Funda de bambula
Mi cabeza sobre una funda de bambula,
otra vez,
mientras vuelven los lagos en su brillo
y las jirafas cruzando
un mundo abandonado entre lanzas
y montes tupidos.
Como antaño, vuelven los mercaderes
con sus escudos de hojas muertas
dando alaridos y golpeando,
empujando a mujeres y niños,
a los mejores hombres del sur
y de las costas
hacia sus barcos sin regreso.
La luz del horizonte está cayendo
sobre la funda de bambula y de hiel.
Veo la punta de los acantilados.
Veo la isla de Gorée en la palma de mi mano,
la boca de sus fauces vomitando negras criaturas
como la noche de la primera cacería.
Una funda de bambula, otra vez.
¿Será mejor salir huyendo de esta geografía
de otro mundo?
¿Será mejor virar la cabeza hacia otra parte
y secar las dos lágrimas que ahora navegan
entre las aguas del río Zambeze?
Mis ojos dibujaron un paisaje lunar sobre los lagos.
Mi cabeza sobre una funda de bambula,
otra vez.
Divertimento
como le gustaría a Rafael Alberti
(para guitarra)
Entre la espada y el clavel,
amo las utopías.
Amo los arcoiris y el papalote
y amo el cantar del peregrino.
Amo el romance entre el oso y la iguana.
Amo los pasaportes: ¿cuándo dejarán de existir los pasaportes?
Amo los afanes del día y las tabernas
y la guitarra en el atardecer.
Amo una isla atravesada en la garganta de Goliath
como una palma en el centro del Golfo.
Amo a David.
Amo la libertad que es una siempreviva.
(de La quinta de los molinos, 2000) Un primo
Callejón, regresé.
Sólo en ti la compasión hallé.
Canción popular
La calle tiene nombre, un nombre oscuro, sin importancia,
como su propia desembocadura,
madura y bien abierta y desdentada.
Al final no hay luz sino la luz que salta desde la piel oscura
de mi primo Fernando.
Estamos hablando pero no hablamos
porque nuestro silencio se parece,
nuestro silencio es casi igual
al silencio de las fogatas en Malawi;
silencio que perdura y alienta en nuestros poros
pero nosotros sin saberlo,
sin sospechar que ese silencio
es nuestro sólo porque lo trajo algún antepasado
tan nuestro como el propio silencio de la bodega entumecida
que logró atravesar las dos orillas
y el paso de los vientos.
Un día de octubre,
cuando explotó un velero en la bahía de la ciudad
y el ruido de los misiles extranjeros
quebraba el tímpano de las lavanderas
en el solar sin pulso y sin olvido,
mi primo Fernando, salió de la calle Cristina
–una calle ancha, la calle más ancha de los alrededores–,
tumbada casi siempre por los aullidos de los mataderos cercanos
y el silbido implacable de los ferrocarriles. |
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Mi primo Fernando, junto a mí, extraña los bucles insensatos
de una prima remota y el olor de las panaderías
de la esquina de Toyo, el aroma del ajonjolí
y los domingos de carnaval corriendo como liebre dormida
entre las filas de La Mojiganga.
Mi primo Fernando me cuenta todo esto sin comprender ahora
el vaivén presuroso de las bicicletas;
sin poder comprender el libre acento de las mariposas
sobre las percas de cerveza.
Hemos llegado a una colina chica en Tallapiedra.
Pasa el tren de Santiago
y mi primo Fernando se seca el sudor de la cara
con una inútil servilleta de papel blanco
que está espiando todos mis sentimientos.
Fernando y yo,
ante un vórtice de lágrimas negras.
Fernando y yo por la calle Empedrado.
Fernando y yo, reconociéndonos
en el humo especial de los telares de Muralla en agosto.
Mi primo Fernando,
con diez tarjetas de crédito
en el bolsillo
pero sin zapatillas, sin aire, sin idioma:
“Tuve que irme también de la ciudad
en donde viví por más de veinte años.
No soporté y me fui más al Norte,
a un barrio de italianos, empacadores de carne,
que tampoco entendieron mi vida”.
Mi primo Fernando en su futuro nómada
obsesionado todavía
por el silencio de las fogatas.
Mississipi
a la memoria de Nicolás Guillén
La serpiente de agua repta y se mece.
Con su cuerpo de hamaca, bamboleándose.
Carabelas, fantasmas, pieles quemadas
van dibujados sobre las hojas de los sauces.
La serpiente de agua
junto a los sauces.
La serpiente de agua.
La serpiente de agua va alzando su cabeza
con una lengua bípeda y milenaria.
Un pedazo de lengua cae en el Golfo.
El otro, devorando cientos de barcas.
La serpiente de agua
entre los sauces,
la serpiente de agua.
La serpiente de agua crece y avanza
y va abriendo sus fauces:
impenitentes, pálidas, voraces;
sus anillos dorados, su vaivén implacable.
La serpiente de agua,
junto a los sauces.
La serpiente de agua.
Negro
Tu pelo,
para algunos,
era diablura del infierno;
pero el zunzún allí
puso su nido, sin reparos,
cuando pendías en lo alto del horcón,
frente al palacio
de los capitanes.
Dijeron, sí, que el polvo del camino
te hizo infiel y violáceo,
como esas flores invernales
del trópico, siempre
tan asombrosas y arrogantes.
Ya moribundo,
sospechan que tu sonrisa era salobre
y tu musgo impalpable para el encuentro del amor.
Otros afirman que tus palos de monte
nos trajeron ese daño sombrío
que no nos deja relucir ante Europa
y que nos lanza, en la vorágine ritual,
a ese ritmo imposible
de los tambores innombrables.
Nosotros amaremos por siempre
tus huellas y tu ánimo de bronce
porque has traído esa luz viva del pasado fluyente,
ese dolor de haber entrado limpio a la batalla,
ese afecto sencillo por las campanas y los ríos,
ese rumor de aliento libre en primavera
que corre al mar para volver
y volver a partir.
(De Piedra pulida, 1986)
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