Diez cajas de fósforos

Anisley Negrín

 

Anisley Negrín Ruiz (Santa Clara, 1981). Narradora. Licenciada en Derecho. Ha obtenido varios premios literarios, entre los que destacan, en 2006, la Beca de Creación El Caballo de Coral, que otorga el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y el Premio Nacional de Cuento Fotuto; y en 2007, el Premio de Minicuentos La Casa Tomada y el Premio del Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios. El relato que publicamos pertenece a su libro Diez cajas de fósforos, que mereció el Premio David 2008.


Como una voz, no lejos de la noche, arde el fuego más exacto.
Alejandra Pizarnik

Una pedrada al cristal de una ventana. La dueña de la casa se asoma, maldice, da un portazo, y un perro hunde su cabeza en las entrañas de la basura. Es un buen día para jugar con fuego –Marlon raya un fósforo y lo acerca a un bulto de papel periódico. Su madre no lo vio salir. Le habían roto una ventana.

Los periódicos arden fácil y llaman la atención. Cuanto chiquillo pasa por ahí va a ver la pequeña hoguera de Marlon. Los que se quedan la avivan soplando, la protegen del viento con improvisadas cortinas de cartón y hasta alimentan las llamas con hojas secas. Sentados en coro, ven a las llamas dibujar figuras en el aire. El calor que despiden enciende los rostros y los hace semejantes.

La hermana de Marlon baila suiza en la acera. No aguanta las madres histéricas que se halan los pelos ante una ventana rota. Ve los rostros absortos y también se acerca. Pregunta: ¿qué están quemando?, pero nadie contesta. Un niño la echa: vete de aquí, estas son cosas de hombres. Y ella sonríe. Como si nunca hubieran visto el fuego. Marlon se fija en cada rostro. Como su hermana, el también está por encima de esas cosas.

Toma un puñado de tierra y lo arroja a las llamas, que menguan hasta hacerse cenizas, briznas negras de papel que vuelan libres y se meten en las casas, para que las mujeres pongan el grito en el cielo. Nada es más temido en las tardes de domingo, luego de limpia la casa, que las briznas de papel achicharrado tiznando el suelo y las ropas.

Los niños reaccionan, protestan, se largan. Marlon se queda limpiando el lugar. Tuvo suerte de que el guardaparques no apareciera por todo eso. Le hubiera echado arriba la policía, aunque fuera para asustarlo. Pero Marlon prometió no sentir más miedo. Lo hizo como se hacen las promesas, a cambio de algún sacrificio. Lo que más podría dolerle: no volver a dormir con su hermana. Eso.

–Vaya, Marlon boy vino a visitar a este loco.
–Usted no es ningún loco y lo sabe.
–Pero la gente no.
–La gente esta ciega, como las vacas. Las he visto caer en los pantanos por decenas. Solo ven el pasto.
–¿De veras lo crees Marlon boy, que no estoy loco?
–De veras.
–Que dulce, Marlon boy. Pero mira, que sea nuestro secreto. Deja que las vacas sigan cayendo en los pantanos.
–Hoy lo hice, comprobé lo que me dijo del fuego.
–Ah, ¿sí?
–Sí. Caían como moscas y se quedaban bobos mirando arder los papeles. Me sentí poderoso.
–Ten cuidado con el poder, Marlon boy, puede quemarte a ti también.
–Hubo un momento en que hasta yo me sentí atraído. Si no llega a ser por mi hermana que vino a molestar.
–El autocontrol, Marlon boy, no lo olvides. Puedes dominarte. Mírame a mí, todos los días me veo tentado a hacerlo. El fuego me llama. No deja de hacerlo. Y si oyeras su voz, es tan sensual. Pero todos los días digo no y me pongo a hacer otra cosa.
–Tengo que irme. Ya mi mama me debe andar buscando.
–Ah, está bien, ve, anda. Y recuerda, Marlon boy, no lo escuches.

La niña aún baila suiza en la acera. Ve a su hermano desde lejos y llama a su madre. La mujer lo descubre enseguida, con su andar de niño que regresa a casa como si nunca se hubiera ido. Desde ya piensa en un buen castigo. La niña sonríe al descubrir la venganza en el rostro de su madre.
–Hoy te irás a la cama sin comer –le dice cuando lo tiene a mano, e intenta agarrarlo del cuello de la camisa.
Pero Marlon sabe todo sobre el fuego, incluso cómo esquivarlo. Se mete en su cuarto sin chistar, seguido de ella, que insiste en sacarle al niño una protesta, una lágrima. Con eso se contentaría. Pero es como si Marlon estuviera seco, así que se va a poner un plato de menos en la mesa.
–¡Lili, la comida esta lista! –grita a la niña, que todavía se entretiene con la suiza un rato más, esperando el segundo grito de su madre, el de verdadera desesperación, para ir a sentarse y servirse un buen plato que sea la sorpresa de todos y la dejen tranquila en recompensa.
Lili lleva su plato a la cocina, mira lo que quedó sobre el fogón y luego a la puerta, a ver si viene alguien. Hay un poco de dulce de leche refrescándose en un platón de aluminio. A su hermano el dulce de leche lo vuelve loco.
Marlon se entretiene encendiendo y apagando fósforos sentado sobre la cama. Los castigos no significan nada cuando uno se acostumbra al fuego. El fuego enseña a soportarlo todo, y deja marcas indelebles en la piel, las marcas de su amor. Las cosas buenas se parecen al fuego, también dejan marcas, aunque no se vean; cosas como el dulce de leche que se toma de las manos de una hermana y se devora hasta las últimas migas.
–No debiste hacerme eso. No debiste.
–Tuve que hacerlo. Una promesa es una promesa.
–¿Cómo te las vas a arreglar ahora con el miedo a la oscuridad?
–Para eso lo hice. Ya no voy a sentir más miedo.
–¿Y qué me hago con el mío?
–Arréglatelas como puedas.
–No debiste hacerlo.
–Duérmete, no te pongas a llorar ahora que me quitas el sueño.
–Jódete. Te lo mereces. Voy a llorar toda la noche.
La noche es larga para Marlon. La noche son diez cajas de fósforos. Hay algo de fresco afuera, el necesario para avivar las llamas de una pequeña hoguera. Marlon echa mano a una libreta de la escuela y salta por la ventana, con los fósforos en el bolsillo del short. Las hojas de libreta no son tan buenas como las de periódico, pero resuelven. Pasa de largo el parque. Si no se comparte el fuego es como emborracharse solo. Marlon sospecha que se marearía con unos pocos tragos.

–¿Eres tú, Marlon boy?
–Sí.
–Entra, vamos a calentarnos.
–No puedo dormir sin ella.
–Ah, yo estaba aquí leyendo mis periódicos, pegando mis recortes en un álbum. Es increíble lo poco que somos ante él. Todo arde, Marlon boy, las sabanas, los sueños, ella, este álbum, todo. ¿Sabes qué, Marlon boy? Te voy a contar una historia…
–¿Qué historia?
–…en mi juventud conocí a un hombre y a su hija. Ella tendría unos cinco años, él trabajaba como soldador en una fábrica de calderas. Cuando regresaba a la casa se ponía a armar fuegos artificiales. Le pagaban bien en épocas de carnavales. ¿Tú vas a los carnavales?...
–Sí.
–…de seguro te has quedado mirando como estallan los fuegos en el cielo, ¿verdad?...
–Sí. –…ah, pues este hombre los hacía de todos tipos. Era un maestro. El dinerito que ganaba era para ella, su hija. ¿Para quién si no? Una mujer iba y la recogía en la escuela, la cuidaba hasta que él llegara de la fábrica. Y lo disfrutaba, el muy condenado lo disfrutaba. Morteros, petardos, voladores; todos explotaban diferente. Un verdadero artista y su hija, tan linda, se quedaba alelada viéndolo trabajar. Él se sentía feliz en su rutina de fábrica, casa, hija y fuegos artificiales. Le pagaba a la mujer a fin de mes y asunto resuelto. Por la noche la niña era solo suya. ¿Y la mujer?, ya sabes, como todas, con sus problemas. Padecía del estomago. Muchas veces las comidas le caían mal y eso. En una de esas pensó que no pasaría nada si devolvía a la niña unas horas antes, pero su padre aún no regresaba de la fábrica. La dejo en su camita y cerró la puerta. En verdad no había quien se comparara con ese hombre que te digo en lo de los fuegos artificiales. A su regreso la casa era todo un espectáculo. De planearlo no le hubiera salido mejor. Había un coro de gente mirando aquello, los rostros iluminados parecían el mismo repetido mil veces. Los ojos explotaban con lo fuegos. Al entrar, ella todavía estaba acostada en su camita…
–No entiendo por qué es tan difícil.
–…ah, ya no me faltan muchos recortes para completar mi álbum. Mira.
–No entiendo. La veo llorar por las noches. Ella en su cama y yo en la mía. Y no me gusta. No debería ser así.
–Nada es fácil, Marlon boy, aprende eso. Ahora vete. No es bueno que amanezcas aquí.

Continua...