|
Céspedes, hombre de letras
Rafael Acosta de Arriba
Hace poco más de cincuenta años el poeta y crítico Alberto Baeza Flórez titulaba de forma homónima un breve artículo en la revista Carteles.(1) Fue el primer y casi solitario intento de analizar al bayamés desde la faceta de escritor. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que no hubiesen existido [existan] otras tentativas de profundizar en la obra poética y la prosa de Carlos Manuel de Céspedes, en particular [especialmente en] Bayamo, ciudad que cuida sus tradiciones con particular esmero. Lo cierto es, revisada una y otra vez la bibliografía pasiva de Céspedes, que salvo contados párrafos que le dedican Cintio Vitier y Fina García Marruz en el libro Flor oculta de la poesía cubana,(2) no han existido más que uno u otro comentario esporádico sobre el tema.
Mi propósito será mitigar ese vacío en la exégesis de la obra escrita cespediana. Otros, con toda seguridad, la enriquecerán en su momento.
Primero, precisemos algunas cuestiones que considero esenciales: de qué y de quién es deudor Céspedes como hombre pensante, cuál es el contexto, cuáles las ideas que se debaten en su minuto histórico, lo considero esencial. Céspedes como intelectual es fruto, entre otros afluentes, del romanticismo poético cubano. Ya sabemos que el romanticismo fue el gran movimiento moderno de rebeldía espiritual de su tiempo. Según Octavio Paz fue una explosión de personalidades y de minorías aisladas en contra de la corriente general de ideas de la época y a la que Occidente le debía casi todas las ideas y experiencias que cambiaron las letras, las artes, la moral y aun la política de la Edad Moderna, “de la libertad del amor a la visión de la poesía como un saber espiritual”.(3)
Cintio Vitier nos ha facilitado la asimilación de la corriente romántica más general al quehacer de nuestros intelectuales en el siglo XIX. Con toda justicia escribió a propósito de Zenea:(4)“Aunque en el campo de la crítica resultó con frecuencia frenado o ironizado, y a pesar de sus inevitables fuentes e influencias europeas, el romanticismo poético cubano, desde Heredia y la Avellaneda, hasta Zenea y Luisa Pérez Zambrana, fue sin duda un vigoroso movimiento de independencia espiritual, con manifestaciones políticas mayores o menores, según los casos, aunque en el fondo siempre la implicación política profunda, y caracterizado por dos rasgos específicos: la autoctonía y el valor”. Estos dos rasgos son evidentes en las creaciones literarias de Céspedes. Autoctonía del campo cubano, del terruño, de lo local como la patria. No perdamos de vista que para aquellos varones de finales de los sesenta del siglo XIX, su ciudad era equivalente a su patria; y valor, pues todo lo que se escribía y publicaba en aquellos años de férrea censura colonia implicaba, de oficio, la ojeriza policial española y sus consiguientes represalias.
Pero hablar del romanticismo como corriente general de la literatura y como movimiento del espíritu y apreciarlo en su anclaje en la cultura local no es suficiente para introducir el tema. Habría que acudir al análisis de las influyentes tendencias políticas de los liberalismos en boga (recordar siempre que hubo liberalismos conservadores, monárquicos, republicanos, y otros) para acercarnos mejor al entorno de las ideas en que se mueve el romanticismo que influye a Céspedes y a otros tantos hombres ilustrados de su época.
La herencia cultural europea, la Ilustración, llegó a nuestros países coloniales tamizada por diversos filtros: el despotismo ilustrado, los liberalismos variopintos –entre ellos el liberalismo más radical– y luego, finalmente, la idea de la independencia. Aquí se escondió una paradoja sin solución: es la misma colonia la que sirve de vector de las ideas independentistas. El movimiento ilustrado del continente se planteó la reforma del Estado Colonial y son los mismos criollos enriquecidos en el aparato económico-político de la colonia los que se plantean las dudas y los problemas a los que se empeñaron en dar solución. Es en este punto donde comienza a surgir el pensamiento autóctono de estas tierras. El siglo XVIII, que es el siglo del despegue del pensamiento crítico en el mundo occcidental no tuvo en el mundo hispánico el brillo que sí tuvieron el XVI y el XVII. El espíritu crítico fue una conquista de la edad moderna, pero en el mundo hispano las ideas liberales que tuvieron mayor arraigo no son las que vinieron de la Metrópoli sino las provenientes de corrientes del liberalismo francés e inglés. En este oleaje de las ideas es muy importante lo ya señalado sobre la influencia del romanticismo.
En el poema El filibustero, de Zenea, está enunciado el tríptico filosófico de la Revolución francesa de 1789: libertad, igualdad, fraternidad, ideas que ayudaron a prender la llama de 1868. Pero antes hubo necesidad de eso que nosotros llamamos “aplatanamiento” o, en términos más académicos: transculturación, mestizaje, confluencia de esas ideas. Visto a escala macro toda esta etapa previa a la guerra de independencia es de preparación intelectual y de consolidación de la identidad cubana. Es el momento, en nuestro país quiero decir, en que la crítica encarna en la historia, es el instante en que las utopías del XVIII se convierten en gran fermento de los movimientos revolucionarios independentistas. El romanticismo, hijo de la edad de la crítica, expresó el sentimiento del cambio, o mejor, fue el gran cambio, no sólo en el dominio de las letras y las artes sino en el de la imaginación política, y su sensibilidad. Fue una moral, una manera de vivir y, también, ahí están sus inflamados y hasta patéticos ejemplos de morir. El romanticismo hizo la crítica de la razón crítica.
Prosigo con Cintio Vitier y su aplicación al entorno local de este examen: “Nuestro romanticismo, culminante en Zenea, coincidente a través de dos generaciones con la toma de conciencia de la patria esclavizada y del pecado original que sustentaba y deformaba a la sociedad cubana encarnó y expresó esa situación histórica, política y social en todos los planos”.
Es decir, estamos hablando de un romanticismo de esencias que se transmutó en el plano intelectual en un poderoso movimiento libertario y que, como dijo Fina García Marruz, “comenzó por la palabra y acabó en la Historia”. Así, en un plano de hibridaciones y yuxtaposiciones, desde una perspectiva de las ideas y del espíritu, los postulados románticos coincidieron con los del liberalismo radical de los independentistas cubanos.
En el trasfondo está el criollismo, la sociedad criolla de fuerte presencia en todos los hábitos sociales y en la vida cultural de la Isla.
Escuchemos ahora la poesía cespediana en una estrofa íntimamente vinculada a la identidad con la tierra y lo local. Estamos asistiendo a ese interesantísimo concepto del “precioso interior de nuestra cultura” elaborado por Cintio. El espíritu de Céspedes parece reconciliarse consigo mismo cuando escribe:
Hallela (la armonía) en los ganados que bramando
se acercan al aprisco perezosos;
hallela en los guajiros cabalgando
sobre potros indómitos fogosos
y en mi lecho de paz adormecido
me halagó de sus trovas el sonido.(5)
Para Olga Portuondo “aquí hay algo más que un bucólico romántico”: Sin dudas, estamos ante un hombre consciente de su pertenencia a una nación, lo cual queda también evidenciado en estos versos que siguen:
Nuestros son esas artes y cultura
Nuestros son las nacientes alamedas
Y nuestros son los bailes cadenciosos.
“Nuestros”, sentido de posesión propio de toda identidad. Las artes, la cultura, las nacientes alamedas y el baile, algo definidor de lo cubano por excelencia: Nuestros todos, dice el poeta. Con otras palabras, la poesía sirve para expresar una realidad de aquellos románticos independentistas: el pensamiento se llenaba de cubanía y esta, para llegar a ser una manifestación de plenitud, necesitaba de la independencia, de la soberanía, necesitaba rebasar lo criollo.
La evolución de la ideas en Cuba hasta desembocar en el instante en que Céspedes escribe estos versos nacionalistas ha sido señalada por el Dr. Eduardo Torres Cuevas de la forma siguiente: las bases históricas fueron colocadas por los primeros historiadores a mediados del siglo XVII, entre otros, por Agustín Morell de Santa Cruz, Félix de Arrate, José Ignacio Urrutia y Montoya y Nicolás Joseph de Ribera. Las bases teóricas fueron situadas a inicios del XIX por los primeros filósofos: José Agustín Caballero, Félix Varela y José de la Luz y Caballero. Y las bases sociales, por nuestros primeros críticos de la sociedad colonial, de los cuales descolló por sobre todos otro bayamés ilustre, José Antonio Saco.
En ese proceso –nos dice Torres Cuevas– se elabora el concepto de patria que implicó la comprensión de la existencia de una comunidad con territorio, tradiciones, experiencias y destino comunes (la patria chica que señalé antes) y que se traduce en la conversión de lo criollo en una sustancia más compleja y estructurada: la conciencia de lo cubano.
Continua... |