El hermoso Otoño del Justo

Fragmento de la novela Bailar contigo el último cuplé, con la que Rogelio Riverón obtuvo el premio Italo Calvino 2008

 

Anazabel demoraba en mostrarse. Por lo pronto podían verse únicamente en el apartamento de Rítzar, pues ella había decidido mantener su casa del Cotorro en una suave reserva. Allá no hay sitio para la intimidad, insistía, y por si fuera poco, los parientes de mi ex, a quienes tengo de vecinos, me lo echarían en cara. Llevaba algunos días sin venir y Rítzar se dejaba atolondrar por su ausencia, aunque una vez juntos probablemente las horas se les fueran en ponerse de acuerdo.

Así marchaban las cosas. Si le hubieran explicado, meses atrás, que iba a tropezar con una mujer así, hubiera reído incrédulo, se dijo una tarde mientras deseaba su aparición. Había estado bosquejando unas páginas por encargo (por oficio, se rectificó a sí mismo), pero comprendía que no se encontraba in the mood, que era la forma en la cual su amiga la Bella Repatriada anunciaba sus malos estados de ánimo. Era una de las dificultades de ser un ghost writer: los clientes no admitían esos altibajos de la escritura que un escritor verdadero reconoce como algo congénito. Quien paga prefiere que el asalariado vaya al grano, y no reconoce esos meandros en los que un texto se recoge para tomar aliento, se alista para saltar. Quien paga, por el contrario, desea que cada párrafo ondee a una altura imposible de sostener perennemente.

Rítzar abandonó el trabajo y se fue al balcón. Mirando a su derecha, en dirección al Parque de la Fraternidad, divisaba un fragmento de la calle que ahora le pareció novedoso. Todo gracias a que miraba horizontalmente, a la altura de su balcón, y ello le ofrecía una vista inédita de Monte. Se dio cuenta de que incluso nunca antes había reparado en los edificios desde aquella postura, prohibiéndose mirar hacia abajo. Dejó que la vista se le fuera por un callejón en el cual no había autos, ni estaba la calle en sí; apenas un pavimento ilusorio hecho a base de cables del tendido eléctrico, y de los espinazos de anuncios lumínicos, desde mucho tiempo atrás fuera de uso. Un país de hollín, donde la gente quedaba pospuesta, un país brutalista, capaz de asustarlo. Después miró hacia abajo, otra vez hacia la vía ordinaria por la que bajaban y subían autos, ciclistas, un camión cargado a medias de sacos de harina sobre los que dormitaban dos hombres a pleno sol. Siguió observando la calle con una curiosidad un tanto embotada por la desidia que minutos atrás lo obligara a desistir de trabajar, pero, como otras tantas veces, comprendió que el detalle nimio de los hombres manchados de harina que veraneaban sobre el camión, había conseguido cambiarle los ánimos. Se trataba apenas de un impulso, pero era suficiente para que deseara, por ejemplo, abrir al azar un libro tomado también al azar de un pequeño anaquel, y ver qué le deparaba.

Regresó a la sala y se detuvo frente al anaquel. Conocía, lógicamente, el orden de sus libros, pero en casos así jugaba con los márgenes de error. Es decir, sabía que en el piso superior había organizado la poesía, pero ni se hubiera permitido la petulancia de recordar el sitio exacto de cada autor, ni sus libros eran todavía objetos inamovibles: Rítzar los frecuentaba en dependencia de sus necesidades o de sus deseos, y a duras penas conservaba el librero en armonía. Escogería el libro, además, con los ojos cerrados.

Esa vez el azar subvencionó su interés con un cuaderno de Georg Trakl, el austriaco, que lo miraba misteriosamente desde una fotografía en marco ovalado, en la portadilla del libro. Aparecía de cuello y corbata, con el saco abotonado, y a pesar de encontrarse de frente, daba la impresión de ser cargado de hombros. Tenía el pelo corto, casi a lo militar y la nariz ancha y los labios finos, y una expresión de serenidad a todas luces apócrifa. De conjunto la imagen acusaba un menoscabo, diríamos, intrínseco, pues no era eco del tiempo transcurrido desde que fuera impresa —allá por 1910—, sino de la mirada de Georg Trakl, surcada por trazas góticas. Rítzar —claro— trasladaba a la forma de observar la foto más de un prejuicio, lo que conocía —o creía conocer— sobre el poeta narcómano, pero admitía con serena facilidad que Trakl era uno de sus predilectos. Como todo lector maduro —pues no sentía impudicia en considerarse un buen lector— se decía que no hay poetas con destinos radiantes, que de todos los tipos de escritor, es el poeta quien más se sufre en sus libros, quien más se sostiene en ellos, aunque ese apoyo no sea garantía de nada. Tenía además, aproximadamente, la misma edad de Trakl al morir.

Dejó el balcón abierto para capturar un poco de la brisa que regalaban aquellos fines de noviembre, y tomó asiento, dispuesto a releer algunos versos. Reparó por segunda vez en la foto del poeta y calculó que habría sido de hablar pausado y en voz baja, a pesar de lo conocido sobre su debilidad por los estimulantes. En esas estaba cuando sintió el llamado en la puerta.

Era Anazabel, quien anunció después de besarlo que llegaba a tiempo para el té. Lo miraba alegre y a una vez deseosa, y Rítzar, dejando a un lado el libro, pensó en cómo derivan las cosas de un modo tan inexplicable: de la desidia de un rato antes había sido rescatado por una estampa llevada y traída en las calles de Cuba: unos braceros que aprovechan para dormir sobre la comida que transportan, pero fue precisamente ese commonplace el que le afinó el deseo de leer poesía. Finalmente, de la poesía se hizo Anazabel. Se lo representó sintéticamente:

HOMBRE DURMIENTES - GEORG TRAKL - ANAZABEL

y en honor de aquella progresión inesperada volvió a coger el libro y la invitó a sentarse a su lado. Le advirtió que no tenía té, pero que le daría a cambio un buen poema, y ella replicó que entonces brindarían con cerveza. Anazabel extremó una reverencia al sacar las latas del bolso, pero explicó que no estaban frías, que debían tener paciencia.

—Eso te iba a proponer —dijo Rítzar—, paciencia para explicarnos a este poeta.

Continua...