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Novela por hacer*
Este texto está incluido en el libro Órbita de
Lino Novás Calvo, que está preparando Ediciones Unión
Lino Novás Calvo
La novela no ha sido nunca género artístico muy logrado en Cuba. La causa es múltiple; hay motivos de época, de medio, de temperamento, de herencia, de economía, de política, y hasta de composición étnica. Con variación de grados y con limitadas excepciones, es lo mismo que le ha ocurrido a toda Hispanoamérica. Pero esos grados y esas excepciones significan mucho, cuando se piensa, no tanto en la obra hecha, como en la obra posible. La novela podrá ser o no un género agonizante; de hecho, yo creo que cuanto ha inventado el hombre lleva en sí un signo de muerte, pero también de resurrección, o de reencarnación. La novela puede morir, o descender, total o parcialmente; pero también resurgir, con mote y ritmo distintos. ¿Qué importa eso? No estamos aquí para conservar productos que son, como todos los de los hombres, corruptibles. Estamos para crear, con las mismas fuerzas que les dieron vida, otros más o menos idénticos.
Particularmente la novela me ha interesado por muchos años; me interesa hoy más que nunca. La he intentado muchas veces y, con unas pocas excepciones insatisfactorias, he terminado por destruirla antes de que la vieran otros. Esto no se debe a un exceso de autocrítica ni a un prurito o exacerbación literaria. Les ha ocurrido lo mismo a muchos otros, atenazados por una crisis que a todos envuelve. En novela, como en sociedad, nos encontramos con unas formas y motivos que han perdido impulso y vigencia, y que reclaman imperiosamente transformación o muerte: sí, que también se pide la muerte como una liberación de la incertidumbre y de la angustia. ¿Qué hacer? Los materiales y su ordenación que nos han dado (que nos han legado o que hemos pirateado) no nos sirven ya; no los apreciamos, no podemos recrearnos en ellos, terminamos –o empezamos– por restarles valor superlativo, tene¬mos hacia ellos un complejo de inferioridad –de demasiada particularidad– frente a la turbulencia del mundo en que nos sentimos tan pequeños, por razón de verlo tan grande.
Pero esto es generalizar. ¿Qué hay, en particular, de nuestra novela? La respuesta es esta: no hay apenas novela. Hay tres o cuatro escritores con aptitud novelística, y unas breves, esporádicas y desarticuladas muestras de esa aptitud. Nada más. Se dirá con alguna razón que tal ocurre con otras formas del arte. En Cuba, como en casi todos los demás países hispanoamericanos, se ha hecho, artísticamente, poco más que exhibir una capacidad. Apenas el verso –género de improvisación, hecho de breves o grandes fugas–, se ha librado de esta limitación. Como si el empeño de los artistas fuera, principalmente, dejar dicho: “ved lo que podríamos hacer, por esta breve muestra, que apenas, nos han dejado formar a escondidas”. A escondidas, desde luego, del medio y de sus zozobras. Los impulsos tienden primero, a una satisfacción elemental; luego, a una satisfacción de gloria. ¿Y qué gloria, o mérito, puede obtener hoy el artista, si no tiene aún salvada la primera etapa, la de la pura satisfacción material? No hay, pues, novela cubana, aunque haya algunas novelas cubanas muy estimables. Pero no la hay sólo porque falten volúmenes de ese tipo en las librerías. No la hay, principalmente, porque todavía no hemos resuelto qué cosa ha de ser la novela cubana. No hemos resuelto siquiera, qué cosa ha de ser hoy la novela en general. La postguerra ha dado, en todo el mundo, varias formas experimentales de novela; las excepciones, han sido puras continuaciones de formas y motivos preestablecidos, que a pocos satisfacen. En ese experimentar se está todavía. La novela, lo que era típica novela del siglo diecinueve, ha saltado en fragmentos, y esos fragmentos han cobrado formas caprichosas sin unidad ni sentido. Y si esto ocurría en países de civilización propia o bien aclimatada, ¿qué decir de un país cuya principal característica ha sido la de no tener nunca nada suyo propiamente dicho: nada, al menos que haya tenido tiempo de arraigar y formarse plenamente, con independencia de las repetidas y violentas influencias de fuera? Bien está el cambio, las corrientes renovadoras, los cruces culturales; pero el cruce sólo es bueno como elemento vitalizador en un cuerpo demasiado hecho, demasiado nutrido de sí mismo. En Cuba, por el contrario, nada ha tenido tiempo de arraigar suficientemente, como para tomar naturaleza propia; a una oleada ha seguido otra; a una moda otra; a un amo otro; a una crisis, otra; y todo, durante su historia ha sido sustitución más que cruce y fusión verdaderas. No es extraño, pues, que nos hallemos desorientados en cuanto a lo que debe ser la novela cubana.
El mismo término, debe ser, es un punto de partida falso. Por un lado –y creo que el mal se ha dejado sentir en casi todo el hemisferio– se ha querido seguir ciertas normas y motivos trazados por la novela europea. Cada uno seguía la escuela o el autor que más le cuadraba. Se nutría de ellos, vivía en ellos y en su obra, más que en la atmósfera propia. De ahí ese producto híbrido, con nombre y traje local, pero alma y esencia extranjeras. Frente a este defecto –como casi frente a todos– hemos reaccionado yéndonos al otro extremo, a veces tan alejado de la realidad como el primero. A falta de una civilización indígena, de una tradición indígena, que han dado motivo a los que, del mismo modo, han reaccionado en otros países indo-hispano-americanos, nos hemos vuelto al negro, tomando la moda de Francia, donde no hay más negros que los importados... Así surgió nuestro “indigenismo”, por lo general superficial, pintoresco y en algunos casos animado por escritores que tenían muy poco de “indígenas” y que nunca habían vivido, realmente, la vida de la masa negra. Ahora, esa moda está pasando otra vez, como moda al fin, y de nuevo nos encontramos ante la interrogativa: ¿cómo ha de ser el arte cubano? ¿Qué cosa es en realidad, lo esencialmente cubano? Batallando con el género, yo me he hecho muchas veces esa pregunta. Y han acudido, como era natural, múltiples respuestas, que fui desechando una a una, para quedarme en una humildad de concepción que en realidad destruye toda elucubración y deshace el problema para resolverlo. Lo cubano es aquello que cada uno lleva dentro, si se ha formado en Cuba y si ha vivido su medio con alma y cuerpo, vale decir, si en su formación cultural no ha estado desplazado, dividido en sí mismo, con la imaginación, con la atención puesta más allá del horizonte. Esto es, por desdicha, los que les ha ocurrido a muchos escritores de formación escolar. La mayor parte de ellos rompieron, es cierto, con España, pero sólo para caer en Francia y, luego, en los Estados Unidos. Lo cual puede ser fecundo para la ciencia, pero es enteramente estéril y falsificador en el arte. El artista tiene que absorber su mundo tal como se le da, extraer de él, sin filtros, su esencia; vale decir, su ritmo, su color, su conflicto, su sed y su borrachera. Y esta es una escuela muy difícil. Hay que adentrarse en ella por propio amor e impulso, con el alma en blanco dispuesta al sacrificio. Sin embargo, de aquí debemos partir, si hemos de hacerlo de alguna realidad. Nuestro mundo aluviónico tiene su sello en eso mismo, y sería infantil querer someterlo a normas que corresponden a otros. Cualesquiera que sean los elementos de nuestra sociedad, ellos forman la base de nuestro arte, y con ellos tenemos que contar, y a ellos, tal como son, tenemos que acudir para que nos den los materiales a modelar.
La enfermedad básica de nuestra novela está en que, salvo algunas excepciones, o se ha hecho por “control remoto”, es decir, con mensajes recibidos por el cerebro a través del mar, o ha ido premeditadamente, a buscar los motivos locales. En ambos casos, el procedimiento es equivocado; en ninguno de ellos, el artista se produce conforme a sí mismo, conforme al espíritu (la letra importa poco) del ambiente que le corresponde, si es que no ha vivido imaginativamente fuera de ese ambiente. Así, al lado de un escritor que piensa y produce imágenes e ideas europeas y norteamericanas, poniendo lo mejor de su talento y su sensibilidad en un mundo que le es extraño, puede darse aquel otro, que cuando advierte la repercusión de un motivo vernáculo fuera de sus fronteras, se lanza desaforadamente a perseguirlo, a conocerlo, con el ánimo del excavador que busca los restos de una civilización desaparecida.
He dicho que el punto de partida debe ser uno mismo, pero con lealtad hacia uno mismo, y con humildad. Creo que todo tenemos que empezarlo por formas rudimentarias. Por eso, una novela producida hoy en Cuba, aunque sea, conforme a los cánones establecidos, una buena novela, será infecunda si no es, ante todo, una versión sincera, artística (con todo el espacio que se quiera para la imaginación y el talento) de la atmósfera, amplia o reducida que le ha dado alma, ideas, gustos, temple, (temple, sobre todo) al mismo autor. Y por lo mismo, hallamos a veces simples narraciones sin trascendencia, cuadros ligeros o simples manifestaciones esporádicas de arte menor, que nos parecen más trascendentes, desde el punto de vista de la creación necesaria, que los ecos, mejor logrados, de motivos lejanos, o motivos locales traducidos de la lejanía, si no directamente desorbitados o falsificados.
Hay que empezar, en novela –a esto me estoy refiriendo especialmente– a dar los primeros pasos con impulso y dirección propios, ateniéndonos a lo que somos, sin mitos lejanos ni próximos. El mito es enemigo inveterado de todo arte genuino; por lo menos, aquel mito que nos han impuesto desde fuera o que nosotros hemos creado, fríamente, en el laboratorio interior. En general, al arte contemporáneo le sobra mucho cerebro, y le falta mucho sentimiento. Se ha querido hacer un arte sin sentimiento, y se ha creado una vida fantasmal, de laboratorio mágico, como los que a veces nos presenta el cinema. ¿No les ha dicho nada a los escritores el repudio del público por todos esos artificios, esa deshumanización, ese alejamiento de la vida?
Ahora, hay que partir de lo que sea realmente nuestra vida –no aquella que muchos se han empeñado que sea. Hay que verla y sentirla y vivirla y traducirla en arte, sin intervención de elementos aisladores o deformadores extraños. Bien está que el autor deforme, artificiosamente, cuanto crea necesario, pero que sea él quien cree nuevas formas, no que se deje llevar por otros. Tenemos que empezar por balbucir, antes de hablar de dómine. Más ricos que nosotros, en tantos sentidos, los escritores norteamericanos, han hallado en parte su camino propio. Por lo menos, existe el número, aunque reducido, de ellos, que se ha librado totalmente (quiere decir aquí en lo que es dable y saludable) de las escuelas de Europa, sin caer por eso en un localismo rebuscado y desorientado. Nosotros, en cambio, seguimos, de un modo o de otro, escribiendo al dictado. Hasta cuando nos empeñamos en ser “nacionales” escribimos bajo la presión oculta de mitos y prejuicios, creados a veces dentro de las propias fronteras; muchas veces, nuestra tendencia a los extremos, nos lleva a hacer de un contraprejuicio un nuevo prejuicio aún mayor; el resultado es siempre la falsificación, la artificialidad, el que el artista se produce, no como un alma libre y sólo fiel como un eco de los gritos que pasan.
Continua... |