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II
Marlon escucha una conversación entre sus padres. Fue el primero en tirarse de la cama. Su hermana aún debe estar bajo los efectos del llanto. Es su madre quien habla. Siempre es ella. Como si se la pasara pensando en todo. Su padre se ha dedicado toda la vida a asentir, o a marcharse. Por eso nunca pregunta por él. Mira a su padre mover la cabeza afirmativamente, cuando su madre le dice que hay que ir pensando en separar a los niños de cuarto, porque no es bueno que Lili crezca ante los ojos de su hermano. Eso da miedo, no al punto de orinarse en los pantalones pero sí asusta un poco y también hace nacer una rabia de quién sabe dónde, que uno quiere controlar, pero no puede, como al fuego. Marlon no entiende a su madre. Se ha empeñado mil veces en hacerlo y no lo consigue. Como si no se conociera a Lili de memoria. Es preferible buscar algo que hacer para no pensar en eso: salir a la calle, conquistar niños con el fuego, manosear el poder.
Afuera están los jimaguas aburridos. Ya jugaron pelota. Ya empinaron papalotes. Ya comieron tamarindos a la sombra. Ya se cansaron de los trompos y las bolas. Y ahora llega Marlon con su fuego a convidarlos a quemar papeles, pero en otro lugar que no sea el parque, donde nadie venga a regañarlos. El cuarto de desahogo esta bien. Allí prenden los papeles con un chorro de luzbrillante y se sientan a contemplarlos. De vez en cuando intercambian miradas maliciosas, entre ellos, un jimagua con otro, porque la mirada de Marlon nunca deja de ser fría. Espera el enternecimiento de los otros para aguzarse, hacerse tan fina como un punzón, entrarle por los ojos a los jimaguas y llegarle a invadir las cabezas con palabras dulces y sutiles órdenes. Palabras como amor y sacrificio. Órdenes como dejarse lamer por las llamas.
–Eso es mucho –dicen ellos–. Eso da miedo, nos podemos quemar.
Marlon quiere ver quemaduras reales. Esta harto de los papeles. Sentir el crujir de la piel chamuscada, su olor. Y ¿qué es para ellos la punta de un dedo? Estos jimaguas son unos pendejos. Primero ceden, confían en las palabras de Marlon y acercan el índice a las llamas, y luego se asustan, dicen que eso arde, que tendrían que soportar unas curas horrorosas y untarse pasta dental, o ponerse hielo, y que perderían en las bolas o los trompos. Si hay una cosa que Marlon no soporte es estar rodeado de miedosos, que no aguanten ni siquiera un simple beso caliente. El sí no tiene miedo. Prometió y automáticamente dejó de sentirlo. Acerca su dedo al fuego hasta rozarlo y lo retira en silencio, como si le hubieran cortado la lengua de un tajo. Los jimaguas lo miran asombrados, se levantan, dicen que está loco y que eso le pasa por andar con locos, porque la locura se contagia, y se van a retomar sus juegos, y a aburrirse como siempre. Marlon deja salir las lágrimas retenidas y corre a buscar hielo o pasta dental.
–Las cosas no salieron como yo pensaba. Los jimaguas no me hicieron caso.
–Dame acá ese dedo, te lo voy a curar y a vendártelo.
–¿Por que no me dijo que el poder es tan corto, que un día lo tienes y al otro ya no?
–Mira para eso, que quemadura más fea. Hay cosas que tienes que aprender por ti mismo, Marlon boy, de nada vale que te las digan, igual no escucharías.
–Era como si les estuviera hablando en chino.
–Esta pomada te la debes echar luego del baño y te envuelves el dedo en gasa.
–Me llamaron loco.
–Listo.
–La gente esta ciega, como las vacas.
–Ciega, pero te lo advertí, que el poder era peligroso y podía quemarte incluso a ti.
–¿Sabe una cosa? No me arrepiento. Así se enteran de lo que soy capaz.
–Tú eres capaz de muchas cosas, Marlon boy. Yo nunca lo he dudado.
–Dígame algo, ¿cómo puedo hacer para llegar a donde usted ha llegado?
–Yo no he llegado a ninguna parte, Marlon boy, qué cosas se te ocurren…
–Sí que lo ha hecho. Yo sé que la gente lo llama loco, pero no se lo creen. En el fondo le tienen miedo. Enséñeme a mí. Enséñeme a dar miedo.
–Ah, Marlon boy, hubieras tenido que conocer a ese hombre de mi juventud y a su hija…
Marlon va a su cuarto a buscar más papeles. Es hora de emborracharse solo. De prestar atención a todo cuánto el fuego tenga que decir. Su mamá esta limpiando la casa. El piso mojado rechina bajo sus pies descalzos, y el humo asciende. De andar tanto con fuego ya se ha hecho de fuego. La madre grita. Detesta que le pisen lo mojado. Ya no sabe qué hacer con ese muchacho. Tiene ganas de que crezca y le llegue el servicio militar, para que aprenda qué es disciplina y se haga un hombre. Pero Marlon no se entera de lo que ella piensa o dice, solo tiene oídos para la voz del fuego. ¿Qué habrá querido decir con sensual?
Lili está desnuda ante la luna del espejo del escaparate. Ve a Marlon entrar a través del cristal. No hace por cubrirse. No le dice nada. No aparta la mirada del vidrio. Sus ojos se encuentran y es como si se miraran desde universos diferentes. Al otro lado del espejo todo está lejos, muy lejos…
Marlon demora un segundo la vista sobre el cuerpo de la niña, menudo y larguirucho como una habichuela. Luego va y revuelca una gaveta, eligiendo los mejores papeles. Lili continúa escrutándose como si nada. Mira a Marlon mientras lo hace, pero él se ha cuidado de concentrarse en lo suyo, tomar los papeles y salir por donde mismo entró, no sin antes decirle sin mirarla, con la mano ya acomodada en el llavín de la puerta, que se deje de payasadas, que con eso no conseguirá nada, y que se ponga ropa. Aunque, para el fuego da igual con ropa o sin ella.
Marlon apila los papeles y los prende. Espera y sopla, y se queda quieto, sin respirar, sin hacer ruido; pero solo se oye el crepitar de siempre, los latidos agitados del corazón de Marlon, los ruidos de la ciudad ya un poco más lejanos. No obstante, se acomoda en el suelo con su brazo de almohada, mira al fuego directo a los ojos, presiente que casi está por decírselo. Es algo importante, privado, algo únicamente para él. Desde abajo, luce sobredimensionada la pequeña hoguera, el calor que despide llega a los huesos. Huele a hogar ahí, donde se está caliente como cuando mamá sube la colcha hasta la garganta. Podría quedarse dormido. Y en ese instante en que los parpados se hacen más pesados, se acuerda de su tío cuando se quedó dormido con el cigarro en la mano. La habitación brillaba igual que una bombilla, al haberse adueñado el fuego del respaldo de la cama, y el humo formó una cortina similar a la que comienza a tejerse alrededor de Marlon, y hace que los ojos le lloren y el sueño se haga irresistible. Se dejaría arrastrar si no estuviera tan decepcionado, por tener los oídos tupidos y no poder escuchar al fuego cuando habla, cuando le envía miles de señales indescifrables para él, que es solo un niño, ¿cómo va a saber qué hacer con el poder?
–Qué bueno que viniste, Marlon boy, ayúdame a llenar este tanque de aserrín.
–Eso sí que va a arder bien.
–Eso espero, Marlon boy, eso espero.
–¿Es verdad que oye su voz?
–Desgraciadamente.
–¿Y por que yo no puedo? Hoy encendí una fogata y me senté a escucharla pero no me dijo nada. Luego me dio sueño y casi me duermo. Entonces empezó a crecer y la peste a humo era mucha. Tuve que salir corriendo a buscar a alguien que me ayudara a apagarla.
–Si te habló, Marlon boy. Te dijo: si te duermes eres mío. Lo que tú no supiste escuchar. Hiciste bien.
–Me castigaron, pero me fugué para venir a decírselo.
–No saben lo que hacen. Ahora atiéndeme bien, Marlon boy, aquí tienes mi álbum de recortes, quiero que te lo quedes y lo guardes. Casi todas son fotos de ella y alguna que otra noticia del incendio. ¿Prometes que lo cuidarás?
–No sé…, yo…
–Mejor no prometas nada. No es justo obligarte así. Haz con él lo que tengas que hacer y ayúdame a meterme ahí dentro.
–¿Qué esta haciendo?
–Ya verás, hijo mío. Toma esto. Prende un fósforo cuando yo te diga y aléjate, vete de aquí y no vuelvas.
–¿Quiere que encienda el aserrín con usted dentro?
–Si, hijo mío, que lo enciendas y te vayas. Ahora tienes el poder en la mano, el verdadero, úsalo, no tengas miedo.
La luz del cuarto apagada. Lili duerme. No siente a su hermano entrar y meterse en su cama, bajo la misma sábana, con el pelo oliéndole a humo. Su madre se pondrá furiosa si se le pega ese olor a las sabanas. La niña se levanta con sobresalto y vuelve a acostarse al descubrir a Marlon. Le hace espacio. Percibe su calor, el olor de su pelo, piensa en el fuego y en su madre. Es un pensamiento pasajero, enseguida le pregunta Marlon por la promesa. Todavía no cree que haya vuelto a ella.
–No se cumplió –responde Marlon.
–Ya no temas, yo estoy aquí.
–Oí su voz al fin, Lili. Me dijo que tendría que haber conocido a ese hombre de su juventud para ser como él y creo que ya lo conocí.
–¿Qué hombre?
–Me dejó el álbum con todos los recortes y lo tiré al fuego. Lo estuve hojeando. Si vieras como ella se parecía a ti.
–¿Ella, quién? Ay, Marlon no hables así que me das miedo.
–¿De verdad?
–Si, siempre me has dado miedo, pero ahora más.
–Abrázame duro, Lili.
–Marlon, estás temblando. |