II

Aquella rebelión contra la retórica, contra la oratoria, contra la vulgaridad, contra la cursilería, contra las mayúsculas y a veces contra la sintaxis, era el primer ademán de una sensibilidad nueva, que ya se movilizaba para todas las insurgencias. Lo que nosotros negábamos en el arte, en la poesía y en el pensamiento era lo que había servido para expresar un mundo vacío ya de sustancias, vacío de dignidad y de nobleza. Negábamos el sentimentalismo plañidero, el civismo hipócrita, los discursos sin médula social o política, el popularismo plebeyo y regalón: en fin, todo lo que constituía aquel simulacro de república, aquella ilusión de nacionalidad en un pueblo colonializado y humillado. Nos emperrábamos contra las mayúsculas porque no nos era posible suprimir a los caudillos, que eran las mayúsculas de la política. Le tomábamos el pelo a Byrne, porque contribuía a la ilusión de que con la bandera bastaba para estar orgullosos. Deformábamos las imágenes en los dibujos, porque lo contrario de esa deformación era el arte académico, y las academias eran baluartes de lo oficial, del favoritismo y la rutina y la mediocridad de lo oficial. Alentábamos lo afro-criollo, porque veíamos en ello una insurgencia sorda, un intento por romper la costra de nuestra sociedad petrificada. Cultivábamos el disparate, para que no lograran entendernos las gentes plácidamente discretas, con quienes no queríamos comunicación. Hacíamos, en fin, lo que llamábamos un arte “aséptico”, como una reacción contra la mugre periodística y la fauna microbiana que lo invadía todo en derredor.

Pero, entretanto, fijaos bien: se iba templando un instrumento nuevo. Un instrumento de precisión.

El estilo de escribir, de pintar, de pensar, se iba haciendo cada vez más ágil y flexible, más apto para ceñirse a las formas esquivas de la idea o de la emoción. Más capaz de brincar grandes trechos de lógica sin perder la gravedad. Más dispuesto para transfigurar imaginativamente las cosas. Esto ya en sí estimulaba el ansia de una realidad nueva. Nadie puede calcular lo que supone cultivar esas destrezas. La calistenia y la gimnasia son buenas porque, al capacitar al hombre para las emergencias físicas difíciles, le ponen en el cuerpo la tentación de provocarlas. Así, la capacidad de insurgencia y de innovación del espíritu se aumenta con esos ejercicios de expresión. Todas las grandes transformaciones sociales se han anunciado con un cambio en el estilo de pensar y de expresar. Lo primero fue siempre el verbo.

Sinceramente creo, pues, que el vanguardismo fue, en la vertiente cultural, el primer síntoma de la revolución. No digo, claro está, que fuesen los vanguardistas quienes hicieron lo que hasta ahora se ha hecho: digo que ellos contribuyeron mucho a sembrar el ambiente de audacias, de faltas necesarias de respeto, de inquina contra los viejos formalismos estériles. Los esbirros de Machado no andaban muy desacertados cuando recogían y denunciaban, por el simple aspecto de sus carátulas, las revistas osadas de aquella época. Aquel dibujar hipertrófico, aquella negación de la simetría, aquella repugnancia a las mayúsculas, eran ya, para su olfato de sabuesos, otros tantos atentados contra el régimen. Y cuando la mutación política vino, emergieron en los periódicos, en los micrófonos y hasta en los muros de la ciudad gentes que manejaban, en crudo, un nuevo estilo, una sintaxis y a veces un gusto insurgente de las minúsculas. Se cumplía así la prehistoria del estilo revolucionario.

La Revolución verdadera, la que sí lleva mayúscula y está todavía por hacer, utilizará como instrumento constructivo, en el orden de la cultura, esos modos nuevos de expresión que antaño nos parecieron simplemente arbitrarios y desertores.

Porque la revolución integral de Cuba tendrá que incluir, desde luego, una intensificación de la actitud creadora del espíritu, y en tanto en cuanto esa actividad sea susceptible de módulos nuevos, la Revolución los impondrá. No se concebiría un suceso político y social semejante sin un arte nuevo, una literatura nueva, un nuevo ritmo y nimbo del pensamiento.

El contenido de esa expresión revolucionaría cubana será emoción jubilosa o ardida ante las imágenes de un medio social más altivamente cubano y más justo: de una patria enérgica y unánime, liberada de todo lo que hasta ahora la unió o la dividió contra sí misma: la politiquería rapaz, la incultura, la ausencia de jerarquías, la lucha feroz de las clases.

Y para expresar esa imagen de la Cuba armónica, se recurrirá sin duda a un lenguaje literario y artístico que en nada se parezca al de la época sumisa. No el lenguaje insurgente del vanguardismo, que fue sólo un experimento previo de minoría; pero sí el que pasó por aquella prueba críptica y sacó en limpio una agilidad, una gracia, una energía y una precisión totalmente desconocidas para las academias del viejo tiempo. En suma, un lenguaje de avance, puesto al servicio de una patria ya moderna.

Con la renovación integral de Cuba se producirá así la síntesis entre aquel estilo desasido de antaño y las nuevas formas de vida. En el molde vacío que el vanguardismo dejó, se echarán las sustancias de la Cuba Nueva.

* Artículo que recibió, en 1935, el Premio Justo de Lara, y publicado por primera vez en Acción, en 1934. Tomado de Jorge Mañach, Ensayos (Editorial Letras Cubanas, 1999).