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Sobre estos acontecimientos sin precedentes en el universo bautista, en tanto violentaban la libertad de conciencia –uno de los núcleos duros de la doctrina–, Suárez aporta un testimonio excepcional en el capítulo IX de este libro, a mi entender el más apasionante de todos.
Pero esta generación de pastores también sobresale por la re-visión y el rescate de los fundadores del protestantismo nacional –los conocidos desde entonces como "misioneros patriotas"–, en los que Evangelio, independencia y revolución no figuraron nunca en las antípodas, un dato histórico que debe leerse, además, en diálogo crítico con la realidad cubana de ese momento. Con esa decantación que sólo llega con la madurez, la reflexión y la experiencia, en dos instantes de este texto Suárez retoma la figura de Alberto de Jesús Díaz Navarro, valorada por él como un modelo de nacionalismo y antimperialismo ante la preeminencia histórica de narrativas de corte romántico que, al final del día, escamoteaban su justo lugar como fundador de los bautistas cubanos. Le concedo especial relevancia a su énfasis sobre las causas de los conflictos entre Díaz y la Home Mission Board, determinados en último análisis no sólo por la administración de propiedades y cementerios –como lo había narrado la tradición–, sino por sus posturas ante el esquema de creciente norteamericanización del país, su firme oposición a la Enmienda Platt y al (des)gobierno de Tomás Estrada Palma, otro deslinde difícil de interpretar sin tener en cuenta ciertas circunstancias posteriores sobre la interacción entre Iglesia, sociedad y política.
Tercero, las relaciones Iglesia-Estado. Percibo aquí la validez de su testimonio, como partícipe y protagonista, al menos en tres momentos importantes: a) los años sesenta, en los que se produjeron un conjunto de desencuentros entre ambos, consecuencia, por una parte, de la dinámica de cambios y transformaciones radicales propias de un verdadero proceso revolucionario y, por otra, del posicionamiento de las estructuras eclesiásticas ante estos hechos; b) un segundo momento, en el escenario del proceso de institucionalización de la Revolución Cubana, en el que se extrapolan esquemas del "socialismo real", luego exorcizados desde lo político durante el Proceso de Rectificación, y se adopta el llamado ateísmo científico, una perspectiva que, entre otros problemas, llegó a pasar por alto que la religión es también parte de la cultura y terminó por dificultar más el estatus social de los creyentes religiosos; c) por último, el proceso de cambios acaecidos después del desmantelamiento del socialismo en Europa del Este y la URSS, cuando los mapas cambiaron de color, en pleno Período Especial, en el cual se reformó la Constitución de 1976 declarando laico al Estado cubano y se aceptó el ingreso de los creyentes revolucionarios al Partido Comunista. Como se trata de un proceso al fin y al cabo, puntos de referencia imprescindibles en este orden son, sin dudas, Fidel y la religión (1985), un evento profundamente esclarecedor sobre las relaciones entre marxistas y cristianos, los encuentros del máximo líder de la Revolución con distintos representantes del movimiento cristiano latinoamericano en Venezuela (1989), Brasil (1990) y, sobre todo, la reunión con el Consejo Ecuménico de Cuba (1990), evocada por Suárez en un capítulo desde su condición misma de protagonista.
Cuarto, el acercamiento a Martin Luther King, Jr., releído desde la circunstancia cubana y como parte de un proceso que conduciría a la fundación, en 1987, del Centro homónimo que Suárez desde entonces dirige. Se trata de un conexión ideocultural de la que no encuentro precedentes en nuestra cultura, pues tanto en el mundo evangélico como en el secular las relaciones con la cultura norteamericana transitaban en ese entonces por otros derroteros: el propio autor nos recuerda que en las actividades del Seminario sólo se enfatizaban las campañas de evangelización a lo Billy Graham, y se omitía lo que estaba sucediendo en el movimiento en pro de los derechos civiles, iniciado en los años cincuenta por una mujer negra sureña que protagonizó el primer incidente de resistencia no violenta en un ómnibus segregacionista. Esta invisibilidad de Martin Luther King, Jr. resultaba todavía más gruesa si se considera que se trataba de un pastor bautista del Sur y negro, involucrado en una lucha contra las injusticias fundamentada bíblica y teológicamente.
El estudio del pensamiento del "Tambor Mayor", como le dicen a King, condujo a Suárez, de manera casi natural, a conectarse con las iglesias negras norteamericanas, un área de lo que José Martí caracterizara como "la América de Lincoln", por oposición a la otra, la imperial, un valor presente en la cultura política cubana que nuestro reverendo canaliza a su manera. Este es un cambio dramático, porque las relaciones de las iglesias bautistas con los norteamericanos habían sido siempre "por arriba" y en general bastante asimétricas, como aquí podrá apreciarse. Y en ese recorrido, Raúl llegaría también al tendido de puentes con Lucius Walker y los Pastores por la Paz y a la promoción de valores solidarios con los pobres de la tierra, un concepto tan bíblico como martiano y otra de las ideas-fuerza de su pensamiento y de un Centro que no por azar está ubicado a la entrada del barrio de Pogolotti.
Por último, este libro testimonia en no escasa medida lo que Aristóteles acuñara como anagnórisis en su Poética; es decir, el largo viaje de la ignorancia al conocimiento y, sobre todo, el hallazgo de una identidad personal y denominacional propia después de un proceso de crisis a menudo lacerante, ese que llevó a su protagonista a padecer la incomprensión parado en medio de dos aceras, y con aguacero. El propio Fidel Castro lo definió mejor que nadie en una de sus reuniones con evangélicos cubanos: a los cristianos de su tipo se les había sometido a un fuego cruzado. Añadiendo después: "ustedes trabajen para que los suyos nos comprendan, que yo trataré que los nuestros los comprendan a ustedes. Mi tarea es más difícil". Y lo loable es que Suárez haya logrado ese auto-reconocimiento mediante el más estricto libre albedrío incluso en momentos de desesperanza, donde muchos de los suyos optaron por salir al Norte ("Con este pueblo yo me quedo", él titula uno de los capítulos de su testimonio pastoral en el contexto del Mariel). Tal vez por eso pudo decirle a uno de sus correligionarios su propia profecía durante aquellos años sesenta: "Recuerde que Gethsemaní y el Calvario fueron los antecedentes de la tumba vacía, de la mañana de la Resurrección. Esta es nuestra hora de la cruz. Ya llegará la hora de la corona". Y seguramente también por eso mucho después pudo escribir, en medio de su nueva familia, sus hijos y nietos: "Hoy me siento un hombre de una sola pieza: amar a Dios, ejercer mi pastorado, vivir la fe y a la vez sentirme comprometido con el humanismo de la Revolución, forman una experiencia indivisible, sin contradicción alguna entre mi mente y mi corazón. Creo que mi vida ha valido la pena".
Yo también –y lo digo desde un plural así de grande.
* Prólogo a Cuando pasares por las aguas (Editorial Caminos, 2007), de Raúl Suárez Ramos.
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