II

El zen no es un arte marcial

Si bien la relación entre el zen y las artes marciales es antigua y genuina (legendaria incluso, pues al monje Bodhidharma se le atribuye la fundación de Shaolín) el zen no es un arte marcial, y este Perogrullo nos será sumamente útil para comprender que la práctica de la meditación no precisa, en última instancia, de modelos.

El monje Kosen Thibaut, narra que al plantearle sus discípulos al Buda Shakyamuni la necesidad de llevar un uniforme para diferenciarse de los laicos y los neófitos, éste respondió,

-El uniforme del monje son los campos de arroz.

Quizás podría haber dicho cualquier cosa: las nubes, el viento, el vuelo de los pájaros. Sus discípulos, no obstante, se emplearon en la confección de un hábito cuyas costuras, de puntos diminutos y regulares, se asemejan a un campo de arroz visto desde lo alto, y ese es el kesa que 2500 años después llevan aún los monjes zen.

El hábito, sin embargo, no hace al monje, y esta es otra obviedad, olvidada, desobedecida, que encierra un llamado de atención a la voluntariosa inclinación humana a disfrazarse detrás de lemas, consignas, libros, uniformes, sistemas que van a pretender luego sustituir aquello por lo cual se emprendió el camino: el monje se convierte en el hábito. La meditación, que es el estado natural, se refugia en un modelo. Hasta que punto en un mundo dislocado esta operación se ha hecho necesaria, es un tema que subyace a toda religión y toda filosofía. Shakyamuni habla una y otra vez del acto de refugiarse: en la meditación, en los preceptos y los votos, en el espacio de una vida armoniosa y ordenada. Y este llamado sobrevive en nuestros días en los compromisos que sostienen la ordenación del bodhisattva quien los cumplirá no sólo para sí, sino para toda la humanidad.

Breve historia del tabaco zen

No comenzaremos aquí con el despertar de Shakyamuni bajo el árbol, ni con el viaje de Bodhidharma a China y su subsiguiente diálogo, en la caverna, con su futuro discípulo Eka (por no hablar de la famosa controversia con el emperador), ni siquiera de los actos fundacionales del maestro Dogen, ni de cómo Taisen Deshimaru se montó un día en el tren Trans-siberiano para llevar a Europa la práctica de zazen, sino de en qué medida la apreciación general del zen está aún dominada por la atmósfera del llamado renacimiento espiritual de finales de los años 50 e inicios de los 60, específicamente en su versión californiana.

Yo no podía creer [cuenta Alan Watts en sus memorias] […] que numerosas universidades darían cursos de meditación y filosofía oriental para pregraduados, que este país sostendría prósperos monasterios zen y ashrams hindúes, que se venderían cientos de miles de ejemplares del I Ching

Que este país sostendría prósperos monasterios zen es una idea que puede despertar cierta amarga irrisión si se tiene en cuenta que es el mismo país que ha dejado caer la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, que sostiene un feroz diferendo con China, que acaba de masacrar a los coreanos y se prepara, mediante el engañoso expediente del Golfo de Tonkín, de hacer lo mismo con los vietnamitas. Pueblos que, más acá y más allá de todo avatar histórico, ideológico o político, detentan una familiaridad con el budismo, en general, y con la práctica del zen en particular. Son de hecho los monjes y maestros japoneses, chinos, coreanos y vietnamitas los responsables de haber transportado la semilla del zen a los Estados Unidos y de haberla cuidado allí hasta su ulterior florecimiento. “Para gustos se han hecho los colores, y para colores las flores”.

Los poetas han mostrado siempre una simpatía kármica por el zen. Viceversa: desde los inicios el zen se ha abierto un espacio en la práctica de la poesía: kado, la vía del verso, la caligrafía. Allen Ginsberg, Gary Snyder, y Kerouac en menor medida, han recogido el impacto de eso que años después Lennon llamaría sudden karma, karma súbito, una idea que seguramente habría deleitado a Lezama. De cómo Lezama, en la huella de José Martí, fue el primero en reverenciar en Cuba el hallazgo silencioso del zen, es algo que aún merece estudio; de cómo Casal, al igual que sus contemporáneos europeos, léase Van Gogh y compañía, rozó el zen a través del velo de gasa de las japonerías, es igualmente interesante, aunque no se haya aproximado, como Lezama, al asunto de la respiración. En todo caso, and back to California, el zen es reverenciado, con ingenuidad, como algo externo, llegado de otro mundo; esta ingenuidad no debe ser criticada, pues sin ella prácticamente no habría transmisión y asimilación de saberes, incluídos los de orden religioso, o estos en especial, que parecen requerir de un estado de asombro y sujeción a lo nuevo. Lo modal goza entonces de un estado de gracia: lo exótico y heterodoxo a la norma establecida, aún cuando prevea otras sumisiones, es experimentado como liberador. Philip Wallen, el poeta iconoclasta, se hace monje zen.

Alguna vez se dijo que la vicisitud mayor que el zen hubo de sufrir en los Estados Unidos fue que los norteamericanos se empeñaron demasiado en aprender a hacer la sopa de arroz al estilo japonés. Años después mientras fumaba un habano en Centro Habana, el monje Kosen consideró: Un tabaco bien enrollado es el zen.

La contradicción: Lo notable en el libro de Pirsig, Zen and the Art of Motorcycle Maintainance, además de la flexible estructura, es la desfachatez con la que utiliza el ideal, o más bien la palabra zen para ocuparse con loable minuciosidad de asuntos tan ordinarios o extraordinarios como la vida misma. Aunque desmontar y reparar un mecanismo, sea físico o mental, pueda verse como una actividad típicamente meditativa, lo cierto es que el autor abandona desde las primeras páginas toda obligación formal para con el zen para dedicarse a una labor terapéutica desde sí mismo, pero no sólo desde sí mismo; para sí mismo, pero no sólo para sí mismo.

Lo utilitario, e incluso oportunista, del título nos recuerda no sólo que zen, como revolución o Cristo, ha sido en los últimos cincuenta años una palabra de indudable atractivo comercial para las casas editoras, sino también que el zen, por su naturaleza eminentemente práctica, no está ahí para ser venerado ni explicado sino utilizado.

El que a veces las herramientas, al refinarse, se coloquen en los altares y no en los talleres parece ser una paradoja de la evolución técnica; los propios altares, por su parte, fueron alguna vez, hace ya mucho tiempo, una innovación, como también lo fueron la religión, la poesía y la ciencia con respecto al simple ser-en-el-mundo de los antiguos seres. Sin pretender con esto aludir a una quimérica Edad de Oro de la existencia inocente, puede preguntarse cuál es la relación entre saber y naturaleza con respecto a una posible edad de oro de la conciencia, sin la cual la existencia no será ya posible. Por qué traducir en modelos los gestos espontáneos de comprensión de la naturaleza, si no para extender esa misma naturaleza en nosotros y no para reducirla, eventualmente, a una moda del espíritu regido en sociedad. El impulso regulador del intelecto, que todo parece lograr, no conoce la paz ni la confianza; ni nosotros, sin él, nos creemos capaces de alcanzarlas. He aquí un enigma ante el cual nuestros métodos más probados empiezan, como un viejo motor, a cancanear.

Continua...