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II
El movimiento pendular entre historia y ficción, entre realidad e imaginación, estará muy ligado al lugar en el cual se ubica el autor dentro de la sociedad y en relación con los discursos que la habitan. Domna Stanton ha descrito esa relación:
Concuerdo en que una autobiografía es una mezcla heterogénea de discurso e historia, para usar los términos de Benveniste, de lo personal con lo histórico-cultural, lo elegíaco y lo picaresco, lo ilustrativo y lo reflexivo. Más ampliamente, cada autobiografía asume y reelabora las convenciones literarias de lectura y escritura, y su textura está a fin de cuentas determinada por los modos en que el significado puede ser propuesto en un contexto discursivo específico, ya que siempre hay una frontera (ideo)lógica que confina al sujeto que narra.11
En el discurso autobiográfico la veracidad estará mucho más condicionada por la identidad autoral que en el biográfico. Si bien el concepto mismo de verdad no pasa de ser un modelo ideológico, a la autobiografía se le juzgará siempre como un documento en el que la presencia de la firma garantiza una cuota de veracidad decisiva.12
A la reconstrucción de la experiencia vital en el discurso propio, se le exigirá la verificación que algunos autores coinciden en señalar como pertinente para los textos del género. El rechazo del canon patriarcal implicará, dentro del texto, la rebelión contra los procedimientos habituales de la narración autobiográfica. De hecho, la autobiografía femenina suele ser un desmentido a ciertas características concebidas por los teóricos del género como indispensables para que una vida ofrezca interés autobiográfico. De acuerdo con esa norma previa de que el autobiógrafo debe haber tenido una existencia públicamente reconocida, las mujeres estarían más alejadas de las prácticas autobiográficas que los hombres.
Puesto que la ideología del género hace de la vida de una mujer una no-historia, un espacio silencioso, un vacío en la cultura patriarcal, la mujer ideal es aquella que se oculta, no la que se propone como modelo y su historia “natural” toma forma no en lo público o lo heroico, sino en la inapresable, circunstancial y contingente responsabilidad por los otros que, de acuerdo con la ideología del patriarcado, caracteriza la vida de la mujer, pero no a la autobiografía. Desde esa perspectiva la mujer no tiene un “yo autobiográfico” en el mismo sentido que el hombre. Ella no tiene, vista así, una historia “pública” que contar. Esta ubicación del autobiógrafo en dos universos del discurso influye en la poética de la autobiografía de las mujeres y las hace diferentes.13
Poner el énfasis en la propia vida, salir del silencio a que nos confina la ideología patriarcal, es asumir un lugar en el mundo. El diseño de un discurso autobiográfico que reelabore la tradición dominante y su propio esquema de autoridad textual será aún más subversivo del orden que, ya por principio, la escritura autobiográfica femenina imputa. Desarticular el esquema de autoridad conllevará, en el texto, a una reubicación del espacio de la verdad y de los métodos discursivos que reconozcan la dificultad para encontrarlo. La subversión del canon literario no se limita, sin embargo, a una reivindicación del derecho del autobiógrafo sobre su propia historia, sino que incluye la respuesta disidente a un orden social de espacios prefabricados donde cada quien tiene su lugar, en virtud de las diferencias genéricas sexuales (o de pertenencia a otros grupos sociales, raciales, etcétera).
El rechazo del discurso autobiográfico femenino a las formulaciones canónicas patriarcales se expresará de múltiples maneras que, en primer lugar, tenderán al desmantelamiento de la idea de una verdad sin fisuras y, con él, a la expresión –consciente o no– de las peculiaridades genéricas sexuales que el ser mujer implica. Claro está que la asociación entre género sexual y discurso autobiográfico no es esquemática, sino que, al intervenir muchos otros factores, el diseño del discurso dependerá del grado de asimilación que el autor o la autora tenga de la identidad adjudicada a su género sexual en la sociedad. Con más fuerza que en la biografía, el discurso autobiográfico hurga en la historia personal para revelar no sólo una genealogía significativa, básica para la construcción de la propia identidad, sino también, para develar uno de los modos más certeros para su reelaboración. Quizás por ese vínculo que establece el discurso autobiográfico con la recuperación de ciertas genealogías, este haya merecido, con mucha más frecuencia que el biográfico, la atención de la crítica literaria feminista.
Ya hemos visto que una de las condiciones exigidas al autobiógrafo es la de tener una vida digna de ser contada.
Dada la frecuente devaluación de las actividades femeninas, tradicionales o no, el solo hecho de decidir contar su vida puede resultar contestatario en una mujer. Luego de esta primera y colosal transgresión del orden patriarcal, las mujeres elegirán modos diversos de impugnar ese orden o de contribuir a su pervivencia, sin desechar estados intermedios, o, incluso, estrategias de enmascaramiento discursivo. Tal elección determinará, entonces, las peculiaridades de cada texto.
Las autobiografías de mujeres, o de quienes se sitúan al margen de un discurso unívoco e incontestable, suelen ser menos impositivas de una historia. Las diferencias advertidas en el sentimiento narcisista de cada género sexual, estrechamente relacionado, a su vez, con la cercanía al poder, establecerán también las normas para el acceso a este dentro del discurso. El criterio de verdad, evidencia de la situación del narrador frente al poder, definirá en más de una ocasión la diferencia entre un discurso conservador y otro contestatario, y de las múltiples posiciones intermedias posibles. El discurso autobiográfico femenino que desoye los mandatos de la tradición, evidentemente patriarcal, estará asumiendo una actitud subversiva frente a la ideología en la que esa tradición se sustenta.
Continua...  |