Ejercicios de escritura
Aymara Aymerich
Todas las mujeres se desnudan es el título
del más reciente libro de cuentos de
Aymara Aymerich, que publicará próximamente
Ediciones Unión. En su prosa
sencilla, concisa y eficaz se advierte un
bien tramado rejuego con lo poético y lo
ensayístico, y sobre todo un enorme disfrute
de las posibilidades del lenguaje, de
las resonancias de cada palabra.
Aymara Aymerich nació en La Habana
en 1976. Ha publicado Deseos líquidos
(narrativa, Premio Calendario 1998, en
coautoría con Elvira Rodríguez), In útero
(poesía, Premio David 1999), El cabaret de
la existencia (poesía 2004) y Apuntes teléfonicos
(2006, en coautoría con Moisés
Finalé), así como Cuerpo sobre cuerpo
sobre cuerpo. Catálogo de nuevos poetas
cubanos (2000, en coautoría con Edel
Morales).
Mis escasos antepasados mujeres tuvieron en común el nombre de Sofía, que significa sapiencia. Concretamente, sabiduría. Mis abuelas, junto a las abuelas de sus abuelas: Sofías entre Albertos, Juanes, Luises, Enriques, Pablos. Mi madre: Sofía entre Albertos, Juanes, Luises, Enriques, Pablos. Yo, finalmente, Sofía, con el objetivo esencial de sostener las vértebras de una tradición podrida.
Soy una mujer muy peculiar. Recién he asesinado a mi séptimo amante: el último. En el futuro ni siquiera volveré a intentarlo. Desarticular cualquier tradición implica siempre un riesgo, pero no volveré a intentarlo. Saboreo en este caso cierto remordimiento luego de seis muertes anteriores. Seis muertes anteriores. El número siete, símbolo de renovación positiva tras un ciclo consumado, ha nacido conmigo, nos hemos elegido mutuamente por convicción. Yo amé a Diego y nos elegimos mutuamente por convicción. Supongo, por tanto, que Diego me amó.
Ser superior a la humanidad, en fuerza, en grandeza de alma y en desprecio, le repetía asiduamente parafraseando a Nietzsche. Si Diego nos hubiera entendido mejor a Nietzsche y a mí, aún viviera. Diego tan inteligente. De mis conocidos, el único escritor de lujo incapaz de formular escenas complejas con su propia inteligencia. Mis amantes previos: escritores todos, insignificantes monstruos de feria convertidos en admiradores pasmosos de sí mismos.
Yo los buscaba escritores intencionalmente. Escribir y masturbarse son espacios de creación muy solitarios. Y yo los perseguía, conquistaba aquellos espacios de creación sólo para mí. Un hombre frente a un ordenador, completamente desnudo, es mi ideal de sublimación. Los seducía sin violentar ninguna etapa, como sabe cualquier mujer: sin omisiones. Los fornicaba cientos de veces, empleando cientos de formas y con cientos de estados anímicos diferentes. Y desnudos creaban para mí, totalmente indefensos.
Las páginas saltaban incontenibles en la pantalla del ordenador, como mismo ellos se abalanzaban incontenibles sobre sus orgasmos y sobre las hordas de ideas que los sucedían. En verdad, eran muy escasos mis orgasmos con ellos. No obstante, me mantenía emocionalmente estable y grata, facilitándoles cuanto podía la paz y concentración máximas. Solucionaba así toda índole de conflictos que pudieran agobiarlos, financieros o conyugales, y creaba a la par mis orgasmos impecables, en la misma habitación donde ellos resolvían libros enteros. Masturbarme durante sus ejercicios de escritura, en teoría, era el equivalente a un orgasmo simultáneo.
Aprendí mi cuerpo como sólo Diego lo conseguiría tiempo después. Mis seis amantes previos, en cambio, pertenecían al resto de esa humanidad pendiente de superación, por eso evité pertenecerles, o viceversa. Ellos eran de sus esposas y familias, nunca de sí mismos ni míos, les acomodara o no. Diego, por su parte, siempre me reiteraba que yo era capaz de lograr cuanto me propusiera, y lógicamente, poseía la razón. A Diego siempre lo acompañó la razón. Diego siempre…
Lo único que yo requería explícitamente era ser llamada Mr. John y no Sofía. Desde la infancia palpé a la sabiduría dentro de mí y no en el sitio de mi nombre. Nombre, además, viciado por señoras agrestes y poco memorables como mis abuelas junto a las abuelas de sus abuelas. Ellas, junto a la mayoría de las mujeres, me resultan seres inconvenientes, detestables.
Cada mujer es, en sí misma, dos piernas con más recursos que obstáculos para rasgarse, procurándose huestes de sexos masculinos. Una mujer es lo que se acuesta con mi amante. Incluso una mujer brillante, infrecuente por definición, es algo que se asume superior a mí. Las mujeres de mis amantes pretendieron todas asumirse de ese modo. Jamás logré comprenderlas pues otro de mis objetivos esenciales era sostener las vértebras de sus matrimonios, de sus tradiciones podridas. Desarticular tales tradiciones implicaba un riesgo que nunca estimé.
Los amantes obedientes deben descansar cada noche junto a sus esposas obedientes. Deben sudarlas y hacerlas gemir una o dos veces cada semana. Deben tener muchos compromisos de trabajo. Las esposas obedientes deben conformarse, mas no aplaudir. También deben menstruar cada mes. Ellas todo lo sospechan y todo lo callan. Nada de burdas inquietudes: los hombres, como los demás animales domésticos, se comprometen hondamente con la mano que los alimenta sin agredirlos demasiado. Y esta pauta, una mujer promedio la intuye con agilidad. Por todo esto, y por más, mis amantes previos experimentaron el éxito una vez yo erigida en sus vidas.
El triunfo precisa de mucho dinero o de muchas neuronas. Individualmente, ellos no podían costearse el triunfo, pero ahí estaba Mr. John, o sea yo, para propiciarlo con su ingenio. Comenzaron así las dependencias repulsivas, las brechas de inmortalidad, Mr. John voy a suicidarme. Pero yo buscaba exclusivamente aquellos originales memorizados en los archivos de mi computadora. Preciosos originales resueltos y corregidos con voracidad hasta la contundencia. Porque ellos eran muy exigentes consigo, se esmeraban descarnadamente, dedicaban segundo tras segundo a sus ejercicios de escritura. Mientras, yo completaba mis orgasmos exquisitos y a ellos los iba transformando en cadáveres: construía coartadas minuciosamente, desvanecía rastros. Diego no se equivocaba: yo podía dominar todas mis metas, o casi.
Admiré con exageración a quienes lograban puntualizar ideas y enlazarlas hasta que formaran estupideces convincentes. Este fue mi embrionario concepto de la literatura. Ya en mi alta adolescencia descubrí que de los libros brotaba vida, otra vida en la que todo existía, o no, producto de un solo intelecto. Entonces me propuse escribir y ganar fama. Inicié mi primer relato cuando mi primer amante previo me sustrajo el himen de manera muy correcta. Este relato trataba de mí misma.
Yo escogía el arroz en una mesa y mi primer amante previo dormitaba en el sofá. Estábamos desnudos. De pronto, reparaba en un gorgojo que instantáneamente desaparecía, y comenzaba a imaginarlo perdido en el pubis de mi amante. Ahí principiaba la búsqueda del gorgojo, pesaroso en zonas inexploradas. El rastreo se antojaba cada vez más sensual o relativo a los sentidos, pues yo observaba, olfateaba, palpaba, lamía el pubis de mi amante sin el resultado esperado, y los pliegues de su sexo se iban tensando en respuesta a mi pesquisa. Finalmente, no hallé al gorgojo, por lo que ambos imaginamos que este caprichoso animalito había desviado su curso hacia mi pubis. Ahí continuaba la búsqueda, que igual proseguía relativa a los sentidos, pues mi amante observaba, olfateaba, palpaba, lamía cada porción de mi pubis sin obtener al insecto, aunque mi sexo agradecía el rastreo amapolándose, o sonrojándose. Finalmente, ninguno halló al gorgojo, pero tuvimos orgasmos muy satisfactorios imaginándolo en nuestros sexos indistintamente, brindándonos placeres que sólo a un gorgojo competen. Recuerdo, además, que acompañé la narración con las principales características del coleóptero gurgulio, con los bajos porcentajes de estrés en las regiones donde el arroz se escoge, y con algunos criterios que mi madre y Freud hubieran alcanzado al respecto. Titulé la historia Manera deliciosa de atrapar al gorgojo o Lo mejor es no definir demasiado el criterio, y su desenlace, que la caotizaba aún más, era una suerte de analogía entre los héroes anónimos, incondicionalmente dispuestos a dedicar la vida por sus ideales, y nuestro gorgojo anónimo, que canjeó la suya en favor de una causa tan relativa a los sentidos.
Leyéndole el cuento a mi primer amante previo disfruté mi primer orgasmo físico, y pude asimilar que la creación mediante la escritura era mi meta excluyente. Él insistió en animarme, pero fue inútil. Concienticé inmediatamente que otros espacios de creación literaria aguardaban por una mente enérgica como la mía para develarse orgánicos, y mi nuevo objetivo fue transgredirlos. Algo similar hice con el susto de mi primer orgasmo. Aquella falta de dominio sobre mí logró desconcertarme de tal modo, que en lo adelante evité asociar a mis amantes previos con mis orgasmos. Porque con Diego todo ocurría peligroso.
Diego, por naturaleza, se imponía a mi habitual control. Los otros, no obstante, eran muy aceptables en la cama o en cualquier lugar donde me empujaran al sexo, mas no los tildaría de aplastantes como a Diego. Admito que pugnaban más de lo posible por mi satisfacción, pero mi riguroso control me inducía a contentarlos con pocos o falsos orgasmos. Con Diego, sin embargo, hasta los ejercicios de escritura ocurrían peligrosos. Desde el inicio, Diego constituyó mi auténtico peligro.
Nos conocimos meses antes de la sustracción correcta de mi himen. Es decir, yo aún era virgen y rumiaba varias estupideces con el fin de estructurarlas convincentes en un futuro mediato. Nos conocimos bastante borrachos, pero algo me impulsó a agradarle. Charlamos de su matrimonio, de su último proyecto de novela, etcétera, y Diego me deslumbró en consecuencia. Lo más significativo de aquel tanto rato de conversación fue, sin dudas, el primer peo de Diego, que debió escucharse entre la quinta hora y la séptima. Yo, que estudiaba detalladamente sus reacciones, no advertí ni turbación mínima. Diego se disculpó con desenfado y mesuradamente agregó:
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