Skizein (Decálogo del Año Cero)
Polina Martínez Shviétsova
En la séptima edición del Premio
Iberoamericano de Cuento Julio
Cortázar ha merecido este galardón la
autora cubana Polina Martínez Shviétsova
por su obra Skizein (Decálogo del año cero).
Este año se presentaron a concurso más
de 300 relatos, en general de satisfactoria
calidad y provenientes de 19 países de
América, Europa y Asia, lo que confirma el
prestigio alcanzado por el certamen. . Este
premio fue creado en homenaje al gran
escritor argentino por iniciativa de quien
fue su compañera,la prestigiosa intelectual
lituana Ugnès Karvelis. Lo coauspician el
Instituto Cubano del Libro, la Casa de las
Américas y la Fundación ALIA.Su presidente
de honor es el escritor Miguel Barnet.
El Jurado, compuesto por la escritora
argentina Liliana Heer,y los escritores cubanos
César López y Alberto Guerra, otorgó
por unanimidad, además del Premio, una
Primera Mención a Sun-Woo de Oliverio
Coelho, de Argentina; y Menciones a La
Diabla en París de Patricia Jiménez López ,
de Cuba, Un lunes cualquiera de Carlos
Alberto Costa, de Argentina, e Isla a mediodía de Anisley Negrín,de Cuba.
Publicamos ahora el cuento que obtuvo
el Premio
1
Cada uno es el ser más distante de sí mismo
Nietzsche
La fórmula del misterio es la locura. Lucidez como proceso de emanación, como flujo de lividez adolescente: soplo del corazón.
La memoria intangible del desierto y una futura letanía al despegar los párpados marchitos, casi inconscientes. Soy yo.
Los textos desfilan entre mis dedos y siento las contorsiones desnudas de la muerte. Estoy al borde de algo, en la cima de nada. La violencia de mi sexo abierto me dobla de risa y de un olor santo, de sementerio y saliva. Estoy viva.
Una terrible llanura sangra en el paladar de mis alegres angustias. Todo adquiere un sonido púrpura, de vísceras mojadas a punto de reventar. Me voy, me vengo.
Mi lengua amordazada por enésimos fracasos todavía resiste: son los estertores del milagro, aún es posible la salvación y la gloria. Estoy loca, pero soy yo. Estamos locos, pero la fórmula de esa locura seguirá siendo siempre un misterio.
2
Esa hora que puede llegar alguna vez fuera de
toda hora,
agujero en la red del tiempo, esa manera de
estar entre,
no por encima o detrás, sino entre...
Cortázar
Hay que ir al aeropuerto. Ir para soñar, para contemplarnos, para despertar o vernos llorar. Llorar porque tomo una cerveza Báltica y estoy rodeada de un hostal de psiquiátricos donde todos se llaman Vlady, aunque ninguno recuerde quién ha sido Lenin. Ni siquiera leído a Lenin. Mucho menos oído pronunciar en ruso las dos sílabas: Lie-nin
Tras la estola y la latica Báltica, me cubro con la resaca y la tautología de ver llegar los vuelos de Londres, Moscú o París. Como si La Habana no fuera ella misma Londres, Moscú y París.
Hay que llorar en los aeropuertos. Llorar ante las puertas automáticas de vidrio opaco y las escaleras eléctricas sin baterías de sol. Hay que llorar con la policía de aduana, abriendo las maletas repletas de DHL a nombre de Dios o acaso de la Revolución Mundial. ¿Para qué vine hoy?
Los días son túneles por donde el tiempo abriga los tormentos que se quedan fuera del reloj. En el cielo se intuye otro avión. Un rugido de IL-62 o de MIG-15: son miles, millones; son moscas, abejorros barzuk: este es un país de mamíferos aéreos. Semejante ingravidez sólo la viven los que habitan en un aeropuerto, como yo. Los nómadas de la stalinofilia y toda esa mierda perestroika del corazón. Punto de inicio.
La mujer de los altavoces gime la llegada o partida del próximo avión. El volumen de sus lágrimas se conecta con los decibeles apátridas de mi identidad y sus tres raíces Marchenko: estatales, familiares y profesionales. ¿Cómo iluminarme con tantos circuitos integrados en la página en blanco de mi cerebro? ¿Cuáles cuatro tipos de deudas aún me debo a mí misma antes de empezar a ascender? Punto y seguido.
Cuando salen las maletas, una viene soltando plumas de kolokol por la esterilla. Yo sé. Yo soy Dios, soy Vladimir sin Iliushin-62. Soy una Revolucioncita Mundial piloteada por quince MIGS. Ese paquete de plumas viene cargado con infinitas e ínfimas alas de kolokol, el pájaro mudo de la Siberia: la mejor música es su silencio. Esa maleta es un contrabando. La madrecita patria rusa que quiere emigrar de la Nueva Rusia y aterrizar otra vez aquí. Como en los ochenta. En la misma olla de presión termonuclear.
Por cierto, aquí en el aeropuerto no existe el océano. O queda muy lejos, demasiado lejos para oír su rumor por los altavoces. Aquí todo es vidrio y fórmica y metal, y se derrama en la dureza de mis insomnios, mis anaqueles llenos de pasaportes con permisos muertos del PCUS. El aeropuerto es un carnaval de poderosas máscaras con visado de la CCCP: el relieve de un logaritmo rizomáticamente posnacional. Punto y aparte.
Por eso es imprescindible venir todos los días aquí. Venirse. Ir al aeropuerto no es sólo tomar una cerveza Báltica, sino ver por cuál entrada o exit te llega o se te escapa la FÉ.
Tras vaciar la lata y jugar con los cigarrillos conservo sólo un mareo: mareas del logos, vallas publicitarias de nuestra doctrina. Pienso en cómo despejar, en cómo despertar. En disipar la psiquis que me amarra por los ojos con una inercia terminal. Me persigno a lo ortodoxo y me atrevo a dejar fluir otra lágrima. Genial, cursi o estúpidamente pienso:
–¿Qué es tener cuerpo, qué es ser un cuerpo? ¿Quién deambula con un candelabro buscando alguna certeza en este país?
Atrapada en ciclos retóricos, en este punto de mi delirio sé que debo sacar por lo menos un destello de tanta tonta estupidez. Cualquier cosa. Una palabra, una mala traducción. Un alumbramiento en el risco de los lamentos. Enzimas bacteriostáticas de mis glándulas lacrimales. Vender ofensas o comprar neuronas: pena, dinero, movimiento, comida, silencio, objetos, pensamiento y ropaje. Todo mezclado: tal es el ideal de la roca vidrio y la piedra coral.
Hay que ir al aeropuerto para recibir y donar imaginación. Hay que ir para represar lagunas mentales: sueño que se eleva y pesadilla que cae en medio del cansancio y la tradición. Punto final.
Mi discurso se detiene. Oigo mi nombre por los altavoces. De pronto una mujer me llama por mis seudónimos de guerra en tiempos de paz:
–¡Loxandra Shviétsova! ¡VeraMarttini!
Después silabea mi nombre completo de religión:
–¡Marousha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovitch!
Y aún otra me grita simplemente:
–¡Orlando Woolf!
Todos los días esa voz de mujer fañosa me busca aquí. El aeropuerto soy yo. Ella es mi FE. Pero al final nunca hay alas ni piernas postizas para mi simulacro. Yo tampoco entiendo.
Nadie me envía nada de contrabando. O me lo decomisan los peritos de aduana con sus perros de olfato Web. De manera que, entre abrazos y carteles y banderitas y gorras, me subo en la mesita de plástico, doy un grito y salto. Entonces abandono la lata seca de Báltica y el paquete de cigarrillos todavía sin estrenar. Y me retiro en paz del padrecito Aeropuerto Internacional.
3
Dos espejos se iluminan mutuamente
Zen
Frente al espejo, jugar con la cera derretida de la noche mientras mis manos sueñan con la esperma muda de un hombre. Percatarse de sus agudos bufidos en la oscuridad, el perfil doble que de repente acrecienta mi tristeza bilingüe. Símbolos que colapsan, reflexión y defecto óptico. Desenfocada luz de los bosques urbanos, cera inderretible en los siete brazos del candelabro: cero cósmico, libro lúbrico, vaina horizontal que engendra al desierto, vagina virgen, concha desconchada. Mi colcha es un océano seco y me masturbo entre espumarajos de vómito etílico y sangre azul. Me revuelvo como una niña que gime, golondrina en los brazos del Hombre Nuevo o los Hermanos Mayores o el Viejo Dios. Sobrevivir a ninguna época, sin un sólo lector. Se llama escritura angélica y practicarla puede ser infernal.
4
El conocimiento de las cosas se adquiere gracias a
su apariencia,
pero el corazón es el que refleja la conciencia de la
realidad
Lin Hsieh
Antes de que caiga la sangre y vuelen las palomas, me sumerjo en ciertas ideas inciertas como en unos zapatos rotos o en la válvula tupida de un motor Aeroflot. Vacío coagulado a veinte mil pies de altitud.
Me siento zombi y sin argumento. No hay puentes en el camino, sólo túneles. Los ladrillos caídos del muro de Berlín ahora son pisapapeles en horario de oficina. La sangre heroica devino infecunda o, mejor aún, indigestión de viceministros que comen langosta y toman Bucanero Max. Me miro. Tengo las suelas rotas y los labios tristes. Me duele un cordal, el 28 (es mi edad). Ando a pie, a la deriva entre en La Cinemateca y el Muelle de Luz, donde una lanchita del Estado me lleva al otro lado del mar.
Es Regla, refugio de bucaneros. Me asomo a la iglesia. El altar es horrible, pero en la geometría de su madonna santera descubro trazos plagiados de la virgen de Kazan. Las casas tienen aquí tejas y tragaluces, monumentos sobremurientes de dos y tres siglos atrás. El adoquinaje de los callejones se me hace irresistible y brutal.
–Recupérate –me digo con cada pisada–: Recupera el camino y ama tanto al prójimo como a tu poesía, como al exilio de tus errancias, como a la inverosímil lluvia que aún no cayó.
Todo a mí alrededor gira y se teje en una telaraña subiluminada por las farolas del tiempo español. La escenografía impone una estilística macabra, una sicopatología moribunda del ser colonial. Necesito un primer mundo propio, aquí mismo, en Regla, en América. Necedad de la necesidad: supongo este sea mi desatino.
Me interno loma arriba hasta la Colina Lenin, que ahora mismo funciona como mi destino de turista local. Voy pensando en el peor título de Margarite Yourcenar: Peregrina y Extranjera. Me hubiera gustado nombrar yo mi libro así. Siempre estoy tarde. Todo gira en torno a una cita que nos falta o que ignoraremos hasta que nos toque morir: somos esa carencia, esa tangencialidad. Empezando por la falta de energía en forma de dinero, único antídoto contra el veneno represivo del tejido megaindustrial y de la familia.
Por supuesto, no entiendo nada pues no hay nada que comprender.
Llego a casa del Blackie. Me lo topo cocinando con leña en pleno siglo XXI, casi en la base de la Colina. No me esperaba. Se disculpa. Lo noto nervioso como si yo lo fuera a morder.
La conversación gira en torno a los mails, a un documental casi infantil sobre el rock en Cuba, al peligro de mirar más de tres horas seguidas cualquier canal de la 3D-visión.
Mi cabeza me late como un baile de diez gigawatts. Pido café y el Blackie me lleva hasta la casa de una vecina que lo vende en su propia sala. Allí un joven negro también saborea su tacita plástica mientras gesticula siniestramente y no para de hablar:
–Me he tomado un akinatón, un paco egipcio, dos valerianas, estoy despacha'o y llevo tres días sin saber de mí.
Y después
:
–¡Hay que salir del país! ¡Búsquense un aeropuerto! Yo soy demasiado negro para que me dejen pasar, pero ustedes, rusitos –y nos señalaba al Blackie y a mí–, ¡búsquense un aeropuerto para que puedan fastear!
Y aún después, siempre a punto de sorber el último buche:
–Yo soy obrero metalúrgico, hijo de obreros metalúrgicos, y me voy a construir un tenedor. Que los yanquis crean que es un nuevo tipo de arma de fabricación nacional. Que me dejen en paz a mí. ¡Yo soy yo y no como gallina blanca! La Base Naval está infestada de tiburones y Bush va a tener que contratar a los del partido Greenpeace. ¡Firmen la paz, rusitos, y habrá vía libre para la libertad!
Entrego mi taza plástica sin tragarme ni el primer buchito de aquel café. Igual sabía a rayo, supongo, a política internacional, a humo de leña, a fumigación de mosquitos, a flavivirus de RNA, a flan de calabaza hecho con Spirulina, Polivit y Bio-3.
Me despido del Blackie, de su vecina y del negrito joven, que ya se retira con su retórica rota de pregón: vende de todo, desde fideos hasta piezas de IL-62. Pienso en un libro de humor: Erasmo de la locura ó Elogio de Rotterdam. Pienso que fue escrito por un cubano a medio camino entre la Reforma y la Restauración. Por algo La Habana ha sido una y mil veces Rotterdam, capital de la amable insania universal.
Salgo un poco aturdida y retrocedo loma abajo hacia la bahía. Atrás queda la iglesuca y una plaza con campanas, cañones y una estatua ecuestre de algún general.
Marco en la cola de la lanchita. Me gustaría masticar ahora el sabor salobre de lo foráneo. Oler la carne chamuscada en la purificación de las hogueras. Inhalar un par de bocanadas de hashish. Ser una extraña barbie, sin amigos y sin comprador. Que las estrellas se desangren sobre los ladrillos remanentes de la muralla de Berlín, salpicando las heces de las palomas. Que la ciudad se abra y me trague, como en una telenovela de época o el peor poema de Pinera, con mis zapatos de suelas rotas pero todavía de importación.
Desemboco otra vez en el Muelle de Luz y entonces reparo en que no he hecho nada. Ni siquiera me he arrodillado en la Colina Lenin para rezar. No estuve allí. Tal vez todo ha sido un sueño demasiado irreal para no ser verdad. Ahora soy un flash de Iluminación.