II

–No es lo usual, pero te lo mereces.
–¿Quieres explicarte? (Arrojé mi señuelo ante su turbia hipótesis.)
–Mira… la mayor parte de las veces esperamos a compenetrarnos más o a decepcionarnos por completo para lanzar un peo con absoluta libertad delante de cualquier mujer… pero ya tú lo mereces… (Asentí en silencio, pues la tesis, aunque poco elaborada, devenía interesante.) Y lo mereces porque vas a asistir a todos mis peos… y porque voy a pedirte disculpas por cada uno de ellos hasta el fin de mi vida… Ahora lo puedes explicar tú sola.
–Significa que uno de los dos conoce al otro del futuro… o que ambos nos conocemos del futuro.
–Casi… (Diego me encajó una mirada extensa.) Lo adecuado es que uno de los dos conoce al otro del futuro. De lo contrario, ambos fuéramos seres del futuro… incomunicados con este presente… Irremediablemente, uno de nosotros es un ser del presente… (Diego sostuvo su mirada y yo acentué mi elocuencia.)
–El ser del futuro, por decantación, es el ser que sobrevive… Nietzsche murió en mil novecientos sumido en la locura… Años antes, dejaba escrito en El Anticristo que sólo el pasado mañana le pertenecía, y por tanto, él era un ser nacido póstumo… Un siglo después, Nietzsche y su atípico sistema filosófico conforman uno de los pilares más sólidos de nuestra modernidad… El ser del futuro es el ser que sobrevive…

Yo era hábil mostrándome concluyente o idiota arbitrariamente, pero este parlamento había fluido tan espontáneo que reflejaba el derrumbe de mi hermético autocontrol. Diego, visiblemente orgulloso de mi síntesis, atinó a preguntarme si disfrutaba a Nietzsche, y más dueña de mi discurso, repuse que en lo particular me distraía.

–¿No te cuestionas quién es el ser del futuro? (Diego cedió su visible orgullo a una expresión de asombro.)
–Nunca me planteo cosas prematuras… Hoy hemos estado bien. (Ahora Diego lucía impeorable, como desmayado sobre el lodo.)
–El ser del futuro es el ser que sobrevive, y tú eres capaz de lograr cuanto te propongas.

Me tentaban las redes de Diego: asistir a todos los peos de su vida y disculparlo, pero le pedí al despedirnos que no se planteara cosas prematuras. Aunque habíamos asentado límites extraordinarios aún era prematuro definir entre nosotros al ser que sobrevive, y desde aquel primer encuentro sólo optamos por preferirnos. Casualmente coincidíamos en lugares comunes y nos buscábamos para escabullirnos, también por casualidad. Entonces Diego me describía detalladamente su último proyecto de novela y se aventuraba a implorarme sexo con penetración. Yo siempre lo rechacé argumentando que mi virginidad sería desgarrada sin complicaciones existenciales. Me inclinaba por algo más bien pragmático que especulativo. Algo con múltiples probabilidades de materializarse, sin excesivo dolor y muy corporal. Algo apetecible carente de embarazos, enfermedades y trascendencia.

Recibí toda la motivación de Diego en la búsqueda de una persona apta. Él desdeñaba experiencias tan cuidadosas como la de penetrar vírgenes. Su proyección sexual no contemplaba escrúpulos ni cautela, por lo que interrumpimos lo suficiente nuestras sesiones de intensa excitación, procurándome mayor deseo físico y tiempo libre. Así obtuve a mi primer amante previo que, en principio, se adaptó muy desenvuelto a mis expectativas. Diego enunció una vez más: Logras cuanto te propones, y poseía la razón, indiscutiblemente.

A Diego siempre lo acompañó la razón. Diego siempre tan justo y tan amable. Cuando leí para él Manera deliciosa de atrapar al gorgojo o Lo mejor es no definir demasiado el criterio, confirmó que la creación mediante la escritura era mi meta excluyente y me animó a nuevos espacios de creación literaria. Según Diego, el relato surgía como una derivación de mis planteamientos referentes a la virginidad, explicada a través de los personajes y sus roles en la historia.

El personaje gorgojo correspondía a mi verdadero primer amante previo, y el personaje primer amante previo correspondía a él mismo, es decir, a Diego. Yo me mantenía como yo, y la búsqueda del personaje gorgojo, causada por mi necesidad de sustracción del himen, representaba la búsqueda de un verdadero primer amante previo. Esta, además, se antojaba todo el tiempo relativa a los sentidos porque no existían en ella complicaciones espirituales. Las zonas púbicas inexploradas en el personaje primer amante previo, o sea, en Diego, denotaban el afán latente de sexo pleno entre nosotros, y la sensación de pesadumbre en el personaje gorgojo respondía al sentido utilitario con que yo perjudicaba a mi verdadero primer amante previo. A propósito o no, Diego lo esclarecía todo para mí, hasta la muerte del personaje gorgojo o de mi verdadero primer amante previo. Todo era obvio.

Yo me sentí muy satisfecha de escribir pésimamente tantas cosas sin proponérmelo, y encaminé mi inteligencia hacia aquellos rincones de la creación que aguardaban pacientes. Así produje mi primer libro, que fue escrito por mi primer amante previo. Él era muy exigente consigo porque algo lo impulsaba a agradarme. Se esmeraba descarnadamente, dedicaba segundo tras segundo a eliminar la hojarasca de un decoroso poemario que resolvió en medio año, mientras yo completaba mis orgasmos exquisitos y lo iba transformando en cadáver.

Lo asesiné discretamente una vez concluido nuestro libro, cuando ya no sabía qué hacer con él. Matarlo fue elemental. La genialidad radicaba en la elaboración del crimen –construir coartadas minuciosamente, desvanecer rastros– y lo engorroso en la ejecución de la genialidad. El acto de matarlo, o matarlos, era algo básico. Mi genialidad se volvió tan perfecta que a partir del segundo amante previo me convencí de no ser categóricamente una asesina: ellos morían por selección natural, yo no los mataba.

Me familiaricé tanto con el proceso que ya mi sexto amante previo cooperó dignamente suicidándose, como buen sensacionalista. De este modo, nadie supuso emparentadas aquellas muertes con asesinatos, ni con una desconocida veinteañera y Mr. John. Mucho menos concebían el vínculo entre mis futuras producciones literarias y los libros almacenados en mi computadora, escritos por mis amantes previos, a pesar de que todo era obvio: El ser sobrevive únicamente por su víctima.

Mis exitosas producciones literarias, que haría públicas aún con mayor discreción, fueron el justo reintegro a mi ingenio. Ellos creaban para mí, morían totalmente indefensos, y yo producía sus méritos. En la misma habitación donde producían sus libros, Mr. John los editaba, otorgándoles a cada uno su carácter exclusivo. Con Diego, sin embargo, hasta los ejercicios de escritura ocurrían peligrosos.

Diego escribía asiduamente: El ser sobrevive únicamente por su víctima, pero no avanzaba de la primera oración de su novela. Escuela de presidentes irrumpiría en el universo editorial para consagrarse clásica, estábamos convencidos, sólo que Diego desplegaba sus ejercicios de escritura tropezando reiteradamente contra nosotros mismos. Diego y yo practicábamos el amor desde la libertad, y tuvimos una relación muy cercana a superar lo humano.

Escuela de presidentes era una presencia de vértebras macizas que se erguía por encima de ambos, o por encima de lo humano. El narrador protagonista ofrecía la historia en códigos indescifrables para Diego, que a su vez me trazaba el argumento en el aire. El argumento involucraba al personaje en un conflicto donde sucumbía a una brutal transmutación de valores.

Según algunos tratados de neurología que adquirí para Diego, el cerebro humano cesa su desarrollo a los quince años, aproximadamente. A esa edad, el personaje era recluido convulsamente en una institución de oscuros sufragios y procedencia, donde viviría sus quince años siguientes. Allí olvidaría su identidad para resumirse en cifra, en máquina de insomnio y raciocinio. Disputaría el poder, adiestrado en la conducción de naciones, ejércitos, partidos políticos, sociedades económicas y congregaciones religiosas hacia la ruina o la gloria. Allí, sólo existiría para distinguirse y dudar en cada momento de su propia especie. Nítido en apariencia, el argumento se dibujaba en el aire, y en el aire desaparecía.

Escuela de presidentes era un cuestionamiento abierto y despiadado a la historia del género humano, y Diego tardó años en instruirse para enfrentarla. En épocas tan remotas como el Reino Medio egipcio, el personaje desenterraba la génesis del claustro, viajando a través de su evolución y sus caudillos. Igualmente, relataba los hechos desde una madurez lúcida y profunda, ejerciendo ya como líder de un próspero estado. Diego, carente de documentos imprescindibles para el recorrido de aquella criatura, me confió la gestión de toda la bibliografía y otros materiales provechosos.

Compilar eficazmente kilogramos de información, significó enormes tensiones y supuso, más que elegirnos mutuamente, depararnos por convicción. Unidos componíamos un potente equipo de dos miembros, pero Diego no avanzaba de la primera oración de su novela. Escuela de presidentes nos era indispensable para consagrarnos como unidad clásica. Sin embargo, Diego objetaba que conmigo a su lado aborrecía edificar mundos superiores en fuerza, grandeza o desprecio, esencialmente, porque eran irrealizables. Si Diego nos hubiera entendido mejor a Nietzsche y a mí, individualmente, y no a mis interpretaciones sobre Nietzsche, aún viviría. Diego siempre el auténtico peligro: desde el inicio, durante todos estos años de tropiezos literarios, y ahora que ratifico mi útero ocupado.

Lo humano se reproduce a través de mi vientre, y simboliza una renovación positiva luego de un ciclo consumado. Ahora me encamino segura hacia esos rincones incógnitos de la creación que aguardan pacientes, y escribo: El ser sobrevive únicamente por su víctima. Luego de seis producciones anteriores, Escuela de presidentes será el efecto de mi creación legítima. Me esmero descarnadamente, dedico segundo tras segundo a mis ejercicios de escritura, me ofrendo con rigor a mi propia eternidad. Diego no se equivocaba: yo logro dominar todas mis metas. Nuestra novela y mi fama emergen del auténtico peligro, y no habrá otro posible para ellas. Diego muerto, consuma un ciclo iniciático.

Ahora, que soy partícipe de una renovación positiva, saboreo cierto remordimiento, especialmente por el bebé que nacerá. Diego ya era un padre conceptualmente idóneo. Yo, en cambio, advierto en la maternidad una tradición profana compatible con la mayoría de las mujeres. Desarticular cualquier tradición implica siempre un riesgo, pero mi triunfo exige concentración ilimitada.

Diego, hubieras resultado vital para el bebé, aunque aún es prematuro definir entre los dos al ser que sobrevive.