Al borde de los ángeles


Alpidio Alonso Grau

No estoy. Así comienza el libro. Con una tajante confirmación de ausencias, percibidas luego en todo el poemario, inicia Déborah García (Santa Clara, 1971) en Sin ángeles tutelares (Editorial Capiro, 2008), su extenso itinerario de pérdidas.

En un agónico regodeo con los juegos, los sueños, y hasta las pesadillas que habitan el mundo vivencial de la infancia de un sujeto lírico que parece difuminarse en la bruma del poema, hay en este conjunto una nueva inmersión en el pasado que ofrece más de un punto de contacto con los temas reflejados en el libro anterior de esta joven autora.

Aquí, donde los trenes son proyectiles en fuga, y la vida ocurre / en la ladera opuesta del barranco, se reincide en la evocación de un tiempo que está ya en otra parte para el ser atormentado que habla desde estas páginas.

Esa añoranza por un espacio/tiempo que ya no es, y que nos llega con los colores tenues del recuerdo, se resuelve en una tierna comunión -a veces con la muchacha, a veces con el niño-, evocados desde los apuntes íntimos (suerte de diario, como atinadamente observa la editora), en que por momentos se convierten estos poemas.

Una y otra vez se invoca a un remanso, a un espacio de tregua con el mundo, donde ponerse a salvo de lo vasto que acecha:

Del peligro siniestro que ocultan las alturas,
De los veloces cuerpos, de la sed y del hambre,
De todo horror salvados en clausura.
Tras ventanas. Cerrada. Imperturbable.

La necesidad de reconstruir un mundo (su mundo) dentro de aquel otro signado por la hostilidad de la que se huye, define una especie de recorrido inverso, de la experiencia a la inocencia, en el que, perseguidos como una obsesión, los recuerdos se pierden como cabezas de niños. Allí, donde el país no existe, y nadie viene a quejarse porque todo es silencio, el poema es una crónica del remanso (remanso él mismo), en el que gana espacio el tono confesional, íntimo, predominante en el poemario.

Una gran riqueza de lenguaje y un pleno dominio de la versificación, caracterizan el discurso de este nuevo libro de Déborah. Sin intensiones experimentales que alteren el tono de su expresión, su diálogo se vuelve de tal manera introspectivo, que por momentos pareciera no desear compartir las verdades que habitan la orfandad incurable de ese susurro.

Junto a paisajes que reiteran una geografía entrañable (el mar, la costa), de nuevo esta vez, junto al verso libre, se incluyen algunas composiciones medidas y rimadas de notable factura (destaco Tardes de té); acaso en las que más evidentes se hacen las trazas románticas de su voz.

Una inteligente ubicación de los textos dentro del libro, favorece su consistencia y refuerza la intensidad a la amplia gama de connotaciones sugeridas en su recorrido.

Antologada en Los Parques (Ediciones Mecenas, 2002), y recientemente en Queredlas cual las hacéis (Casa Editora Abril, 2007), a lo que se añade la publicación de su anterior En estado de sitio (Ediciones Sed de Belleza, 2003), la aparición de este nuevo poemario de Déborah, galardonado en 2007 con el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, define mucho mejor su presencia en el grupo de vanguardia de su promoción literaria en nuestro país.

Llegada a este punto en el que su poesía ha tenido como principal (casi único) asidero su más cercano universo vivencial, leves gestos dentro de estos poemas (“Entonces”, “Retorno”, “Mientras fingen las sombras”, “Del miedo”, “Para leer a Ramona Wengler”, “Como quien llegó antes”) pudieran estar caracterizando una actitud de inconformidad dentro de su propia poética que hacen presumir en ella (sobre todo a nivel temático) nuevas estrategias de escritura. Potencialidades tiene. Con toda esa acumulación vital contenida en sus libros cabría esperar futuros desbordamientos; cauces en los que su voz -quizás para entonces menos amable-, se explaye hacia un diálogo en el que, junto a sus ángeles tutelares, converse también con otros demonios.

Continua...