II

Y leyó:

CANCIÓN DE KASPAR HAUSER

Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina,
los caminos del bosque, el oscuro pájaro cantor
y la alegría de lo verde.

Digno era su vivir a la sombra del árbol
y puro su rostro.
Dios habló como una suave llama a su corazón:
¡Hombre!

La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer;
pronunció la oscura queja de su boca:
soñaba ser un jinete.

Pero le seguían animal y arbusto,
la casa y el jardín de níveos hombres
y su asesino lo asediaba.

Primavera y verano y el hermoso otoño del justo,
su paso silencioso
ante la alcoba apagada de los soñadores.
De noche permanecía solo con su estrella.

Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje
y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán.
Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.

El poema estaba dedicado a una tal Bessie Loos, y Rítzar se preguntó, en voz alta, qué cara pondría la homenajeada al recibirlo de manos del poeta. Anazabel sentía la necesidad de ser reverenciosa y aseguró que un poema así valía por todo el opio que escaldó la vida de Georg Trakl, y que tal vez aquella de nombre Bessie Loos lo hubiera suscitado sin gran mérito.

—Pero ya sé —acotó—

lo que opinas sobre todo eso de la creación poco menos que automática, como un mandato superior, quiero decir. De tal modo, si el poema estaba destinado a aparecer entre los hombres, no importa, según aseguras, a causa de qué milagro ocurrió, ni si esa tal Bessie era una santa, o era una tramposa. No importa ni siquiera el poeta.

—El milagro es el poema —se burló Rítzar.
—Por esta vez, lo admito —dijo Anazabel—. Quiero brindar por ese amargado.

Rítzar trajo las cervezas. Traía además dos vasos, en los cuales escanció despacio, cuidando de verter la misma cantidad en cada uno de ellos, como hubiera hecho el propio Georg Trakl. Bebieron al unísono y, sin habérselo propuesto, guardaron silencio por unos segundos. A Rítzar le gustaba el hecho de que a pesar de no conocer previamente al poeta, Anazabel no hiciera preguntas y, por el contrario, hubiese aceptado su singularidad con la sola audición de aquel poema. Se lo dijo. Ella le guiñó un ojo y continuó en silencio. Pero después, de repente, elevó su vaso y jugó a mirarlo a través del cristal y del líquido parduzco, pero no dio con su cara al otro lado. Rítzar comprendió: mediante aquel subterfugio Anazabel ahuyentaba el espíritu de Georg Trakl; entonces aprovechó para improvisar una sentencia que sabía irónica.

—Ese no es el espejo en el que mejor me veo —insinuó.

Anazabel bajó el vaso sin probar la cerveza. Recordó un viejo cuento, árabe según le parecía, de la India tal vez.

Una dama de la corte se empeñó en instalar un salón de citas. Para conservar su reputación, debía disfrazarlo, de modo que pareciera un aposento para floreos literarios. La solución que le sugirieron sus asesores resultaba cara y sencilla. Colocarían un espejo en el salón, un espejo mágico, pequeño y costoso. Cada noche, antes de iniciar los protocolos del sexo, la dama apostaría a un hombre de su confianza afuera, para que pudiera avisarle de recaladas inoportunas. Si ante una adversidad uno de los caballeros que participaban del salón introducía su miembro en el espejo, el aposento se transformaría de inmediato en una inocua sala para tertulias.

Llegaría —claro— una noche en que el peligro se enseñoreara del burdel. Dio aviso el centinela de la arribada de un carruaje real, y la dueña del salón recordó a sus clientes lo que deberían poner en práctica. Precisó que solo se necesitaba de un caballero con su virilidad enconada para obrar el trastrueque, pero en vistas de que era posible la aparición del rey en persona, ninguno de los presentes tuvo el aplomo para conseguir la firmeza de su miembro. Entró, en efecto, el soberano y se dirigió a las damas con mucha consideración. Ustedes, señoras, les dijo, han sido víctimas de una cobardía, pero no se preocupen, pues lo pondremos todo en su lugar. Entonces hizo brillar un espejo idéntico al que ya existía en el salón, y fue a colocarlo él mismo junto al primero. Después, mientras despejaba el camino a su miembro, sonrió amenazadoramente y advirtió a los caballeros:

—Señores, les haré el favor que ustedes mismos no pudieron hacerse: los enviaré a la sala de tertulias, donde siempre han debido estar. Ocúpense de contar hazañas ajenas mientras, del lado de acá, yo trataré de excusarlos ante estas bellas mujeres.
Rítzar elevó su vaso y miró la cerveza; después miró a la muchacha con ambigüedad, sonrió y dijo:
—Por ti.
—¿No vas a decir nada de mi cuento? —quiso ella saber.

Él calló, hastiado de tanto símbolo, y bebió sin otra ceremonia que la de la bebida en su paladar, un buche denso que tragó espaciadamente, mirando a Anazabel y no mirándola, dejando que el sabor de la cerveza lo arrastrara hacia otros pensamientos fuera de allí, hacia una mujer inesperada, cuya presencia lo asediaba desde hacía poco, y lo obligaba a una pueril metafísica.