Jorobas
Taimyr Sánchez Castillo
Taimyr Sánchez Castillo (Guantánamo, 1986) Narradora. Estudiante de Periodismo en la Universidad de Oriente. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Obtuvo el Premio Se permuta esta casa 2004 de minicuentos. El relato “Jorobas” fue leído por la autora en el Encuentro Latinoamericano de Jóvenes Narradores realizado en marzo en La Habana, y forma parte de una colección de cuentos en preparación.
–¿Acaso piensas llegar a la cima con ese paso, Cuasimodo? –pregunta Raúl mientras el resto del grupo hala a Jorobas por una cuerda anudada a su cintura.
–¿Por qué no te pones en cuatro patas y nos llevas por turnos a la montaña? –lo secunda Rubén.
–No me llamo Cuasimodo, y estoy muy cansado –balbucea Jorobas sentándose en el suelo.
–Levántate. Haces trampa. Estaba claro que castigaríamos al último –señala Pablo bastante inquieto.
Entonces Jorobas recuerda la carrera. Raúl corría de primero seguido por Antonio y Pablo. Rubén se le acercaba y alejaba al rato fingiendo que lo esperaba, burlándose en el fondo. En cambio Miguel casi trotaba a su lado. Siempre se justifica con que es asmático y puede agitarse para permanecer junto a él. Aunque en el fondo también les teme, porque a veces le esconden el inhalador o lo cuelgan bocabajo dentro del pozo. En ocasiones le ha dicho:
–Eres bravo, Jorobas, más que yo, más que ellos. La loma de tu espalda te obliga a andar como los monos, a bajar la cabeza. Pero miras a la cara.
–Déjenlo, luce cansado.
–Lo defiendes porque está fingiendo como tú cuando te haces el ahogado.
–Raúl, no se trata de mí sino de él. Nunca se había quejado.
–Pronto será de noche.
–Pablito tiene miedo a la oscuridad, a que le salga un lobo.
–Déjate de niñerías, Rubén –dice Antonio y ayuda a Miguel a levantar a Jorobas.
Pero este cae al suelo, inconsciente.
–Está muy blanco. Creo que se murió.
–Pablo, quítate el traje de estúpido un momento, y ustedes apártense para que coja aire.
–Miren cómo Boquitas se vuelve valiente por el amigo. ¿Acaso Jorobas y Boquitas son pareja?
–Cállate, Rubén, o… –dice Miguel incorporándose con los puños en alto.
–¿O qué?
–Basta de tonterías. Despiértenlo y vayámonos de aquí– la voz de Raúl despunta sobre las otras.
–Tanto alboroto por un camello.
–Envidioso. Lo odias porque te hizo quedar en ridículo cuando descubrió el truco que hacías con las barajas.
–¿Crees que un anormal sabe más que yo?
–No es anormal.
–¡Dejen de pelear! Rubén, cierra la boca. Tú, Miguel, despiértalo.
–¿Por qué te has molestado tanto? –le pregunta Antonio a Raúl.
–Porque si se muere tendremos que avisar a los mayores.
–Eso no. Si descubren que venimos hasta aquí nos castigarán el resto del año.
–Pablito tiene miedo de su mamá, tiene miedo.
–Te dije que callaras, Rubén.
–De verdad parece un muerto. Hay que hacer algo –advierte Antonio.
Miguel se tira a su lado y comienza a darle respiración boca a boca.
–Quiero una foto.
–Escúchame, Rubén, si vuelves a decir una palabra, una sola, no respondo.
–Está vivo. Puedo escuchar su corazón. Traigan agua.
–De dónde. Más fácil hallamos un elefante que un manantial en este desierto –se queja Pablo.
–Tiene que haber uno en alguna parte –repone Miguel.
–¿Un elefante o un manantial?
Raúl se abalanza sobre Rubén y le da un puñetazo.
–Te lo advertí.
Rubén se pasa la mano por la cara con cierta rabia.
–Ahora dame tu cantimplora.
–Puedes golpearme cuanto quieras. Prefiero botar el agua antes que dársela.
–¿Quién anudó la soga? No puedo zafarla.
–Rubén la ató.
–Pablito, el chismoso.
De pronto Raúl saca la navaja y comienza a trazar círculos muy cerca del rostro de Rubén. Asustados, Antonio y Pablo los rodean. Para tranquilidad de todos, Jorobas despierta. Miguel, sin disimular la alegría, lo abraza.
–Vamos ya –dice Raúl, guardando el arma–. A fin de cuentas, Cuasimodo no subiría la montaña ni enganchado de una carreta.
Antes de emprender el camino de regreso, Jorobas, apoyándose en el brazo del amigo, se voltea para mirar la loma más alta de todas.
–¿Qué has oído?
–Están molestos contigo, dicen que eres flojo y…
–Habla.
–Te han expulsado. Lo siento, tú querías saber.
–Yo sí puedo llegar a la cima.
–Me voy. Mañana temprano subiremos. Hoy he perdido yo.
Han quedado atrás las luces del pueblo y Jorobas piensa en Miguel. Quizás no pueda evitar que dentro de unas horas lo halen por ese mismo camino, sin embargo, menuda sorpresa se llevarán al llegar a la cúspide.
Aunque está un poco cansado.
–Oye bien, Boquitas, tú no harás lo que el jorobadito, a ti, aunque te ahogues, te arrastramos.
–Estoy exhausto.
–Yo también.
–También yo. Esto es una locura. Tengo sed.
–Quiero ir con mi mamá.
–No sean imbéciles –grita Raúl después de darle un cocotazo a Pablo.
Finalmente llegan. Sudados, con las lenguas afuera, las camisas amarradas en la cabeza y las manos vacías. Cuando las cosas se hicieron muy pesadas comenzaron a tirarlas. Miguel luce menos cansado, a fin de cuentas no fue tan malo ser halado. Agita su inhalador y aspira un poco.
–Allí hay algo.
–Eres un chiflado, estamos en el fin del mundo.
–Te digo que hay algo junto a la piedra –reafirma Antonio.
–No veo nada, seguro es un animal muerto.
–Rubén, no empieces…
–¡Es Jorobas!
–¿Quién?
–Jorobas.
–Ahora sí se te aflojó el cerebro.
–Mira, Miguel, sácanos de dudas.
Pero Miguel no mira. Sólo recuerda los ojos brillantes de Jorobas al mirar la montaña el día anterior, y al asegurarle que podía subirla.
–¿Acaso se han vuelto locos? –inquiere Raúl.
–Sólo pudo escalar de noche, tomamos la única ruta...
–¡No tengo dudas!
Miguel corre hacia Jorobas.
–¡Despierta! Llegamos. Eres un campeón, nos ganaste.
–Con este sol no hay quien pegue un ojo.
–Pues Cuasimodo lo puede todo, Antonio. Llega de primero y nos espera dormido.
–Quisiera estar en mi cama –gruñe Pablo.
–Quizás se desmayó de nuevo.
Poco a poco forman un círculo alrededor de Jorobas.
–Levántate, Jorobas, tuvimos suficiente con un susto.
–Vamos, puedes entrar al grupo otra vez.
–Aun no lo hemos decidido. Hay que votar.
–Cállate, Rubén.
–Quizás necesite otro beso.
–Miguel, le haces daño –protesta Antonio.
–Que abra los ojos.
Raúl, de rodillas, pega la cabeza al pecho inerte.
–¿Qué pasa?
–¿Por qué no despierta?
–¿Esas son lágrimas, Miguel?
Raúl se pone de pie.
–Jorobas está muerto.
–Enrique, su nombre era Enrique.