Nancy Morejón

NANCY MOREJÓN (La Habana,1944). Poeta, traductora y ensayista. Su quehacer poético abarca, entre otros títulos: Richard trajo su flauta y otros argumentos, Piedra pulida, Botella al mar (antología, Editorial Oliphante), Cuerda veloz, Looking Within/ Mirar adentro (Universidad de Wayne State, EE.UU.), La Quinta de los Molinos y Carbones silvestres. Le fue otorgado el Premio de la Crítica en 1986, 1997 y 2000, y ha sido galardonada con La Corona Dorada, de Macedonia,entre otras distinciones.Premio Nacional de Literatura, miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua y Presidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC.




Funda de bambula

Mi cabeza sobre una funda de bambula, otra vez, mientras vuelven los lagos en su brillo y las jirafas cruzando un mundo abandonado entre lanzas y montes tupidos. Como antaño, vuelven los mercaderes con sus escudos de hojas muertas dando alaridos y golpeando, empujando a mujeres y niños, a los mejores hombres del sur y de las costas hacia sus barcos sin regreso. La luz del horizonte está cayendo sobre la funda de bambula y de hiel. Veo la punta de los acantilados. Veo la isla de Gorée en la palma de mi mano, la boca de sus fauces vomitando negras criaturas como la noche de la primera cacería. Una funda de bambula, otra vez. ¿Será mejor salir huyendo de esta geografía de otro mundo? ¿Será mejor virar la cabeza hacia otra parte y secar las dos lágrimas que ahora navegan entre las aguas del río Zambeze? Mis ojos dibujaron un paisaje lunar sobre los lagos. Mi cabeza sobre una funda de bambula, otra vez.


Divertimento

como le gustaría a Rafael Alberti

(para guitarra)

Entre la espada y el clavel, amo las utopías. Amo los arcoiris y el papalote y amo el cantar del peregrino. Amo el romance entre el oso y la iguana. Amo los pasaportes: ¿cuándo dejarán de existir los pasaportes? Amo los afanes del día y las tabernas y la guitarra en el atardecer. Amo una isla atravesada en la garganta de Goliath como una palma en el centro del Golfo. Amo a David. Amo la libertad que es una siempreviva.

(de La quinta de los molinos, 2000)

Un primo

Callejón, regresé.
Sólo en ti la compasión hallé.
Canción popular

La calle tiene nombre, un nombre oscuro, sin importancia, como su propia desembocadura, madura y bien abierta y desdentada. Al final no hay luz sino la luz que salta desde la piel oscura de mi primo Fernando.
Estamos hablando pero no hablamos porque nuestro silencio se parece, nuestro silencio es casi igual al silencio de las fogatas en Malawi; silencio que perdura y alienta en nuestros poros pero nosotros sin saberlo, sin sospechar que ese silencio es nuestro sólo porque lo trajo algún antepasado tan nuestro como el propio silencio de la bodega entumecida que logró atravesar las dos orillas y el paso de los vientos.

Un día de octubre, cuando explotó un velero en la bahía de la ciudad y el ruido de los misiles extranjeros quebraba el tímpano de las lavanderas en el solar sin pulso y sin olvido, mi primo Fernando, salió de la calle Cristina –una calle ancha, la calle más ancha de los alrededores–, tumbada casi siempre por los aullidos de los mataderos cercanos y el silbido implacable de los ferrocarriles.

 

Mi primo Fernando, junto a mí, extraña los bucles insensatos de una prima remota y el olor de las panaderías de la esquina de Toyo, el aroma del ajonjolí y los domingos de carnaval corriendo como liebre dormida entre las filas de La Mojiganga.
Mi primo Fernando me cuenta todo esto sin comprender ahora el vaivén presuroso de las bicicletas; sin poder comprender el libre acento de las mariposas sobre las percas de cerveza.
Hemos llegado a una colina chica en Tallapiedra.
Pasa el tren de Santiago y mi primo Fernando se seca el sudor de la cara con una inútil servilleta de papel blanco que está espiando todos mis sentimientos.
Fernando y yo, ante un vórtice de lágrimas negras. Fernando y yo por la calle Empedrado. Fernando y yo, reconociéndonos en el humo especial de los telares de Muralla en agosto.
Mi primo Fernando, con diez tarjetas de crédito en el bolsillo pero sin zapatillas, sin aire, sin idioma:
“Tuve que irme también de la ciudad en donde viví por más de veinte años. No soporté y me fui más al Norte, a un barrio de italianos, empacadores de carne, que tampoco entendieron mi vida”.
Mi primo Fernando en su futuro nómada obsesionado todavía por el silencio de las fogatas.

Mississipi


a la memoria de Nicolás Guillén

La serpiente de agua repta y se mece. Con su cuerpo de hamaca, bamboleándose. Carabelas, fantasmas, pieles quemadas van dibujados sobre las hojas de los sauces.
La serpiente de agua junto a los sauces. La serpiente de agua.
La serpiente de agua va alzando su cabeza con una lengua bípeda y milenaria. Un pedazo de lengua cae en el Golfo. El otro, devorando cientos de barcas.
La serpiente de agua entre los sauces, la serpiente de agua.
La serpiente de agua crece y avanza y va abriendo sus fauces: impenitentes, pálidas, voraces; sus anillos dorados, su vaivén implacable.
La serpiente de agua, junto a los sauces. La serpiente de agua.

Negro

Tu pelo, para algunos, era diablura del infierno; pero el zunzún allí puso su nido, sin reparos, cuando pendías en lo alto del horcón, frente al palacio de los capitanes. Dijeron, sí, que el polvo del camino te hizo infiel y violáceo, como esas flores invernales del trópico, siempre tan asombrosas y arrogantes.
Ya moribundo,
sospechan que tu sonrisa era salobre y tu musgo impalpable para el encuentro del amor. Otros afirman que tus palos de monte nos trajeron ese daño sombrío que no nos deja relucir ante Europa y que nos lanza, en la vorágine ritual, a ese ritmo imposible de los tambores innombrables. Nosotros amaremos por siempre tus huellas y tu ánimo de bronce porque has traído esa luz viva del pasado fluyente, ese dolor de haber entrado limpio a la batalla, ese afecto sencillo por las campanas y los ríos, ese rumor de aliento libre en primavera que corre al mar para volver
y volver a partir.

(De Piedra pulida, 1986)