
Estoy en contra de todo tipo de precepto
(Conversación con Ernesto Pérez Chang)
Marilyn Bobes
Con el semblante dulce y levemente socarrón de sus antepasados asiáticos, Ernesto Pérez Chang (La Habana, 1971) es uno de los escritores jóvenes más originales y apartados (temática y estilísticamente) de los tópicos más recurrentes de la literatura cubana de este minuto.
Pérez Chang cuenta en su currículum con premios tan codiciados para los autores inéditos como el David o aquel al que han aspirado autores hispanoamericanos de todas las generaciones: el Julio Cortázar.
Lo caracteriza ese modo paródico de diferentes registros clásicos con cierta inclinación al grotesco que Alejo Carpentier señalara como identificativo del barroco americano, lo que no impide que de sus textos y sus conversaciones emane también un inteligente sentido del humor.
Valiente y polémico, une al oficio de narrador el de editor, y su falta de afiliación a grupitos o “piñas” literarias no es obstáculo para que cuente con un numeroso grupo de amigos y admiradores entre los que no vacilo en incluirme.
La Letra del Escriba me da ahora la oportunidad de compartir con él este diálogo que, estoy segura, despertará el interés de todos los que gustan de ese toque de ingenio que casi siempre acompaña a los talentos más avispados. Agradezco esta oportunidad y los invito a acompañar esta especie de complicidad que siempre es una entrevista: el retrato de un escritor que ya no es un adolescente pero que conserva los rasgos más cálidos de esa etapa de búsquedas y desafíos que debería permanecer intacta en cada ser humano, sobre todo si se trata, como es el caso, de un verdadero artista.
Ernesto, ¿qué te identifica y qué te distancia de los escritores que te son contemporáneos?
Aunque en un rapto de locura y omnipotencia deseara hacerlo, resulta imposible leer a todos los escritores que me son contemporáneos. He leído con atención sólo a unos pocos y en el par de lenguas que a duras penas creo dominar. Hay un universo literario que me es ajeno, desconocido, lo cual pudiera ser muy saludable. Lo que debiera ser –y de hecho lo es– un conjunto plural, en mi lectura personal, vaga, defectuosa y torpe es una maleza de nombres ruidosos y textos babélicos. Si te refieres a mis contemporáneos cubanos, mi respuesta es similar. Me he deleitado con los títulos de muchas cubiertas, he repasado un centenar de lomos y solapas, casi un millar de primeras y últimas líneas, pero tal ejercicio no mueve en mí la más remota idea de la distancia o la cercanía que guardo con el enjambre. En cuestiones de lectura me gusta ir al seguro. Si el libro no me convence o me “inquieta” –como diría mi amigo Leopoldo Mesa– desde el inicio, lo aparto. Durante este ejercicio he descubierto algunos autores que más tarde, o de inmediato, o han subvertido mi idea de la literatura o me han reafirmado en mi viejo concepto donde el placer de contar es lo primero. He aquí un rasgo que me atribuyo y que tal vez no poseo, y entonces sería el “displacer” lo que me define junto a unos cuantos aburridos que digo detestar. Por otro lado, no pudiera afirmar –como han dicho algunos críticos– que la parodia y el juego con los cánones tradicionales definan mi narrativa porque estoy casi convencido de que son rasgos que delinean todo el concepto de literatura tal como la concebimos en el mundo occidental. Mira, sí, tal vez una postura me identifique con el grupo: creer ingenuamente que algo como la literatura puede salvarnos.
¿Qué prefieres, el cuento o la novela? ¿Cómo definirías cada uno de estos géneros?
Creo que mis cuatro libros de cuentos y mi única novela responden a tu pregunta. Sin embargo, en esos libros hay relatos que pudieran ser considerados como noveletas: Los fantasmas de Sade y Revelaciones en la basura, por ejemplo. Mi única novela pudiera ser vista como una maraña de cuentos dislocados. Creo que en verdad no es más que eso. En Variaciones para ágrafos, la última pieza es una versión reducida de la novela. En Tus ojos frente a la nada… se re-crea la fábula de Últimas fotos de mamá desnuda. Son variaciones, como lo indica el título. Todo lo que escribo son variaciones sobre un mismo tema… pero lo que sucede es que aún no sé cuál es el tema. Cuando lo encuentre, prometo que escribiré un tratado filosófico sobre la condición humana.
Creo que con la segunda parte de la pregunta pretendes convertirme en un teórico y en esa trampa no voy a caer. A estas alturas del milenio creo que a nadie le importan las definiciones y mucho menos las mías. Estoy en contra de todo tipo de precepto, contra todo tipo de escuela. Aunque debo confesar que hay algunas que me fascinan, sobre todo aquellas que resultan más “atacables” puesto que te proporcionan el placer de la discordia. Basta con que alguien te diga: “esto no se puede” para que se invente un gustoso contrario. ¿No crees que toda la buena literatura se haya generado en ese punto de conflicto? Me gustaría poder decir ahora que el cuento es esto y la novela aquello pero te prometo que en una próxima entrevista me aventuraré con un decálogo para cada uno. Con lo cual no obligaré a nadie a que me estudie en los talleres de técnicas narrativas.
Recientemente acabas de ser nombrado jefe de redacción de la revista Unión, ¿cuáles son tus ideas para revitalizar esta publicación?
Ahora me dispongo a hacer como el que pide tres deseos, pero trataré de concentrar mis energías en uno solo: hacer que los lectores olviden eso de que “Unión ni se rinde ni se vende”. Una revista existe porque es necesaria. Fijémonos en que a pesar de que lleva casi un año sin salir, los lectores continúan preguntando por ella. Unión les proveía de una información que pocas publicaciones cubanas están dispuestas a asumir por el riesgo de transformarse en un instrumento exclusivo para especialistas. Nuestro espectro es tan amplio como un antibiótico de última generación y a la vez muy exigente con la calidad de los trabajos y con la profundidad de los análisis. Nuestra política editorial no pretende variar ese perfil que la ha definido por años, hoy nuestra responsabilidad es hacerla circular con la regularidad que perdió por diversas circunstancias e insertarla nuevamente en los debates desde la polémica y el dinamismo que la caracterizaron.
Tengo entendido que para un próximo número de Unión preparas un dossier sobre literatura escrita por mujeres. ¿Por qué este interés? ¿Qué piensas de tus colegas femeninas?
Creo que ya pocos dudan de una idea como esta: las mujeres conciben el texto literario de una manera diferente al hombre. No es que seamos especies desiguales con grados de inteligencia desemejantes (aunque confieso que hay momento en que me gustaría que fuese así), pero lo cierto es que hay marcas que van mucho más allá de cualquier atributo que los que tradicionalmente –y desde posturas decimonónicas– le hemos adjudicado al género. En Cuba una ola de nombres, títulos y premios nos advierten de que estamos viviendo una revolución en la literatura. Hay escritores que de manera absurda hasta se sienten amenazados y emplean la burla como antídoto. Lo evidente es que con el discurso femenino la literatura cubana, en los últimos años, se ha visto renovada con temas y perspectivas que probablemente jamás hubiesen llegado a la página de la mano de un hombre. Hay temas que parecían agotados y han venido las narradoras a proyectar sus voces desde un ángulo donde la sonoridad es fascinante. Ya el texto femenino no es la excepción de una regla, la mueca del bicho raro. Las escritoras han dejado de ser la mujer barbuda del circo y ya no se conforman con narrar a la sombra de una pérgola y sobre la comodidad de quince enaguas. Quiero, entonces, llenar un número con esas disonancias. Sé que hay antologías y proyectos muy parecidos, que todo apunta hacia una especie de moda pero ¿cuánto es lo suficiente? |