Entre la verdad y la incertidumbre.
Autobiografía y relaciones de poder entre los géneros*




Zaida Capote Cruz

La autobiografía ha sido tradicionalmente percibida –por oposición a la biografía, género veraz y “objetivo”– como un discurso sumamente subjetivo, más cerca de la ficción que de la historia. Esa percepción parece provocar actitudes como la de Georges May, para quien “el problema de la verdad en la autobiografía es quizás falso: la autobiografía no es verídica porque es justamente una autobiografía”.1 Otros autores, entre ellos Lejeune, reconocen que, “como textos referenciales que son, la autobiografía y la biografía deben someterse a un proceso de verificación […] A diferencia de la ficción en cualquier forma, la autobiografía y la biografía son textos de referencia, exactamente como el discurso científico o el histórico, pretenden ofrecer información sobre una realidad exterior al texto, que puede ser verificada”.2 La dualidad fácilmente constatable en el discurso crítico sobre la biografía también inunda la teorización sobre la autobiografía, género en el que, dada la cercanía entre autor y protagonista, suele disculparse con mucha más frecuencia el recurrir a la ficción para organizar la materia del recuerdo.

Por otra parte, la validación de un modelo vital, evidente en la escritura biográfica y uno de los factores que alentaban mi análisis desde una perspectiva integradora del género sexual, es bastante precaria en la autobiografía, por esa “identidad del nombre”. La escritura de vidas tiene siempre el fin de preservar al protagonista del olvido, de contrarrestar la muerte en la memoria de los otros. Pero esa condición, que en la biografía es previa a la escritura –el biografiado de seguro cuenta con el respeto de quienes lo recuerdan–, es el fin, las más de las veces, de la narración autobiográfica. “La oposición entre esta seguridad del biógrafo y la inevitable incertidumbre del autobiógrafo arroja luz mejor que ninguna otra consideración sobre lo que hay de fundamentalmente trágico en el proyecto autobiográfico”, dice May.3

La ambivalencia del discurso autobiográfico en torno a las relaciones entre historia (personal y social) y ficción, es también la causa del carácter interrogativo de muchas de las reflexiones en torno a él.4 En su aceptación de las normas de uno u otro discurso estará la marca diferenciadora de cada texto. El problema de la verdad en la autobiografía parece tener visos de ficción. Si autor y protagonista son la misma persona, ¿quién puede decidir si la historia narrada es falsa o verdadera? Sin embargo, de lo que se trata es de estudiar aquí cómo cada autora reinventa el relato de su vida.

La elaboración del texto autobiográfico a partir de ciertos presupuestos vinculará asimismo el discurso vital con el ejercicio del poder dentro del relato. El rechazo o la aceptación de ciertas normas acerca de la veracidad textual diseñará una determinada relación con el poder por parte del autor y condicionará también la reacción de sus lectores. La relación con la verdad, como tópico del discurso que ella sin duda es,5 establece una actitud del enunciante, perceptible en el texto. La validación de una historia personal estaría determinada, entonces, por esa actitud y su influencia tanto en el diseño del relato como en el interés que este provocará en el lector.

La autobiografía suele ser catalogada como un discurso eminentemente femenino. Y aunque el primer texto autobiográfico escrito en español perteneció a una mujer,6 los modelos sobre los que se ha instaurado la tradición estilística (e ideológica) del género son fundamentalmente masculinos, y se refrendan por un poder externo, percibido por lo general como más cercano a hombres que a mujeres (Dios en San Agustín, la razón en Rousseau).

La “función autor” adjudica al texto un cierto modo de relacionarse con los otros textos, con el mundo. Foucault ha notado que una palabra dotada de autor no es “una palabra que puede consumirse inmediatamente, sino que se trata de una palabra que debe recibirse de cierto modo y que debe recibir, en una cultura dada, un cierto estatuto”. Ahondando en el carácter de la atribución autoral, el teórico apunta que la “función de autor es, entonces, característica del modo de existencia, de circulación y de funcionamiento de ciertos discursos en el interior de una sociedad”.7 Pero no se trata aquí de un problema que surge sólo para la “realización” del texto en el mercado de las ideas; se trata también de la conciencia del autor de su propia significación dentro de un sistema específico de relaciones de poder y de la influencia que ese conocimiento pudiera tener –porque efectivamente tiene– en la elaboración del texto. En ese complejo entramado es esencial establecer el lugar de las relaciones de género sexual, a las cuales se asocia inevitablemente la valoración de una obra, mediada por el nombre de su autor.8

La presencia del narrador-protagonista (en la autobiografía en primera persona), evidente responsable de la veracidad del texto, establece un compromiso en el relato autobiográfico mucho más fuerte entre autor y discurso. Puesto que de la perfección de ese discurso depende la posibilidad de proponer la propia vida como modelo, la verosimilitud será esencial para su éxito. La idea de veracidad y su huella en el texto estará relacionada con la experiencia previa, vital y de escritura, que tenga el autor en cuestión. Esa experiencia, condicionada por el género del autor, permite establecer ciertos rangos para el análisis:

Ciertamente, la construcción social del género afecta también a los hombres; pero para ellos la categoría de género no posee marcas. Para la mujer, sin embargo, el cuento raramente se hace sin referencias a la dinámica de género. Las narraciones personales son para las mujeres, entre otras cosas, relatos sobre como negociar su “excepcional” rango genérico tanto en la vida diaria como en el transcurso de toda su vida. Ellas asumen que puede contarse la vida sólo si una ha aceptado o desafiado esas normas, una vida de mujer nunca puede contarse dando el género por sentado.9

En el estudio de esa adecuación o inadecuación a las normas del género autobiográfico, que reproduce la actitud de aceptar o rebelarse contra las normas impuestas, basaré mi análisis. Puesto que lo que está en juego en la narración autobiográfica es la propia identidad, la reproducción acrítica de los modelos tradicionales o su reelaboración crítica, determinarán la percepción, por parte del enunciante, de su lugar en la sociedad. La validación del discurso propio, donde se incluye o excluye lo que se desee, va a ocurrir en la expresión autobiográfica femenina a través del juicio ajeno, en la mayoría de los casos. En ese sentido, el discurso femenino se emite desde una posición marginal, cuyo desplazamiento hacia el centro –condición poco menos que indispensable para la asunción del discurso autobiográfico (narrativa del yo)– estará mediada por las relaciones que el texto establezca con otros discursos más poderosos y centrales.10

Continua...