Para leer al reverendo*
Alfredo Prieto
Conocí al reverendo Raúl Suárez allá por 1996, llevado de la mano por Esther Pérez, a quien no sé muy bien por qué han bautizado como la abuela de la educación popular en Cuba, cuando en rigor es una de sus iniciadoras y practicantes más lúcidas. Además de su pequeña estatura –esa que, según él mismo afirma un poco burlonamente, siempre lo ha acompañado–, no sé tampoco muy bien por qué durante ese primer y breve encuentro me llamó la atención su manera de hablar más bien pausada y una expresión en su rostro que me sugirió introspección y meditación. Luego, durante uno de los "retiros espirituales" del Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr. –un evento anual que, para que se me entienda mal y pronto, equivale más o menos a una asamblea de balance–, lo escuché decir una oración que me impresionó no sólo por los elementos bíblicos recurrentes, sino también por un fluido verbo que me pareció tan natural y fresco como el agua mineral. Así pude compartir con él, durante las jornadas de descanso de aquellas a veces tormentosas "lluvias de ideas", en las que queríamos tener respuestas para todo, y comencé a asomarme a su vida personal y pastoral a partir de las anécdotas que con toda modestia nos contaba, lo cual me empezó a revelar zonas de la realidad y la cultura nacionales de las que hasta entonces sabía muy poco, dada mi procedencia profesional previa y el medio familiar donde me había criado, el de los clásicos e irreverentes católicos cubanos que sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.
Algún tiempo después oí decir que estaba redactando sus memorias, lo que me pareció relevante porque los bautistas cubanos –a diferencia de los presbiterianos– no suelen escribir mucho, y porque se trataba de una interesantísima historia que yo ya conocía de alguna manera hasta por contacto epidérmico, al cabo de varios años compartiendo en lo cotidiano ese espacio de libertad que es el Centro; pero también por lecturas que debía y quería hacer como editor de la revista de pensamiento socioteológico que allí se piensa, hoy en un momento de innegable madurez. Esto me llevó a estudiar casi por cuenta propia, digamos, el protestantismo cubano y sus relaciones con el norteamericano, y a intentar reunir la mayor cantidad de documentación posible para nutrir la memoria de su iglesia bautista de Marianao y del Centro mismo, de modo que no quedara confinada de manera exclusiva al otro lado del Estrecho. Por eso cuando se me llamó para editarlas, no pude sino aceptar sin la menor vacilación, no sólo por la confianza y el compromiso que supone la amistad como ese algo que nos hace mejores seres humanos, sino también porque estaba seguro de que me enfrentaría a un buen trozo de la historia de los bautistas en Cuba, marcado en su caso por la fe, la pasión, la militancia y la contradicción. Esas memorias son este libro que el lector tiene ahora en sus manos, atravesado a mi modo de ver por cuatro ejes fundamentales:
Primero, la dimensión autobiográfica. La vida de Raúl Suárez nos describe un arco que va desde sus orígenes humildísimos, en un pueblito de Habana campo donde la tierra campea por sus calles, hasta el fallecimiento de su esposa, su integración posterior a una nueva familia y su jubilación como pastor al cabo de más de cuarenta años de ejercicio; desde la Ciénaga de Zapata hasta la Iglesia Bautista Ebenezer de Marianao. Nuestro reverendo fue "Nigua", "Andoyo Pérez", el bucólico "pastorcito de las Yagrumas", un pitcher innombrable y el joven que un día tuvo la revelación del amor de Dios mirando el cielo oscuro y las estrellas brillantes de nuestros campos. Luego de ordenado, y habiéndose hecho prácticamente a sí mismo como estudiante de Bachillerato, del Seminario Bautista y de la Universidad de La Habana, vendrían su búsqueda del ecumenismo, entendido como él lo fue entendiendo sucesivamente, paso a paso, sin apuros, y su condición de líder del movimiento ecuménico cubano a partir de los años setenta, esa que lo llevó a ser electo Presidente del Consejo Ecuménico. Particular relevancia le concedo al relato de su infancia y temprana juventud, en la medida en que constituye una reacción ante un discurso que presenta a la Cuba pre-revolucionaria como un lugar paradisíaco, con índices de civilidad y confort a lo clase media inalcanzados hasta entonces en el subcontinente, una evidencia clara y distinta sobre la procedencia de sus autores y difusores, autodenominados "las clases vivas". En este constructo, la Revolución Cubana figura como una suerte de íncubo caído de no se sabe dónde, cuando en verdad constituye precisamente, entre otras cosas, una respuesta a los problemas acumulados durante más de medio siglo de manquedades y frustraciones de la República neocolonial. Aludo, en una palabra, a las venturas y desventuras propias del origen social de nuestro reverendo, cuyas anécdotas en este segmento vital denotan una pobreza sobrecogedora, una historia omisa por razones obvias en ese corpus que se ha dado en llamar, con razón, "el discurso de la nostalgia" por su sublimación de "la Cuba de ayer".
Segundo, la herencia misionera y sus correlatos. Se trata del proceso de formación, y luego de ruptura, con el esquema teológico-eclesial heredado de los misioneros bautistas sureños norteamericanos y sus seguidores nacionales, traspasados al Seminario Teológico Bautista de La Habana, que fundara el doctor Moisés Natanael McCall en 1907. También de la búsqueda de una nueva fundamentación teológica que rebasara tanto el fundamentalismo teológico como el liberalismo extremo, un proceso no exento de crisis y desgarramientos internos, como puede comprobarse en el capítulo que Suárez dedica a Martin Luther King, Jr., una especie de proyección de las reflexiones y preocupaciones teológicas y sociales que lo obsesionaban por entonces. Estoy aludiendo, básicamente, a una idea que llegó a concebir el mundo como un pecado, que condujo al intramurismo religioso y, por consiguiente, al desasimiento de la Iglesia de los problemas sociales en cualquier tiempo y lugar ("Aparte del mundo, oh Señor, me retiro", rezaba un himno clásico en las iglesias bautistas de la época). En ese sentido, este libro constituye una notable contribución para los interesados en conocer y estudiar el proceso de distanciamiento de los entonces jóvenes pastores protestantes cubanos respecto a sus mentores, ese que se verifica en el escenario nacional entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, y del que el propio autor formó parte, junto a Sergio Arce, Francisco Rodés, Adolfo Ham, Rafael Cepeda y otros.
Esta primera hornada de teólogos en Revolución se planteará una relación distinta con el proceso cubano –como en todo, con matices– a partir de la ruptura con los esquemas anticomunistas fuertemente presentes en su formación pastoral y académica, así como una lectura contextualizada de la Biblia, que para ellos no era algo inmutable, una verdad revelada "de tapa a tapa", según se les había enseñado. Ambas cuestiones constituyen la piedra de toque para poder entender la ulterior crisis con las estructuras eclesiales que, en lo que a Suárez respecta, se inicia con su despido como profesor del Seminario Bautista ("Papi, te sacaron como profesor del Seminario", le informó de pronto su hijo mayor a su regreso de un viaje al extranjero) y se corona con su separación de la Convención Bautista de Cuba Occidental, en 1987, en la que había venido copando posiciones un liderazgo que el reverendo Leoncio Veguilla, hoy en Miami, tipifica como "la derecha", por definición intolerante y dispuesta a pasarle la cuenta "a todo lo que oliera a liberalismo", sintomáticamente caracterizado como un "short corto y apretado" por uno de sus inquisidores.
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