II

Esta fidelidad demanda una ampliación. No basta con poner sinceramente el alma y el talento propios en la obra. Hay que ensanchar el radio de esas potencias. Hoy menos que nunca, introducirnos en su mundo psicológico o en un medio ambiental particular. No vivimos hoy, ni aquí, en reducidos círculos familiares, donde la acción de una novela pueda discurrir, de un modo moroso y cerrado, salvo que, como ocurra sólo excepcionalmente, el novelista se mueva en una atmósfera verdaderamente significativa. Lo más corriente es que el narrador viva su vida al margen de las vetas más ricas de donde debe extraer sus materiales. O bien ocurre, con demasiada frecuencia, que viviendo en esas zonas, se sale de ellas, y va en busca de temas en libros escritos, en el tiempo o en el espacio, o en ambos, a enorme distancia.

Creo que al tocar ese punto ha dado en uno de los nervios más sensibles. Nuestros escritores han padecido, con demasiada frecuencia, el complejo de la inferioridad de lo propio. Les ha faltado casi siempre la humildad de mirar en derredor, y a la menudencia de su propia vida, para ser buenos novelistas. En seguida se han querido remontar o descender a otras capas. Lo suyo propio no les satisfacía, no podían recrearse en él. Esta es tal vez la razón por la cual la América Latina no ha dado, proporcionalmente, muchos grandes novelistas, pues le ha faltado el sosiego y la conformidad consigo misma para ello. Hemos vivido, y vivimos cada vez más, agitados por todas las tormentas y en medio de todas las zozobras, y no hemos creado todavía la técnica novelística que se adapte a este modo de vivir. Habiendo leído a los maestros de la novela europea, queremos enfocar los temas propios con un lente similar, con una técnica similar, con una forma similar. De ahí tantos fracasos en la novela hispanoamericana; que para serlo realmente demanda formas y modalidades locales propias. Cualquiera que haya vivido años en Europa se dará cuenta de que no sólo las experiencias con que el hombre se tropieza más comúnmente son distintas a las nuestras, sino que el hombre mismo es, en la formación temperamental de su espíritu, distinto. Ese hombre ha sido “afinado” de un modo diferente; por tanto, su “sonido” tiene que ser también diferente. Ahora bien, la búsqueda de ese sonido o tono diferencial americano ha conducido frecuentemente a la presentación de un americanismo convencional tan perjudicial y falso como el europeísmo. El problema está para nosotros en buscar un cubanismo standard o supuesto tomado de unas cuantas manifestaciones folklóricas explotadas por la política y el humorismo. El novelista tiene que olvidar todas las convencionalidades locales importadas y adentrarse por sí mismo, solo, limpio, abierto y humilde, por esa isla en gran parte inexplorada desde el punto de vista literario. Esto es necesario, si hemos de comenzar un arte propio desde la raíz, aun a riesgo de descubrir muchos mediterráneos. Al fin, ¿qué es lo que han hecho, en todas partes, los escritores sino descubrir con luz propia lo que otras generaciones habían ya olvidado? Entre las cosas que más daño nos han hecho siempre, hay que contar, creo yo, la pedantería y la declamación, enemigos número uno de todo artista, sobre todo en el campo de la novela.

En Cuba, el novelista en formación tiene un rico y vasto terreno por el que adentrarse en busca de novedades. Se dirá –se ha dicho ya– que hoy resulta poco menos que imposible hallar novedades. Según a lo que se llame novedad. Es posible que los temas, y aun, su desenvolvimiento, hayan sido poco menos que agotados. Pero un tema, en arte, deja ya de ser el mismo cuando aparece con forma, ropa y alma diferente. El hombre es siempre hombre, y sin embargo siempre distinto a sí mismo, según los móviles que lo agiten y el medio en que se mueva. Un hotel pobre de París no es igual a un hotel de la misma categoría en La Habana: los personajes del primero no pueden ser los del segundo; aun cuando buscáramos, intencionalmente, unos tipos exteriormente similares, su comportamiento tendría que ser bien distinto: un mismo argumento, si los personajes, en uno y en otro caso, se portan conforme a sí mismos, daría una obra de arte completamente distinta. Esto, aparte de que los móviles, y los elementos externos que los modifican, no pueden ser los mismos allí que aquí. Lo que en una parte puede ser elemento de primer orden, ocupa en la otra un plano secundario. Lo que en un lado pasa, en el otro puede quedar. Lo que aquí corre, puede volar allí...

De eso venimos a parar a un punto que me interesa destacar: la atmósfera como elemento distintivo y de originalidad en la novela. Una novela, si ha de ser cubana, ha de serlo principalmente por la atmósfera que haya sabido reproducir, artísticamente, el novelista. Y esto es lo que no siempre se ha querido comprender. Salvo en dos o tres casos, los novelistas cubanos no han sabido crear atmósferas. La novela se ha hecho, con demasiada frecuencia, desde el belvedere. No nos hemos tomado el trabajo de descender y mezclarnos con nuestros personajes y ser uno de ellos. O bien, si lo hemos hecho, a la hora de escribir los hemos abandonado por otros menos conocidos y más –¿cómo diré?– más convencionales. Lo verdaderamente propio nos ha parecido siempre inferior, salvo cuando alguien ha tratado de maltratarlo, en cuyo caso lo hemos defendido irritadamente, antes de haberlo amado cotidianamente.

Si partimos del principio de que recrear una atmósfera es ya hacer un arte propio, concluiremos que hay mucho por hacer. Cuba es, posiblemente, el país de Latinoamérica donde existe una mayor riqueza de motivos para la novela. La atmósfera es aquí, contra lo que pudiera parecer, de lo más inquietante, impregnada, como está, de contradicciones, cruces, yuxtaposiciones y esencias dramáticas de todo tipo. La vida cubana está cubierta, aparentemente de una suave capa niveladora, donde se ha querido con frecuencia ver cifrado su carácter. Este es un error en que han incurrido e incurren muchos cubanos, no hablemos ya de los extranjeros. Aprendiéndose esas “cifras”, han creído muchos conocer a Cuba. Más de una vez he oído decir a personas que no habían salido nunca de su país: “Pero, ¿qué novela vas a hacer tú aquí? Sí aquí no pasa nada...” La opinión tenía que ser, para mí, de lo más chocante. Por todo lo que he andado no he visto cosas de tan profunda dramaticidad como las que bien cerca de mí vi pasar en Cuba. ¿A qué se debe, pues, ese querer ignorar el valor y profundidad del propio drama? No es que los cubanos no lo vean: es que no le conceden categoría suficiente; es que, literaria y artísticamente hablando, no se han bajado bastante a observar y sentir los múltiples dramas sociales, psicológicos, religiosos, raciales, culturales, económicos, políticos, que a diario se están produciendo en nuestro alrededor y que, habituados a ellos, terminamos por considerar vulgares e intrascendentes. Nos parece mucho más importante lo que está pasando a muchas millas de distancia más allá del mar.

Solamente en la historia marítima de las Antillas, con Cuba por centro, hay materia para muchos libros de lectura apasionante, que aún están por escribir. Si partiéramos, en la formación de la base emocional de nuestra novela, de la historia entera de la isla, escenario de paso para todas las conquistas ulteriores, y puerto de arribo y lugar de cruce de las grandes corrientes europeas, tendríamos una base mucho más segura que yendo a buscar motivos remotos. La Habana fue, en un tiempo, un punto del eje sobre el cual giró el mundo, otra punta fue Sevilla. La Habana siguió siendo, por siglos, lugar de cita de varias razas, varias culturas, varias religiones, varios modos de vida. Lo es todavía. Ese es su carácter, un carácter que no es superficialmente cosmopolita, sino que se ha ido nutriendo, dramáticamente, de las varias esencias de que está formada. Y si de La Habana pasamos al interior el cuadro varía pero no desmerece. El campo ha sido el tema mejor trabajado por nuestros novelistas. Sin embargo, falta todavía la novela del Ingenio azucarero, con todo el dolor y la dramaticidad que lo rodea.

Continua...