morder, todo con el mayor descuido. Y yo que la extrañé tanto, que le guardé mis comidas, ahora la miraba a mi antojo, comiéndose mi pie, exactamente bajo el resplandor de los focos y no hice nada, me quedé quieto dejándola engordar con mi carne, pero dolía demasiado, en la carne y en el corazón y estiré de golpe la mano derecha. Allí quedó, casi inmóvil, entre mis dedos. La miré, creo que con ternura al principio, luego con odio, la miré como se mira una cosa que no se ha visto antes, una cosa que se desprecia, pero ella debió saber que nunca la desprecié, al contrario, la adoraba en mi silencio, la miré otro momento recordando los tablazos en la cabeza del sargento y metí su cabeza en mi boca. La maldita mordió mi lengua, igual que el oficial mi mano derecha mientras trataba de soltarse, se retorció violentamente tratando de escapar. Por eso apreté las mandíbulas, mis dientes se clavaron en el cuello gordísimo de la malagradecida. La sangre empezó a correr esófago abajo, dientes afuera, por la barbilla, por el cuello, esta vez sin temor al castigo. Todavía faltaban los huesos de la tráquea, por lo que hundí mis dientes sobre ellos y fue entonces cuando se reventó la barriga repleta del humor que no era suyo, sino mío, de estas llagas que duelen, dios, apestan, la sangre lo embarraba todo, el agua de esta semana jamás apareció como si no estuviera yo en la patria de los olvidados sino en el mismo infierno, la rata dejó de luchar y su cuerpo cayó al piso, desinflándose. Escupí la cabeza después de morderla una y mil veces, rodó hasta una esquina de la pared y allí quedó, traidora como el sargento, los ojos abiertos hacia mí, encendidos todavía bajo el oscuro silencio de la celda.