La isla imaginada: literatura cubana actual



Gleyvis Coro Montanet

Debajo del rótulo literatura cubana actual debemos precisar un par de elementos significativos. Mientras el cuerpo documental y autoral de la isla es tan diverso como desconcertante, ameboideo en la forma y misceláneo en contenido, lo actual, lo contemporáneo, el ahora donde casi –y aunque los haya– no hay títulos ni autores de culto, resulta todavía demasiado circunstancial y es igual de misceláneo y ameboideo. No en balde la visión de cerca es siempre la más borrosa, la peor de todas. De modo que describir lo que llamamos el hacer literario del cubano ahora, es también asumir un riesgo con igual probabilidad de ser específicos –y por tanto excluyentes– que de ser generalizadores –y por tanto imprecisos.

No obstante todos los peligros, volveré a decir que títulos y autores se manifiestan en Cuba, para nuestra suerte, a través de tendencias y modos de ver bien disímiles, en casi todos los géneros, incluyendo sus mezclas. En Cuba se escribe de todo, desde casi todo, aunque luego, por razones de selección, de edición y hasta de censura elemental, no se publique. Ameboidea es la forma de la literatura cubana actual, si es que a la forma de hacer de una época puede dársele una definición plástica y calificarla como un escupitajo de tinta al relieve, con picos y depresiones lógicas que transitan desde un hacer pseudo-light hasta otro para nada light –o puede que bastante poco light–, que, eso sí, todos tratamos sea el que prevalezca.

Algo que es más dable en Europa y más común en los suelos continentales –narrar lo mucho–, se ha producido en plena isla o fuera de ella, pero en relación con ella, con tremenda exhuberancia, sin embargo. Tanta, que alcanza para confeccionar un mapa literario de nuestro suceder histórico. Para saberlo, basta con echarle una ojeada superficial y breve a la literatura que ha puesto sobre el tapete los tipos humanos más representativos de todos y cada uno de nuestros epicentros históricos y a los hechos históricos mismos. La literatura cubana de todos los tiempos, y más la que se hace ahora, carece de los vacíos descomunales que a consecuencia de la censura y de la pereza de autor, enferman lo bibliográfico en otros países. Y no porque no hayamos tenido censura ni pereza, sino porque, simplemente, los propios autores han buscado la solución a la larga, y también a la corta. Y la han buscado porque, a pesar de todas las contradicciones, el escritor cubano radicado en Cuba es un sujeto que, aunque no viva del todo bien –y precisamente por lo mismo–, siempre se las arregla para escribir a sus anchas.

Tan abarcador como exquisito en el tratamiento de los temas y las figuras que ha querido narrar –lo que resulta de una herencia de cuatro siglos y de un país que, pese a sus sabidas y multinarradas incomodidades, resulta de lo más cómodo que hay para escribir–; a mi entender, nuestra literatura actual sobresale por lo que intenta reconstruir desde el punto de vista formal.

Luego de una etapa gris de dictado desasimiento con lo mejor de la cosa escrita, se nos está dando la saludable situación de un pensamiento que recurre con frecuencia a sus mejores antecedentes para reconstruirlos, que parte de su revalorización y que busca trascenderlos, de modo que las actuales cepas de autores juveniles son menos adoctrinables y por tanto más libres y por tanto más dados a la experimentación y a la osadía, aunque muchas veces la misma experimentación les juegue sus malas pasadas. Osadía formal es la meta y el fetiche de un gran número de nuestros escritores contemporáneos más jóvenes, cosa que aunque a veces desemboque en el aparente –y en más de un punto desconcertante– desenfoque de los textos, debe madurar al cabo, con la obstinación, la repetición y la asimilación, al punto de incorporarse de manera diáfana y natural al modo de hacer de cada uno.

Y es que la mayor fortaleza del escritor nacido en Cuba, radicado en Cuba, descansa sobre la saludable circunstancia de tener mucho de qué escribir y poder hacerlo con el mayor desprejuicio del mundo, todo esto unido a la moda-obsesión de buscar a toda costa la gracia de estamparlo de la más inusitada forma, lo que, amén de lucir esperpéntico, no deja de ser provechoso.

Con un buen autor experimental que haya en toda la historia de una literatura nacional, alcanza para movilizar los discursos de todos y en Cuba experimentalismo es la palabra de orden. Lo mismo en narrativa que en la indómita poesía que en el ensayo artístico-literario que en el teatro. De modo que casi todo el que escribe tiende, por embullo o por contagio, al experimento. Y está muy bien que así sea. Guiándonos incluso por las obras preponderadas, las editadas dentro del país, o fuera, pero en relación rizomática con la isla –esto incluye un término más personal que identifica a aquellos autores que aún fuera del país, escriben desde la isla– responden a una elogiable diversidad de modos y temas. Los autores más reconocidos son precisamente los más versátiles, y esto ofrece un pequeño botón de muestra de por dónde o hacia dónde miran nuestros actuales textos. La respuesta es obvia y un poco engreída, pero hay que decir que miran hacia la juventud, al descreimiento de la juventud y a su irreverencia.

De tal suerte, si a la sazón de todo, y en el tiempo de lo por venir, las obras de excelente factura no cunden en las editoriales como peces en un jamo, por mala suerte –que existe mucho en literatura– y por falta de editoriales será, no por error de método.

Por eso es una pena, de las más negras y grandes, que los elementos posteriores a la neta elaboración de la cosa escrita, lo que se llama el negocio-libro, que empieza justamente donde termina la redacción de los textos, se le empantane tanto al cubano de adentro –y lo mismo al cubano de afuera que intente hacer una obra con un tratamiento más osado que el que dicta el mercado. Es una pena que el panorama literario del cubano de adentro –que es lo que somos todos los de esta mesa, y por tanto aullamos– exista casi completamente al margen del despiadado y conveniente mercado editorial.

¿Que los escritores cubanos somos unos engreídos que lo queremos todo? Puede pensarlo de nosotros cualquier escritor del mundo, sojuzgado por las mismas y peores circunstancias. Pero los escritores de Cuba tenemos la empecinada convicción de que nuestra literatura actual merece una mirada mucho más favorecedora por parte de los núcleos editoriales del mundo y merece atención y ayuda porque, además, tiene una calidad inmensa, que permanece subutilizada, subvalorada, no descubierta, que no ha sido mordida por el resentimiento ni padece el fenómeno enajenante de querer decir a cada rato una frasecita cómica o soez para engañar al lector más incauto y porque contiene, sin lugar a dudas, una manera de hacer que el mundo entero se esta perdiendo.

Con todas estas virtudes y desventajas escribe quien escribe desde Cuba, favorecido por un lado y por otro lado víctima de los múltiples e injustos manejos de la comercialización, el auge de los jueguitos de computación y el encarecimiento del barril de petróleo.

Continua...